Walter F. Otto desentraña el origen de Europa a través de la genealogía de las Musas, a las que atribuye el nacimiento del habla y el canto, y nos ofrece un repaso mitológico donde aún se encuentra el germen de Europa y la cultura occidental. Mario Colleoni reivindica la importancia del libro y acentúa el legado de su autor y la importancia que nunca ha dejado de tener los maestros en la transmisión de nuestra herencia cultural.
Hubo un tiempo en que los intelectuales más brillantes de Occidente se formaban en gimnasios. Dicho así, cualquiera podría pensar que se ejercitaban en alguna insólita modalidad de crossfit, pero no. Eran institutos, simples institutos donde al calor del único ejercicio de fuerza que da frutos eternos, la educación grecolatina, los alumnos adquirían las primeras herramientas con las que accedían a una comprensión de la cultura (y de la vida) menos especializada y, sin embargo, paradójicamente más amplia de lo que hoy cualquier centro de estudios moderno sería capaz de ofrecer. Después, una vez adquiridos estos primeros rudimentos, los alumnos entraban en la universidad, y allí, bajo la batuta de un maestro —sombra, bastón y guía— escogían una disciplina, se especializaban y aplicaban una metodología que orientara sus investigaciones.
No creo que Walter Friedrich Otto (1874-1954) tuviera la menor certeza de que sus estudios le sobrevivirían, pero estoy seguro de que siempre soñó con ello. Nacido en los estertores de una convulsa Europa finisecular, hijo de un acomodado farmacéutico protestante, se formó en un gymnasium de Stuttgart y terminó ingresando en la Escuela Evangélica de Tubinga, donde un siglo antes se habían diplomado tres grandes efes mayúsculas —de Friedrich— que engrosaron la historia de la poesía y la filosofía: Hölderlin, Hegel y Schelling. Estudió teología, pero pronto empezó a frecuentar los cursos de cultura clásica de Otto Crusius, Ludwig Schwabe, Wilhelm Schmid y su vida cambió para siempre. Percibiendo en él un insólito dinamismo para los estudios cruzados de filología, religión, arte o mitología, Schmid le aconsejó que se trasladase urgentemente a Bonn. Allí estaban los mejores maestros, el mitólogo Hermann Usener y el latinista Franz Bücheler, eminentes figuras de las que Otto, si no todo, lo aprendió casi todo.
Las Musas (1954) fue uno de sus últimos textos y puede decirse que, en apenas cien páginas, Otto pudo condensar toda la sabiduría que había cultivado. Un insólito libro monumental cuya erudición no era académica ni teorética ni mecanicista, sino profundamente humana.
Pasaron los años y en 1897 realizó su primera tesis de investigación, dio clases en una escuela de educación secundaria y un año más tarde ya estaba en Múnich, en calidad de filólogo, colaborando en la elaboración del prestigioso Thesaurus Linguae Latinae, el mayor diccionario de latín del mundo. Las primeras décadas del siglo XX serían testigo de su confirmación académica: se doctora en 1905 (siempre con Crusius, su mentor) y en 1911 consigue una cátedra en la Universidad de Viena. En 1913 también fue profesor de Literatura Latina en Basilea y, un año después, en la Universidad de Frankfurt, donde transcurrieron los veinte años más felices y fructíferos de su carrera. Aquí publicó alguno de sus libros más importantes, como Los dioses de Grecia (1929) o Dionisos (1933). Es aquí también, en el círculo académico de Frankfurt, donde se convierte, casi sin quererlo, en el eje de una nueva escuela de portentosos intelectuales —filólogos, sinólogos, filósofos— interesados en religión clásica y mitología, entre los que cabe señalar nada más y nada menos que a Karl Reinhardt, Richard Wilhelm o Karl Kérenyi. En el transcurso de los años treinta, paralelamente al proceso en el que Otto dejaría de ser pupilo para convertirse en un maestro, prepara la edición crítica de las obras inéditas de Nietzsche junto a Karl Schlechta y Martin Heidegger en el Archivo Nietzsche de Weimar, se traslada a la Universidad de Königsberg y allí, bajo el terror del régimen alemán, que ya había expulsado a profesores hebreos, en 1943 los nazis le vetan para la enseñanza. Dejando atrás su biblioteca y diversos estudios por publicar, Otto huye de la ciudad y logra refugiarse en Baviera. En 1946 da clases de Literatura Griega en Múnich y Gotinga, y al final de su vida, en 1955, es nombrado profesor emérito en la Universidad de Tubinga, ciudad en la que finalmente morirá tres años más tarde.
Otto fue tan importante por lo que escribió como por la persona que fue, vivía por y para una idea del mundo que hoy parece no tener cabida. Rememorarlo es, por tanto, un deber moral. Que fueran las Musas, las inspiradoras del Helicón, las hijas olímpicas, a las que Otto dedicara uno de sus últimos cantos es muy significativo.
