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Mestizaje y sincretismo en la frontera del Duero

Asier Albistur

Este artículo plantea un viaje por los vestigios altomedievales más notables y singulares del antiguo límite entre el condado de Castilla y al-Andalus. A uno y otro lado del Duero, visitaremos templos difíciles de clasificar desde nuestra perspectiva contemporánea pero que, más allá de sus particularidades, destacan por ser la traslación material de la mentalidad y espiritualidad fluida e híbrida de las sociedades de frontera.

 

La casa del moro: por fuera caca, por dentro oro».

Con este descriptivo dicho popular introducía San Baudelio de Berlanga el manual sobre arte prerrománico con el que descubrí uno de los edificios más extraordinarios e inclasificables del arte medieval ibérico. La frase resume de forma elocuente los problemas que ha habido a la hora de analizar gran parte de los vestigios de una época sobre la que existen más incógnitas que certezas. Los prejuicios, el orientalismo, la incidencia en etiquetas artísticas limitantes… Han sesgado nuestra visión sobre lo que nos legaron nuestros antepasados de hace más de un milenio.

La ermita de San Baudelio, situada en un remoto páramo de Casillas de Berlanga, aldea perteneciente al municipio de Caltojar en Soria, es de humilde fábrica y está vacía de elementos decorativos por el exterior. No obstante, una vez se cruza su pequeña puerta con forma de herradura el panorama no puede ser más dispar. Queda claro que la obra fue creada para transmitir sensaciones, comenzando por el enorme pilar que soporta su bóveda nervada, una suerte de palmera pétrea que, para mayor sugestión, estuvo pintada con motivos vegetales y geométricos de los que aún quedan rastros. La palmera, como símbolo del jardín del Edén o del paraíso, es un elemento icónico en el imaginario sagrado de las religiones abrahámicas. Aquí parece servir de cobijo en un pequeño oasis, quién sabe si lugar de encuentro de las creencias híbridas y permeables de la frontera altomedieval.

La palmera de la ermita de San Baudelio, como símbolo del jardín del Edén o del paraíso, es un elemento icónico en el imaginario sagrado de las religiones abrahámicas.

Y es que si por algo es conocida San Baudelio de Berlanga es por el mestizaje entre su arquitectura de influencia islámica y sus pinturas de tradición cristiana, románicas, expoliadas a inicios del siglo pasado (hoy se reparten en distintos museos), pero cuya impronta sigue evocando un universo repleto de imágenes, escenas y símbolos tanto profanos como religiosos, de vivos y brillantes colores. En su estado original y aderezado por otros elementos que hemos perdido como la cambiante iluminación de velas y lámparas de aceite, el misterioso juego de cortinas y canceles, el aroma del incienso, el sonido de los cánticos de la liturgia… El ambiente aquí debía de ser propicio para las experiencias espirituales individuales y compartidas de aquellas comunidades de fieles que nos quedan tan lejos en el tiempo.

San Baudelio es hoy un elemento extraño que descoloca a expertos y a visitantes. ¿Lo era en la Alta Edad Media? Quizás no tanto, y menos aún para las gentes que habitaban los «extremos» del Duero a principios de la Edad Media. A pesar del constante conflicto político y militar entre al-Andalus y los poderes cristianos del norte, la sociedad que formaban fue mucho más abiertas y fluida de lo que hoy pensamos, no solo en lo material, sino también en sus creencias, su espiritualidad e incluso su cosmogonía.

Y es que si por algo es conocida San Baudelio de Berlanga es por el mestizaje entre su arquitectura de influencia islámica y sus pinturas de tradición cristiana, románicas, expoliadas a inicios del siglo pasado.

Para abundar en ello, habría que viajar hasta la linde opuesta de aquella vieja frontera, a un centenar de kilómetros hacia el norte, allí donde se forjaba un aún incipiente condado de Castilla. El periplo nos lleva a un edificio polémico en su datación, aunque los expertos coinciden en que a inicios del siglo X fue restaurado para servir como panteón familiar de la familia condal.

