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Granada: algunos lugares de la poesía

La ciudad de Granada está irremediablemente unida a la poesía. A lo largo del tiempo, sus contornos y rincones han acogido voces que encontraron en ella un espacio de inspiración y creación. Los lugares de la poesía son aquellos espacios donde la palabra encuentra su origen y donde se transforma en expresión, en ese territorio a medio camino entre lo humano y lo divino. Recorreremos algunos de estos lugares, escenarios de los que aún resuena el eco de quienes le cantaron en verso y donde permanece viva la profunda unión entre Granada y las más altas expresiones de la belleza.

 

La ciudad de Granada, como el fruto que le da nombre, alberga un universo de semillas que el tiempo y la tierra han visto germinar. Arraigadas al suelo granadino, han brotado conformando un espacio de belleza del que han surgido algunas de las más hermosas expresiones de la poesía.

Abrazando el pensamiento de María Zambrano, recordamos que la poesía tiene sus propios lugares. La brillante pensadora no se refería únicamente a paisajes concretos, sino a ámbitos donde la palabra encuentra su origen y la experiencia humana alcanza su revelación. Resultan iluminadoras sus palabras cuando afirma que «el lugar en que se adentra el poeta es el lugar donde habita la poesía». Los grandes descubrimientos nacen muchas veces como intuiciones poéticas; de ahí la búsqueda de esos «lugares de la poesía».

El lugar no es necesariamente un espacio geográfico, sino un ámbito íntimo donde la idea se transforma en visión poética y la creación deja una huella perdurable.

Granada es una ciudad fértil en espacios donde la poesía ha hundido sus raíces. Su paisaje, su historia y las voces que la han habitado han configurado una de las tradiciones poéticas más evocadoras de nuestra historia.

Al recorrer los tres lugares aquí presentados, nos adentramos en ámbitos donde la poesía floreció en la ciudad, al tiempo que la ciudad aprendía a habitar la poesía. Resulta revelador que, en Granada —siempre evocada como un paraíso terrenal—, los principales espacios vinculados a la memoria y a la creación poética estén asociados, precisamente, a jardines.

El locus amoenus es un tópico clásico que define al lugar idealizado —un refugio natural de paz y armonía— donde la naturaleza favorece el nacimiento del amor y de la palabra. La trascendencia de estos enclaves y su íntima relación entre el concepto de jardín y la creación literaria permiten considerarlos auténticos loci amoeni granatenses. En ellos, la poesía encontró refugio eterno y una forma de perdurar, integrándose en el paisaje cultural de Granada.

Asociados a poetas de dimensión universal, estos tres espacios preservan una belleza singular. La intensidad de las palabras que ahí cobraron vida ha dejado una huella imborrable, y los ha convertido en epicentros de contemplación.

Bajo esta mirada, los tres lugares reunidos pueden entenderse como espacios de revelación poética. En ellos, el paisaje deja de ser un mero escenario para convertirse en depositario y emisario de la palabra creadora y de la voz de Granada.

El primero de estos lugares es al-Riyāḍ al-Saʿīd, el Palacio del Jardín Feliz, popularmente conocido como el Palacio de los Leones de la Alhambra, concebido durante el reinado del sultán nazarí Muhammad V, en el siglo XIV, como una representación arquitectónica y poética del paraíso terrenal. Es el espacio cuyo centro ocupa la célebre fuente de mármol custodiada por doce leones, alrededor de la cual se organiza un conjunto construido con yeso, madera, luz y versos.

Yo soy el jardín que la belleza adorna.

Sabrás de mí si mi hermosura miras».

No se trata de un jardín vegetal, como indica su nombre, sino de un espacio donde la naturaleza se transforma en arquitectura: un bosque de columnas que evoca un oasis, regado por canales y fuentes que remiten a los cuatro ríos del paraíso islámico. Las yeserías florecen sobre los muros con ramos de ataurique, flores y frutos, mientras el agua y la luz animan cada espacio bajo grandes bóvedas decoradas con mocárabes, pinturas y geometrías infinitas. El elemento floreciente más singular es, sin duda, la palabra que nunca deja de brotar.

El Palacio de los Leones de la Alhambra. © @EduArtGranada

Los versos del visir y poeta áulico Ibn Zamrak, inscritos en las paredes del palacio, forman parte de su arquitectura y lo convierten en un gran libro abierto, un paraíso vivo. La propia voz del edificio proclama sus prodigios en las más bellas caligrafías árabes: «Pues, ¿acaso no hay en este jardín maravillas que Allah ha hecho incomparables en su hermosura?».

En la Granada nazarí, la poesía daba sentido a todas las demás artes y revelaba la imagen de la perfección, concebida para ser contemplada, leída y sentida, porque… «Jamás vimos jardín más floreciente, de cosecha más dulce y más aroma».

El Jardín Feliz habla en primera persona a través de una poesía creada para maravillar a quien lo recorre y habita. La unión de belleza divina, arquitectura y poesía convierte este conjunto palatino en una de las más altas expresiones de la delicadeza andalusí y el modelo que marcaría para siempre la identidad poética de Granada.

