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Ramificaciones de lo sagrado

Pablo Gallo

Aunque el culto a los árboles haya desaparecido, su significado cultural permanece latente en tradiciones como el árbol de Navidad, la protección de los árboles antiguos o los movimientos ecológicos que, con el fin de proteger la naturaleza, combinan espiritualidad, tradición y activismo.

 

La semilla, toda semilla, ¿no está vencida cuando es enterrada? Y cuando revive de entre los muertos, donde se la arrojó, es porque se ha vencido enteramente a sí misma».

El hombre y lo divino, María Zambrano

Una vez más paseo mis ojos por el laberinto arbóreo. Están más que acostumbrados a adentrarse en la espesura, a posarse en hojas y troncos, a irse por las ramas. Celebran siempre la llamada del bosque y sus derivas.

Camino y me digo que todo árbol desciende de una estirpe vegetal que se pierde en el tiempo. Pero no todos los árboles comparten un origen común. La forma arbórea evolucionó de manera separada, en diferentes grupos de plantas, como respuesta a la competencia por su principal fuente de energía: la luz solar. Hoy las estirpes vegetales continúan vivas a través de las miles de millones de semillas que germinan bajo el sol, permitiendo así que la vida leñosa se renueve y perpetúe, conectando el presente con un pasado remoto en el que, representando una conexión vital entre el hombre y la naturaleza, los árboles, como seres poderosos y longevos, eran venerados por ser fuente de alimento, combustible, medicina, sombra, cobijo…

Camino con un pequeño retrato de María Zambrano. Lo he hecho a partir de una fotografía en la que la escritora aparece ya mayor, al final de su vida, sosteniendo un cigarrillo. Cuando me canse de caminar, abandonaré el retrato bajo el árbol más cercano.

No creo que hoy podamos hacernos una idea, con claridad, de lo que llegaron a significar los árboles. Durante miles de años, fueron considerados nada menos que puentes entre el cielo y la tierra, simbolizando la vida eterna, la fertilidad y la protección. Uno de los mitos vegetales más antiguos, el de Mashy y Mashyane, que proviene del zoroastrismo, la cosmología del antiguo Irán, nos cuenta el origen de la humanidad utilizando el arquetipo del «Árbol de la vida»: tras la muerte del primer ser humano, o ser primigenio, llamado Gayomard, nació de su cuerpo una planta de ruibarbo de la que, a su vez, nacieron, y crecieron juntos, Mashy y Mashyane. Al principio eran un solo ser, y después se separaron en una forma femenina y otra masculina. Más tarde, según la tradición, Mashy y Mashyane dieron a luz a quince pares de gemelos que se dispersaron por el planeta convirtiéndose en las diversas razas de la humanidad. En este mito también se representa la eterna batalla entre el bien y el mal, ya que Mashy y Mashyane prometen ayudar a Ahura Mazda, conocido como el Señor Sabio, en la lucha contra Ahriman, el Espíritu Maligno.

Camino con un pequeño retrato de María Zambrano. Lo he hecho a partir de una fotografía en la que la escritora aparece ya mayor, al final de su vida, sosteniendo un cigarrillo. Cuando me canse de caminar, abandonaré el retrato bajo el árbol más cercano.

Las ramificaciones de los mitos son inescrutables. Un sinfín de seres arborizados recorren las diversas mitologías de este mundo. Leyendas, fábulas y cuentos populares nos interpelan sin descanso cuando atravesamos un bosque. Sus cantos, lejanos pero esenciales, son revelados, bajo nuestros pies, por el continuo crujir de hojas y ramas. Nos recuerdan, al caminar sobre ellas, que muchas culturas antiguas cultivaron el animismo, la creencia de que todos los elementos naturales, incluyendo a los árboles, poseen un espíritu, alma o esencia vital. En esta cosmovisión, que nace en el mundo primitivo, los árboles no son objetos inanimados, sino seres vivos con conciencia y voluntad.

«La creencia de tener un alma no es, ni mucho menos, ingenua, primaria», nos dice María Zambrano en El hombre y lo divino, «Por el contrario, todos los investigadores del mundo primitivo nos muestran una gran riqueza de creencias integrantes de lo que se ha llamado animismo; las almas residen en las cosas, en los animales, en los árboles; eligen como morada las piedras y lugares encantados; vivifican la tierra en esos focos de lo sagrado —«lugar rico en almas»—, dice un antiguo documento egipcio».

