Inicio Una Biblioteca VenerableDecir el amor: del «Cantar», el «Cántico» y la poesía

Decir el amor: del «Cantar», el «Cántico» y la poesía

Lucía Navarro Pla

El Cantar de los cantares y el Cántico espiritual llevan siglos mostrando la ventura de la poesía cuando, aun en su misma imposibilidad, ha tratado de decir el amor. Amor humano o amor divino, las liras aquí recogidas muestran cómo la poesía sigue siendo la mejor aliada: veladora infinita de un amor que nos desborda.

 

Yo soy de mi amor

y su deseo tiende hacia mí».

 

Cantar de los cantares (7, 9)

 

«Gocémonos, Amado,

y vámonos a ver en tu hermosura […]

Entremos más adentro en la espesura».

 

Cántico espiritual, San Juan de la Cruz

 

A nuestro encuentro ha venido siempre la poesía cuando el pensamiento ha quedado mudo ante el incendio del corazón, que enamorado y ardiente se pregunta: ¿cómo poner palabras a aquello que desborda la semántica de mi ser-amor? ¿Cómo nombrar este sentir excelso que se produce en presencia de mi amado? ¿Cómo expresar, del mismo modo, el desgarro que evoca su huida, la herida que deja en los ojos tristes de paloma la partida de su ciervo (amado) ahora ido?

Ilustración del primer verso, un juglar tocando ante Salomón (Mahzor Rothschild del siglo xv).

Amor humano y Amor divino —si es que acaso el Amor humano se puede escindir del Amor divino; si es que acaso en todo Amor humano no media el Amor divino—, amor de la carne (y) amor del alma; todos los amores han clamado siempre, rogando, por este pobre pero luminoso decir: concédenos la gracia de la poesía. Déjanos expresar lo inexpresable de nuestro secreto.

Sabían los místicos que esta posibilidad de expresar lo inexpresable nacía justo de su cualidad de imposibilidad. Y aun reconociendo, como escribió San Juan de la Cruz, que «lo que Dios comunica al alma […] totalmente es indecible», comprendieron que era en el cruce de gravedad imposible donde acontecía la posible poesía, donde acudía, como ofrenda y asistencia, a mediar y sostener la experiencia del (decir) amor —del decir a Dios—. Tal es el delirio del enamorado que la insuficiencia no es suficiente; tal es el Amor viviente que quien lo vive, como el santo poeta, «no quiere dejar de decir algo de aquello». En palabras de José Ángel Valente, a tenor de la obra del propio San Juan: «La imposibilidad misma es la sola materia que hace posible el canto».

Poetas y místicos, místicos y poetas, atentos a la palabra de su tiempo, también comprendieron, en su anhelo de cantar sus nupcias imposibles, que solo la experiencia del cuerpo, aquello que pasaba por la sensibilidad de su condición encarnada, ofrecía el lenguaje con que sostener la unión de su alma con Dios. Hicieron del gozo de la carne el gozo del alma y la delicadeza del amor cortés la guía de su canto. Pues como escribió María Zambrano, «la poesía […] ha sido siempre cosa de la carne, de la interioridad de la carne: de las entrañas». Casi un gemido inconfesable, indecible, pero, al mismo tiempo, posibilitado, consentido. Así, el verbo de los místicos aparece siempre envuelto en liras entregadas a un amor sensual por el Cielo: en su decir hay beso, hay lecho, hay ojos, hay gozo. Hay la muestra de que lo erótico secreto, de que recrearse en la Belleza que implica hablar de amor, siempre compromete alma y cuerpo, eternidad y tiempo, y que por ello es una de las más hermosas y singulares experiencias de la vida. Su cualidad de instante en cruz nos desplaza y disloca, nos eleva y refunda, y nos hace entrever a través, quizá, de unos ojos deseados en las entrañas dibujados, los más inesperados y celestes sueños. No en vano escribió la poeta —nótese poeta— Emily Dickinson que el amor era «anterior a la Vida – / posterior – a la Muerte – / Inicial de la Creación, y / el Exponente de la Tierra –» (Poema 917, 1864).

