Un regreso a lo sagrado y al orden natural de la vida como fundamentos de nuestro ser, una sabiduría para afrontar la orfandad y el desarraigo nihilista/violento de la modernidad, una ética fundada en el amor y la piedad.
María Zambrano
«El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar», nos advierte Zambrano al inicio mismo de su ensayo; es un recinto sagrado que nos atrae, al mismo tiempo que nos repele. Ante él nos detenemos al presentir su plenitud y su presencia en demasía. Y ese lleno absoluto nos asusta porque tememos no ser capaces de soportar tanta belleza, como anunciaba Rilke, pues, cuando no se sabe sostenerla, puede ser el comienzo de lo terrible. El dolor y el miedo se enroscan como sierpes en quien contempla esta belleza, anunciando su huida. Una vez vislumbrada, caemos presos de ella y comenzamos a temer su ausencia. Todo se vuelve detritus, fleco y residuo cuando nos anega la nostalgia de aquella plenitud. Vivir se convierte entonces en un sinsabor donde anida la tristeza, y perdemos el gusto y la atención por las cosas. Como pobres peregrinos, deambulamos sin norte buscándola por todos los rincones. Ya llevamos abierta en nosotros la herida del amor que nos impulsa a emprender la senda. Todo camino comienza por un impulso erótico…
Una antropología espiritual donde la correa de sombra que circunda el corazón se transforma en tajo de luz por uno de los actos más subversivos y poéticos que existen: la meditación.
María Zambrano nos legó una hermosa ofrenda: la razón poética es una razón de la esperanza. Una razón enraizada en las profundidades del desierto, que acoge el padecer de su ser en ruinas y que sostiene, mediada por el Amor, la promesa de una llama que alumbra en lo más hondo de la noche oscura: la llegada de la Aurora.
¿Qué esconde, en su secreto seno, la ruina? Ella es, como el teatro, la esfera de la visión. A partir de El uso de las ruinas de Jean – Yves Jouannais; un encuentro entre ruina y teatro — a través de Ortega y Gasset, María Zambrano, Clara Janés y Anne Dufourmantelle — una defensa de esa pequeña esperanza que emana de la grieta, recubierta de misterios, y que pide de nosotros la inclinación de aquel que se dispone a creer ejercitando la mirada.
María Zambrano se convirtió en una pensadora única, capaz de unir lo íntimo y lo universal, organizando profundas intuiciones emocionales en formas concretas de pensamiento llenas de belleza, siempre al servicio de lo más profundamente humano: el alma. A través de la astrología arquetipal, una disciplina psicológica que contempla la astrología como una cartografía profunda del alma humana, un mapa del potencial psicológico donde el firmamento refleja las estructuras invisibles de la psique, analizamos los aspectos generales de la carta natal de la pensadora veleña, que vino al mundo el 22 de abril de 1904, a las 14,30 horas, en Vélez-Málaga.
En el prólogo a la segunda edición de El hombre y lo divino María Zambrano nos revela que la mayoría de los textos allí reunidos fueron escritos sin pensar en su posterior publicación. Lejos de comprometer esta coyuntura la calidad literaria del libro, sin embargo, lo que más bien le proporciona es mayor posibilidad de vuelo, pues, como añade poco después la malagueña, cuando se escribe sin una finalidad concreta es cuando la escritura se dota a sí misma de la ligereza necesaria para poder surcar las sendas de lo trascendental. El último de los ensayos que se reúnen en El hombre y lo divino lleva por título El libro de Job y el pájaro, y creo que convendremos que si hay un asunto hiriente para cualquier vida, ese es el bautizado como «problema del dolor».
En una carta a Agustín Andreu fechada el 10 de julio de 1975, María Zambrano imagina una nueva Escuela de Filosofía, al modo de la Academia Platónica, pero con otras exigencias. Con una visión nueva. Mientras daba clases en la Universidad Central de Madrid como profesora auxiliar de Metafísica, elaboró unos apuntes para impulsarla. María recuerda que, en el dintel de la puerta de la Academia platónica, podía leerse una exigencia: «Que nadie entre aquí si no sabe geometría». Esta disciplina servía de preparación intelectual para la filosofía y la lógica, abría el camino. Pero María no imaginaba su Escuela de esa manera. En lugar de la geometría, colocó unos puntos suspensivos a modo de interrogante y se emplazó a buscar la «palabra justa», esa palabra que algún día tal vez se le dará. Confía en encontrarla, en hallar la palabra exacta, aquella sobre la que girará su proyecto de enseñanza.
María Zambrano —como gran parte de su generación— transitó por mundos imposibles para los mortales en tiempos de Kali Yuga, aquellos que Alain Daniélou definió como la «edad de los conflictos». Lo que para otros fue un siglo de sistemas, progreso y métodos, para ella fue un horizonte angosto. La filosofía académica moderna, con su impostada pulcritud de laboratorio, aparecía entonces como una forma de aplazar lo esencial. No es que Zambrano renegara del rigor —su lectura heredada de Ortega y Zubiri fue siempre minuciosa, con un oído conceptual finísimo—, pero percibió pronto que aquel rigor podía convertirse en coartada para algo turbio, pues era el modo civilizado de no entrar en el abismo. Por eso, atenta a lecturas de Jung, Corbin o Guénon, fue dejando que el intelecto se contaminara de aquello que la academia moderna tendía a exorcizar: el símbolo, el sueño, el mito, lo imaginal, la experiencia gnóstica como forma de conocimiento.
De entre los distintos motivos que despiertan extrañeza en el cine de Andréi Tarkovski, por la forma en que se muestran, cargados de misterio, se encuentra la aparente divergencia con la que la realidad capilar de sus imágenes y sonidos, tan vivos, contrasta con un (tras)fondo dominado por el mundo de las ensoñaciones. En el pensamiento de María Zambrano encontramos una explicación sobre la raíz de tal extrañeza. Zambrano ayuda a iluminar ese punto ciego en la obra del cineasta sin necesidad de revelar por completo ninguno de sus misterios.
Entradas Recientes