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Eros o el principio de todo

Raquel Bada

Con su ensayo Eros dulce y amargo (Lumen), derivado de su tesis de doctorado, la autora canadiense Anne Carson irrumpió en el panorama literario con una obra que ya contenía el mapa de sus obsesiones. Cuatro décadas después, Anne Carson recibe el Premio Nobel de Literatura. Volver a esta obra es descubrir que buena parte de la escritura que hoy se celebra ya estaba allí, en esa primera indagación sobre el deseo, la distancia y el lenguaje.

 

«De nuevo Eros que desata los miembros me hace estremecer, esta pequeña bestia dulce y amarga contra la que no hay quien se defienda».

Safo, fragmento 130

 

«Las palabras que leemos y las palabras que escribimos nunca dicen exactamente lo que queremos decir. La gente que amamos nunca es justo como la deseamos. Los dos symbola nunca encajan perfectamente. Eros está en el medio». 

Anne Carson, Eros Dulce y amargo 

 

Eros es placer y amargura al unísono. En el principio lo nombró Safo: lo nombró con una sola palabra: glukúpikron, dulceamargo, no agridulce. Nadie que haya amado ha encontrado otra más precisa. La dulzura se ofrece primero sin resistencia, lo amargo aparece después casi al unísono, imperceptible, apenas deja rastro en esa entrada primera. Solo después, si acaso, cuando Eros te sacude por completo, revela que ambas llegaron juntas. Eros no conoce la plenitud. Su territorio es la fractura, la necesidad, la carencia, aquello que permanece fuera de nuestro alcance. Una tríada que en su totalidad anhelante significa: el que ama, el amado y la distancia entre ambos. Esa es su casa.

Dos experiencias que no se suceden, comparecen al mismo tiempo, atravesándose. La imagen antigua, niño alado con arco y flecha, resume ese movimiento: hiere antes de unir, abre antes de ofrecer. «No sé, dos potencias hay en mí», de nuevo, Safo. La lírica no relata solamente la historia de una relación amorosa, sino el instante del deseo en el que no hay batalla posible que detenga su avance. En toda alegría del amor permanece la sombra de su pérdida, en toda ausencia persiste aún la promesa de una presencia. Pensar el amor ha consistido, desde entonces, en pensar esa contradicción. Eros solo existe mientras se conjuga. Eros es verbo: ama, desea, busca, imagina. Eros no es un dios, como nos revela Diotima, es un daimon, una criatura intermedia. Habita, respira el entre. Y allí donde nada falta, Eros desaparece.

«Una parte de mí mismo me abandona ahora, abandona mi cuerpo», describe Virginia Woolf en Las olas, en el instante del arrebato. El amor desposee incluso antes de poseer. Quien ama se descubre extraño a sí mismo, atravesado por una voluntad que ya no reconoce enteramente como propia. También la dicotomía frío y calor. Esa constante tensión: «Llegaste y yo enloquecí por ti / y enfriaste mi mente que ardía de deseo», escribe Safo. El cuerpo se convierte en el lugar donde dos fuerzas contrarias se reconocen. Arder y enfriarse, acercarse y retroceder. No existe reposo para quien desea.

Con su ensayo Eros dulce y amargo (Lumen), Anne Carson desciende hasta el nacimiento de la literatura para desvelar el esqueleto del amor a través de Simone Weil, Emily Dickinson o La Regenta. Amor y deseo recorren toda su escritura como un mismo cauce.

¿Qué encuentra la escritora Anne Carson en el corazón del deseo? Una extraña convivencia entre la posesión y la pérdida, entre aquello que se aproxima y aquello que inevitablemente se sustrae. La fisura, aparentemente disarmónica pero armónica en sí misma, queda representada en el triángulo: en su tercer vértice, el hueco que separa. Ese tercero: el vacío que se abre entre el amante y el amado. El amor erótico y el sufrimiento nacen de esa misma raíz porque el deseo nunca acontece únicamente entre dos.

