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Andréi Tarkovski en María Zambrano, laberinto

De entre los distintos motivos que despiertan extrañeza en el cine de Andréi Tarkovski, por la forma en que se muestran, cargados de misterio, se encuentra la aparente divergencia con la que la realidad capilar de sus imágenes y sonidos, tan vivos, contrasta con un (tras)fondo dominado por el mundo de las ensoñaciones. En el pensamiento de María Zambrano encontramos una explicación sobre la raíz de tal extrañeza. Zambrano ayuda a iluminar ese punto ciego en la obra del cineasta sin necesidad de revelar por completo ninguno de sus misterios.

 

El autor mismo, Proust, parte de una cierta hora a liberar sus sueños iniciales, sueños vividos en la vigilia. No intentó despegarse de ellos, sino que fue a liberarlos, del único modo posible, desentrañándolos, pasándolos por la realidad. Y para que así se cumpla ha de liberar a la realidad, ella misma. Parte en busca de la realidad y del tiempo para llevarlos a la libertad».

María Zambrano, El sueño creador

Las de Marcel Proust y Andréi Tarkovski son dos búsquedas no solo similares, sin duda, sino simétricas a su manera. De ahí que lo sugerido en la cita por María Zambrano, aun refiriéndose al primero de ellos, ilumine un punto ciego en el cine del ruso, siempre difícil de explicar. Este pensamiento suyo desenreda una contradicción desde donde Tarkovski hace crecer toda su filmografía. Como en un acto reflejo, sumergida en Proust, Zambrano habla sobre la forma en que el cine de Tarkovski nos resulta extrañamente vivo.

Y es que, por tratarse de Tarkovski, convendremos, hablar de «realismo» es insuficiente. Eso que se muestra vivo en sus películas no se debe a que la ficción, en ellas, sea eficaz por verosímil. ¿Quién se atrevería a calificar su obra como «realista»? Lo real, en cada uno de sus filmes, no nace por acumulación de señales que recuerden, mucho o poco, a cómo suceden las cosas en la vida cotidiana. Allí la realidad no actúa por delegación ni réplica. La obra se muestra real porque algo vivo prende en ella. Por eso son las imágenes mismas lo que terminamos sintiendo, extrañamente, como inundadas de realidad autónoma. En esta apreciación suya sobre Proust que con tanta naturalidad refleja la «fórmula Tarkovski», Zambrano asocia esa impresión de vida autónoma a la posibilidad de que algo sea liberado en la obra y por la obra. En virtud de la obra algo se desprende de sus ataduras.

A partir de ahí, lo expresado por Zambrano me empuja a pensar que si Tarkovski cuida la realidad en sus películas con tanta dedicación, llegando al sacrificio personal cuando es necesario, tal vez lo haga con el objetivo de que esas mismas obras provoquen la liberación no solo de la realidad misma, sino también de los sueños que la realidad encubre en sus películas. De algún modo, su empeño como creador habría consistido en reconstruir lo soñado haciéndolo atravesar algo real, en la película, para que así se cumpla una auténtica reaparición (recuperación, reparación…) de lo soñado originalmente y hasta del tiempo al que pertenecería lo soñado. ¿No es esta una fórmula perfecta con la que definir su arte? ¿No está sembrada su filmografía, acaso, de sueños «pasados por la realidad»? Es más, en su cine, en ese lugar en que terminan convirtiéndose sus películas una y otra vez, lugar de autenticidades exuberantes, dicha impresión de realidad no solo responde a la forma en que se acoge (y hasta se protege) a ese algo que percibimos como vivo… Para Tarkovski es también imprescindible que la posibilidad de explorar los sueños, con sus tiempos correspondientes, conforme una experiencia tan auténtica (tan arcaica, por lo tanto) como en la vida real. Y es que tampoco a lo soñado le basta, si nos atenemos a cómo se desenvuelven las obras de este cineasta, con actuar por delegación. Tarkovski recrea sueños que no se limitan a aparecer como simple disfunción en la percepción de la realidad; no un degradado de la vigilia o espesor de la atención; lastre. Tarkovski reconoce al sueño como la parte constituyente de la realidad que es. Y porque así lo reconoce, acomoda o desliza sueños delicadamente acompasados con la realidad, alimentados de realidades.

