La llamada «psicología arquetipal» es una corriente o escuela psicológica fundada por el analista junguiano James Hillman ( Atlantic city 1926–Conneticut 2011) y representa la evolucion más brillante y radical de la psicología analítica del siglo XX. Tras formarse durante años en Europa y más tarde incorporarse al Instituto C.G. Jung de Zúrich, Hillman consideró que la corriente junguiana ortodoxa se estaba volviendo rígida y reduccionista, y como respuesta, propuso un retorno directo al alma (atendiendo a Henry Corbin y su concepto de mundus imaginalis) del mundo, despojándola de cualquier pretensión clínica y psiquiátrica, conceptualizando a psique como una materia viva y autónoma; un proceso al que Hillman denominó, rescatando al poeta John Keats, «hacer alma». El pensamiento de Hillman, aunque es heredero de C.G.Jung, se articula en torno a la tradición platónica del «anima mundi» sosteniendo que la psique se muestra de forma espontánea a través de imágenes que se expresan a través de metáforas, mitos o sueños. Ellas constituyen ese mundo imaginal. Cuestionó los monoteísmos psicoanalíticos, promocionando en su lugar una mirada inherentemente politeísta.
Bajo esta perspectiva, el síntoma se explica a través de múltiples voces y personajes en constante tensión, los arquetipos, que equivalen a los dioses de la mitología: fuerzas autónomas con necesidades propias que claman su espacio en la vida diaria. Una revisión o escucha exigida por el inframundo (el Hades como el mundo del alma). La psicología arquetipal desplazó la frontera de la psicología fuera de la clínica, argumentando que la neurosis contemporánea es también una respuesta a la fealdad del entorno, a la destrucción ecológica, a la falta de respeto por los animales, o la pérdida de belleza en las ciudades, postulando que el mundo está enfermo y requiere una respuesta estética y política. Este marco teórico no proviene únicamente de la psicología junguiana, sino de una rica amalgama de tradiciones filosóficas y artísticas para devolverle a la psicología profundidad y belleza. En definitiva, James Hillman y su escuela arquetipal supuso una brillante y creativa revisión de la psicología al proponer que Psiqué no necesita ser ni interpretada ni corregida, sino tan solo escuchada y comprendida en toda su complejidad mítica y poética.
Shakespeare y Platón están de acuerdo en que el lunático, el amante y el poeta son parientes, porque es la imaginación, la intuición, lo que nos permite ver el corazón de la realidad. Me dediqué a la Belleza como algunos lo hacen con la Verdad, porque, como Keats, encuentro la Belleza igual a la Verdad. Ser capaz de crear belleza o verdad eso es, por supuesto, lo más valioso».
James Hillman
La llamada «psicología arquetipal» es una corriente o escuela psicológica fundada por el analista junguiano James Hillman (Atlantic City, 1926 – Connecticut, 2011) y representa la evolución más brillante y radical de la psicología analítica del siglo XX.
Tras formarse durante años en Europa y más tarde incorporarse al Instituto C. G. Jung de Zúrich, Hillman consideró que la corriente junguiana ortodoxa se estaba volviendo rígida y reduccionista, y como respuesta, propuso un retorno directo al alma del mundo (atendiendo a Henry Corbin y su concepto de mundus imaginalis), despojándola de cualquier pretensión clínica y psiquiátrica, conceptualizando la psique como una materia viva y autónoma; un proceso al que Hillman denominó, rescatando al poeta John Keats, «hacer alma».
El pensamiento de Hillman, aunque es heredero de C. G. Jung, se articula en torno a la tradición platónica del anima mundi, sosteniendo que la psique se muestra de forma espontánea por imágenes que se expresan a través de metáforas, mitos o sueños. Ellas constituyen ese mundo imaginal.
Cuestionó los monoteísmos psicoanalíticos, promoviendo en su lugar una mirada inherentemente politeísta.