Con su ensayo Eros dulce y amargo (Lumen), derivado de su tesis de doctorado, la autora canadiense irrumpió en el panorama literario con una obra que ya contenía el mapa de sus obsesiones. Cuatro décadas después, Anne Carson recibe el Premio Nobel de Literatura. Regresar ahora a aquel primer libro es descubrir que buena parte de la escritura que hoy se celebra ya estaba allí, en esa primera indagación sobre el deseo, la distancia y el lenguaje. Un ensayo que desciende hasta el nacimiento de la literatura para desvelar el esqueleto del amor a través de Simone Weil, Emily Dickinson o La Regenta. Amor y deseo recorren toda su escritura como un mismo cauce. En ese territorio donde todo es hambre, tensión y posibilidad. También las lenguas extintas, su verdadera pasión, acaban adquiriendo una dimensión profundamente erótica. No solo porque los griegos imaginaron buena parte de la mitología amorosa que todavía habitamos —lo romántico, los celos, la ausencia—, sino porque Carson encuentra en ellos una forma de pensar que sigue exhalando bajo nuestra propia idea del amor.

Así halla en el fragmento 31 de Safo la geometría secreta del deseo, su esqueleto. Eros nunca acontece entre dos. Necesita un tercero: la distancia, una mirada, un cuerpo que irrumpe para recordar que el amor jamás es una posesión inmediata. Frente a la mujer amada se sienta un hombre cuya identidad resulta irrelevante. No importa quién sea, sino lo que provoca. Su sola presencia abre un intervalo y convierte el deseo en movimiento. Allí nace el triángulo que sostendrá todo el ensayo. No hay Eros sin separación, del mismo modo que no hay flecha sin el espacio que la impulsa hacia su blanco.

La mirada amorosa necesita esa interrupción. Safo contempla a quien ama, pero no puede contemplarla sin advertir al hombre que se sienta frente a ella. Lo que contempla, en realidad, es su propia exclusión. El deseo se vuelve consciente de sí mismo al descubrir aquello que lo separa de su objeto. Y entonces sobreviene el trastorno: la lengua se quiebra, un fuego sutil corre bajo la piel, los ojos dejan de ver, los oídos zumban. El cuerpo entero responde a una distancia que no puede franquear. Safo no describe a la persona amada; describe lo que sucede en quien ama. El objeto del deseo permanece casi intacto, mientras el sujeto que desea se deshace.

Los poetas líricos, dice Carson, lo supieron pronto: el amor como fuerza capaz de irrumpir en el cuerpo y alterar la voluntad. Una experiencia que desordena la conciencia y deja al deseo gobernando donde antes lo hacía la razón.

Es hacia ese intervalo donde Carson dirige constantemente la mirada. Allí donde el deseo se alimenta de la espera, de la imposibilidad, de la irritación que provoca aquello que nunca termina de alcanzarse. Ese espacio no desaparece con el encuentro; transmuta, cambia de forma. Como en Tipos de agua, como un río. Se colma y vuelve a abrirse. El amante, aun saciado, continúa persiguiendo algo que se desplaza, hasta físicamente, un poco más allá. Esa es la respiración de Eros, un peregrinaje.

Pero ¿qué ocurriría si finalmente desapareciera la distancia? Si el amante pudiera alcanzar aquello que desea sin que permaneciera ningún resto, ninguna región desconocida. El deseo parece contener su propia amenaza de extinción. Persigue la cercanía y, sin embargo, necesita aquello que la cercanía amenaza con destruir. Quiere abolir la separación de la que nace. Esta es quizá su contradicción más profunda: desear significa tender hacia un término que, una vez alcanzado, modifica la naturaleza misma del deseo. «Eros es siempre una historia en la que interactúan el que ama, el amado y la diferencia entre ellos. La interacción es una ficción concertada por la mente del que ama. Lleva consigo una carga odiosa y deliciosa al mismo tiempo y emite una luz de conocimiento». Es una  luz de conocimiento, según Carson. Vive de esa imposibilidad, de una promesa que no puede cumplirse por entero sin dejar de ser promesa.

Los poetas líricos, dice Carson, lo supieron pronto: el amor como fuerza capaz de irrumpir en el cuerpo y alterar la voluntad. Una experiencia que desordena la conciencia y deja al deseo gobernando donde antes lo hacía la razón. Carson bebe de Dickinson y a veces lo llama hambre. «Tuve hambre», escribió la poeta. El hambre, explica Dickinson, pertenece a quienes permanecen fuera, a quienes observan desde la ventana y la pierden en el mismo instante en que cruzan el umbral. El solo hecho de entrar sana. Pero también transforma aquello que se buscaba. La abundancia, contemplada desde fuera, pierde parte de su misterio cuando se vuelve accesible. Quien ha conocido el hambre sabe que el alimento imaginado no es nunca exactamente el alimento recibido.

