El silencio es un afluente de la voz, quizá su desembocadura. Una vertiente del lenguaje, su vaguada. No se trata de una abstención, no es un decir de la negación. El silencio, escribió un escolástico a principios del siglo XIII, es la palabra detenida en un interior, el sermón que calla dentro (sermo qui intus silet). Su nombre es Robert Grosseteste, franciscano de Stradbroke. Esta clausura del decir, custodiado como la cáscara que guarda la almendra, es el fruto.
Recordar es descender hacia lo hondo, hacia dentro. Miguel de Unamuno y María Zambrano, junto con Plotino, nos instaron a realizar un camino hacia los adentros, hasta nuestras insobornables entrañas, donde espera la Belleza para ser rescatada. Para no ser nunca de nuevo olvidada.
Lo sagrado se manifiesta en lo profano como hierofanía, revelando lo invisible en lo visible; haciendo que lo mundano muestre algo distinto de sí mismo. Este texto indaga en este concepto propuesto por Mircea Eliade, en diálogo con la idea del ganz andere, lo «absolutamente otro», de Rudolf Otto.