Bajo esta perspectiva, el síntoma se explica a través de múltiples voces y personajes en constante tensión, los arquetipos, que equivalen a los dioses de la mitología: fuerzas autónomas con necesidades propias que claman por su espacio en la vida diaria. Una revisión o escucha exigida por el inframundo (el Hades como el mundo del alma).
Aquí estoy trabajando hacia una psicología del alma que se basa en una psicología de la imagen. Aquí estoy sugiriendo una base poética de la mente y una psicología que no comienza ni en la fisiología del cerebro, ni en la estructura del lenguaje, ni en la organización de la sociedad, ni en el análisis de la conducta, sino en los procesos de la imaginación».
La psicología arquetipal desplazó la frontera de la psicología fuera de la clínica, argumentando que la neurosis contemporánea es también una respuesta a la fealdad del entorno, a la destrucción ecológica, a la falta de respeto por los animales, o a la pérdida de belleza en las ciudades, postulando que el mundo está enfermo y requiere una respuesta estética y política.
Este marco teórico no proviene únicamente de la psicología junguiana, sino de una rica amalgama de tradiciones filosóficas y artísticas para devolverle a la psicología profundidad y belleza. En definitiva, James Hillman y su escuela arquetipal supusieron una brillante y creativa revisión de la psicología al proponer que psyché no necesita ser ni interpretada ni corregida, sino tan solo escuchada y comprendida en toda su complejidad mítica y poética.
Los antepasados
James Hillman, hijo del amable y tolerante hotelero Julián Hillman y de la carismática y cosmopolita Madeleine Krauskopf, hija de un prestigioso rabino, nació hacia la media mañana del 12 de abril de 1926, bajo el signo de Aries, en la habitación 101 de un hotel de Atlantic City frente al mar, participó en el cuerpo de hospitales de la marina durante la Segunda Guerra Mundial y murió en Thompson, Connecticut.
«Estamos esta tarde en este espacio porque somos hombres modernos en busca de un alma, como una vez lo expresó Jung. Aún estamos a la búsqueda de reconstituir ese tercer lugar, ese reino intermedio de la psique —que es también el reino de las imágenes y el poder de la imaginación— del cual fuimos exiliados por hombres teológicos, espirituales, hace más de mil años: mucho antes de Descartes y las dicotomías a él atribuidas, mucho antes de la Ilustración y el positivismo y el cientificismo modernos. Estos antiguos acontecimientos históricos son responsables de las desnutridas raíces de nuestra cultura occidental y de la cultura de cada una de nuestras almas (…). Con el poeta Keats estoy de acuerdo en que lo más importante es “hacer alma”. Esa fue mi vocación verdadera…».
La ciudad de Atlantic City, en los años veinte, antes de la Gran Depresión, era un lugar abierto al mar lleno de familias burguesas de clase media que llegaban a esos hoteles de lujo para un veraneo muy social y animado, con su enorme noria, los circos que exhibían animales exóticos y personas extrañas; con su primer aeropuerto americano, sus convenciones y avenidas llenas de gente bulliciosa y alegre que consideró a la ciudad: «el patio de juegos del mundo»… y constituyó la geografía de un exceso extravertido de novedades y aventuras… de una tan variada experiencia social que le supuso a Hillman dos cosas: una gran capacidad de adaptación a cualquier ambiente en cualquier lugar del mundo y una eterna desconfianza hacia lo «nuevo», hacia las modas del momento.

La visión de Hillman fue «ir al sur», una metáfora, una frase, tomada de un antiguo viaje de la adolescencia, que usaría frecuentemente para distinguir su psicología politeísta.
«El yo comienza en medio de los olores de una geografía», y añade: «Entrar en este cuerpo en particular, y nacer de estos padres en particular, y en tal lugar, todos esos sucesos forman una unidad y se hilan juntos. En general lo que llamamos circunstancias externas es lo que significan las Parcas».
