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Las raíces de la esperanza

Lucía Navarro Pla

María Zambrano nos legó una hermosa ofrenda: la razón poética es una razón de la esperanza. Una razón enraizada en las profundidades del desierto, que acoge el padecer de su ser en ruinas y que sostiene, mediada por el Amor, la promesa de una llama que alumbra en lo más hondo de la noche oscura: la llegada de la Aurora.

 

«Si esta paloma se quema,

no es solo en la zarza ardiente

sino bebiendo una fuente

que corre entre la alhucema.

Fuente viva y con amor

que va hacia la noche oscura,

pero nace de la pura

claridad de un ancho frescor»

María Zambrano

 

Decía María Zambrano que la esperanza es el argumento, «el fondo último de la vida». Aquello que «sobrevive al enigma» que nos provoca la primera ruptura del alma, lo que nos incita a la afirmación de la existencia. La esperanza es nuestra palabra, narración de nuestro sentido, pues «una historia sin esperanza es inenarrable». Desgajado y perdido queda quien no puede pronunciar su relato, su decir, quien no halla en sí la llamada que lo despierta a su propia posibilidad en el mundo.

En El hombre y lo divino (1955), Zambrano escribió que aquello que nos hace personas es «rescatar la esperanza venciendo, deshaciendo la tragedia». Pero la esperanza a la que siempre alude la pensadora, como un «soplo apenas perceptible» en sus escritos, no es aquella que vence borrando el suceso trágico, obviando la vara palpable pero invisible que atraviesa nuestro cuerpo; es aquella que vence abriéndose a la luz cegadora de la Verdad. La esperanza que encarna esta Aurora es aquella que acepta, con humildad, que nuestro ser es un ser en ruinas en el tránsito del tiempo; que es el sacrificio último el que revela la posibilidad misma y constante de la vida.

Un reflejo claro nos devuelve la voz de Diotima, la voz de María, transitando su noche oscura: «Un día en que me quedé más sola que nunca, hundida en mi oscuridad, sentí el nacimiento de la música, la música naciente. Es el día en que comencé a morir»; fue el día en que «me fui volviendo cada vez más hacia la fuente original de donde mi saber provenía». Diotima-María, sosteniendo la «carga del destino» que al sufriente se le pone a veces en las manos, ha descendido hacia el corazón de su nada —«caverna, nido, corazón»—, y ayudada por su lámpara secreta ha ido al fondo, más allá «de la puerta donde acaban todas las galerías (…)», y solo en ese momento en que ha sentido cruzar el umbral de su ocaso, «una claridad que hiere sale (…). Luz de un amanecer que solo cuando he perdido toda luz aparece».

Diotima-María habla de la luz de la esperanza. La que nos ampara cuando acudimos a la noche de nuestra muerte, indigentes y desahuciados de toda caricia, y nos asiste, en nombre del amor, en nuestro nuevo (re)nacimiento. Somos seres en gerundio, nos dice Esperanza, y en constante ofrenda, pues algo ofrecemos y a algo renunciamos al aceptar que vivir es un «vivir muriendo», y no una vida que se despliega continua y predecible. En su autobiografía Delirio y destino (1989) es Zambrano quien nos habla desde la propia sombra de su memoria, desde todo el abismo del dolor que permanece oculto: «Se puede morir aun estando vivo; se muere de muchas maneras; en ciertas enfermedades, en la muerte del prójimo, y más en la muerte de lo que se ama». (Este decir tan recurrente en María, este pensamiento íntimo, este dejarse ver en la desnudez de su palabra, casi repetida en Notas de un método (1989): «El saber propio de las cosas de la vida es (…) el fruto que aparece tras un acontecimiento extremo, como la muerte de alguien, la enfermedad, la pérdida de un amor o el desarraigo forzado»). Dice María pero dice la experiencia de la vida: cada pérdida de un amor, cada enfermedad, cada desarraigo y cada muerte dibuja en cada cual un rostro singular y único. Momento de escisión en que uno siente que ha dejado de vivir una vida.

¿Nacer es un sacrificio a la luz?, se pregunta ella. Sabía bien María que no había otra salida de aquel fondo sumergido que salir bendecida de nuevo por el agua de la vida, sacrificándose por esa luz, por ese amor, por el instante de la belleza. Sacrificarse es dejar algo de sí, desasirse. Y soportar esa escisión, levantarse con ella, es la forma en que deshacemos la tragedia, cómo vence la esperanza en este campo que no es de guerra, con un acto abierto de entrega hacia lo inacabado de nuestro ser que nos hace ser pronunciados por la posibilidad y la esperanza, alumbrados a la vida verdadera. Todos los exilios de nuestro corazón, todo aquello que dejamos atrás —todas estas imágenes de la muerte que cada uno ve y lleva consigo— dice Quevedo que «serán ceniza», mas, si nos ofrecemos a la llama de la esperanza, al confiar, si reconocemos el polvo enamorado que vive en la cualidad de nuestra alma, estas mismas cenizas «tendrá[n] sentido».