Lo extraño es esto, precisamente. Que todos esos signos de viveza, en las imágenes de su cine, acudan como una superficie que cubre a otra substancia primordial, lo soñado. Más que de realidad, en sus películas, tal vez conviene hablar de elaborados tapices de realidad. De una piel o tejido de realidades que protege a un mundo de sueños. Frente a esto, lo habitual suele ser el que la realidad termine siendo maquillada de ensueño en el cine.

¿Cómo consigue algo semejante, que la realidad capilar de sus imágenes resulte tan viva, aún a pesar de no ser más que un relieve, una moldura que lo soñado presiona desde dentro? Aunque no alcance para resolver por completo la complejidad del asunto, es útil advertir que Tarkovski, en este aspecto sí, actúa de una manera escrupulosamente «realista». La propia vida avanza y actúa así. Con lo verdaderamente esencial cubierto por un despliegue de apariencias suntuosas que englobamos bajo la palabra «realidad»… Toda esa capa de experiencias inmediatas es apenas la superficie de lo vivo (y de lo vivido).

Zambrano nos ayuda a comprender por qué intuimos en Tarkovski a un cineasta único. Reflejado en Proust, nos muestra a un autor dispuesto a conducir sus sueños a través de la realidad… como pastor que guía a su rebaño.

Podríamos enumera la gran cantidad de huellas presentes en la obra del cineasta que, a nivel escenográfico, por ejemplo, confirmarían esta hipótesis inspirada por Zambrano. Pensemos en todo ese muestrario de materias vivas que en sus películas se comportan como paños mojados pegados a otra cosa, a algo que se inflama bajo tanta superficie delicadamente real: alfombras de musgo y líquenes; paredes desconchadas (no como señal de degradación sino como muestra de que su propia descomposición, nuevo estado de una misma materia, es otra variante en la colonización silenciosa de la realidad desde su interior); texturas desgastadas presentes los tejidos, en objetos abandonados, metales oxidados… ; el agua, incluso, como una superficie  envolvente más, una que riega, baña o acaricia otras superficies al derramarse; agua estancada o que fluye con la belleza de otro mundo, que se convierte en una lente de aumento con la que observar al detalle lo que en ella se encuentra sumergido, lo que la atraviesa, lo que reposa en su fondo… Así la brisa o los golpes de viento, toda esa agitación atmosférica espontánea que se parece mucho al presagio de un acontecimiento que no termina de ocurrir. A este canon estético de revestimientos se ajusta, incluso, el modo sinuoso, ceremonial, con el que animales domésticos y personas se desplazan de un lado a otro en sus películas, la forma en que sondean la superficie del planeta… pues actúan como si transitasen por un infinito campo minado. Tal vez teman que el sueño estalle bajo sus pies de manera incontrolada, que una liberación no equilibrada provoque el desplome del cascarón de realidades que hasta ese momento venía protegiendo a la correcta gestación de lo soñado.

Un instante del film «Solaris».

Muchas obras audiovisuales, escuelas, atores y autoras de toda condición o nacionalidad, emplean como combustible motivos tomados de lo «real». Lo hacen, a su vez, bajo cientos de fórmulas o variaciones distintas. Desde el documental como género hasta la variación que, en el mismo, plantea el subgénero del diario autobiográfico; del neorrealismo al direct cinema, del dogma al cinema verité… Ahora bien, el deseo u opción de reflejar la realidad, de tomar algo prestado de ella, de «decir» a la manera de la realidad, no garantiza una sensación de viveza como la que probamos en el cine de Tarkovski. Tampoco tiene por qué ser ese su objetivo, bien es cierto. Zambrano nos ayuda a comprender por qué intuimos en Tarkovski a un cineasta único. Reflejado en Proust, nos muestra a un autor dispuesto a conducir sus sueños a través de la realidad… como pastor que guía a su rebaño. Un autor que, tal y como le ocurrió a ella misma, a la propia María Zambrano, parte en busca de la realidad para liberar a lo soñado hacia lugares en donde esto parece posible, en particulares abrevaderos de tiempo y realidad: películas en Tarkovski, escritura y pensamiento en Zambrano. Explorar la convergencia de la obra de Zambrano y la de Andréi Tarkovski, tal y como ocurre entre Tarkovski y Proust, equivale a perderse, gozosamente, en este extraño laberinto de espejos.

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