«Ahora, en la vejez, puedo ver por qué tuve que nacer allí y salir de allí durante la mayor parte de mi vida adulta, un emigrado, para ganar una mirada diferente. Pero, en la vejez, volvemos a casa. ¿Por qué? Conectar el carácter propio con el carácter de los orígenes, el lugar y la gente de uno». Al igual que la importancia de la belleza, la comprensión de símbolos y metáforas para promocionar una psicología del alma, preocuparían a James Hillman el resto de su vida.
Pero volvamos al escenario familiar: los Hillman eran una familia acomodada, propietarios de hoteles de lujo en Atlantic City y en Francia (el hotel George V, de París, fue construido en 1928 por su abuelo paterno Joel Hillman), así como de algunos restaurantes, y, posteriormente, de un lujoso y creativo negocio de importación de productos franceses por parte de su madre Madeleine. Lo que les permitió, aún en medio de la terrible Gran Depresión, disfrutar de una holgada comodidad. No solo en el sentido económico, sino también en cuanto a un espíritu de alegría y goce de vivir.
La madre de James fue una figura crucial, una mujer muy brillante y compleja que tuvo una fuerte influencia en su vida. Ella quería que él fuera alguien desde que era pequeño. Sus deseos de poder eran evidentes. No hay duda de que, como buena hija edípica, Madeleine proyectó en su hijo lo que su marido no podía ser (siempre comparado con aquella admirada figura del abuelo materno, el rabino alemán Krauskopf, prolífico escritor y amigo de Roosevelt, tan exitoso en Filadelfia).
Pensar» para Corbin y Hillman es lo mismo que «imaginar con el corazón» —nada alejado de la «razón poética» de doña María Zambrano—. Siempre se nos explica que la mente piensa y el corazón siente, y esa idea ha impregnado nuestra cultura occidental.
Julián Hillman, su padre, era un hombre tranquilo, afable y sociable al que no le pareció vital prestar excesiva atención a sus hijos. Según James, «El patrón de la paternidad fue amistoso, pero no íntimo. Fue como una pizarra en blanco. No recuerdo haber ido al océano con mi padre. Íbamos al cine los fines de semana, le gustaban las comedias. Pero, para mí, en realidad, era un padre ideal, porque me dejó solo».
Para Madeleine, sin embargo, James siempre fue «el niño dorado». De los cuatro hijos, él fue quien recibió la proyección de sus ambiciones. Era el favorito, aunque esas expectativas le supusieran una eterna exigencia.
Sin embargo, como su segunda esposa, Patricia Berry dijo de su suegra: «De hecho, James le debe mucho a su madre. Quiero decir, que lo llevó a la abstracción. Lo bueno de ella es que estaba tan viva y era tan aventurera, tenía mucho estilo y muchas historias que contar».
Hillman dijo de ella: «Mi madre no usó nunca la palabra “cosmopolita” para autodefinirse, pero eso es lo que ella insistió en ser. Fue su vocación. Eso lo aprendí de ella. Crecí cosmopolita y por eso desde pequeño encajo en todas partes; aunque también me resistí mucho al éxito académico según sus expectativas de triunfo porque me sentí empujado por ella durante mucho tiempo y me rebelé… tardé años en llegar a una comprensión psicológica de cómo las bendiciones y maldiciones de una madre nos moldean…».
Penúltimo de los cuatro (Sue, Joel, James y Sybil) hermanos, fue la personalidad de la madre lo que unió a los hermanos Hillman en un vínculo que existió durante toda su vida. Como recordó James, «mi madre siempre estaba tratando de dividirnos. Así que siempre estuvimos juntos porque nos resistimos a nuestra madre». De hecho, su hermano Joel murió también en diciembre de 2011. Hasta en la muerte fueron cómplices.
Pero James era un niño rubio y fuerte, que vomitaba frecuentemente y al que no le interesaba nada comer. Su rabia siempre fue notable. Guiado por su «naturaleza ariana», esta le empujó muchas veces a escribir desde la ira y la transgresión, o a contestar con una rabia veloz preguntas irreflexivas durante sus conferencias. Ciertamente no tenía un espíritu militar, pero mantenía muchos de sus rasgos: su facilidad de visión y estrategia, su consistencia intelectual y vital para dirigir muy joven un instituto psicológico junguiano lleno de ancianas y ancianos consolidados y potentes o mucho más tarde una editorial.
