Inicio Mundo VisibleSobre la atención: Resonancias entre Byung-Chul Han y el misticismo islámico

Sobre la atención: Resonancias entre Byung-Chul Han y el misticismo islámico

Kai Momiejo

En una sociedad donde la atención es desplazada por la velocidad del consumo y el culto al yo, donde las necesidades del alma quedan relegadas, la atención se convierte en el acto más radical de amor hacia el Otro. Como ya nos adelantó Simone Weil: «La atención es la forma más rara y pura de generosidad.»

 

Vivimos en una era de marcada pobreza espiritual, atravesada por el vertiginoso avance de la necropolítica tecnológica, la financiarización del capitalismo global, la idolatría del ego, la mercantilización del afecto y el erotismo a la carta, así como por una profunda atomización de la interioridad y la disolución de los lazos comunitarios. Si bien «crisis» es el diagnóstico recurrente para esta época inaugurada a finales del siglo pasado bajo el rótulo de la posmodernidad, semejantes derivas no constituyen una novedad radical de nuestro presente. Ya en el siglo XX, pensadores capitales como Theodor Adorno, Simone Weil, María Zambrano y Zygmunt Bauman teorizaron con agudeza sobre las devastadoras repercusiones del mercado en la trama de la cultura y la vida anímica.

Uno de los autores que mejor encarna la tensión entre una lúcida crítica a esta penuria y la apertura hacia una esperanza transformadora es el filósofo Byung-Chul Han. Reconocido por sus incisivos diagnósticos sobre la sociedad del rendimiento en obras clave como La sociedad del cansancio (2010), Han ha volcado su atención en los últimos años hacia la recuperación de lo divino y la esperanza, cristalizada en volúmenes como El espíritu de la esperanza (2024) y Sobre Dios: pensar con Simone Weil (2025). En estos trabajos, el autor tiende puentes originales entre tradiciones heterodoxas —con figuras como Walter Benjamin, la propia Simone Weil y el último Heidegger— y el pensamiento místico y poético, concebido este último como una vía de conocimiento capaz de trascender los límites asfixiantes de la razón instrumental. Han rescata así la urgencia filosófica por el alma y lo sagrado, ofreciendo respuestas renovadas frente a los desafíos colosales del sujeto contemporáneo y trazando estelas que orientan hacia una emancipación anclada en la revalorización del espíritu.

«La atención contemplativa es esencial para mirar. Esa atención observa las cosas sin pretender apropiarse de ellas, sin pretender anexionárselas. Quien sabe mirar se vacía, se convierte en nadie», asegura Byung-Chul Han.

Específicamente en Sobre Dios: pensar con Simone Weil (2025), Han examina el pensamiento de la filósofa y mística francesa (1909-1943) a través de siete capítulos que abordan cuestiones nucleares de su obra: la atención, la descreación, el vacío, el silencio, la belleza, el dolor y la inactividad. El presente artículo se detiene en el análisis del primer capítulo, centrándose en la lectura que hace Han de la atención como virtud cardinal para rearticular un pensar que concilie espíritu, alma y cuerpo, presupuesto ineludible para cimentar la justicia social, la solidaridad y el amor al prójimo en el seno de una sociedad fatigada y fragmentada. En este sentido, el escrito vislumbra resonancias fértiles entre la concepción haniana de la atención y nociones capitales de la mística islámica sufí, tales como el muraqaba y el dhikr. Mediante este diálogo comparativo, se pretende esbozar horizontes epistemológicos comunes que invitan a repensar la comunidad global desde parámetros de cohesión y esperanza, donde el cuidado del espíritu y el amor y el respeto hacia el Otro dejen de ser meras abstracciones académicas para convertirse en exigencias prácticas con repercusiones tangibles en nuestra cultura y forma de vida.

Han comienza el capítulo y el cuerpo analítico del libro diagnosticando la conocida debacle de la religión como fuente significante en la vida diaria contemporánea, achacando este declive a la crisis de la atención como una de las razones estructurales del mismo. Utilizando referencias somáticas para construir su crítica al consumo y la vertiginosidad de la vida moderna, el pensador califica a la percepción humana como «voraz» o «comiendo», igualándola al acto del consumo ya que «carece de toda dimensión contemplativa» (p. 14). Recordándonos la dromología de Paul Virilio como término definitorio de la lógica de la velocidad como cimiento de la civilización tecno-científica, Han describe la sociedad actual como desprovista del valor de la atención y la pausa, proponiendo la restauración de la misma a través del trabajo interior como única salvación a nuestra situación actual. Siguiendo esta línea crítica de pensamiento, Han comenta:

«Mirar es lo único que nos redime de la inmanencia del consumo, desprovista de sentido.» (p. 14)

El escritor coreano vuelve en la misma página a su conocido uso metafórico de la corporalidad, pero esta vez en su signatura negativa, favoreciendo la pausa, el ayuno y la vacuidad como una fértil oquedad capaz de sostener el espíritu y la contemplación necesarias para el despertar. Han demuestra esto declarando que:

«Solo el alma que ayuna puede mirar, contemplar.» (p. 14)

En la tradición mística del islam, prácticas como el muraqaba (la vigilancia interior o meditación profunda) y el dhikr (la remembranza constante de lo divino) operan bajo un similar principio de vaciamiento que Han rescata de Weil.