Las Musas (1954) fue uno de sus últimos textos y puede decirse que, en apenas cien páginas, Otto pudo condensar toda la sabiduría que había cultivado. Un insólito libro monumental cuya erudición no era académica ni teorética ni mecanicista, sino profundamente humana. Por el modo en que lo abordó y, sobre todo, desde dónde lo abordó, Las Musas es un heraldo del humanismo que muchos seguimos añorando en los estudios culturales (si es que todavía quedan a nivel divulgativo dignos de este nombre) en la actualidad. Su forma de operar recuerda al Hesíodo de la Teogonía, aunque dibujar una genealogía de las Musas desde sus orígenes hasta el siglo XX, citando, recopilando, cotejando y confrontando todas las fuentes y tradiciones de los últimos veinticinco o treinta siglos de cultura literaria me atrevería a decir que es —Hesíodo me perdone— algo infinitamente más complejo. Entre semejante cantidad de material, Otto no solo fue capaz de digerirlo sin atragantarse u oscurecerse, sino que lo masticó y se lo ofreció al mundo, a nosotros (como lectores), con una generosidad proverbial, insuflándonos además esa milagrosa llama de la curiosidad y la inspiración. Leer Las Musas es volver a tener la certeza de que 1) aún quedan muchos ángulos desde los que abordar nuestra herencia espiritual y literaria más rica, elocuente y sabia, y 2) que la Antigüedad es realmente inagotable, eternamente bella y, como decía Pasolini refiriéndose a la poesía, rotundamente inconsumible. Antigüedad y poesía que, sin embargo, para desgracia de todos, el siglo XXI está olvidando.
Por eso he decidido esbozar una semblanza de su carrera antes que volcarme en el libro, porque creo que no podemos permitirnos el olvido de ningún maestro que haya invertido su vida en avivar la llama de la cultura, porque ese es el fuego que nos ha mantenido cohesionados como continente durante más de dos milenios. Otto fue tan importante por lo que escribió como por la persona que fue, vivía por y para una idea del mundo que hoy parece no tener cabida. Rememorarlo es, por tanto, un deber moral. Que fueran las Musas, las inspiradoras del Helicón, las hijas olímpicas, a las que Otto dedicara uno de sus últimos cantos es muy significativo. Ellas eran todo y en ellas estaba todo; eran la Historia, la Poesía, el Rito, el Amor, la Belleza, la Palabra, la Religión, el Relato… Y cuando se las ignoraba, cuando alguien tenía la osadía de desobedecerlas, eran letales, mortíferas e incluso crueles. Sin embargo, al otro lado de la historia, una parte del siglo XXI las sigue condenando con antipatía por influencia de un neofeminismo que quiere ver en ellas, no sin torpeza, la evidencia de un sistema heteropatriarcal que somete a las mujeres al poder de los hombres. Lo único que puedo aportar al respecto es que, si esa facción del feminismo hubiera leído libros como este, sabría que el empoderamiento de las mujeres ya existía mucho antes de que Angela Davis, Rebecca Solnit o Judith Butler pronunciaran una sola palabra, pero ya se sabe que la ignorancia voluntaria es tan ridícula como incontestable. Estoy seguro de que los eslóganes políticos son más sencillos de comprender. Por si alguien abriga dudas, opto por el sarcasmo porque la hipocresía me da gastroenteritis.

Primer plano del escritor Walter F. Otto.
Por lo demás, he escogido un libro prácticamente inencontrable porque quiero promover la revuelta de los lectores que deseen leerlo en papel y no puedan; de ese modo serán ellos mismos los que presionen a la editorial para que el texto vuelva a reeditarse (no miento si digo que, por bello que sea, el libro pide a gritos una nueva traducción). Hay otra razón, una espiritual, egoísta y en cierto modo desconsiderada. Me encuentro en un momento de mi vida en el que comienzo a padecer la terrible añoranza de un público cultural que no esté supeditado a las circunstancias plastificadas de la actualidad, un público que no se venda (o no se deje comprar) ideológicamente de la noche a la mañana a la enésima causa política por la que algo dicta que hay que poner el grito en el cielo, personas que sientan la necesidad de vivir por y para excavar los cimientos que nos han construido como humanidad, y Las Musas es la herramienta justa para escarbar de forma profunda en ese yacimiento, porque no solo certifica las bases sobre las que ha descansado esa sacra koiné griega que hizo nacer un continente entero llamado Europa, sino también porque es un instrumento inspirador en el que, como decía más arriba, el lector encontrará cientos de referencias que despertarán su curiosidad y, por esa razón, se verá movido a indagar, a buscar, a encontrar la equis del tesoro. Ese era el único propósito que tuve cuando acepté esta colaboración: conducir a nuevas lecturas, a nuevas preguntas, a nuevos libros (que no necesariamente nuevos, aunque sí actuales). Al principio de este, Otto asevera que solo pueden ser consideradas cultas aquellas personas que hablan por boca de una verdad revelada. Yo sé que, por pocas que sean, esas son las únicas personas con las que yo podría embarcarme en la Argo para hallar de nuevo el vellocino de oro y conquistar el mundo una vez más. Por eso espero que esas personas existan. Es todo lo que puedo decir porque es lo único que necesito saber. Todo lo demás, me temo, sería vil propaganda y miserable vanidad.