La entrevista como género híbrido de conocimiento y
autoconocimiento, de apertura a la sabiduría y la transformación.
Las palabras aladas
«Fui piedra y perdí mi centro / y me arrojaron al mar, / y al cabo de mucho tiempo / mi centro vine a encontrar» —versos de una copla popular.
Una piedra de molino pierde su centro, el agujero que le permite girar y cumplir la función para la que fue hecha. Inservible ya, es arrojada al mar. Sometida durante años al movimiento del agua y a la erosión, termina por recuperar aquello que había perdido. Estos versos hablan de una piedra, pero también hablan de nosotros.
Perder el centro no es necesariamente una condena. A veces, la distancia provoca movimientos tectónicos lo suficientemente fuertes como para devolvernos al núcleo de toda pregunta. Hay extravíos que despiertan la sed de regreso; pérdidas que nos ponen de nuevo en movimiento. Quizá porque perder el centro no consiste únicamente en desubicarse, sino en alejarse de aquello que uno es, de aquello para lo que está hecho.
La obra de Pablo d’Ors —sacerdote, escritor y fundador de Amigos del Desierto— vuelve una y otra vez a la pregunta primigenia, a qué somos llamados. En Biografía del silencio, El olvido de sí y Los contemplativos (Galaxia Gutenberg), tres de sus títulos más conocidos, así como en otros libros como Devoción (Galaxia Gutenberg), cuya lectura recomiendo especialmente, esa búsqueda se vuelve incesante y exige afinar la mirada para reconocer el misterio cuando se abre paso, estar lo suficientemente presentes para corresponderlo.
«He encontrado —dice Pablo d’Ors—, eso puedo asegurarlo, pero mentiría si no dijera que sigo buscando». Sobre esa tensión entre haber encontrado y seguir buscando, entre el regreso y el devenir, orbitan algunas de las cuestiones que atraviesan esta conversación.
Es una bella tarde de primavera. Raimon me espera cerca de la estación de Sant Celoni —lugar que fue impulsado por los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalén en el S. XII y que debe su nombre a un mártir cristiano, cuyo nombre provendría del griego khelidōn, «golondrina» — simultáneamente hierático, sonriente, alegre y solemne. Nos sentamos, sin saberlo, enfrente de lo que parece ser un Cercis siliquastrum, un «Árbol de Judea», algarrobo loco o «Árbol del Amor», un árbol de rico simbolismo nativo del Mediterráneo oriental, con hojas cordiformes, en forma de corazón, y flores hermafroditas, purpúreas, mecidas por el viento y por la luz, un árbol de resonancias bíblicas, por su origen, tradicionalmente apreciado por los emperadores bizantinos por su espectacular floración primaveral y aún signo vivo de la actual Estambul con el nombre local de «Erguvan». Escuchamos atentamente el lenguaje luminiscente de ese árbol, ignorando, entonces, su verdadero nombre. Tras un instante de contemplación compartida de sus inflorescencias, sonreímos, nos aclimatamos al espacio y dejamos caer, entre risas, unas primeras palabras en el silencio:
En la Edad Media, todos los constructores de catedrales e iglesias solían ser anónimos. Se sabía quiénes impulsaban aquellas obras, pero no quiénes las diseñaban y mucho menos quiénes las llevaban a cabo. Era una manera de que, en el interior de aquellas construcciones, el nombre de Dios no se confundiera con el de los hombres. También en Japón se valoraba el anonimato entre quienes diseñaban y construían templos hace unos siglos. Aquellas obras preferían verse como un esfuerzo colectivo, aunque a los artesanos dedicados a su construcción se los conociese como miya-daiku. Lola Nieto, sin embargo, no fue en busca de nombres cuando viajó a Japón, antes de escribir La isla desnuda (La Caja Books, 2024). Le interesaba el lenguaje pero no los nombres. Con las palabras podía observar cómo los japoneses se relacionan con sus templos, con sus dioses, con la Naturaleza y consigo mismos. Y digo observar porque quiero diferenciar esa palabra de entender, algo que quizás a los occidentales nos resulte esencial y que a los japoneses no les preocupa ni siquiera un poquito. Creo que Lola Nieto lo sabe.
«Cuánto rumor en el silencio, noche, cuánta vida en mi muerte,
cuánta sangre en mis venas aún, cuánto calor en estas piedras.
Y mi corazón, como siempre, corre al encuentro de la sombra,
como en la vida.»
La tumba de Antígona. María Zambrano