Este texto revela que la cuna de la Reforma del Carmelo en España estuvo profundamente ligada al humanismo italiano. A través de un enfoque interdisciplinar, se examina el impacto y la recepción histórica de la orden del Carmelo Reformado en Italia desde el siglo XV. Se reivindica el papel de figuras clave como Jerónimo Gracián y Battista Spagnoli en el arraigo de este puente cultural y espiritual. Asimismo, se conecta el legado místico de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz con filósofos contemporáneos como María Zambrano y Giorgio Agamben. El texto concluye que la mística carmelitana aporta una «razón del corazón» indispensable y sanadora frente al dominio actual de la razón técnica.
«El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar», nos advierte Zambrano al inicio mismo de su ensayo; es un recinto sagrado que nos atrae, al mismo tiempo que nos repele. Ante él nos detenemos al presentir su plenitud y su presencia en demasía. Y ese lleno absoluto nos asusta porque tememos no ser capaces de soportar tanta belleza, como anunciaba Rilke, pues, cuando no se sabe sostenerla, puede ser el comienzo de lo terrible. El dolor y el miedo se enroscan como sierpes en quien contempla esta belleza, anunciando su huida. Una vez vislumbrada, caemos presos de ella y comenzamos a temer su ausencia. Todo se vuelve detritus, fleco y residuo cuando nos anega la nostalgia de aquella plenitud. Vivir se convierte entonces en un sinsabor donde anida la tristeza, y perdemos el gusto y la atención por las cosas. Como pobres peregrinos, deambulamos sin norte buscándola por todos los rincones. Ya llevamos abierta en nosotros la herida del amor que nos impulsa a emprender la senda. Todo camino comienza por un impulso erótico…
Creemos que es suficiente con tener un plato de comida, pero ignoramos las consecuencias de no desear comerlo. Como nos adelantó San Agustín en sus Confesiones: «El placer de comer y beber no existe en absoluto a menos que le preceda la molestia del hambre y la sed».
¿Por qué hacernos la pregunta trágica «¿quién soy yo?»? ¿Quién puede encarnarse, dar respuesta, empuñar el Yo? Hosannas y bienaventuranzas para narrar el agujero, para adentrarse en el subsuelo y forzar el nacimiento de una flor, hacer volcar la palabra soterrada. Clarice Lispector, en precariedad y plegaria, quemando todos los noes, y sellando, en la práctica ritual de la escritura, la primera y última delicia: el Sí.
Una antropología espiritual donde la correa de sombra que circunda el corazón se transforma en tajo de luz por uno de los actos más subversivos y poéticos que existen: la meditación.
María Zambrano nos legó una hermosa ofrenda: la razón poética es una razón de la esperanza. Una razón enraizada en las profundidades del desierto, que acoge el padecer de su ser en ruinas y que sostiene, mediada por el Amor, la promesa de una llama que alumbra en lo más hondo de la noche oscura: la llegada de la Aurora.
¿Qué esconde, en su secreto seno, la ruina? Ella es, como el teatro, la esfera de la visión. A partir de El uso de las ruinas de Jean – Yves Jouannais; un encuentro entre ruina y teatro — a través de Ortega y Gasset, María Zambrano, Clara Janés y Anne Dufourmantelle — una defensa de esa pequeña esperanza que emana de la grieta, recubierta de misterios, y que pide de nosotros la inclinación de aquel que se dispone a creer ejercitando la mirada.
Amar es consentir en la distancia. La filosofía de Simone Weil nos invita a sostener una mirada que no busca poseer, sino contemplar, en la espera, la belleza del mundo otro. Una aproximación a la ética de la atención como esa oración del alma que permite vislumbrar la grieta por donde se cuela la eternidad en forma de Amor: el instante de la gracia.
En el prólogo a la segunda edición de El hombre y lo divino María Zambrano nos revela que la mayoría de los textos allí reunidos fueron escritos sin pensar en su posterior publicación. Lejos de comprometer esta coyuntura la calidad literaria del libro, sin embargo, lo que más bien le proporciona es mayor posibilidad de vuelo, pues, como añade poco después la malagueña, cuando se escribe sin una finalidad concreta es cuando la escritura se dota a sí misma de la ligereza necesaria para poder surcar las sendas de lo trascendental. El último de los ensayos que se reúnen en El hombre y lo divino lleva por título El libro de Job y el pájaro, y creo que convendremos que si hay un asunto hiriente para cualquier vida, ese es el bautizado como «problema del dolor».
En tiempos en los que la velocidad parece haberse convertido en la medida de todas las cosas, detenerse es casi un gesto de resistencia. Detenerse a pensar, a escuchar, a demorarse en aquello que no produce de inmediato. «Escuchar sin casi hablar», nos recuerda Zambrano en un verso de un poema inédito escrito en el popular Café Greco el 21 de junio de 1954. Quizá por eso resultan especialmente valiosas iniciativas como El hombre y lo divino, una revista que nace con vocación de refugio, de espacio donde la palabra no sea mero tránsito, sino morada. Un lugar donde lo visible y lo invisible, lo cotidiano y lo sagrado, puedan encontrarse sin urgencia.