Aproximaciones a lo sagrado, a la consciencia infinita y al misterio de la existencia
El Mundo Otro
Es tiempo de hacerse prado. De verse enteramente arbusto. Una mano me recoge flor-de-mí. Pequeño no-me-olvides. «Cuando voy descalza sobre el prado húmedo de rocío, mis pies se manchan de verde ¿verdad? Incluso huelen a hierba ¿verdad? Entonces, si sigo caminando, me convertiré en una planta: mi cara, una flor bonita que abrirá sus pétalos», Kaneko Misuzu. La huerta tendida bajo las palabras de las nubes: sociedad de membranosas alas en persistente colaboración, hilo verde hierba que teje el lecho, «He dado con mi compañero —murmuró—. Es el campo. Soy la novia de la naturaleza, murmuró, y se entregó en pleno éxtasis a los fríos abrazos de la hierba, envuelta en su capa, en la hondonada, junto al estanque», escribe en Orlando, Virginia Woolf. Es la hora de los sueños fantásticos, polen, flauta como el zumbido de una abeja: hemos llegado hasta aquí, es tiempo del reposo entre tréboles.
Hay una fotografía, tomada en el verano de 1951, que resume lo que ocurrió en Bayreuth aquel año. Un escenario casi vacío. Luz abstracta suspendida en la oscuridad, como si fuese un cuadro abstracto, después de setenta años de bosques pintados y castillos de cartón piedra, que el Grial ya no necesitaba arquitectura. Necesitaba únicamente luz. El hombre responsable de esa imagen era Wieland Wagner, nieto del compositor, y lo que hizo aquel verano —no solo con Parsifal, pero de manera más radical con esta que con ninguna otra obra de su abuelo— fue algo parecido a un exorcismo. No despojó la ópera de su religiosidad, la despojó de la idolatría. Parsifal es una de las grandes obras que presentan el fin de la modernidad y el comienzo de algo nuevo. Y Wieland Wagner lo resolvió con acierto: frente a la filología y el historicismo, el Grial es luz, algo que cualquier espectador, viniera de donde viniera, podía reconocer como centro.
Las aceitunas maduran cuando los días menguan y la luz se apaga. Su cosecha no empezará hasta que, tras un día de equilibrio perfecto, la noche le gane el pulso al día, y nos adentremos en la mitad más oscura del año. Es entonces, en plena añoranza de la luz, cuando los olivos nos la ofrecen a ramas llenas: poesía hecha fruto… o, mejor dicho, aceite, que ilumina tanto lo cotidiano como lo divino.
La conciencia enlaza sensaciones, recuerdos, imágenes y emociones, tejiendo una trama que da continuidad y consistencia a aquello que llamamos «yo». A partir de los diarios de Chantal Maillard, el artículo explora la lógica arácnida y el papel de la escritura como forma de advertir la trama mientras se produce. Observar sus hilos permite tomar cierta distancia respecto de los contenidos con los que habitualmente nos identificamos. Desde esta lectura, propongo pensar el vacío como un umbral: un espacio en el que las formas habituales de fijación pierden consistencia y puede establecerse otra relación con lo que acontece.
Las beguinas fueron unas mujeres libres que, desde el final de la Edad Media, amando, conociendo y sirviendo, dieron un hermoso testimonio de amor con sencillez, valentía y entrega.
Thoreau pasa dos años frente a una laguna que cabe en su mirada; Melville se embarca en un océano sin fondo. De aquellas aguas nacen Walden y Moby Dick: dos obras que nos invitan a buscar lo sagrado, desde la laguna delimitada hasta el mar infinito, y que, en plena crisis de atención, nos enseñan a mirar.
Toshihiko Izutsu fue, quizá, el filósofo islámico más importante del siglo XX. No solo por su conocimiento del islam, sino por su capacidad para pensar desde el vasto horizonte civilizatorio, lingüístico, simbólico e intelectual que se formó históricamente bajo su irradiación. Esta precisión importa pues Izutsu no fue simplemente un «orientalista japonés», ni siquiera un comparatista de religiones. Fue, sobre todo, un pensador de los umbrales, alguien que supo escuchar, en lenguas y tradiciones distintas, una misma pregunta por la estructura profunda de la Realidad y por la posibilidad de que el ser humano vuelva a reconocerse como algo más que un sujeto histórico, psicológico o social.
Los prejuicios culturales e históricos sobre el medievo están en caída y en nuestros días las espiritualidades de aquel tiempo parecen interpelarnos con renovada energía. Este artículo busca ofrecer algunas primeras consideraciones sobre cómo hemos pensado, imaginado y redescubierto el mundo medieval y sobre cómo sus formas espirituales, por pura necesidad, están siendo permanentemente reecontradas en nuestro tiempo.
Escribió Luis Cernuda que a Hölderlin debemos «una obra lírica inmortal». Una hermosa singularidad; una «distinta hermosura» dentro de la tradición romántica de la poesía alemana. En 1935, el poeta español publicó por primera vez en la revista Cruz y Raya una versión de sus poemas preferidos de Hölderlin, una lectura que nos devuelve, en el juego de espejos que se produce en la traducción, el rostro de aquel que compondría el imperecedero La Realidad y el Deseo. Según Octavio Paz, cuando Cernuda se alistó en 1936 en las milicias populares, «se fue a la sierra de Guadarrama con un fusil y un tomo de Hölderlin en la chaqueta». De esta versión y encuentro celeste nacen los poemas aquí seleccionados; una muestra del diálogo visible que surge cuando voces hermanadas en la Belleza se hallan desde la palabra — ya había dicho Hölderlin: «lo que permanece lo fundan los poetas».
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