El segundo lugar de la poesía escogido nos conduce al Campo de los Mártires, cercano a la Alhambra, donde a finales del siglo XVI se levantó el convento de los Carmelitas Descalzos fundado por San Juan de la Cruz. Tras una vida de continuas huidas y desplazamientos, Juan de Yepes encontró en Granada el refugio de paz, silencio y recogimiento que necesitaba. Fue en ese lugar donde su pensamiento y su obra alcanzaron su plenitud.

Buscando mis amores,

iré por esos montes y riberas,

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras».

El sosiego granadino lo acogió y en este entorno concibió y culminó algunas de sus grandes obras: Subida del Monte Carmelo, La noche oscura del alma, Cántico espiritual y Llama de amor viva. En el huerto del convento, heredero de la tradición del hortus conclusus, la naturaleza manifiesta el lenguaje del alma y produce el encuentro entre el hombre y lo divino, prolongando la antigua concepción del jardín como espacio sagrado.

¡Oh bosques y espesuras,

plantadas por la mano del Amado!

¡Oh prado de verduras,

de flores esmaltado!».

Testigos de aquel huerto conventual permanecen aún un acueducto y un peculiar ciprés de la variedad cupressus lusitanica, ambos ligados a la obra del místico: el primero, construido por él mismo, y el segundo, plantado con sus manos tras ser traído en la época por misioneros carmelitas desde América a Granada, bajo cuya sagrada sombra encontró el sosiego donde prendió la llama de su poesía.

Siglos después, el cenobio carmelita desaparecería y el lugar pasaría a cambiar de uso y se convirtió en el primer jardín histórico de Granada, convertido en un verdadero palimpsesto vegetal y cultural. Perdura así como un lugar donde la palabra aún parece buscar el cielo de la noche oscura, junto al gran ciprés, custodio de la revelación poética que acompañó aquellos días felices de San Juan de la Cruz en Granada, que aún resuenan como una fuente que mana y corre…

El tercer y último lugar es la Huerta de San Vicente, la casa de veraneo de Federico García Lorca, el poeta más universal de Granada, adquirida por su familia y convertida desde 1926 en refugio creativo.

La Huerta de San Vicente. © @EduArtGranada

Situada en el límite entre la ciudad y la Vega de Granada, conserva aún la vivienda y el terreno que acompañaron algunos de los momentos más fecundos de su creación literaria. Hoy, centenaria, sigue siendo uno de los espacios lorquianos más especiales, un lugar de memoria donde permanece vivo el vínculo entre el poeta y su Granada.

El propio Lorca dejó testimonio de la Huerta de San Vicente a través de sus cartas a amigos, como en esta que escribió durante una de sus estancias en ella: «Ahora estoy en la Huerta de San Vicente, situada en la Vega de Granada. Hay tantos jazmines en el jardín y tantas “damas de noche” que por la madrugada nos da un dolor lírico de cabeza, tan maravilloso como el que sufre el agua detenida. Y, sin embargo, ¡nada es excesivo! Este es el prodigio de Andalucía».

En este jardín de los sentidos, regado por acequias y aromatizado por frutas y flores, encontró el impulso necesario para su éxtasis literario.

Granada es una ciudad fértil en espacios donde la poesía ha hundido sus raíces. Su paisaje, su historia y las voces que la han habitado han configurado una de las tradiciones poéticas más evocadoras de nuestra historia.

Entre 1926 y 1936, la Huerta fue el gran laboratorio creativo lorquiano. Aquí trabajó La zapatera prodigiosa; escribió poemas del Romancero gitano; terminó El público y Así que pasen cinco años; comenzó Bodas de sangre y completó Yerma; trabajó en el Diván del Tamarit, Doña Rosita la soltera, entre otros. No es extraño que confesara: «Todo el día tengo una actividad poética de fábrica…». Y, años después, escribiría a un amigo: «He sido como una fuente. Día, tarde y noche escribiendo. Algunas veces he tenido fiebre». La Huerta no fue solo un lugar de descanso estival, sino el espacio donde la escritura brotó con una intensidad extraordinaria.

La Huerta quedó unida para siempre al injusto final del poeta. Aquel edén granadino fue el escenario del presagio de la tragedia, lugar donde Federico pasó sus últimos días del verano de 1936. Sin embargo, los lugares de la poesía nunca mueren. Los versos vuelven a brotar y la belleza renace allí donde la sinrazón quiso dejar un jardín huérfano de su Poeta jardinero.

La Huerta de San Vicente permanece como un lugar de memoria poética, donde, entre limones y jazmines, aún parece habitar la voz de Federico:

¡Dichosos los que dudan de la muerte

teniendo Paraíso,

y el aire que recorre lo que quiere

seguro de infinito!».

En conclusión, estos tres jardines trazan un mismo itinerario poético. El primero encarna la tradición poética andalusí, el segundo expresa la dimensión mística de la palabra regalada a la tierra granadina; y el tercero revela la universalidad de un Poeta.

La continuidad entre estos tres lugares de la poesía es, quizá, la que confiere a la tierra granadina una singularidad excepcional. Tres épocas, tres enclaves y tres engarces de la poesía que, lejos de sucederse, parecen responder a una misma vocación: hacer del jardín el lugar donde la belleza y la palabra encuentran su morada.

Preludio del verso. Poética Granada.

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