María Zambrano perteneció a una generación que quiso transformar la cultura en una forma de vida y de responsabilidad cívica. Una juventud que comenzó bajo el signo luminoso de la poesía y acabó enfrentándose al sacrificio de la historia. Ella misma la llamó, con una expresión estremecedora, «la generación del toro, del sacrificado». Estas páginas recorren el tránsito de aquella esperanza compartida hacia una conciencia herida, allí donde pensamiento, poesía y compromiso dejaron de poder separarse.
Íbamos a ser la generación del toro, del sacrificado»
«Un liberal», María Zambrano
Al evocar a sus compañeros de la generación del 27, María Zambrano los reúne en una figura estrellada, cuyos radios se alejan en distintas direcciones sin desprenderse de un centro común. La imagen permite reconocer la diversidad de aquella juventud y el vínculo que la sostenía, incluso allí donde sus búsquedas parecían oponerse. Compartían una aventura vital, un modo de sentir el tiempo que les había tocado vivir y la necesidad de responder a sus exigencias. En ese centro iluminador se encontraba también Zambrano. Su pensamiento fue dando expresión a lo que unía a aquellos creadores: la esperanza de una España distinta y la convicción de que la inteligencia debía comprometerse en su nacimiento.
También los imaginó como una «bandada de pájaros [que] se encuentran por haber seguido fielmente desde distintos lugares las mismas órdenes de la luz, de la temperatura, «del tiempo»». La pertenencia a una generación aparece aquí como una fidelidad compartida al propio tiempo. Cada uno llega desde su soledad, obedeciendo a una llamada que reconoce después en los otros. Antes de formularse en ideas, esa afinidad se manifiesta en una disposición a vivir, en una sensibilidad que los hermana. Siguen «el ritmo de una común respiración». Zambrano atiende a ese fondo del sentir porque allí se prepara la relación con la historia: en lo que se espera de la vida y en lo que se está dispuesto a ofrecerle.
La voluntad de estilo de aquella juventud podía condensarse en el lema, inspirado en Ortega, «vamos a ser serios del modo más alegre». Querían desprenderse de la solemnidad y de la pretensión de fama literaria para hacer de la cultura una forma de servicio. La alegría tenía una dimensión moral: expresaba la confianza en que la convivencia podía transformarse. Por eso buscaban el diálogo con sus mayores, con las generaciones del 98 y del 14, pero también con el obrero, el campesino y el analfabeto. «Querían encontrar la medida justa, la proporción según la cual la convivencia fuese efectiva, viviente, según la cual España fuese un país habitable para todos los españoles» (Delirio y destino). Aquella medida justa debía alcanzarse en la vida común, allí donde la desigualdad había separado a unos españoles de otros.
Entre el alba de la poesía y esa conciencia herida discurre el vínculo de María Zambrano con la generación del 27. Su pensamiento conserva el movimiento de la bandada y la singularidad de cada estrella; escucha, bajo la dispersión de las voces, la respiración que las unía.
Había que salir del encierro de una nación ensimismada. «Aire libre», el nombre de la sección que estos jóvenes tenían en El Liberal daba expresión a ese anhelo de respirar sin el peso de las viejas clausuras. La poesía había comenzado a abrir el espacio que la vida española necesitaba. Zambrano reconocía en ella una conciencia inspirada, capaz de revelar verdades que permanecían ocultas para otras formas de conocimiento. Al cantar el dolor o la alegría, el poeta hacía perceptible una experiencia que todavía no había encontrado su palabra. De ahí el entusiasmo con que la filósofa recordaba la llegada de las nuevas voces:
«Había sido un irrumpir luminoso este de la poesía. Juan Ramón Jiménez la había anunciado, pero a la misma poesía de Juan Ramón Jiménez se la sintió más claramente cuando aparecieron los poetas jóvenes: García Lorca y enseguida, como la estrella gemela, Rafael Alberti. ¡Qué alegría pura, como del alba, cuando apareció Marinero en tierra, premiado al mismo tiempo con el Premio Nacional de Literatura que un libro de Gerardo Diego! Y Jorge Guillén y Pedro Salinas –«Entrada en Sevilla»– en prosa publicada en los primeros números de la Revista de Occidente, tan clara, tan nítida, tan precisa. El idioma castellano se adelgazaba, se convertía en cristal, y dejaba ver sus puras entrañas; ¡qué idioma tan bien nacido! Y el alba del idioma alumbró otra vez, traído por Rafael Alberti en La amante, tan frágiles cancioncillas, y en el contenido misterio de Emilio Prados, poeta del desvelo y la memoria, y en Luis Cernuda, de quien solo conocía una referencia leída en un artículo de un ilustre escritor en El Sol de Madrid, y en el esplendor transparente como una gruta de fantásticas estalactitas de Aleixandre.»

