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Conversaciones con Rosa Mascarell, secretaria de María Zambrano

Laura Escalante

 

«Cuánto rumor en el silencio, noche, cuánta vida en mi muerte,
cuánta sangre en mis venas aún, cuánto calor en estas piedras.
Y mi corazón, como siempre, corre al encuentro de la sombra,
como en la vida.»

La sombra de Antígona. María Zambrano

 

Todo encuentro debería inscribirse bajo el signo del milagro: una interrupción del orden, un desajuste en la lógica de lo previsto. No acontece del todo —irrumpe—, y aunque no haya en él preparación consciente, sí existe una forma de disposición, una apertura anterior incluso al gesto de búsqueda. Llega con la extrañeza con la que el corazón —como escribe María Zambrano— corre hacia la sombra, reconociendo algo en la lejanía antes de identificarlo.

Pensaba en esto cuando, una tarde de abril, descolgué el teléfono para hablar con Rosa Mascarell, pintora, escritora, secretaria de María Zambrano y, sobre todo, su amiga. No fue solo una conversación: era, en cierto modo, insuflar vida a un lugar donde la memoria de María Zambrano sigue latiendo en quienes la conocieron de cerca. Porque la memoria no es solo huella, es también compañía. La presencia que persiste.

En el transcurso de esa llamada, Rosa evocó un gesto que condensa de algún modo todo ese universo: la primera vez que se encontró con María Zambrano, esta le tomó las manos. Un gesto que definió y condensó el futuro.

Le pregunto, casi sin preámbulo, por el origen de su relación con María Zambrano. No tanto por el dato biográfico, sino por el umbral, ese instante en que una vida se inclina hacia otra.

La conversación deriva entonces hacia la relación entre filosofía y poesía. Rosa cuenta que, trabajando sobre el exilio de Zambrano, fue descubriendo algo que no se deja apresar del todo en el pensamiento conceptual: que hay experiencias que solo alcanzan verdad cuando se dejan atravesar por lo poético, sin por ello dejar de ser pensamiento.

Rosa responde que no hubo decisión, sino coincidencia. Estaba cursando el Máster en Estética y Teoría del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid, ya formada en Filosofía en Valencia, cuando una compañera le habló de que buscaban a alguien de confianza para trabajar en el entorno de María Zambrano, que acababa de regresar a España. No era un proyecto intelectual, sino una necesidad personal.

Le pregunto por la relación con Zambrano: si fue intelectual, afectiva, formativa. Rosa no separa esas dimensiones. Dice que, desde el principio, hubo una mezcla de exigencia y cuidado, pero también una cercanía intensa, atravesada por la ternura. María era muy cariñosa con ella. Era maestra en el sentido más antiguo del término: no la que transmite un contenido, sino la que pone a prueba la capacidad de recibirlo. Le exigía lecturas, atención. A veces con una pregunta que abría más que corregía: cómo no había leído ciertas obras o autores. Pero esa urgencia no era corrección, sino apertura.

Rosa Mascarell durante su viaje al Jura.

La conversación deriva entonces hacia la relación entre filosofía y poesía. Rosa cuenta que, trabajando sobre el exilio de Zambrano, fue descubriendo algo que no se deja apresar del todo en el pensamiento conceptual: que hay experiencias que solo alcanzan verdad cuando se dejan atravesar por lo poético, sin por ello dejar de ser pensamiento.

De esa zona intermedia —donde una forma no sustituye a la otra, sino que la prolonga, como una sombra— nace su propio universo de escritura. En él, el libro Exilio francés. Mi viaje al Jura de María Zambrano surge como una «carta expandida» a María: no un estudio ni un ensayo convencional, sino una escritura atravesada por el desplazamiento emocional del viaje. El recorrido por los lugares donde Zambrano vivió su exilio se entrelaza con la memoria, los testimonios de sus amigos de allí, la imaginación y las conversaciones mantenidas en Madrid con la filósofa.

El viaje desencadena primero la escritura poética, que brota movida por la presencia de María, por su huella insistente en el paisaje y en la memoria. Después, casi como prolongación natural de ese impulso, aparece el ensayo: un texto ya en otro registro, donde Rosa se dirige directamente a Zambrano, la convoca, la interpela, como si la conversación continuara más allá del tiempo. Y ambos textos se acompañan y se corrigen mutuamente, como si allí donde uno no alcanza a decir, el otro pudiera continuar.