Así tan natural el acontecer de la poesía en la mística, de la mística en la poesía, que sobreviene la misma pregunta que pronunció Zambrano: «¿Y no será que la poesía anda siempre aparejada con una mística; que sea ella misma en cierta manera una mística?». Casi que poesía y mística se superponen, pues una y otra merodean en torno al misterio de lo impronunciable. ¿No será este Amor Exponente de la Tierra el que actúa como potencia mediadora, el que dota a poesía y mística de una música igualada? ¿La confirmación, quizá, de que no hay otra manera de narrar el Amor inenarrable que a través de su experiencia en el mundo entre los amados esposos? Cuestiones que parecen responderse cuando caemos en la cuenta de que la anterior pregunta-intuición de Zambrano surge a partir de la obra poética del «más auténtico enamorado de la poesía española», tal como define Luce López-Baralt a San Juan de la Cruz. Danza mística la de su amor, su gozo y su poesía.

El Cántico espiritual (publicado por primera vez en castellano en 1627) es la obra poética que quizá mejor contiene el sentir del santo ante su experiencia extática, desbordada de lo erótico, que en cierta manera podemos entender como una suerte de biografía de su devenir espiritual. En sus poesías, «de lo que San Juan nos habla —dice Luce López-Baralt en su maravilloso Asedios a lo Indecible (Trotta, 1998)— es de su transformación misma en ese amor infinito, que no contempla desde afuera sino en sí mismo. San Juan está cantando, pues, a su psique profunda transformada, a su nueva identidad gozosa y “deificada”». Canta el alma de San Juan el camino del alma en su matrimonio unitivo, en su fusión con el Dios Amado, cuando ya no se puede distinguir entre lo humano y lo divino que habita en él. Un diálogo entre el Alma (Esposa) y Dios (Esposo) cuyo lirismo y relevancia son incomprensibles sin atender a la influencia erótica y poética del canto por excelencia, el anónimo e inacabable —tan interpretado, tan preguntado— Cantar de los cantares.

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«¡Ay, cuán hermoso, amado mío y [también] dulce!

También nuestro lecho florido»

Cantar de los cantares (1, 15)

«Nuestro lecho florido […]

de mil escudos de oro coronado»

Cántico espiritual, San Juan de la Cruz

 

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Antiguo Testamento es el libro bíblico que lo contiene, pero el Cantar de los cantares siempre ha trascendido tales límites e intentos de clasificación, por su naturaleza y la diversidad de interpretaciones que se han tejido en torno a él, por la diversidad de raíces que lo conforman. Desde hace más de dos mil años, este Cantar hebreo ha sido considerado uno de los grandes poemas de amor, pues ha venido a socorrer la sencilla y a la vez complicada tarea de decir la experiencia del Eros, de expresar el gozo ante el amado, sea divino o profano. Tal como el Cántico espiritual que bebe de él, es este Cantar un diálogo entre un Amado y una Amada, un Esposo y una Esposa que contraen matrimonio, que aspiran a unirse en plenitud. No hay en el texto ningún indicio claro de su contenido religioso, ni aparece mencionado —al menos de forma manifiesta— en ningún momento el nombre de Dios, pero como señala Jordi Aladro, las tradiciones judías y cristianas «han interpretado el libro como una alegoría del amor de Dios hacia Israel, del de Cristo a su Iglesia y, desde el medioevo, del amor entre Cristo y el alma humana». Esta lectura alegórica ha hecho del Cantar uno de los textos más influyentes de la literatura religiosa, especialmente entre nuestros místicos, pues en virtud de su riqueza poética ha permitido el lenguaje para alabar la alegría de las almas enamoradas.

