Todo jardín comienza en un muro. Con la separación, el hombre subraya su propia separación del mundo. Llama ufanamente “salvaje” a todo lo que está al otro lado de la raya. Hasta ayer, bastaban los muretes bajos de piedra seca para reclamar lindes y linajes y establecer un afuera. Muros de piedra seca que, al parecer, protegen las leyes patrimoniales, pero que, en estas latitudes, cualquiera puede cementar, truncar, hormigonar o añadir rejas y machones con redes espinosas. Esa es la memoria.
«El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar», nos advierte Zambrano al inicio mismo de su ensayo; es un recinto sagrado que nos atrae, al mismo tiempo que nos repele. Ante él nos detenemos al presentir su plenitud y su presencia en demasía. Y ese lleno absoluto nos asusta porque tememos no ser capaces de soportar tanta belleza, como anunciaba Rilke, pues, cuando no se sabe sostenerla, puede ser el comienzo de lo terrible. El dolor y el miedo se enroscan como sierpes en quien contempla esta belleza, anunciando su huida. Una vez vislumbrada, caemos presos de ella y comenzamos a temer su ausencia. Todo se vuelve detritus, fleco y residuo cuando nos anega la nostalgia de aquella plenitud. Vivir se convierte entonces en un sinsabor donde anida la tristeza, y perdemos el gusto y la atención por las cosas. Como pobres peregrinos, deambulamos sin norte buscándola por todos los rincones. Ya llevamos abierta en nosotros la herida del amor que nos impulsa a emprender la senda. Todo camino comienza por un impulso erótico…