Así, para Hillman, el pensamiento del corazón es un pensamiento en imágenes, capaz de hacer reales las figuras de la imaginación que explica detalladamente en su complejo texto El pensamiento del corazón.
Podía ser tan marcial que su segunda esposa, Patricia Berry, solía llamarlo «el coronel griego».
Como escribió Hillman en su libro Un terrible amor por la guerra: «Escribir libros para mí es, de todos modos, muy parecido a una campaña militar. Confieso que me abrí camino con metáforas militares. Hay una estrategia, un concepto general y tácticas de campaña. La tradición diría que yo era un “hijo de Marte”», y en sus escritos y conferencias le agradeció siempre al dios su orientación y energía.
Fue un niño sensible de cuerpo delgado y nervioso que nunca acabó la escuela secundaria, que se matriculó directamente en la Universidad de Georgetown antes de cumplir los 16 años. En la escuela primaria los informes de sus profesores fueron en general bastante favorables, excepto uno: la caligrafía. «Necesita práctica constante para ganar mayor facilidad y libertad de movimiento», decía un informe de la maestra. Le era imposible intentar escribir de forma clara y limpia, como lo hacían los demás alumnos.
Más tarde James reflexionó: «¡Por supuesto que no podía escribir! Mi mano… tenía miedo de la tarea de mi vida que implicaba pluma y tinta, y que mi bellota (concepto que desarrollaría en su exitoso libro El código del alma) ya “sabía”; una tarea de toda una vida, que no se puede dominar en tercer grado».
Al recordar este particular fracaso de la niñez, reconoció a su joven daimon y la sugerencia de una vocación: «El daimon te atrapa ya sea por un talento específico o por una dificultad específica… Creo que esta incapacidad infantil tuvo algo que ver con el bloqueo, con la frustración del camino fácil. Todo lo demás en la escuela lo aprendí sin problemas. Mi escritura no podía ajustarse a las convenciones, a las “reglas” (eso le ocurrió siempre). Mis palabras no eran legibles colectivamente. Hoy en día, la gente dice de mí que soy “difícil de leer”. Dicen que «rompo las convenciones». Por un lado, se podría decir que este síntoma en mi infancia mostró una rebelión obstinada; pero por otro se podría decir que no fue una forma de estar en contra, sino una forma de mantener lo enigmático. Y lo enigmático es el protector del secreto y el misterio, un poco esquizoide, tal vez, o paranoico, pero también indica el tipo de temática de la que me ocupé durante gran parte de mi vida intelectual posterior: alquimia, mito, neoplatonismo».
Esta misma dinámica se desarrollaría el resto de su vida como un continuum de rebelión e inconformismo: «Cada vez que me adaptaba, el daimon parecía derrumbarme», contaba Hillman. «Siempre elegí creer en la fuerza y la realidad de la Belleza».
A menudo se sintió diferente y, por suerte, en la infancia y juventud, le dejaron solo mucho tiempo, el suficiente para que pudiera desarrollar sus intereses, aterrado ante el océano, pero apasionado por el mundo submarino; el inframundo, las aguas profundas y obsesionado por los mapas. James recordaba: «Ah, los mapas… la imaginación de lugares desconocidos, de visitar realidades que comienzan como abstracciones, perteneció a mi aventura hacia el interior de la psicología del inconsciente. En mis preocupaciones mundanas por el alma, en lo esencial de mi psicología politeísta, hay una inmensa cantidad de formas y configuraciones diferentes. Así como componen este planeta, también componen el mundo de la psique. La unidad es menos interesante que la variedad y la multiplicidad».