El exilio, entonces, no aparece como un tema histórico, más bien como una forma de vida que no se ancla en el tiempo, que se desplaza entre lo real y lo imaginado. Siempre implica una ruptura, un aislamiento radical, un desajuste en el arraigo.

Le pregunto por las constelaciones de amistad en torno a Zambrano: la Generación del 27, la Residencia de Estudiantes, el exilio.

Menciono yo a Emilio Prados, a quien le tengo un gran cariño. Es doloroso que siga apareciendo como una figura secundaria cuando es un poeta mayor, de una intensidad que vertebra en silencio toda la sensibilidad del 27. Siento casi una urgencia de rescatarlo del lugar en el que ha quedado relegado; me encomiendo, de algún modo, a «resucitar» su presencia. Rosa coincide en su valoración: ambas estamos de acuerdo en su enorme importancia. Ella lo acoge como una presencia decisiva, con quien además Zambrano mantuvo una correspondencia sostenida. No solo como poeta, sino como figura de nobleza extrema. Junto a Manuel Altolaguirre, Concha Méndez y otros nombres del entorno, Prados forma parte de una red que no era solo literaria, sino existencial. En esa forma de vida aparece algo decisivo: la generosidad de aquella generación, su capacidad de sostenerse unos a otros incluso en la diferencia o el desencuentro, incluso en el roce o el desplante. Una lealtad que no era ingenua, pero sí profundamente compartida.

A partir de ahí se impone una idea que ha atravesado toda la conversación: el oficio. María Zambrano hablaba del oficio del escribir, del pensar, incluso del vivir, no como categorías profesionales, sino como formas de trabajo con una materia invisible. Rosa lo recuerda como una de sus enseñanzas centrales: la pintura necesita rigor y sacrificio, y esas mismas condiciones atraviesan también la escritura.

Comentamos la relación entre pintura y poesía, y la cercanía que ambas comparten en su forma de trabajo con la materia. La palabra, en poesía, aparece como algo expuesto desde el inicio, sin posibilidad de corrección sin pérdida; en pintura, en cambio, existen capas, veladuras, desplazamientos.

Claros en el bosque del Jura.

Rosa matiza desde su propia experiencia con la técnica: en algunos procedimientos que ella utiliza, como el temple, tampoco hay margen para la rectificación. No todo en pintura admite corrección. Hay materiales que obligan a una exposición directa, sin resguardo.

A partir de ahí se impone una idea que ha atravesado toda la conversación: el oficio. María Zambrano hablaba del oficio del escribir, del pensar, incluso del vivir, no como categorías profesionales, sino como formas de trabajo con una materia invisible. Rosa lo recuerda como una de sus enseñanzas centrales: la pintura necesita rigor y sacrificio, y esas mismas condiciones atraviesan también la escritura.

El oficio no es una identidad ni una etiqueta, sino una disciplina del tiempo. Frente a la lógica contemporánea de la profesionalización —que tiende a sustituirlo por el rendimiento, la visibilidad o la productividad—, remite a otra cosa: a la persistencia en lo que no siempre produce el resultado deseado.

Una de las obras de Mascarell.

El arte no era solo expresión, sino una forma de aprendizaje de la mirada. No se trata de entender, sino de aprender a ver.

También esa misma lógica se prolonga en su otra gran labor: la de comisaria de arte. No se trata de ordenar jerárquicamente las obras, más bien de hacer que se escuchen entre sí y se entiendan por proximidad y resonancia. Como ocurrió en la exposición que dedicó a Alfons Roig en el MuVIM, sacerdote valenciano, profesor y crítico de arte que mantuvo una amistad profunda y una larga correspondencia con María Zambrano.

Y, sin ánimo de insistir ni de forzarlo, ella permanece como una presencia de fondo durante toda la llamada: no como objeto de estudio, sino como una forma de acompañamiento intelectual y afectivo que sigue operando desde dentro hacia fuera, en su manera de pensar y de hacer.

La conversación no se acaba, se recoge para retomarla en el futuro. Nos queda clara una cosa: hacer caminos es un compromiso total, como tender la mano a una silueta que se precipita hacia uno mismo; predisponerse al encuentro, presenciar el milagro y no cerrar los ojos.

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