En este libro, el deseo no es únicamente una experiencia amorosa. Es también una forma de conocimiento, acaso una de las primeras. Deseamos aquello que no tenemos, pero también aquello que todavía no comprendemos.

Hay una forma de conocimiento que solo pertenece a quienes permanecen en el umbral. El amante conoce algo del amado precisamente porque no puede poseerlo por completo. Lo imagina, lo reconstruye, lo persigue a través de signos. La distancia permite que aparezca una imagen allí donde la presencia absoluta quizá no dejaría espacio para ninguna. También la lectora conoce de ese modo. 

El amante sale de sí para alcanzar aquello que le falta, pero ignora qué forma tiene aquello que busca. En esa ceguera comienza también el lenguaje. La metáfora nace allí donde el nombre resulta insuficiente y las palabras intentan tender un puente hacia lo desconocido. Carson descubre entonces una afinidad entre el amante, el poeta y el lector: los tres permanecen inclinados hacia una presencia que nunca se entrega por completo. Leer, escribir y amar obedecen al mismo movimiento.

Con «Eros dulce y amargo», publicado por Lumen, Carson irrumpió en el panorama literario.

Avanza hacia un sentido que se anuncia y se retira, que se ofrece en una frase para desaparecer en la siguiente. La lectura participa de esa misma hambre-motor: cada palabra promete revelar o asir, lo que acontece.Y así la historia, dice Sócrates, comienza cuando Eros actúa en nosotros.

También la palabra conoce su distancia-límite. Entre aquello que se experimenta y aquello que consigue decirse permanece siempre, siempre – un intervalo. Ningún nombre agota lo nombrado. Ninguna imagen contiene enteramente aquello que representa. La escritura se aproxima, rodea, ensaya una forma y vuelve a comenzar. En ese movimiento participa de la naturaleza de Eros: nace de una falta y busca una presencia que no puede hacerse definitiva. La palabra quiere alcanzar las cosas, pero al nombrarlas descubre también cuanto las separa de ella.

Carson vuelve una y otra vez a los fragmentos. A los versos que han sobrevivido incompletos, a las palabras separadas de su contexto, a las voces que llegan desde una lengua que ya nadie habla como lengua materna. El fragmento conserva materialmente una ausencia. Lo que falta no puede restituirse y, sin embargo, continúa actuando sobre aquello que permanece. La imaginación acude allí donde el texto se interrumpe para reconocer la forma de su desaparición.

Escritura y deseo recorren toda la obra de Carson como un mismo cauce. Nacen de una falta; encuentran en la distancia, en el umbral, su condición de posibilidad, dos nombres de una misma experiencia: la de reconocer algo que nos excede y, aun así, tender hacia ello.

La propia escritura de Carson parece obedecer a esa condición fragmentaria. Sus libros se desplazan entre el poema, el ensayo, la traducción y la narración, como si ninguna forma pudiera contener por sí sola aquello que persiguen. El pensamiento necesita de la imagen; la imagen, de una interrupción; el relato, de un silencio. La tradición clásica no comparece como una materia concluida, sino como algo que todavía puede ser interrogado. Los antiguos siguen hablando porque sus preguntas no han terminado de encontrar respuesta.

En Eros dulce y amargo el deseo no es únicamente una experiencia amorosa. Es también una forma de conocimiento, acaso una de las primeras. Deseamos aquello que no tenemos, pero también aquello que todavía no comprendemos. La conciencia de una ausencia nos obliga a salir de nosotros mismos, a reconocer que existe algo más allá de nuestra propia medida. Eros abre una distancia y, con ella, la posibilidad de pensar. El amante descubre un mundo que no puede reducir a su voluntad. El poeta descubre una realidad que no se deja apresar por el lenguaje. Ambos quedan expuestos a lo desconocido.

Escritura y deseo recorren toda la obra de Carson como un mismo cauce. Nacen de una falta; encuentran en la distancia, en el umbral, su condición de posibilidad, dos nombres de una misma experiencia: la de reconocer algo que nos excede y, aun así, tender hacia ello. Eros desata los miembros porque nos arranca de la quietud, allí donde creíamos estar completos descubre una abertura. Y es por esa abertura por donde el amor, como la palabra, comienza.  Escritura y deseo recorren toda la obra de Carson como un mismo cauce. Los tres nacen de una falta; los tres encuentran en la distancia, en el borde, su condición de posibilidad.

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