San Juan Evangelista tuvo la capacidad de mirar más allá del tiempo. Contempló la realidad desde una perspectiva que no pertenece al tiempo humano, sino a la eternidad de Dios. La iconografía cristiana lo representa con un águila: el ave que vuela más alto y cuya mirada alcanza un horizonte inaccesible. Desde esa altura contemplativa escribe el Evangelio y el Apocalipsis. El primero comienza antes de que exista el mundo; el segundo concluye cuando el tiempo ha dejado de existir.
Regresar hoy al Evangelio de san Juan es aproximarse a una forma distinta de mirar la vida. Así lo comprendió el Maestro Eckhart, místico y teólogo dominico alemán del siglo XIII, en su extraordinario Comentario al Evangelio de Juan, recientemente recuperado por la Editorial Cántico: el prólogo del cuarto Evangelio no remite únicamente al origen del mundo; habla también de una Palabra que sigue naciendo allí donde el ser humano se abre a Dios.
Desde el siglo IV, la tradición cristiana comenzó a representar a san Juan con un águila. Su Evangelio se distingue de los demás desde las primeras palabras, pues no parte de una genealogía o de un hecho histórico, sino del Logos eterno, anterior al tiempo y a la creación. De ahí que el águila se convirtiera en su atributo más reconocible. Como señala Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, la Antigüedad la convirtió en emblema del espíritu, de la luz y de la contemplación. Vive a pleno sol y su mirada permanece fija allí donde otras no alcanzan. Mensajera entre el cielo y la tierra, expresa el impulso que atraviesa todo el cuarto Evangelio: el Logos desciende al mundo y vuelve al Padre sin dejar de iluminar cuanto encuentra a su paso. En ese sentido, el Evangelio de Juan tiene la estructura y el impulso del vuelo de un ave. El apóstol escribe desde las mudanzas del espíritu, con una mirada capaz de atravesar el misterio sin dejar de contemplar la luz con los ojos abiertos.
El primer versículo del Evangelio de Juan hace que se distancie del resto: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). Dialoga con el Génesis de forma evidente, pues ambos comienzan con la misma expresión griega: En archē, «En el principio». Este narra la creación del mundo, pero Juan retrocede todavía más atrás, hasta un tiempo anterior al tiempo mismo. Antes de la luz, antes de la tierra, antes de los cielos, ya existía el Verbo, y con él la Razón creadora por medio de la cual todo fue hecho.
Los capítulos iniciales del texto joánico reproducen, de forma deliberada, la secuencia de la semana de la creación. Si el Génesis inaugura el universo en siete jornadas, Juan parece anunciar una creación nueva. La luz aparece nuevamente con el testimonio de san Juan Bautista; las aguas vuelven a adquirir protagonismo en el Jordán; nacen los primeros discípulos como germen de un pueblo nuevo; Jesús es revelado como la verdadera luz que guía a la humanidad y, finalmente, la secuencia culmina en las bodas de Caná. Allí donde el Génesis concluía con el descanso divino, Juan presenta el primer signo de Cristo.
En una época saturada de información como la nuestra y cada vez más impaciente, San Juan vuelve a recordarnos que la dignidad humana nace de la capacidad de reconocer una palabra verdadera, de descubrir el rostro del otro y de habitar el mundo con una humanidad más profunda.
«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). El verbo griego eskēnōsen no significa simplemente «vivió». Significa literalmente «plantó su tienda». Con esa palabra, el evangelista evoca de inmediato la Tienda del Encuentro del Éxodo, el lugar sagrado donde Dios habitaba en medio de su pueblo. En el Génesis, Dios crea el mundo; en Juan, el Creador decide entrar en él. Aquel que caminaba con el hombre en el frescor del Edén vuelve ahora a habitar entre nosotros, bajo la misma carne frágil que compartimos.

«El ángel muestra a san Juan la Nueva Jerusalén», de Adriaen Collaert. Serie «Icones Revelationum», 1585. © Art Institute of Chicago.
El Maestro Eckhart lleva esta intuición todavía más lejos al afirmar que existe en el alma una dimensión eternamente abierta a Dios, capaz de participar del nacimiento del Verbo en el interior humano. Desde esta perspectiva, el cristianismo deja de ser únicamente una doctrina o una moral para convertirse en una transformación de la mirada.
Resulta especialmente significativo que esta lectura pueda recuperarse hoy gracias a la reciente publicación, por parte de la Editorial Cántico, del Comentario al Evangelio de Juan del Maestro Eckhart, en traducción de Rafael Antúnez Arce. El volumen devuelve al lector una de las interpretaciones más hondas del prólogo joánico. Se detiene incluso en un detalle gramatical: Juan no escribe «en el principio fue el Verbo», sino «en el principio era el Verbo» (Jn 1,1). Para Eckhart, esa elección no es un matiz estilístico. El «era» no remite a un pasado lejano, sino a una presencia que nunca deja de ser. El principio del que habla Juan no es el primer instante del universo, es la realidad misma de Dios. Según Eckhart, la generación del Hijo no puede entenderse como un acontecimiento pasado. En Dios no hay sucesión temporal: el Verbo «siempre nace» porque permanece eternamente en el principio.
