Un regreso a lo sagrado y al orden natural de la vida como fundamentos de nuestro ser, una sabiduría para afrontar la orfandad y el desarraigo nihilista/violento de la modernidad, una ética fundada en el amor y la piedad.
María Zambrano
Hay una psicología cientificista que diagnostica a las personas a través de una rejilla de evaluación, y otra que sabe, sencillamente, dejar ser. De la segunda tratan estas líneas: de cómo a partir de la lectura de la obra de María Zambrano puede mirarse a los pacientes y de cómo sus rasgos distintivos son un saber sobre el alma y una razón poética.
María Zambrano perteneció a una generación que quiso transformar la cultura en una forma de vida y de responsabilidad cívica. Una juventud que comenzó bajo el signo luminoso de la poesía y acabó enfrentándose al sacrificio de la historia. Ella misma la llamó, con una expresión estremecedora, «la generación del toro, del sacrificado». Estas páginas recorren el tránsito de aquella esperanza compartida hacia una conciencia herida, allí donde pensamiento, poesía y compromiso dejaron de poder separarse.
A lo largo de la historia huir al bosque ha implicado romper de manera radical con el orden social establecido. Representa un cambio, una prueba o la entrada al oscuro y misterioso mundo del subconsciente. En el caso de María Zambrano fue La Pièce, la modesta casa de campo, situada en el pueblo francés de Crozet, donde vivió exiliada entre 1964 y 1978, tras haber pasado por México, Cuba, Puerto Rico, Italia y Suiza. En esta «choza», a la que Zambrano llama también mi madriguera, encuentra un espacio de soledad y contacto con la naturaleza que le llevará a escribir obras como Claros del bosque.
¿Cómo discurriría la razón si se dejase guiar por el misterio de las ruinas? Y si el pensamiento se ajardinara, ¿mostraría una estética de la lentitud capaz de proteger la vida de todos los seres del tiempo que la sostienen? Con la obra de María Zambrano como lucerna, proponemos desplegar un fragmento posible del mapa poético anunciado por las preguntas anteriores. Y, sobre todo, compartir una actitud.
El pensamiento de Hannah Arendt y de María Zambrano no habría llegado a ser lo que fue sin el exilio. Les hubiese faltado espacio para estirarse más allá de las fronteras. El exilio se convirtió en el albergue desde el cual les fue posible ejercitar un acto reflexivo muy personal, del más allá, tan propio del pensamiento nómada que va a contracorriente sin temor a las barandillas con las que se cruza en la sinuosa senda de quien no está dispuesta a volver al mismo lugar del que partió.
«El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar», nos advierte Zambrano al inicio mismo de su ensayo; es un recinto sagrado que nos atrae, al mismo tiempo que nos repele. Ante él nos detenemos al presentir su plenitud y su presencia en demasía. Y ese lleno absoluto nos asusta porque tememos no ser capaces de soportar tanta belleza, como anunciaba Rilke, pues, cuando no se sabe sostenerla, puede ser el comienzo de lo terrible. El dolor y el miedo se enroscan como sierpes en quien contempla esta belleza, anunciando su huida. Una vez vislumbrada, caemos presos de ella y comenzamos a temer su ausencia. Todo se vuelve detritus, fleco y residuo cuando nos anega la nostalgia de aquella plenitud. Vivir se convierte entonces en un sinsabor donde anida la tristeza, y perdemos el gusto y la atención por las cosas. Como pobres peregrinos, deambulamos sin norte buscándola por todos los rincones. Ya llevamos abierta en nosotros la herida del amor que nos impulsa a emprender la senda. Todo camino comienza por un impulso erótico…
Una antropología espiritual donde la correa de sombra que circunda el corazón se transforma en tajo de luz por uno de los actos más subversivos y poéticos que existen: la meditación.
María Zambrano nos legó una hermosa ofrenda: la razón poética es una razón de la esperanza. Una razón enraizada en las profundidades del desierto, que acoge el padecer de su ser en ruinas y que sostiene, mediada por el Amor, la promesa de una llama que alumbra en lo más hondo de la noche oscura: la llegada de la Aurora.
¿Qué esconde, en su secreto seno, la ruina? Ella es, como el teatro, la esfera de la visión. A partir de El uso de las ruinas de Jean – Yves Jouannais; un encuentro entre ruina y teatro — a través de Ortega y Gasset, María Zambrano, Clara Janés y Anne Dufourmantelle — una defensa de esa pequeña esperanza que emana de la grieta, recubierta de misterios, y que pide de nosotros la inclinación de aquel que se dispone a creer ejercitando la mirada.
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