Pero la esperanza a la que siempre alude la pensadora, como un «soplo apenas perceptible» en sus escritos, no es aquella que vence borrando el suceso trágico, obviando la vara palpable pero invisible que atraviesa nuestro cuerpo; es aquella que vence abriéndose a la luz cegadora de la Verdad.

Poner nombre al sentido de nuestras cenizas reclama, no obstante, la mediación salvífica de lo poético, de lo místico, del símbolo que nos liga a la trascendencia, que nos cura de su padecer. Decirnos, por ejemplo, por la metáfora, hace posible que la ruina tenga, aun a duras penas, una forma y un nombre que puedan sostener nuestras manos pobres. Al desafiar los confines del significado, situándose en el entre de las cosas, se aparece el milagro de que las palabras ya dichas nos lleguen susurradas como nuevas. Como una compañía salida del tiempo, lo poético consiente que la amistad desencarnada acuda para encarnar la esperanza. Una bella conspiración que «no prendería en el alma si el amor no preparase el terreno».

María Zambrano escribió que aquello que nos hace personas es «rescatar la esperanza venciendo, deshaciendo la tragedia». © Fundación María Zambrano

Terreno de este amor, muestra y signo, el de una carta de agosto de 1953 que María Zambrano le escribe a su amiga Rosa Chacel, «de la que esperaba siempre no decires, sino revelación». Unas líneas en las que le expresa el transcurrir reciente de su tiempo, de sus, como ella dice: «Circunstancias, que diría el Maestro». (Quizá María sentada, uno o dos gatos tropezando, sorteando la máquina de escribir, mientras ella tratando, fumando, de responder a los educados y correspondientes «cómo estás» después de un periodo de silencio epistolar). En la carta, a su Rosa querida, María le habla de sus múltiples conferencias, de unos discos de música que «con sus castañuelas [le] daba[n] alma» y se la animaban para «ir a hablar de Séneca, del estoicismo español y hasta de Plotino». Y añade: «Por eso no me he muerto». (Quizá María enumerando lo afirmativo de sus Circunstancias, aquello que hace con su cuerpo y la ancla a su vida en el exilio. Sabe que ha muerto pero sigue viviendo. No ha muerto. Su cuerpo anda con ella. La vida). «¿Mi vida? —continúa María a su querida Rosa— ¿Quieres que te haga el resumen o la lista de atroces dolores, desiertos, soledades y desdichas, de sordideces (…) y hasta de días de felicidad o de deslumbradora alegría? Me doy cuenta de que lo que quiero decirte es por qué no me he muerto, por qué estoy viva todavía». (Solo Dios sabe, quizá piensa María, el ancho desierto que le hace pronunciar estas palabras. Flor nacida al pie de unas ruinas. Se está hablando a sí misma, eso sí lo sabe. Siente que su carta se excede): «No he podido callarlo, porque ya te digo que voy arrastrada por este impulso, decirme —me equivoqué y no me equivoqué, decirme, sí, y decirte— por qué no me he muerto».

Primer y alto mandato: no olvidar nunca que, aun en las tinieblas y perdida la luz, la esperanza conspira siempre a nuestro favor, pues la llevamos inscrita en la inicial de nuestro nombre.

¡Por qué! La misma inquietud —y asombro— atravesaba a una joven Marguerite Duras en sus diarios de 1945 —publicados en El dolor (1985)— donde narra los días agónicos en que espera el regreso de su marido de un campo de concentración: «El dolor está implantado en la esperanza. A veces me asombra no morir: un cuchillo helado profundamente hundido en la carne viva, de noche, de día, y se sobrevive». No tiene la esperanza palabras definitivas que respondan a este asombro de no morir, o más bien, al asombro de saberse morir pero seguir viviendo, pero si las tuviera serían hermanas de las que escribió Zambrano aquel agosto tratando de decirse a sí misma, en una carta, ya siempre en vías de (re)nacer, por qué no había muerto: por otras cosas, dice, «que se me revelaron o que me cayeron de gracia, hoy te diría que por el Espíritu Santo que vela con sus alas sin que le veamos, que nos da sin esperarlo de vez en cuando instantes, infinitos, de vida verdadera». Decir la esperanza, que es pensar el sentido de nuestra vida, no reside en preguntarse por qué vivimos, sino en reconocer por qué no morimos de nuestras muertes, qué es eso que es nuestro punto de apoyo, el instante que nos consiente la vida en el desierto. Porque cuando se ha vivido en el exilio, como Zambrano, o como dice Duras, con un cuchillo helado hundido; cuando una va caminando erguida y sabe que solo ella ve ese cuchillo, o esa flecha, o esa lanza, o ese exilio espinado, sabe que ha cruzado un umbral sin retorno. Suena la música naciente que anuncia el alumbramiento. Música Auroral. «El que ha atravesado ciertas situaciones de extremo dolor, de extrema dificultad o de dicha extrema, ha sufrido una iniciación», dice Zambrano, «un instante de lúcida visión», y es esta misma iniciación lúcida la que nos despierta a un nuevo «estar más abierto, más “sí mismo”, más verdaderamente del que era». Incipit Vita Nova, diría Dante. «Cada vez más en la fuente original», había dicho Diotima. Decirnos, pues, qué es aquello que nos hace no morir es reconocer nuestro sentido insobornable y nuestro amor incondicional, aquello que está más alineado con aquello que somos y hacia lo que nos disponemos desde la verdad de nuestro ser. Toda una operación sobrenatural que encarna la forma de la esperanza.