María Zambrano participó activamente en el proyecto cultural de las «Misiones Pedagógicas» de la Segunda República.
El idioma convertido en cristal deja ver sus entrañas sin despojarlas de misterio. La transparencia poética permite acercarse a lo que vive en la palabra y no se entrega por completo al concepto. La memoria de Zambrano se demora en la singularidad de cada poeta, en la claridad de Salinas, en el desvelo de Prados, en el esplendor de Aleixandre. A través de ellos reconoce la capacidad del lenguaje para alumbrar una realidad antes inadvertida. La relación entre pensamiento y poesía empieza a perfilarse en esa atención a lo concreto, en la necesidad de un conocimiento que conserve el temblor de la experiencia. El entusiasmo ante los versos contiene ya una pregunta filosófica: cómo conocer la vida sin perder aquello que la hace viviente.
La crisis española acabaría haciendo inseparable esa pregunta de la responsabilidad histórica. La exaltación de la velocidad, el deporte y los nuevos mecanos, tan característica de los años veinte, había alimentado una euforia de ruptura y experimentación. Las vanguardias sacudieron las formas heredadas, pero su libertad resultaba insuficiente ante la pobreza, el analfabetismo y el caciquismo. La energía creadora debía encontrar una vía que alcanzara la existencia de los demás. En el retrato de Zambrano, su generación pasó del desenfado de las aventuras estéticas a una entrega que comprometía el conjunto de la persona. El deseo de novedad se convirtió en exigencia de una humanidad más justa, en la búsqueda de condiciones que permitieran vivir de otro modo.
Este recorrido recoge la perspectiva de Zambrano. La figura estrellada impide confundir el vínculo generacional con la unanimidad política: el centro común es una exigencia de respuesta ante la vida española, cuyos caminos conservan su diversidad. La fraternidad precede a la coincidencia de las ideas.
José Díaz Fernández, en su ensayo El nuevo romanticismo (1930), llamó «literatura de avanzada» a esta orientación. Su juicio sobre las vanguardias como «el último vagido del siglo XIX» cuestionaba una modernidad reducida a la renovación formal. El arte debía estar al servicio de la vida, sin quedar sometido a la ilustración de un programa político. La responsabilidad del creador consistía en percibir los conflictos de su tiempo y darles una expresión capaz de despertar la sensibilidad. En ese «nuevo romanticismo», lo humano recuperaba su centralidad. La función profética de la creación nacía de su capacidad para presentir necesidades todavía en estado larvario, para escuchar, bajo las formas agotadas del presente, el movimiento de una vida que buscaba abrirse paso.
«Del alma estrangulada de Europa, de su incapacidad de vivir a fondo íntegramente una experiencia, de su angustia, de su fluctuar sobre la vida sin lograr arraigarse en ella, sale el fascismo como un estallido ciego de vitalidad que brota de la desesperación profunda, irremediable, de la total y absoluta desconfianza con que el hombre mira el universo (Los intelectuales en el drama de España)», escribe María Zambrano.
Zambrano llevó esta exigencia al problema del lugar del intelectual. En Los intelectuales en el drama de España, su distancia respecto del aristocratismo defendido por Ortega en La rebelión de las masas afecta al fundamento mismo de la relación entre inteligencia y pueblo. La preparación teórica no autoriza a constituirse en una élite superior que imponga a los demás el sentido de su existencia. Quien piensa, pertenece a la comunidad cuyo sufrimiento intenta comprender. Su tarea consiste en recoger sus demandas, prestarles una voz, hacerlas inteligibles sin despojarlas de su verdad. La inteligencia debe aprender a escuchar al pueblo antes de pretender dirigirlo. En esa escucha se modifica también el sujeto del conocimiento: el intelectual deja de ser un espectador protegido y se descubre concernido por aquello que conoce.
El pueblo no aparece, por tanto, como una materia pasiva que espera recibir forma desde fuera. En esta concepción zambraniana, de raíz romántica, el pueblo es depositario del alma de España y verdadero sujeto de su historia. La cultura se justifica por su capacidad para dar cauce a una vida que ya posee espesor y sentido, aunque no se exprese en un lenguaje sistemático. La cercanía al campesino o al obrero deja así de ser un gesto benévolo. Implica reconocer que existe un saber en sus padecimientos, una experiencia que la inteligencia necesita para no volverse estéril. La fraternidad adquiere alcance cognoscitivo: permite acceder a una realidad que permanece cerrada para quien se sitúa por encima de ella.