Fragmento de San Juan de la Cruz sobre el Cántico Espiritual, realizado por las Carmelitas Descalzas de Harissa en 1991. Segovia. © Archivo Lucía Navarro Pla

En nuestro idioma, disponemos de la bella traducción e interpretación que hizo Fray Luis de León hacia 1561, una de las cumbres de su obra y de la que se nutrió buena parte de la renacida tradición místico-poética. No obstante, aun en medio del avivado clima intelectual y espiritual del momento, del que también fueron testigos y partícipes San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, esta audaz traducción en lengua romance —junto con otros cargos— le valdría a Fray Luis cinco años de cárcel y una consiguiente inclusión del Cantar en el Índice de los Libros Prohibidos por la Inquisición. Una circunstancia que no impidió que los manuscritos supervivientes fueran cautivando y atrayendo a nuevos lectores y copistas, que lo mantuvieron vivo hasta 1798, año en que la obra completa se imprimió por primera vez.

Ya en el prólogo vemos cómo Fray Luis había dado con el sentido más primero, ya no solo de la palabra poética de este cantar, sino de lo teológico subyacente —y eterno, pues no se muda ni con los cambios de envolturas—: «Ninguna cosa es más propia a Dios que el amor». Consciente de esta doble nomenclatura, a la vez una en sí, Fray Luis defiende cada metáfora carnal y sensual como un lugar de amor, de regalos amorosos que «digo y repito que todos aquellos son amores espirituales y que los besos no son besos ni los pechos pechos, sino o regalos hechos al alma por Dios o partes virtudes della que agradan a Dios significadas por aquellas palabras».

Así, cuando nos acercamos al texto, el ombligo de la esposa, los pechos de la esposa, su cuello, sus ojos, su nariz, su cabello toman con soberanía la belleza inscrita en su naturaleza. Canta el coro de doncellas:

«Tu ombligo como taza de luna que no está vacía; tu vientre, como montón de trigo cercado de violetas.

Tus dos pechos tuyos, como dos cabritos mellizos de una cabra.

El tu cuello como torre de marfil; tus ojos como estanques de Hesebón junto a la puerta de Barrabim; tu nariz como la torre del Líbano, que mira frontero de Damasco.

La cabeza tuya de sobre ti como el Carmelo, la madeja de tu cabeza como la púrpura» (7, 2-5).

Tal belleza la cabeza de la amada, hecha monte Carmelo, monte más alto, monte más sagrado. Su Esposo, su amor más amor, Esposo que, como el Esposo de San Juan de la Cruz, también ama de vuelta, también queda herido por el amor del alma que ama, continúa:

Yo subiré a la palma, y asiré sus racimos; y serán tus pechos como los racimos de la vid y el aliento de tu boca como el olor de los manzanos» (7, 7).

Es como decir: amada querida, yo escalaré hasta lo más alto de ti, pues lo más alto de ti es tu alma, lo más alto de ti es el Carmelo al que subieron los peregrinos en busca del infinito. Lo más alto de ti es tu alma pero por aquí subo, por tu cuerpo, tu monte, asiendo tus racimos, calmando el hambre y la sed con tu boca de vino y tu aroma de manzanos, viendo el reflejo del agua lunar en la hendidura de tu vientre de violetas púrpuras.

Y ante esta expresión exultante de quien contempla a quien ama, la Esposa no se queda atrás. El Cantar de los cantares resulta fundamental no solo porque ha inspirado gran parte de la lírica amorosa, sino porque, al igual que en el Cántico sanjuanista, ha hecho de su figura femenina, de la Esposa, aquella que toma su propia voz y dice su amor para ofrecer invitación al gozo. Cuando le preguntan a la mujer del Cantar «¿qué tiene el tu Amado más que otro amado?», ella también se entrega a la palabra desmedida:

El mi Amado, blanco y colorado; [trae bandera] entre los millares.

Su cabeza, oro de Tibar; sus cabellos, crespos, negros como cuervo.

Sus ojos, como los de paloma junto a los arroyos de las aguas, bañadas en leche junto a la llanura.

Sus mejillas, como eras de plantas olorosas de los olores de confección. Sus labios, violetas que destilan mirra que corre.

Sus manos, rollos de oro que viene de Tarsis; su vientre, blanco de Ebur cercado de zafiros.

Sus piernas, columnas de mármol, fundadas sobre basas de oro fino. El su semblante, como el del Líbano, erguido como los cedros.

