San Juan Evangelista tuvo la capacidad de mirar más allá del tiempo. Contempló la realidad desde una perspectiva que no pertenece al tiempo humano, sino a la eternidad de Dios. La iconografía cristiana lo representa con un águila: el ave que vuela más alto y cuya mirada alcanza un horizonte inaccesible. Desde esa altura contemplativa escribe el Evangelio y el Apocalipsis. El primero comienza antes de que exista el mundo; el segundo concluye cuando el tiempo ha dejado de existir.
Regresar hoy al Evangelio de san Juan es aproximarse a una forma distinta de mirar la vida. Así lo comprendió el Maestro Eckhart, místico y teólogo dominico alemán del siglo XIII, en su extraordinario Comentario al Evangelio de Juan, recientemente recuperado por la Editorial Cántico: el prólogo del cuarto Evangelio no remite únicamente al origen del mundo; habla también de una Palabra que sigue naciendo allí donde el ser humano se abre a Dios.