Aunque vivió y desarrolló gran parte de su vida en Europa: estudió literatura en La Sorbona, en París, filosofía en el Trinity College de Dublín, psicología en la universidad de Zúrich obteniendo la calificación cum laude, también anduvo deambulando mucho por el mundo: México, Guatemala, Italia sobre todo, Alemania, España, Eslovenia, Estambul, Yugoslavia, Suecia, Sudán, Congo, Kenia, Japón, Cachemira, Nepal. Siempre preguntándose qué era lo que quería hacer su daimon con su vida, investigando cuál era su vocación.
Estuvo en la Guerra Mundial durante 23 meses, ayudando a soldados ciegos a recuperarse… y eso le impactó profundamente: «Me acuerdo… La posguerra todo este entretenimiento como terapia. Tenía 20 años y sentía que aquello era horrible y no sabía cómo manejarlo. Simplemente sentí que era insultante la falta de profundidad. El tratamiento era la diversión, la alegría, la alegría, por encima de todo. Creo que eso me removió tanto que revolucionó mi camino, y de ahí vino el reconocimiento de cómo la depresión es lo más importante. Fue una especie de clave y se convirtió en un tema principal de mi trabajo posterior: entender que la depresión es fundamentalmente un camino hacia el alma».
Después de la guerra y ya consolidado su primer matrimonio con Catharina Kempe y sus cuatro hijos, en medio de una cierta crisis, entró en un análisis junguiano en Zúrich. Su experiencia fue tan profunda que decidió formarse rigurosamente como analista junguiano. Más tarde pasó a ser profesor del Instituto C. G. Jung y posteriormente lo eligieron director del mismo, cargo que ocupó en 1960, siendo, a sus 30 años, el director más joven que había tenido el instituto suizo.
Volvió definitivamente a EE. UU. hacia 1970 a partir de una fractura muy dolorosa con el colectivo de colegas ortodoxos de Zúrich, instalándose primeramente en Dallas, donde fundó el «Instituto de Humanidades y Cultura» y elaborando a partir de ahí su corpus teórico que se llamará, para diferenciarse de la escuela de Zúrich, psicología arquetipal. En esos años, casado con la analista junguiana Patricia Berry, escribió mucho y dio gran cantidad de clases y conferencias y creó la revista-editorial Spring que ha publicado toda su obra completa y que aún perdura.
Un daimon azul
James Hillman publica en 1996 su libro El código del alma, que fue un verdadero bestseller. Algo insólito para ser un estudio de psicología analítica (que a día de hoy sigue agotado en castellano). En él describe la «teoría de la bellota», una metáfora de la relación entre nosotros y nuestro daimon. El concepto describe que cada individuo tiene el potencial de sus posibilidades únicas dentro de sí mismo, de la misma manera que una bellota contiene el «patrón o esencia» de un roble. El alma individual está contenida como esencia dentro de cada ser humano, y se despliega a lo largo de su vida, mostrando su llamado y su potencial cuando está expandida o florecida.
Al modo hillmaniano sostenemos que la psicología debe concebir las imágenes como lo que son. No como signos, símbolos o alegorías del inconsciente, sino como «emanaciones espontáneas» de la capacidad innata de la psique
«Los griegos lo denominaron Daimon, los romanos como “el genio” o espíritu-guía. En las culturas chamánicas se denomina “alma libre”, el animal personal, el nahual. Era considerado como un elemento de vinculación entre los dioses y los mortales, con atributos tanto benéficos como destructores. El cristianismo, según la connotación luminosa u oscura que le atribuya, lo asocia a los ángeles o a los demonios. Esas imágenes de acompañamiento aparecen cuando sentimos la necesidad de escuchar nuestro corazón, nuestra intuición… u otras fuerzas trascendentes e invisibles. Así también el Daimon está relacionado con Eros».
El concepto se remonta al mito platónico (en su escrito La República, Platón usa la palabra daimon para describir un compañero de alma que nos guía durante nuestro tiempo en la tierra) que expresa una idea que se encuentra en muchas tradiciones: es interesante considerar los vaivenes de nuestra vida, que tantas veces siguen un patrón reiterativo, que no es ni genético, ni determinado por el ambiente, sino que parece estar guiado por un espíritu intermedio… una figura imaginal, que no es ni material ni espiritual, y que nos acompaña a cada uno de nosotros, guiando y empujando hacia un propósito, nuestra verdadera realización; aunque a eso le llamemos «destino».

