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Claros del bosque: una poética del abandono

«El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar», nos advierte Zambrano al inicio mismo de su ensayo; es un recinto sagrado que nos atrae, al mismo tiempo que nos repele. Ante él nos detenemos al presentir su plenitud y su presencia en demasía. Y ese lleno absoluto nos asusta porque tememos no ser capaces de soportar tanta belleza, como anunciaba Rilke, pues, cuando no se sabe sostenerla, puede ser el comienzo de lo terrible. El dolor y el miedo se enroscan como sierpes en quien contempla esta belleza, anunciando su huida. Una vez vislumbrada, caemos presos de ella y comenzamos a temer su ausencia. Todo se vuelve detritus, fleco y residuo cuando nos anega la nostalgia de aquella plenitud. Vivir se convierte entonces en un sinsabor donde anida la tristeza, y perdemos el gusto y la atención por las cosas. Como pobres peregrinos, deambulamos sin norte buscándola por todos los rincones. Ya llevamos abierta en nosotros la herida del amor que nos impulsa a emprender la senda. Todo camino comienza por un impulso erótico…

 

No resulta contradictorio afirmar que el claro es un lleno, pero también un vacío, «un lugar intacto que parece haberse abierto en un instante». Anida en él la nada, aunque esta no debe entenderse como carencia o privación, sino como lo contrario: como lo absoluto. Carece de límites y de márgenes. Es lo informe, lo ilimitado, aquello que escapa a toda definición y a todo concepto porque los desbordar, porque es rebelde a adoptar una forma concreta que lo encadene.

La nada es lo heterogéneo del ente; es lo siempre otro del ser, su enemigo. Por ello, no puede definirse como un algo ni como un alguien. Transciende la dicotomía de sujeto y objeto por constituir una unidad anterior a toda escisión. Es lo absolutamente otro del ser y, por ello mismo, no puede ser pensada, conceptualizada, ni apresada en palabras. Solo lo ente puede ser nombrado y fijado en conceptos. La nada vive en las afueras del lenguaje y del pensar. Precede a la fractura originaria que opera la razón analítica. Esa es la gran enseñanza del claro: no hay que ir a buscar nada concreto en él, «nada determinado, prefigurado, consabido».

Si la nada no puede ser pensada, solo puede ser concebida como una experiencia del yo sin objeto, como una vivencia radical de la vacuidad. Recordemos las palabras de la filósofa: «para no ser devorado por la nada o por el vacío hay que hacerlos en uno mismo». La sabiduría del claro constituye una ética del desasimiento, del despojamiento, un aprendizaje de la renuncia. Y lo primero a lo que debe renunciar quien desee atravesar la linde del claro del bosque es al soborno de la palabra y del logos.

La nada es lo sagrado por excelencia, lo numinoso —en términos de Rudolph Otto—. Es lo heterogéneo del ser, lo siempre otro y «es inaprensible e incomprensible, no solo porque mi conocimiento tiene límites infranqueables, sino además porque tropiezo con algo absolutamente heterogéneo, que por su género y su esencia es inconmensurable con mi esencia» (R. Otto, Lo santo, p. 42). El acceso a ese misterio solo es posible «toda ciencia transcendiendo», anulando los sentidos, las potencias del entendimiento y la voluntad.

La vivencia amorosa del claro es una experiencia inefable que no puede comunicarse ni tampoco comprenderse. El lenguaje opera mediante categorías que condicionan el modo de aparición de lo numinoso y, por tanto, desfiguran su rostro. La palabra no es el espejo de lo sagrado, sino su imagen deformada. Existe una «cortedad del decir», en expresión de José Ángel Valente, una impotencia en la almendra de la palabra para acoger la presencia absoluta.

A los claros del bosque no se va a preguntar. El sujeto moderno ha sido educado para conquistar, interpretar y clasificar. Se aproxima a las cosas forzándolas a responder a sus cuestiones. Pero el claro exige otra actitud. No reclama actividad, sino disponibilidad. Es preciso detenerse y suspender las preguntas, abandonar la dialéctica violenta que pretende seducir y violar lo real.

El ser se retrae y esconde ante un exceso de luz. Solo se revela en el claroscuro, en una claridad más humilde y diáfana que no se enemiste con las sombras

La nada nos remite a la vivencia unitiva del éxtasis, a la experiencia de unidad de la mística, donde el yo y el tú son transcendidos en un arrebato erótico. El amor nos hace transcender, ir más allá de uno mismo para fundirnos en la alteridad. Por eso, lo primero que hace el enamorado es ofrecer su yo para transfigurarse en el tú. Su gesto inaugural es siempre el abandono de sí para convertirse en ofrenda para el amado:

Sin desnudez no hay renacer posible; sin despojarse o ser despojado de toda vestidura, sin quedarse sin dosel, y aun sin techo, sin sentir la vida toda como no pudo ser sentida en el primer nacimiento; sin cobijo, sin apoyo, sin punto de referencia.

El enamorado acepta el compromiso de la entrega y decide vaciarse, replegarse para devenir en receptáculo de la otredad. El amor conlleva siempre el sacrificio del yo, su retraimiento que hace posible la apertura de un espacio libre en las entrañas donde el otro pueda habitar. Esta retirada del yo es un ensimismamiento, un hundirse en sí para abrir allí un vacío, una estancia interior que sea morada del amado. El claro es una forma de hospitalidad.

La nada vive en las afueras del lenguaje y del pensar. Precede a la fractura originaria que opera la razón analítica. Esa es la gran enseñanza del claro: no hay que ir a buscar nada concreto en él, «nada determinado, prefigurado, consabido».