Su paladar, dulzura; y todo él, deseo. Tal es mi Amado, y tal es mi querido» (5, 11-17).

Su paladar, dulzura; y todo él, deseo. A él lo busca esta mujer, por él y su deseo clama. «Yo duermo, y el mi corazón vela. La voz de mi querido llama». Por mucho que duerme esta amada, el corazón vela atento a los silbos amorosos. Pero cuando acude a abrirle la puerta, la voz de su querido se ha ido. Sus compañeras le preguntan: «¿Adónde se fue el tu Amado, hermosa entre las mujeres?». El ánima de la sulamita, enferma de amor, se le salió [entonces] en el hablar de él. Lo busca y no lo encuentra; su corazón que velaba sigue anhelando la imagen presentida de sus almas juntas sobre campo de azucenas. Como describe el Cántico de San Juan de la Cruz, antes de la unión se produce este salirse de sí, esta búsqueda mediada por la herida de la separación. De esta y no de otra manera es como comienza el balbuceo amoroso del santo de Yepes; casi parece la Esposa del Cantar la que ahora gime:

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti clamando, y eras ido» (CB, 1).

Bien valdría leer a la par ambos cantares y detenerse en la intimidad tan próxima de sus estrofas. Apreciar el delirio de esa cristalina fuente, paloma que va de vuelo, y el decir amplísimo que surge del pétalo de todas las flores. Preguntarse en silencio: ¿qué hermosura la siguiente de San Juan? Imaginar su lectura del Cantar. ¿Se pronunciaría a sí mismo el deseo con las palabras de la sulamita? ¿Lo reconocería tal como hoy reconocemos el suyo? La inspiración en el huerto, el cuello, los brazos y el manzano se le aparece de nuevo y, en su Cántico, la transfigura en el instante del deleite:

Entrado se ha la esposa

en el ameno huerto deseado,

y a su sabor reposa,

el cuello reclinado

sobre los dulces brazos del Amado

Debajo del manzano

allí conmigo fuiste desposada;

allí te di la mano,

y fuiste reparada» (CB, 22-23).

(Imposible no pensar en el Cantar, 8, 5: «¿Quién es esta que sube del desierto llena de deleites recostada sobre su Amado?»).

Una vez en brazos de aquel al que ama, consumada la unión, el alma afirma que «ya solo amar es mi ejercicio» (CB, 28); ejercicio de eternidad porque «el amor es fuerte como la muerte» (Cantar, 8, 6). «Ponme como sello sobre el corazón», dice la sulamita. Así «la poesía nos entrega, oblicua pero convincentemente, las verdades teológicas» (López-Baralt, 1998), un decir que culmina en la fusión del amor y que revela que toda plenitud del amante se produce porque hay un dulcísimo desplazamiento de aquello que se es: quien se enamora toma distancia de sí mismo para ser, no el otro, sino Amor. Así le dice a este Amor que ponga sobre su centro (el corazón) no otra cosa que su sello. El alma enamorada se entrega y habita la poesía de la contemplación de la hermosura, donde su cuerpo, hecho también poesía, se convierte en verbo. Ejemplo de ello esta sensual invitación al placer del Cántico en una de sus liras finales:

Gocémonos, Amado,

y vámonos a ver en tu hermosura

al monte y al collado,

do mana el agua pura;

Entremos más adentro en la espesura» (CB, 36).

 

Como recuerda de nuevo Luce López-Baralt, «“gozar” no era en el Siglo de Oro otra cosa que “hacer el amor”». Valentía y audacia la de este San Juan sensual y encarnado, la de esta Esposa desbordada de dicha que convoca la celebración que sobreviene ante el encuentro de los cuerpos que se aman; que, arrastrando la sabiduría de siglos, parece tender, sin temor de su transgresión, una invitación para las Esposas-Amadas que son las almas que somos:

… Entremos más adentro en la espesura. Tomemos la palabra del místico enamorado. Gocemos de su hermosura. Vayamos a todas las verdades —agua pura— que desafían nuestros límites, encarnemos la palabra poética. En el Amor, ya no hay contrarios, fusión o escisión, unidad o alteridad; solo hay Amor participando, solo Amor borrando los significados que separan, las racionalidades que abajan, solo Amor enredándose en la belleza simple de los cuerpos enredados, que, en su gozo compartido, se hacen a sí mismos la materia antigua fundadora de la poesía.