«Anima mundi» (1617), de Robert Fludd.
Podemos observar, tantas veces, la existencia de una fuerza, un «espíritu guardián» o «protector» que nos conduce por determinados derroteros, que frecuentemente no comprendemos hasta mucho después del acontecimiento o experiencia, recordando aquel supuesto de Heráclito, para quien el destino del hombre es su carácter. Esto en sí mismo no era nuevo para la psicología. Y mucho menos en la psicología junguiana. La idea de Carl Gustav Jung del inconsciente colectivo surgió de la noción de imágenes primordiales transmitidas por nuestros antepasados.
Dice Jung en su libro autobiográfico Recuerdos, sueños, pensamientos: «Siento muy fuertemente que estoy bajo la influencia de cosas o preguntas que mis padres, abuelos y ancestros más lejanos dejaron incompletas y sin respuesta. A menudo parece como si hubiera un karma impersonal dentro de una familia, que se transmite de padres a hijos. Siempre me ha parecido que tenía que responder a cuestiones que el destino les había planteado a mis antepasados y que todavía no habían sido resueltas».
Hillman, mientras estudiaba en el Instituto de Zúrich, se interesó por descubrir todo lo que pudiera sobre sus antepasados. Cuando publicó su primer libro, lo dedicó «a los espíritus de mis abuelos». Sigue colgada una colección de fotografías enmarcadas de sus antepasados en la pared de un dormitorio del piso de arriba de su casa de Connecticut mientras que en el ático hay un archivo con miles de páginas de materiales que se remontaban a dos siglos atrás: cartas y postales, periódicos y fotografías descoloridas y árboles genealógicos.
«Cuando ejercía como terapeuta, siempre pregunté sobre los abuelos de los pacientes, sobre sus antepasados (…). Cuando doy conferencias, les recuerdo a los oyentes que sus antepasados son muy importantes. ¿Han pensado cómo sería sentarse a cenar con sus ocho bisabuelos juntos? ¿Podrían hablar el mismo idioma? ¿Comer la misma comida? ¿Cómo sería tratar de dialogar todos juntos?».
Hillman le da importancia porque, para él, el alma está muy involucrada en el pasado, tanto como el espíritu está orientado hacia el presente y el futuro. Y no solo en términos de familia individual, sino también en relación con una cultura, ya que Hillman contempla la historia, el recorrido, no como una causalidad lineal, sino como un arquetipo que se manifiesta. Aun siendo claramente junguiano y heredero también de Freud, al que siempre tiene en consideración, define al ser humano, en primera instancia, como un ser imaginante, entrando en polémica con muchas de las tradiciones filosóficas que existen particularmente en Occidente.
Dice Hillman: «Sigo a Jung al decir que: “psique es imagen”. Para mí, la palabra inconsciente se traduce más bien congruentemente en la palabra “imaginación”, un cuerpo, un lugar, un reino repleto de imágenes».
C. G. Jung dice: «Cada proceso psíquico es una imagen y un imaginar. El único conocimiento que tenemos que sea inmediato y directo es conocimiento de estas imágenes psíquicas». Cuando Jung emplea la palabra «imagen», no quiere decir el reflejo de un objeto o una percepción; esto es, no quiere decir un recuerdo o una imagen derivada. Su término se deriva del «uso poético, propiamente, una figura o imagen de la imaginación».
[Recordemos que Jung entendió los arquetipos como patrones e imágenes universales que constituyen el núcleo del inconsciente colectivo, que son fundamentalmente representaciones psíquicas del instinto: potenciales heredados que se experimentan como «complejos psicológicos de tono emocional» captamos como imágenes o como conflictos psicológicos. Son autónomos (no dependen de nuestra voluntad yoica) y cuando acceden a la consciencia están afectados por cada carácter individual y también como patrón cultural. La existencia de tales imágenes arquetípicas solo puede observarse indirectamente mediante relatos mitológicos, imágenes artísticas, símbolos religiosos o imágenes oníricas, etc.].