La totalidad del cuarto Evangelio parece converger en este versículo: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Ese «hasta el extremo» (eis telos) no significa únicamente intensidad. Significa plenitud, cumplimiento y consumación. Habla de una voluntad llevada hasta su límite, de un amor que no retrocede ante el sufrimiento ni ante la muerte. Como decía san Charles de Foucauld: la cruz revela un amor que no retrocede. Por eso no resulta casual que una de las últimas palabras pronunciadas desde la cruz sea Tetélestai: «Todo está consumado» (Jn 19,30). Aunque pudiera parecer un fracaso vital, es el cumplimiento de una promesa.
El prólogo presenta a Cristo bajo la categoría del Logos eterno, mientras que el Apocalipsis lo revela, de manera insistente, bajo el símbolo del Cordero, nombre con el que san Juan se refiere a Cristo hasta veintiocho veces. El Verbo por quien todo fue creado aparece ahora como el Cordero inmolado y resucitado, aquel que, precisamente porque ha atravesado la muerte, sostiene el sentido último de la historia. El Logos creador y el Cordero pascual son dos formas complementarias de revelar el mismo misterio: Dios crea por la Palabra y salva por la entrega.
Eckhart encuentra también en el diálogo de Jesús con la samaritana una de las intuiciones más profundas del texto. «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed». La sed de la que habla Cristo no es únicamente física: es esa búsqueda constante de plenitud que atraviesa toda existencia humana. Con frecuencia intentamos apaciguarla con bienes menores, pero tarde o temprano la necesidad de beber vuelve a despertar, porque ninguno de ellos puede colmar el ansia del corazón humano.
Eckhart encuentra también en el diálogo de Jesús con la samaritana una de las intuiciones más profundas del texto. «Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed». La sed de la que habla Cristo no es únicamente física: es esa búsqueda constante de plenitud que atraviesa toda existencia humana.
Para el místico dominico, el agua que Cristo promete pertenece a otro orden. Transforma desde dentro a quien la recibe, ensancha su capacidad de amar, de conocer y de esperar. Lo divino no empobrece al ser humano ni ocupa su lugar; lo lleva a ser plenamente aquello para lo que fue creado. Nos hace recordar que nuestra sed más profunda no está hecha para resignarse a lo provisional, sino para abrirse a una plenitud que ninguna realidad pasajera puede ofrecer.
El Evangelio comienza antes del comienzo, el Apocalipsis termina después del final. Ambos se sitúan en un espacio liminal del tiempo. Allí donde el Génesis abría un jardín, el Apocalipsis muestra una Jerusalén nueva, el árbol de la vida reaparece junto al río de agua viva, la muerte deja de existir. La luz ya no procede del sol porque «la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero» (Ap 21,23). Cristo pronuncia en las últimas páginas del Apocalipsis, casi in extremis, unas palabras que concluyen el arco abierto desde el primer versículo del Evangelio: «Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (Ap 22,13). La palabra apocalipsis suele asociarse a la catástrofe, cuando en realidad significa, ante todo, revelación: el gesto de retirar un velo. La vocación inequívoca de Juan es enseñar a mirar. Su Evangelio retira el velo del origen y descubre que, antes de toda creación, estaba el Logos. Su Apocalipsis retira el velo del final y muestra que el destino último de la historia es la ciudad donde Dios habita con los hombres.

Portada del «Comentario al Evangelio de Juan», publicado por la Editorial Cántico.
La Babilonia del Apocalipsis no pertenece únicamente al pasado. El «síndrome de Babel» sigue siendo una de las grandes tentaciones de toda civilización: la idolatría del lucro, la uniformidad que aplana las diferencias y la pretensión de un lenguaje capaz de traducirlo todo. Toda forma de organización humana que excluye a Dios termina deshumanizando al hombre. La ciudad definitiva no necesita ya templo ni luz creada: «el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo… y su lámpara es el Cordero» (Ap 21,22-23). El mismo Cristo que era la luz «que brilla en las tinieblas» (Jn 1,5) al comienzo del Evangelio se convierte ahora en la luz definitiva de la creación restaurada.
Frente a ella, san Juan contempla la Nueva Jerusalén «que descendía del cielo y venía de Dios» (Ap 21,2). No es una ciudad levantada por la ambición humana, es un don recibido. Allí donde Babel dispersa y Babilonia absolutiza el poder, la Jerusalén celestial reúne, reconcilia y devuelve a la humanidad su verdadero fundamento.
La visión de san Juan no quedó encerrada en el siglo I. Sigue ofreciendo una manera de mirar al ser humano y la historia. Las intuiciones de san Juan dialogan con nuestro presente. La reciente encíclica Magnifica Humanitas puede leerse como un eco contemporáneo de algunas de ellas. En una época saturada de información y cada vez más impaciente, vuelve a recordarnos que la dignidad humana nace de la capacidad de reconocer una palabra verdadera, de descubrir el rostro del otro y de habitar el mundo con una humanidad más profunda. El Logos no pertenece únicamente al origen de las cosas; sigue pronunciándose allí donde una vida se entrega, donde una verdad se busca y donde el amor se lleva hasta el extremo.
El documento recuerda que la finitud del ser humano, hecha de vulnerabilidad, dolor y fracaso, puede abrir el camino hacia el reconocimiento del rostro de Dios y del otro. Esa intuición atraviesa el Evangelio de san Juan. El Verbo se hizo carne (Jn 1,14), aceptó la fragilidad de la existencia humana y mostró que el camino hacia Dios pasa por una humanidad vivida. Nos enseña que el presente es el lugar donde sigue resonando una promesa perenne: la verdad. La verdadera altura del águila consiste en descubrir que el vuelo del Logos alcanza su plenitud cuando desciende hasta la carne.