O, de forma aún más rica:

«Durante el ayuno se pone en marcha una autofagia en la que el alma consume su parte baja, su parte voraz. Esa autofagia del alma es lo único que nos salva y que nos conduce hasta Dios.» (p. 14)

Parece sumamente sugerente el uso de los conceptos de autofagia y ayuno, categorías habituales en las vías purgativas de las grandes tradiciones místicas como ejercicio indispensable para la unión con lo divino y la realización de la inmanencia. La descripción del alma como una estructura estratificada en diversos estadios de pureza —donde el estrato inferior, dominado por la voracidad, debe ser purgado— encuentra paralelismos en la psicología espiritual del sufismo, la cual divide el alma en siete estados (nafs) que van desde la condición más inconsciente (nafs al-ammara), caracterizada por apetitos e impulsos, hasta el alma perfecta (nafs al-kamila), comúnmente asociada a grandes maestros sufíes como Rumí o Ibn Arabí.

En la tradición mística del islam, prácticas como el muraqaba (la vigilancia interior o meditación profunda) y el dhikr (la remembranza constante de lo divino) operan bajo un similar principio de vaciamiento que Han rescata de Weil. El muraqaba, por ejemplo, exige del adepto una atenta autovigilancia del corazón para extirpar las pasiones egoicas y la voracidad del nafs (el ego inferior o alma carnal), la cual guarda profundas simetrías con esa «parte baja» descrita por nuestro filósofo. En contraparte, a través del dhikr, el buscador repite e internaliza la presencia sagrada, silenciando así el ruido del mundo exterior y disolviendo la tiranía de la velocidad y el rendimiento contemporáneos. De esta forma, la contemplación sufí se convierte en un acto de suprema soberanía interior, ya que al ayunar los apetitos mercantiles y consumir su propio egoísmo, el alma es capaz de recuperar una receptividad prístina desde su vaciamiento, convirtiéndose en ánfora del saber, de Dios y del Otro. El muraqaba y el dhikr se configuran en el sufismo, por tanto, como prácticas espirituales de la pausa que neutralizan la aceleración capitalista, permitiendo que el ser humano redescubra la profundidad del tiempo y la morada de lo sagrado en lo cotidiano.

Fieles chiíes rezando durante la peregrinación y procesión de Arbaín en Londres.

Esta dimensión desapropiativa de la mirada se ve profundamente reforzada cuando Byung-Chul Han vincula la contemplación con la anulación del afán de dominio. En palabras del filósofo:

«La atención contemplativa es esencial para mirar. Esa atención observa las cosas sin pretender apropiarse de ellas, sin pretender anexionárselas. Quien sabe mirar se vacía, se convierte en nadie.» (p. 15)

Esta afirmación entabla un diálogo directo con la noción sufí del fana (la aniquilación del ego) y con la descreación weiliana. Mirar verdaderamente implica renunciar a la pulsión de consumo y a la voracidad mercantil que coloniza la percepción contemporánea. Cuando el sujeto se vacía de su egoidad y «se convierte en nadie», deja de instrumentalizar al mundo y a los demás; la mirada se transforma en un santuario de respeto radical. En este punto, la contemplación mística —ya sea leída desde la filosofía de Han a través de Weil o el sufismo— subvierte el paradigma utilitarista dominante, demostrando que la lucidez y la libertad solo brotan allí donde el sujeto renuncia a la posesión y consiente en habitar la vulnerabilidad del vacío en perfecta atención y apertura al mundo.

Sin embargo, Han advierte también acerca de los peligros de cooptación a los que se enfrenta la espiritualidad en el mundo hiperindustrializado. La atención, al ser arrancada de su dimensión comunitariamente trascendente, corre el riesgo de ser instrumentalizada por el sistema. Byung-Chul Han nos ilumina:

«Estamos ante un consumo espiritual. La atención se somete al autocuidado y a la autogestión neoliberal… Se silencia la atención social en cuanto atención al otro.» (p. 36)

Con esta aguda advertencia, Han denuncia cómo el neoliberalismo ha mercantilizado incluso la pausa y la meditación, reduciéndolas a meras técnicas de optimización del rendimiento para que el individuo pueda soportar mejor las exigencias del sistema de producción. Frente a esta falsa espiritualidad del bienestar corporativo, que aísla al sujeto en un solipsismo terapéutico, tanto la propuesta haniana como las vías contemplativas del sufismo (sostenidas en el muraqaba social y el amor desinteresado) recuerdan que la verdadera atención no se repliega sobre el ego, sino que se abre radicalmente hacia la alteridad. Podemos afirmar entonces que, ahora más que nunca, el cuidado del alma es inseparable de la justicia social y del compromiso ético con el prójimo, y que solo mediante una atención profunda y una apertura mística es posible sanar la fractura de una sociedad fatigada, devolviéndole así al ser humano todo lo que su alma demanda a voces: su dimensión comunitaria, sagrada y profundamente esperanzada fundada en un amor y apertura radical a lo Otro.

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1 comentario

Francisco 28/08/2026 - 18:23

Excelente artículo, Kai. Te felicito y espero mucho de la investigación doctoral que llevas entre manos. Un abrazo cordial.

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