Para James Hillman, el ser humano es un ser que IMAGINA, lo cual significa que la imaginación es el aspecto psíquico más importante en la vida de todas las personas. La imaginación es central porque lo que pensamos y sentimos de día y también por la noche (en los sueños) está compuesto por imágenes.
Imágenes en azul…, como tan bien describen los pintores Cézanne o Kandinsky.
Unos cuantos años antes, estando en las montañas alemanas, Hillman había escrito a su abuela: «Por la tarde, las montañas y la puesta de sol se reflejan y hay una hora especial sobre el crepúsculo que ellos llaman por aquí la hora azul (…). Es el azul lo que profundiza la idea de reflexión más allá de la noción simple de espejo, a las nociones posteriores de ponderar, considerar, meditar… Cuando los mitos dicen que los dioses tienen el pelo o el cuerpo azules, cobran vida. Los dioses viven en el lugar azul de metáforas».
El título que Hillman elegiría para la primera colección de su obra, en 1989, sería Un fuego azul…
«Todas las cosas están determinadas por imágenes psíquicas. Todas las cosas se presentan a la conciencia en las formas de una u otra perspectiva divina. Nuestra visión es mimética con uno u otro de los Dioses. Porque la verdadera estructura de nuestra consciencia y de sus formulaciones siempre está configurada por imágenes arquetipales. Siempre estamos en una u otra metáfora, o en una imagen arquetipal, o desde una perspectiva mítica. Desde el punto de vista del alma, nunca podemos salir del valle de nuestra realidad psíquica».
Considerado desde hace algunas décadas como el principal autor posjunguiano, fue muy crítico con las psicologías del siglo XX (psicología biológica-neurociencia, conductismo, psicología cognitiva) que han adoptado una filosofía y una praxis propia de las reduccionistas (para el alma) ciencias naturales. Sus principales críticas se refieren a su simplismo, a su literalidad y materialización (localización geográfica de la psique en el cerebro) que derivan en psicologías sin psique, sin alma.
En consecuencia, la obra de Hillman ha sido un intento brillante de restaurar la psique a lo que él cree que es «su lugar apropiado» en la psicología. Hillman ve el alma en acción en la imaginación, los sueños, la fantasía, el mito y la metáfora. También ve el alma revelada en la psicopatología, en los síntomas de los trastornos psicológicos.
Psyche-pathos-logos es el «discurso del alma que sufre» o el sufrimiento del significado del alma. «Imaginemos nuestro conflicto en términos míticos, como una batalla entre los dioses que se desarrolla en el nivel humano de relaciones e ideas». Para Hillman, esta forma de «personificar» disuelve la sobrevaloración yoica, conteniendo el sufrimiento en una suspensión «mítica», lo que permite prestar atención al habla del alma tal como se revela, que siempre es a través de imágenes, síntomas, fantasías y sueños.
En relación con ellos, Hillman no cree que los sueños sean simplemente residuos aleatorios de la vida de vigilia (como argumentan los fisiólogos o los psicoanalistas freudianos) y tampoco cree al modo junguiano que los sueños sean compensaciones de la vida de vigilia, o que estén investidos de significados únicos y «secretos» para vivir mejor. Más bien, «los sueños nos dicen dónde estamos, no qué hacer». Contrario a toda interpretación que reduzca un símbolo a un canon, Hillman atiende los sueños no con el propósito de interpretar o analizar, sino de «abrir la puerta para saber que eres mucho más de lo que crees ser».
El enfoque de Hillman es fenomenológico y respetuoso con el misterio, mucho más que analítico. Su famosa frase con respecto al contenido y el proceso de los sueños es: «Quédate con la imagen. Observa. Sostenla».