Más que una visión nueva, el claro proporciona ante todo un nuevo «medio de visibilidad», un espacio de revelación, donde la luz tenue entra en un movimiento oblicuo que alumbra sin agredir, que muestra sin violentar y permite a las cosas manifestarse en la delicadeza de su secreto.  En este nuevo método, lugar inseparable de conocimiento y vida, «el pensamiento y el sentir se identifican sin que sea a costa de que se pierdan el uno en el otro o de que se anulen». Sentir y pensar se dan unidos en un instante de lucidez, de fulgor que transciende la conciencia ordinaria, al mismo tiempo que la fecunda y la vivifica. Sin esta iluminación, la conciencia decae y deja abandonado al ser en su oscuridad, en su infierno.

Todo método debe procurar una vida nueva, debe operar una metamorfosis en el interior de la persona. Debe atreverse a descender a las entrañas, a los ínferos del ser para alumbrarlos, para iluminar a aquello que vive humillado y agazapado en lo profundo por la excesiva claridad de la conciencia. El ser se retrae y esconde ante un exceso de luz. Solo se revela en el claroscuro, en una claridad más humilde y diáfana que no se enemiste con las sombras. El nuevo método ha de procurar un medio propicio donde el ser pueda respirar de nuevo, y sentir la alegría de ver iluminada su vida secreta. La verdad súbita que se abre en un solo instante en el claro es una humilde mariposa de luz que ilumina y calienta, que alumbra y da vida.

«Varus», del artirsta alemán Anselm Kiefer.

Pero los fulgores se desvanecen con rapidez. Son fugaces y discontinuos, pero su intensidad es tan fuerte que dejan una huella que traza un camino a recorrer, son «una nota de un orden remoto que nos tiende una órbita». Una órbita visible solo para aquellos que no están acuciados por la prisa, para aquellos que aceptan esta condición discontinua de la verdad. La sabiduría de los claros exige un adiestramiento en la paciencia, en la pasividad, en la quietud. En un mundo alienado por la aceleración, Zambrano nos invita a encontrar otro tempo distinto y distante del tiempo continuo de la conciencia. Nos conmina a respirar en el tiempo de la psique, ese hueco horadado en la línea temporal que nos regala la posibilidad de la inmersión en nuestro interior. La verdad, por ello, es donación gratuita que se le ofrece solo a aquel que ha sabido dibujar en su alma este centro como espacio de la receptividad. Es un don que no hay que buscar. Toda la arquitectura filosófica de Claros del bosque nace de esa experiencia. El claro no constituye una meta alcanzada por la voluntad. No aparece como resultado de una actividad racional de apropiación. Surge más bien como una forma de acontecimiento. La verdad no es conquista, sino advenimiento que se ofrece «a quien renunció a toda vanidad y no se ahincó soberbiamente en llegar a poseer por fuerza lo que es inagotable»; a este, «la realidad le sale al encuentro y su verdad no será nunca verdad conquistada, verdad raptada, violada; no es alezeia, sino revelación graciosa y gratuita».

La sabiduría del claro constituye una ética del desasimiento, del despojamiento, un aprendizaje de la renuncia. Y lo primero a lo que debe renunciar quien desee atravesar la linde del claro del bosque es al soborno de la palabra y del logos.

Frente al método de la filosofía que ejerce la violencia de querer someter lo real a la tiranía de las categorías del sujeto, el método de los claros nos anima a la valentía del abandono y de la suspensión. A dejar atrás los miedos y las seguridades y lanzarnos de lleno a las aguas primeras de lo sagrado, imitando el gesto de Butes, del antiguo héroe griego que se lanzó, sin temer por su vida, al agua, enamorado del canto de las sirenas. El salto de Butes y la entrada en el claro pertenecen a un mismo gesto espiritual. Aquel que atiende la llamada de lo ausente, que pone oídos a la música lejana de lo sagrado, no teme entregarse a aquello que ama. Existe algo que convoca al sujeto fuera de sí mismo y que le invita a darse sin reservas y sin temor. Es el amor, este sentir originario de la fuente de la vida que nos conmina a lanzarnos al agua, sin esquivar el dolor, la noche oscura del alma.

Mientras Ulises representa la victoria de la voluntad racional sobre la fascinación, al atarse al mástil del barco para no sucumbir al embrujo de las sirenas, Butes encarna una disponibilidad absoluta hacia aquello que nos llama y que desconocemos. Pascal Quignard, al tratar magistralmente a este héroe mítico, sugiere que existe una forma de verdad que únicamente se alcanza allí donde la conciencia abandona temporalmente su necesidad de control. La verdad no florece bajo condiciones de dominio. Existen dimensiones esenciales del ser humano que solo se entregan a una conciencia capaz de espera, de atención y de disponibilidad. Es preciso, como Butes, no temer la escucha de aquello que todavía no tiene forma, del canto acrítico de las sirenas, de aquello que comparece antes de convertirse en concepto, de lo que respira previo incluso al lenguaje. Necesitamos ejercitarnos en la praxis de un «saber de oído», de un saber fruto de la receptividad pasiva o contemplación que hace posible el germinar lento de la verdad. Solo en la quietud silenciosa, el corazón espera la llegada de esta aurora que transparenta al ser.

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1 comentario

Francisco 06/08/2026 - 17:53

Un texto precioso que nos guía al corazón del claro. Y no es un texto fácil, porque está preñado de un sentido otro, de una comprensión experiencial de esa nada que se ofrece al pleno desprendimiento.
Nos permite respirar esa atmósfera zambraniana de claroscuro, a la espera silente de la Aurora.

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