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«¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!,

pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

rompe la tela de este dulce encuentro».

Llama de amor viva, San Juan de la Cruz

«Obras completas» de San Juan de la Cruz.

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Aquí tres decires —contemporáneos; de una— de este amor-gozo y sus heridas; decires conjugados en lo inacabable del eros. Prueba de que no hay tiempo que comprima el latido musical de los enflammés cuers [coeurs]. Que aquello que fue Cantar y Cántico sigue velando hoy la palabra poética:

Ana Rossetti: la erótica devoción

Yo te elegía nombres en mi devocionario.

No tuve otro maestro.

Sus páginas inmersas en tan terrible amor

acuciaban mi sed. Se abrían, dulcemente,

insólitos caminos en mi sangre

–obediente hasta entonces– extraviándola,

perturbando la blancura espectral

de mis sienes de niña cuando de los versículos,

las más bellas palabras, asentándose iban

en mi inocente lengua.

Mis primeras caricias fueron verbos,

mi amor sólo nombrarte

y el dolor una piedra preciosa

en el tierno clavel de tu costado herido.

Flotaba mi mirada en el menstruo continuo

del incensario ardiente y mis pulsos,

repitiendo incesantes arrobada noticia,

hasta el vitral translúcido, se elevaban.

La luz estremecíase con tu nombre,

como un corazón era saltando entre los nardos

y el misal fatigado de mis manos cayendo,

estampas vegetales desprendía

cual nacaradas fundas de lunarias.

Párvulas lentejuelas entre el tul,

refulgiendo, desde el comulgatorio.

(«Festividad del dulcísimo nombre», en Devocionario, 1985).

 

Clara Janés: carne de vuelo

«A dentelladas te poseo los hombros,

fértil bocado primigenio

aún envuelto en las auras del Tigris.

Tu cuerpo entero se parece a ese río

que otorga mil cosechas

mientras desnudo avanza

por los cauces limosos.

La cúpula de estrellas

es todo su atavío».

(En Creciente fértil, 1989).

«Sin destino. Sin punto de partida.

Con los ríos debajo labrando su camino

como oscuras serpientes de agua

entre pobres montañas aterradas

y todo el mar huyendo del abismo.

De ignorancia a ignorancia

en plenitud de tránsito.

Con todos tus semblantes en el vientre,

…cristalina fuente…

Sin hacer más preguntas.

Que voy de vuelo».

(En Kampa, 1986).

 

Y

Sharon Olds: la floración del lecho

«[…]

Y te miré y te dije que sabía que eras Dios

y que yo era Dios y nos tumbamos en la cama

sobre una nube oscura, y en algún lugar bajo nosotros

estaba la tierra, y de algún modo todo lo que hicimos, la

sangre, el punteado rosa de la cabeza,

el nácar líquido que sale de la hendidura, la

bondad de todo lo que hicimos llegaría

hasta aquí mismo, encontraría su floración en el mundo».

(En La célula de oro, 1987).

Portada de «El Cantar de los Cantares de Salomón».

 

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2 comentarios

Francisco 20/08/2026 - 14:49

Muy hermoso. Clara Janés tambien tiene un comentario al Cantar. Y es célebre el de san Bernardo de Claraval (hoy 20 de agosto es su fiesta), extenso aunque comenta pocos capítulos.
Increíble la lista de comentarios espirituales (Orígenes, Gregorio de Nisa, Eckhart -que lo llamaba el Libro del amor-, etc.) y literarios. Y cabalísticos, claro.
El de Mario Satz ofrece el texto hebreo y su transcripción.

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Lucía 22/08/2026 - 12:21

Muchas gracias, Francisco, por sumar tantas iluminaciones a este «Cantar» inacabable. ¡Cuánto de él presente en nuestras palabras, poesías, pensamientos! Un abrazo.

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