Desde aquí se comprende la tarea de esclarecimiento del pasado que Zambrano atribuye a su generación. La «España oficial» — retomando la terminología de Ortega en Vieja y nueva Política — había levantado una galería de imágenes gloriosas para ocultar su decadencia. Aferrada a lo que fue, impedía reconocer lo que estaba sucediendo. Frente a ella, la «España viva» reclamaba una relación con la historia que permitiera proseguirla. La fidelidad al pasado exigía deshacer sus falsificaciones y devolverle su continuidad con el presente. Había que atravesar el laberinto de los espejos para encontrar la experiencia sepultada bajo sus brillos. La verdad histórica constituía una condición de libertad: mientras la nación permaneciera cautiva de una imagen falsa e ideal de sí misma, difícilmente podría descubrir sus posibilidades de transformación.
En Horizonte del liberalismo y, después, en Los intelectuales en el drama de España, esta cuestión se despliega como un conflicto entre modos de enfrentarse a lo real. El pensamiento conservador busca amparo en un orden que considera definitivo; percibe el cambio como amenaza y aspira a detenerlo. Su confianza en el sistema social convive con una profunda desconfianza hacia la vida. Zambrano descubre aquí la relación entre un optimismo cognoscitivo, que cree poseer de antemano la medida de las cosas, y un pesimismo vital, incapaz de aceptar su devenir. Cuando lo existente deja de ajustarse al esquema, la inteligencia puede llegar a condenar la realidad para conservar intactas sus certezas.
El fascismo lleva esa clausura a una forma extrema. Ante el derrumbe del mundo que pretendía perpetuar, fabrica un presente ficticio y reviste de promesa lo que es deseo de restauración. La violencia surge cuando la vida desmiente esa construcción y se hace necesario destruir sus testimonios. «El fascismo pretende ser un comienzo, pero en realidad no es sino la desesperación impotente de hallar salida a una situación insostenible» (Los intelectuales en el drama de España). Su aparente entusiasmo procede de una incapacidad para asumir la pérdida. La ostentación de grandeza encubre el vacío de un orden que ha dejado de sostenerse y que intenta sobrevivir mediante la imposición de sus imágenes.

«La verbena» (1927), obra de Maruja Mallo.
La interpretación de Zambrano desciende así hacia la raíz afectiva de la violencia. Le interesa el resentimiento que nace de no poder aceptar el presente, la angustia de quien se aferra a un mundo condenado a desaparecer. La adolescencia del fascista designa esa dificultad para abandonar la seguridad imaginaria y entrar en una experiencia que transforme realmente al sujeto. La Guerra del 14 no habría logrado, en su lectura, hacer madurar a Europa: el padecimiento no se había convertido en aprendizaje. Podía haberse atravesado una catástrofe y seguir huyendo de la vida. De esa experiencia malograda brota una vitalidad ciega, una energía que destruye porque no encuentra modo de arraigar.
«Del alma estrangulada de Europa, de su incapacidad de vivir a fondo íntegramente una experiencia, de su angustia, de su fluctuar sobre la vida sin lograr arraigarse en ella, sale el fascismo como un estallido ciego de vitalidad que brota de la desesperación profunda, irremediable, de la total y absoluta desconfianza con que el hombre mira el universo (Los intelectuales en el drama de España).»
La alternativa que Zambrano reconoce en el intelectual comprometido parte de una aceptación de lo real, con sus heridas y contradicciones. Para transformar España era preciso soportar su verdad, renunciar a la protección de las imágenes consoladoras. Esta actitud enlaza con el «realismo español» que desarrollará en Pensamiento y poesía en la vida española: una preferencia por la materia, por la carnalidad de las cosas, que alcanza incluso a la experiencia de los místicos. Lo singular no puede sacrificarse a la perfección de un arquetipo. El conocimiento debe permanecer junto a aquello que nace, cambia y padece, sin exigirle que se inmovilice para poder comprenderlo. La poesía participa de esta fidelidad al acoger la presencia de las cosas sin agotarlas en una definición. A este apego a lo real corresponde una confianza en la vida que no implica seguridad absoluta en el conocimiento. El optimismo vital del intelectual revolucionario puede convivir con un pesimismo cognoscitivo: cree en la posibilidad de un porvenir y, al mismo tiempo, desconfía de los sistemas que pretenden anticiparlo por entero. La esperanza se mantiene abierta precisamente porque el futuro no está resuelto en una arquitectura conceptual. En el esquema de Zambrano, la intuición y el sentimiento ofrecen vías de contacto con lo real allí donde la abstracción corre el riesgo de separarse de él. La inteligencia se vuelve creadora cuando admite que la vida puede revelar algo que todavía no sabe.