«Al modo de la semilla se esconde la palabra», escribe María Zambrano.

 

A medida que las sociedades se volvieron más complejas, el animismo de los cazadores-recolectores se adaptó a las sociedades agrícolas acentuando el aspecto de fertilidad de los árboles, evolucionando hacia prácticas mitológicas, culturales y religiosas estructuradas en diversas civilizaciones. En el hinduismo los árboles eran vistos como el origen de la vida y depósitos de deidades. En las tradiciones celtas y nórdicas algunos árboles —como el roble, el avellano o el acebo— eran conocidos como «señores del bosque», con ejemplares sagrados alrededor de los que se celebraban rituales. En la antigua Grecia los árboles se encontraban ligados a las deidades, como en el caso de Atenea y el olivo, Apolo y el laurel, Zeus y el roble. En África, la veneración del baobab, conocido como el «Árbol de la vida», ha sido una práctica arraigada en la cultura, la espiritualidad y la vida cotidiana de gran parte del continente.

Si los primeros humanos veían a los árboles como vecinos con espíritu y percibían ciertos bosques como templos sagrados, a partir del tercer milenio a. C. el árbol pasa a simbolizar la divinidad protectora, la diosa madre, y, más tarde, en el primer milenio, la realeza y el poder. En ocasiones el culto a los árboles influyó o resistió la propagación de las religiones monoteístas que, como en el caso del cristianismo, buscaban talar los bosques paganos y edificar sus templos allí donde antes hubo árboles sagrados. Así lo atestigua, nacida de ritos ancestrales, la tradición europea de los «Árboles de Junta y Concejo», mostrándonos cómo el árbol ha sido centro de toma de decisiones y, por tanto, símbolo de identidad y resistencia comunitaria.

Camino pensando que bajo mis pies hay un mundo oculto, de raíces y hongos, que también se ramifica conectando la vida y la muerte desde el principio de los tiempos. Ramificaciones subterráneas que nos desvelan una visión holística de la realidad, un ecosistema complejo e interconectado que abarca dimensiones ecológicas, sociales, culturales y espirituales. En el libro Los bienaventurados, María Zambrano escribe: «La vida se arrastra desde el comienzo. Se derrama, tiende a irse más allá, a irse desde la raíz oscura, repitiendo sobre la faz de la tierra —suelo para lo que se yergue sobre ella— el desparramarse de las raíces y su laberinto».

Si los primeros humanos veían a los árboles como vecinos con espíritu y percibían ciertos bosques como templos sagrados, a partir del tercer milenio a. C. el árbol pasa a simbolizar la divinidad protectora, la diosa madre, y, más tarde, en el primer milenio, la realeza y el poder.

Aunque el desparrame del culto a los árboles haya desaparecido en el mundo contemporáneo, su significado cultural permanece latente en tradiciones como el árbol de Navidad, la protección de los árboles antiguos o los movimientos ecológicos que, con el fin de proteger la naturaleza, combinan espiritualidad, tradición y activismo. Además, ahora sabemos que la visión animista no iba nada desencaminada. Sabemos que los árboles son organismos mucho más complejos y activos de lo que pensábamos hasta hace poco. Sabemos que se comunican entre ellos a través de las redes subterráneas de hongos, enviándose señales de alerta sobre peligros, compartiendo nutrientes y apoyando a ejemplares jóvenes o enfermos. Sabemos que poseen memoria, la memoria celular con la que se adaptan al cambio climático. Sabemos que todavía son muchos los secretos que guarda el mundo arbóreo.

Dejo de caminar, contento de haber llegado hasta donde estoy, de ser testigo, una vez más, de las ramificaciones que me brinda el bosque. Poso el retrato en el suelo, apoyándolo en la base de un roble, con María Zambrano convertida, al mismo tiempo, en ofrenda y semilla: «Al modo de la semilla se esconde la palabra. Como una raíz cuando germina que, todo lo más, alza la tierra levemente, mas revelándola como corteza».

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