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María Zambrano
Una antropología espiritual donde la correa de sombra que circunda el corazón se transforma en tajo de luz por uno de los actos más subversivos y poéticos que existen: la meditación.
María Zambrano nos legó una hermosa ofrenda: la razón poética es una razón de la esperanza. Una razón enraizada en las profundidades del desierto, que acoge el padecer de su ser en ruinas y que sostiene, mediada por el Amor, la promesa de una llama que alumbra en lo más hondo de la noche oscura: la llegada de la Aurora.
¿Qué esconde, en su secreto seno, la ruina? Ella es, como el teatro, la esfera de la visión. A partir de El uso de las ruinas de Jean – Yves Jouannais; un encuentro entre ruina y teatro — a través de Ortega y Gasset, María Zambrano, Clara Janés y Anne Dufourmantelle — una defensa de esa pequeña esperanza que emana de la grieta, recubierta de misterios, y que pide de nosotros la inclinación de aquel que se dispone a creer ejercitando la mirada.
Amar es consentir en la distancia. La filosofía de Simone Weil nos invita a sostener una mirada que no busca poseer, sino contemplar, en la espera, la belleza del mundo otro. Una aproximación a la ética de la atención como esa oración del alma que permite vislumbrar la grieta por donde se cuela la eternidad en forma de Amor: el instante de la gracia.
En el prólogo a la segunda edición de El hombre y lo divino María Zambrano nos revela que la mayoría de los textos allí reunidos fueron escritos sin pensar en su posterior publicación. Lejos de comprometer esta coyuntura la calidad literaria del libro, sin embargo, lo que más bien le proporciona es mayor posibilidad de vuelo, pues, como añade poco después la malagueña, cuando se escribe sin una finalidad concreta es cuando la escritura se dota a sí misma de la ligereza necesaria para poder surcar las sendas de lo trascendental. El último de los ensayos que se reúnen en El hombre y lo divino lleva por título El libro de Job y el pájaro, y creo que convendremos que si hay un asunto hiriente para cualquier vida, ese es el bautizado como «problema del dolor».
En tiempos en los que la velocidad parece haberse convertido en la medida de todas las cosas, detenerse es casi un gesto de resistencia. Detenerse a pensar, a escuchar, a demorarse en aquello que no produce de inmediato. «Escuchar sin casi hablar», nos recuerda Zambrano en un verso de un poema inédito escrito en el popular Café Greco el 21 de junio de 1954. Quizá por eso resultan especialmente valiosas iniciativas como El hombre y lo divino, una revista que nace con vocación de refugio, de espacio donde la palabra no sea mero tránsito, sino morada. Un lugar donde lo visible y lo invisible, lo cotidiano y lo sagrado, puedan encontrarse sin urgencia.
Recordar es descender hacia lo hondo, hacia dentro. Miguel de Unamuno y María Zambrano, junto con Plotino, nos instaron a realizar un camino hacia los adentros, hasta nuestras insobornables entrañas, donde espera la Belleza para ser rescatada. Para no ser nunca de nuevo olvidada.
La piedad se revela como una forma de saber que no se funda en la distancia, sino en la cercanía. Es un conocimiento que no se sitúa frente a las cosas, sino junto a ellas; que no las analiza desde fuera, sino que se deja afectar por su presencia. Podría decirse que la piedad es el conocimiento de aquello que duele, de aquello que no puede ser reducido a concepto sin perder su verdad.
¿Cómo se vive después de haber visto a Dios? A partir del éxtasis de Santa Teresa de Ávila, y en diálogo con Margarita Porete, María Zambrano y Matilde de Magdeburgo, una aproximación a la travesía interior del alma herida de Dios: la que descubre que hacer de la vida una ofrenda es el amor más alto.
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