La contraposición política remite, pues, a una cuestión filosófica más honda: qué relación mantiene el pensamiento con aquello que lo excede. La razón que pretende reducir la realidad a conciencia termina por reconocer únicamente lo que ella misma ha dispuesto. Zambrano busca un saber capaz de recibir, de dejarse alterar por su encuentro con el mundo. Ese desplazamiento permite entender por qué las virtudes que atribuye al intelectual son la fraternidad y la misericordia. Designan una disponibilidad hacia los otros que compromete el modo de conocer. Comprender el sufrimiento exige concederle presencia y tiempo; requiere que la inteligencia abandone la inmunidad desde la que podría describirlo sin sentirse afectada.
El análisis del fascismo pone en práctica el propósito formulado en Hacia un saber sobre el alma: indagar en la lógica del corazón, en el pathos del que brota la conducta humana. Los hechos históricos poseen una dimensión afectiva que no se vuelve inteligible mediante su mera sucesión cronológica. Bajo los acontecimientos actúan esperanzas, temores y resentimientos; allí se prepara tanto la convivencia como su destrucción. La indagación zambraniana se dirige a esa zona latente, a los sentimientos que llevan a unas personas a ofrecer su vida y a otras a derramar sangre. El alma deja de ser un recinto privado: sus movimientos se prolongan en la historia y contribuyen a darle forma.
Esta búsqueda aproxima a Zambrano a la atención de Unamuno hacia el fondo intrahistórico que sostiene los hechos históricos visibles. En su interpretación, el alma española constituye el sustrato del acontecer, la continuidad íntima desde la que un pueblo vive su destino. España adquiere así un espesor metafísico que rebasa su organización política. La identificación de la nación con una esencia inmutable muestra la raíz romántica de este pensamiento y la tensión que alberga: la historia se abre a lo nuevo, pero su comprensión remite a un sujeto o alma que permanece bajo los cambios. Descifrar el presente exige entonces penetrar en los padecimientos de ese espíritu del pueblo, encontrar una lógica del sentir capaz de iluminar la fractura de la guerra civil.
En esa hondura se sitúa la imagen de la generación del toro. Sus integrantes no se quedaron en la barrera de la historia; ofrecieron a ella sus fuerzas, aceptando una exposición que podía alcanzar la propia vida. El primer capítulo de Delirio y Destino lleva por título Adsum, «estar presente». La expresión condensa la actitud que Zambrano reconoce en su generación: comparecer allí donde el tiempo reclama una respuesta, sin reservarse una existencia a salvo de lo que sucede a los demás. Su interpretación del intelectual tiene un sentido sacrificial. El saber se adquiere en esa entrega y queda ligado a la responsabilidad de hacer algo con lo vivido.
Pero padecer no garantiza por sí solo la comprensión. El diagnóstico de la experiencia europea había mostrado que el dolor también puede encerrarse en resentimiento. El saber que busca Zambrano requiere que la experiencia sea acogida hasta sus últimas consecuencias, que el sujeto permita que lo vivido transforme sus antiguas seguridades. Al llamar «signos de un padecer» a los ensayos de Los intelectuales en el drama de España señala el lugar desde el que fueron escritos: desde una experiencia que le tocaba la carne, buscando una claridad nacida de haber descendido a los infiernos de la historia, de una herida que interroga. Es una razón viviente.
Entre el alba de la poesía y esa conciencia herida discurre el vínculo de María Zambrano con la generación del 27. Su pensamiento conserva el movimiento de la bandada y la singularidad de cada estrella; escucha, bajo la dispersión de las voces, la respiración que las unía. Al recordarlas devuelve a aquella juventud su deseo más hondo: ofrecer la creación a la vida, hacer de la cultura un lugar de encuentro. La generación del toro había comenzado soñando con el aire libre. Zambrano mantuvo abierta en sus palabras esa respiración, para que la historia del sacrificio no borrara la juvenil ilusión de una España habitable para todos.
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Excelente ensayo. Tan breve como intenso. Que amor sobre la figura de María.