Un despertar y un cambio de conciencia para la recuperación espiritual de la vida. Otro modo sapiencial de vivir, de relacionarnos con nosotros mismos, con el otro, con lo otro, para encontrar nuestro equilibrio interior y nuevas resonancias.
Mundo Visible
En una sociedad donde la atención es desplazada por la velocidad del consumo y el culto al yo, donde las necesidades del alma quedan relegadas, la atención se convierte en el acto más radical de amor hacia el Otro. Como ya nos adelantó Simone Weil: «La atención es la forma más rara y pura de generosidad.»
El Ayurveda —la medicina tradicional india, de más de cinco mil años de antigüedad— contempla la salud como un estado de armonía con uno mismo, con la sociedad y el cosmos. Es, ante todo, un conocimiento tradicional y una manera de vivir: tiene su propia lógica interna, dentro de la cual podemos aprender a pensar y a disfrutar de la vida en todo su esplendor. La salud se convierte así en un aspecto dinámico y cambiante que depende de diversos factores: nuestros pensamientos; cómo nos relacionamos con nuestros sentidos; qué comemos (también cómo, cuándo y cuánto); nuestros hábitos de higiene y cuidado diario; nuestra propia constitución y las estaciones del año.
Etty Hillesum hizo de la interioridad y de la escucha a sí misma una forma de resistencia mística. La «habitación interior» a la que se refiere en sus diarios fue el lugar desde el que aprender a decirse, conservar la propia voz y no permitir que otros contaran por ella su propia historia.
Creemos que es suficiente con tener un plato de comida, pero ignoramos las consecuencias de no desear comerlo. Como nos adelantó San Agustín en sus Confesiones: «El placer de comer y beber no existe en absoluto a menos que le preceda la molestia del hambre y la sed».
J. R. R. Tolkien fue un hombre religioso y culto, con una vasta experiencia de la vida, que supo comprender la peligrosa carga que contiene el individualismo moderno. En su obra, el héroe no es alguien solitario, sino una comunidad que dota a la existencia de orden y sentido. Bajo esta perspectiva, El hobbit y El señor de los anillos se revelan como una crítica profunda a los fundamentos del mundo en que vivimos.
El vegetarianismo no nació como una cuestión de salud ni de sensibilidad hacia los animales. En la Antigüedad fue, ante todo, una forma de vida vinculada a la filosofía, la religión y la disciplina espiritual. En este sentido, Pitágoras fundó una comunidad de vida, como quería Platón: basada en una estricta ascesis y en doctrinas secretas y purificadoras y en una suerte de cenobios filosóficos. Ahí la comunidad pitagórica ponía en común sus bienes como una especie de gran familia al margen de la sociedad general, y entre sus reglas —algo muy interesante— había fuertes tabúes alimenticios que incluían la abstinencia de la carne.
Todos tenemos asuntos privados con los muertos. Una especie de acción vicaria. Una orden que uno siente que debe cumplir. No sabe por qué lo hace, pero lo hace. Quizá venga durante el sueño o en la tardecita, que es cuando el trasmundo está más próximo a nosotros y las criaturas vivas somos más sensibles a su llamado. A medida que uno va cumpliendo años, sabe que todo su ser es de vez en cuando utilizado por los difuntos conocidos para realizar alguna acción concreta, doméstica, en la que no puedes hacer otra cosa que rendirte y actuar para el que no está. Comprendí que debía crear un pequeño estanque para los pájaros. Fue un mandado de mi abuela, la rica cubana a quien conocí ya viuda de mi abuelo Ulloa, el señorito arruinado al que se le venía abajo el pazo de Santa Cruz. Había que refrescar a las aves del verano, como ella nos enseñaba desde su preciosa finca en aquellos veranos cereales de la infancia. Primero intenté traerme su misma pila de piedra, pero necesitaba maquinaria pesada. Resolví construir un pequeño estanque. Un estanque al que llamo «el lago» y que no es otra cosa que una vieja bañera naturalizada, encastrada en la tierra de mi propio jardín.
La crisis educativa contemporánea no es metodológica, pedagógica ni tecnológica. Es una crisis del deseo. Resulta urgente reflexionar sobre el modo en que los imperativos productivos, la velocidad y el rapto de nuestro atención han sometido nuestra capacidad de desear. La educación es quizá el último espacio desde el que oponerse a la servidumbre intelectual y emocional, para habitar un tiempo en el que siga siendo posible aprender a prestar atención, a pensar y, en definitiva, a levantar la cabeza.
Más allá de la bioquímica y el recurso utilitario, habita en el reino vegetal una presencia sagrada que espera ser reconocida. Este texto invita a transformar nuestra relación con las plantas en un vínculo consciente de «ser a ser». A través del rito, la unción y la presencia, buscamos recuperar el «oro de la milésima mañana» para reconciliar la materia con el espíritu y recordar que no usamos la naturaleza, sino que pertenecemos a ella.
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