«Oc exiguum exigua offlo Flammola votum». Una inscripción del interior de Santa María, en Quintanilla de las Viñas, Burgos, nos presenta a la comitente de aquella obra. Hoy hay casi unanimidad en identificar a aquella «humilde» Flammola como la señora de aquellas tierras, el antiguo alfoz de Lara, y tía materna del cuasi legendario conde Fernán González, cuyo nacimiento la tradición ubica en un cercano castillo.

La iglesia, erigida con cantería de muy buena calidad, ha llegado a nosotros de forma parcial, pero sus restos se consideran una de las muestras más extraordinarias del arte altomedieval hispano. Destaca su magnífico programa escultórico. Al exterior sus muros están adornados con frisos paralelos que plasman animales exóticos como pavos reales, felinos e incluso grifos. Se intercalan motivos vegetales entre los que destacan vides, juncos y las ya familiares palmeras, coronadas por representaciones del árbol de la vida, otro símbolo sagrado que transciende creencias y religiones. Este tipo de decoración que algunos estudiosos relacionan con modelos orientales, islámicos, bizantinos, e incluso persas o armenios, hace del monumento otro unicum en la Península.

La ermita de San Pelayo, descolgada de una escarpada peña en medio de un angosto cañón horadado por las aguas del río Arlanza, es una de las estampas más pintorescas de una comarca repleta de parajes de belleza.

Vuelve a despertar la alerta de encontrarnos ante algo «exótico», impropio de nuestro territorio y de nuestra historia. La impresión se agudiza aún más cuando se atraviesa el umbral al interior. En el pequeño cubículo que se mantiene en pie destaca un impresionante arco de herradura engalanado con tallas de misteriosa iconografía anclada en la Antigüedad. En sendos cimacios que soportan la estructura vemos labradas las personificaciones de dos astros: el sol y la luna, elevados por ángeles. Junto al Astro Rey aparecen los atributos propios del Sol Invictus, deidad que se popularizó en Roma a inicios del primer milenio: una corona o tocado semejante a modelos encontrados en el Mediterráneo oriental y, otra vez, la palma. La luna llama la atención por la barba que remata su rostro, dejando patente que se trata de una «deidad» masculina, algo también más propio de Oriente que de nuestras latitudes.

Para comprender lo representado es imprescindible tratar de ponerse en la mente de quienes fomentaron la obra. Más allá de sus creencias, hubo aquí un intento de las élites comitentes, incluyendo la antes mencionada Flammola, de afianzar su posición en un territorio límite y aún no totalmente controlado. Esta iglesia a los pies del castillo de Lara fue fruto de un programa propagandístico bien planificado que demostraba el arraigo del linaje a unas tradiciones antiguas que pervivían aún entonces, al mismo tiempo que dejaban patente su conexión con poderes superiores a través de influencias artísticas adoptadas bien de metrópolis cercanas como la Córdoba omeya, o incluso imperios más lejanos como Bizancio o el califato Abasí de Bagdad.

La legitimación del linaje se producía, a su vez, a través de la memoria. La gran obra de Quintanilla de las Viñas se proyectó como un gran monumento funerario como tantos otros templos altomedievales de fundación privada. Siguiendo esa memoria, nos adentraremos en el muy próximo cañón del río Arlanza para hacer nuestra tercera y penúltima parada.

La ermita de San Pelayo, descolgada de una escarpada peña en medio de un angosto cañón horadado por las aguas del río Arlanza, es una de las estampas más pintorescas de una comarca repleta de parajes de gran belleza. Es, del mismo modo, uno de los hitos más simbólicos de la historia de Castilla. El hoy ruinoso templo vigila desde lo alto otras impresionantes ruinas:  las del monasterio de San Pedro de Arlanza. Aquí fueron trasladados desde Quintanilla de las Viñas los restos de los primeros condes en Castilla, incluidos los del afamado Fernán González, responsable de la fundación del cenobio. La advocación del templo original está directamente vinculada, precisamente, a ese evento.