Si no morimos es porque amamos —amar son las raíces de la esperanza—, tanto como María amaba esa música que le levantaba el alma, o amaba a Araceli, la lectura de Plotino o Séneca, o amaba Roma, o tanto como a ella la amaban las presencias no-visibles (¡y muchas visibles!), el Espíritu Santo que en gracia la tocaba con sus alas. Quizá una le diría que es hoy su palabra trascendida, su propia existencia, uno de esos signos de la gracia capaces de ofrecer de vez en cuando instantes infinitos de vida verdadera. Que tal como esperaba revelaciones de Rosa Chacel, la que escribe las recibe hoy de ella. (¿Cómo decirle que la esperanza toma su nombre y se viste con él? Faro, guía, sendero. Mediación salvífica de lo poético. ¿Cómo decirle que si no se muere es por el reconocimiento que concede?). Quizá una le diría también que ha logrado su cumplimiento, transmitir algo inacabable para el mundo. Ser ella misma luz cegadora-esperanza. Tal como la describió su amiga Cristina Campo, María Zambrano es «(…) una de esas criaturas que en la tierra sirven de intermediarias». Como Eurídice, en palabras de Anne Dufourmantelle, es alma «viajera, habita (…) entre los muertos, entre los mortales y los difuntos, en esta intersección fugitiva». La razón poética es razón mediadora, y la razón mediadora se hace figura en la esperanza. Su lugar es el cruce escapado, belleza desordenada que nos invita, en silencio y con suavidad, a aparecernos en la infinitud de su claro del bosque.   

Nos legó esta María iniciática, ofreciéndonos la transparencia de sus propias entrañas, una gran revelación para los momentos que transitan a la intemperie. Primer y alto mandato: no olvidar nunca que, aun en las tinieblas y perdida la luz, la esperanza conspira siempre a nuestro favor, pues la llevamos inscrita en la inicial de nuestro nombre. Es nuestra aliada porque confabula con el Amor, Dios transfigurado, con los ángeles que velan. Una vez prendida su llama, nos eleva, a modo de ascensión, sobre nuestra propia hondura. Esto sucede, nos dice en Los bienaventurados (1979), como para tampoco olvidarse ella misma, porque: «Hay una esperanza que nada espera, que se alimenta de su propia incertidumbre: la esperanza creadora, la que extrae del vacío, de la adversidad, de la oposición, su propia fuerza». Es la esperanza creadora, «la que hace surgir la realidad aún no habida, la palabra no dicha: la esperanza reveladora (…) Es la esperanza que crece en el desierto».

Si no morimos es porque amamos —amar son las raíces de la esperanza—, tanto como María amaba esa música que le levantaba el alma, o amaba a Araceli, la lectura de Plotino o Séneca, o amaba Roma, o tanto como a ella la amaban las presencias no-visibles (¡y muchas visibles!)

Nada como lo irremediable para ser nacido en la esperanza que emana de nuestra misma condición de vida. Nada como despedirse por último de un rostro para ver crecer el puente que conduce al Cielo, que allí tanto ofrece, blancos sus campos de lirios. Una vez en esa visión, las bocas secas, aun agrietadas eternamente, se llenan de agua creadora, abiertas y entregadas a la corazonada de que sus sueños y esperanzas, como dice María, «pueden hacer la verdad». No morimos porque, aun criaturas, somos agentes de la disposición de nuestra mirada, de hacia qué y dónde orientamos nuestro don. Si se escucha esa llamada del instante indecible, permitiendo que el pecho se inflame, si confiamos y nos aventuramos por su sendero, brotará de la fuente luz cálida y música callada. Una voz antigua que se siente propia, aunque haya sido proferida antes por tantas. Voz-única-esperanza que nos alza y nos eleva sobre nuestras ruinas para proclamar, como lo hizo Antígona-María, la declaración última de la creyente, la del alma esperanzada bañada de Aurora: «Seguiré viva entre los muertos hasta que el Amor y la Piedad, uno solo, lo quiera».

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1 comentario

ivan 13/07/2026 - 18:22

• solo da vida lo que abre el morir •

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