Un despertar y un cambio de conciencia para la recuperación espiritual de la vida. Otro modo sapiencial de vivir, de relacionarnos con nosotros mismos, con el otro, con lo otro, para encontrar nuestro equilibrio interior y nuevas resonancias.
Mundo Visible
Marco Aurelio y Epicteto son sin lugar a dudas los dos grandes estoicos del final de esta escuela en la antigüedad. En el siglo II de nuestra era un emperador y un esclavo representan el último desarrollo en edad romana de una escuela que comenzó en la época helenística en Atenas. Con muy diversas perspectivas y entre dos peripecias vitales totalmente opuestas hay que destacar que las ideas filosóficas que profesaron marcaron de forma indeleble la historia de las ideas en la antigüedad y en su posterior recepción.
Todo jardín comienza en un muro. Con la separación, el hombre subraya su propia separación del mundo. Llama ufanamente “salvaje” a todo lo que está al otro lado de la raya. Hasta ayer, bastaban los muretes bajos de piedra seca para reclamar lindes y linajes y establecer un afuera. Muros de piedra seca que, al parecer, protegen las leyes patrimoniales, pero que, en estas latitudes, cualquiera puede cementar, truncar, hormigonar o añadir rejas y machones con redes espinosas. Esa es la memoria.
En una sociedad donde la atención es desplazada por la velocidad del consumo y el culto al yo, donde las necesidades del alma quedan relegadas, la atención se convierte en el acto más radical de amor hacia el Otro. Como ya nos adelantó Simone Weil: «La atención es la forma más rara y pura de generosidad.»
El Ayurveda —la medicina tradicional india, de más de cinco mil años de antigüedad— contempla la salud como un estado de armonía con uno mismo, con la sociedad y el cosmos. Es, ante todo, un conocimiento tradicional y una manera de vivir: tiene su propia lógica interna, dentro de la cual podemos aprender a pensar y a disfrutar de la vida en todo su esplendor. La salud se convierte así en un aspecto dinámico y cambiante que depende de diversos factores: nuestros pensamientos; cómo nos relacionamos con nuestros sentidos; qué comemos (también cómo, cuándo y cuánto); nuestros hábitos de higiene y cuidado diario; nuestra propia constitución y las estaciones del año.
Etty Hillesum hizo de la interioridad y de la escucha a sí misma una forma de resistencia mística. La «habitación interior» a la que se refiere en sus diarios fue el lugar desde el que aprender a decirse, conservar la propia voz y no permitir que otros contaran por ella su propia historia.
Creemos que es suficiente con tener un plato de comida, pero ignoramos las consecuencias de no desear comerlo. Como nos adelantó San Agustín en sus Confesiones: «El placer de comer y beber no existe en absoluto a menos que le preceda la molestia del hambre y la sed».
J. R. R. Tolkien fue un hombre religioso y culto, con una vasta experiencia de la vida, que supo comprender la peligrosa carga que contiene el individualismo moderno. En su obra, el héroe no es alguien solitario, sino una comunidad que dota a la existencia de orden y sentido. Bajo esta perspectiva, El hobbit y El señor de los anillos se revelan como una crítica profunda a los fundamentos del mundo en que vivimos.
El vegetarianismo no nació como una cuestión de salud ni de sensibilidad hacia los animales. En la Antigüedad fue, ante todo, una forma de vida vinculada a la filosofía, la religión y la disciplina espiritual. En este sentido, Pitágoras fundó una comunidad de vida, como quería Platón: basada en una estricta ascesis y en doctrinas secretas y purificadoras y en una suerte de cenobios filosóficos. Ahí la comunidad pitagórica ponía en común sus bienes como una especie de gran familia al margen de la sociedad general, y entre sus reglas —algo muy interesante— había fuertes tabúes alimenticios que incluían la abstinencia de la carne.
Todos tenemos asuntos privados con los muertos. Una especie de acción vicaria. Una orden que uno siente que debe cumplir. No sabe por qué lo hace, pero lo hace. Quizá venga durante el sueño o en la tardecita, que es cuando el trasmundo está más próximo a nosotros y las criaturas vivas somos más sensibles a su llamado. A medida que uno va cumpliendo años, sabe que todo su ser es de vez en cuando utilizado por los difuntos conocidos para realizar alguna acción concreta, doméstica, en la que no puedes hacer otra cosa que rendirte y actuar para el que no está. Comprendí que debía crear un pequeño estanque para los pájaros. Fue un mandado de mi abuela, la rica cubana a quien conocí ya viuda de mi abuelo Ulloa, el señorito arruinado al que se le venía abajo el pazo de Santa Cruz. Había que refrescar a las aves del verano, como ella nos enseñaba desde su preciosa finca en aquellos veranos cereales de la infancia. Primero intenté traerme su misma pila de piedra, pero necesitaba maquinaria pesada. Resolví construir un pequeño estanque. Un estanque al que llamo «el lago» y que no es otra cosa que una vieja bañera naturalizada, encastrada en la tierra de mi propio jardín.
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