Cuenta la leyenda que estando de caza Fernán González, persiguió a un jabalí hasta la cima del cerro donde hoy se ubica la ermita. Allí salió a su encuentro un eremita que habitaba una cueva bajo aquel risco, llamado Pelayo, quien vaticinó una gran victoria cristiana frente a los «enemigos sarracenos». El caudillo castellano, espoleado por la profecía, libró y venció aquella batalla y como acto de gratitud mandó erigir un primer templo, donde se veneraron los restos del anacoreta más tarde beatificado. La narración cuenta, de nuevo, con elementos ligados a una sociedad fronteriza, aunque esta vez en forma de una confrontación. Cuando el relato se popularizó la guerra y la conquista se habían convertido en las herramientas de legitimación de una aristocracia que quería vestirse la armadura de campeona de la cristiandad.

La ermita de San Pelayo y, algo más tarde, el gran monasterio benedictino dedicado a San Pedro que se construyó a sus pies, son dos grandes ejemplos de cómo las élites fronterizas se apoyaron tanto en obras religiosas como en relatos míticos para justificar y afianzar su poder, así como para propagar la memoria de sus antepasados y linajes a través del tiempo.

Monasterio de San Pedro de Arlanza.

Volvemos a la carretera para acabar donde empezamos la ruta, no sin antes pararnos brevemente en uno de los monumentos religiosos más excéntricos y desconocidos de la Edad Media ibérica: la pintoresca ermita del Santo Cristo de San Sebastián de Coruña del Conde, en el límite entre Burgos y Soria. Se trata de una construcción humilde, sin demasiada floritura salvo por algunos detalles escultóricos que le dan una personalidad propia. Por un lado, quizás lo más llamativo, la arquería ciega apoyada sobre columnillas que adorna un ábside plano de clara tradición «prerrománica». Esa etiqueta, de hecho, resuena especialmente en la triple arcada de cabecera que sugiere los icónicos miradores de Santa María del Naranco en Oviedo, y que la liga a la monarquía asturiana. Otros elementos como los canecillos que sujetan el alero con ajedrezado adelantan las corrientes del románico que irrumpirían con contundencia en estos lares a partir de finales del siglo XI, cuando la frontera se desplazó del cercano Duero al más alejado río Tajo. Aunque quizás lo más interesante del edificio sea el uso de numerosas piezas de spolia romana usadas en su construcción, de las cercanas ruinas del antiguo municipio de Clunia. Más allá de todo ello, lo verdaderamente relevante del templo es que presenta una arquitectura en plena transformación, una especie de experimento intermedio entre tradiciones locales que persistieron desde la Antigüedad, e impulsos innovadores llegados de Europa en una época de pujanza de la Cristiandad. ¿El fin de esas expresiones mestizas de una sociedad de frontera que dejaba de serlo? O quizás no tanto.

Finalizamos el viaje adentrándonos de nuevo en aquel oasis en medio de un páramo soriano bajo una palmera. Quienes han estudiado la ermita de San Baudelio de Berlanga identifican una segunda fase constructiva ligada a otro de sus elementos arquitectónicos más singulares y que más profundamente transformó el templo: una tribuna «regia» de acceso exclusivo, de tradición transpirenaica y presente en la Península en los templos promovidos por la monarquía asturiana y leonesa. ¿Es esta jerarquización de un espacio comunitario una señal del afianzamiento definitivo al sur del Duero de aquellas élites que expandieron su poder desde el alfoz de Lara? Tras la disolución del califato Omeya a inicios del siglo XI, la hegemonía había virado hacia el lado cristiano. Y sin embargo esta tribuna exclusiva de las élites norteñas se soporta sobre un bosque de arcos de herradura, tan propias de la tradición islámica que el acervo popular le puso el apodó de Mezquitilla que ha llegado hasta nosotros. La frontera quedaba lejos, sí, pero aquí se seguían aferrando en ese lenguaje fluido y mestizo que tan exótico nos parecen hoy.

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