Ir al Sur…
La visión de Hillman fue «ir al sur», una metáfora, una frase, tomada de un antiguo viaje de la adolescencia, que usaría frecuentemente para distinguir su psicología politeísta, pagana y renacentista en comparación con aquella del reino anglosajón-centroeuropeo del norte propia de Freud y Jung.
Dice: «La verdadera pasión es entre norte y sur, entre las regiones superiores e inferiores, ya sean el protestantismo represivo de Europa del norte y América por un lado, y por el otro el sur, el Mediterráneo oprimido, la oscuridad latina debajo de las fronteras, a lo largo de los ríos, bajo los Alpes; ya sea esta división entre el industrial norte maníaco y el deprimido sur, instintivo y ritual…».
Situándose en contra de la falacia de que somos eternas víctimas de nuestros padres, dominante en el psicoanálisis freudiano, propuesta crucial para determinar quiénes somos —aunque reconozca la importancia ancestral y cultural en el florecimiento de la semilla—, James Hillman argumenta una gran resistencia al atribuir al mito familiar todas las consecuencias de las decisiones del desarrollo individual, atendiendo tanto al potencial como a los límites de nuestro carácter.
No somos solo los efectos de unas causas.
«El alma vive fuera de la psicología. Creo que… la “ología” de la psicología ha sido un intento persistente de erradicar… todas esas riquezas que el alma llevaba anteriormente desde el amor, la muerte, la belleza… desde el brillo y la vivacidad de las cosas».
Hillman fue un guerrero contra el moralismo y la banalidad de la psicología contemporánea. Un profundo y cultísimo provocador, que trató de sacudir los sistemas de creencias, los reduccionismos y todos los tópicos moralistas para devolver al mundo su diálogo con el alma.
«Aquí estoy trabajando hacia una psicología del alma que se basa en una psicología de la imagen. Aquí estoy sugiriendo una base poética de la mente y una psicología que no comienza ni en la fisiología del cerebro, ni en la estructura del lenguaje, ni en la organización de la sociedad, ni en el análisis de la conducta, sino en los procesos de la imaginación».
Llama al mundo, si quieres, “el valle de la elaboración del alma”,
entonces hallarás la razón del mundo…».
John Keats
Ánima Mundi
Algunos critican a Hillman su apropiación del término arquetipal y sostienen que hubiera sido más clarificador que llamase a su forma de entender la psicología como imaginal. Pero esta concepción arquetípica y psicológica de los mitos la comparte con otros estudiosos de las ideas, la mitología y las religiones, como Karl Kerényi, Erich Neumann, Joseph Campbell o Rafael López-Pedraza, etc.
Por supuesto, el sustrato proviene de Heráclito, Platón, Plotino, Vico, Marsilio Ficino o los Románticos. En su libro Re-imaginar la psicología, Hillman recoge también la palabra de otros estudiosos contemporáneos como Karl Jaspers o Gaston Bachelard. Si la naturaleza fundamental de los arquetipos solo es accesible a través de la imaginación, resulta lógico que la psicología arquetipal se denomine también psicología imaginal.
En sus escritos sobre «psicología arquetipal», Hillman define este concepto de la mano del islamista Henry Corbin, estudioso del sufismo, que explicó el concepto de mundus imaginalis como un ámbito distinto del mundo espiritual, y lo sitúa más allá de él, diferenciándolo de la sencilla e ingenua fantasía… donde la conciencia creativa actúa de puente hacia un reino imaginal (un mundo trascendente… ocupado por arquetipos) poblado también de visiones, de inspiraciones, de clarividencia rechazadas frecuentemente por el mundo materialista-racional.
(Recordemos que Henry Corbin fue un erudito, estudioso del sufismo, que acuñó el concepto de «imaginación creadora» y de una «filosofía del corazón» al recordar que es justo el órgano del corazón el asiento de la imaginación y que esta constituye su auténtica voz. «Pensar» para Corbin y Hillman es lo mismo que «imaginar con el corazón» —nada alejado de la «razón poética» de doña María Zambrano—. Siempre se nos explica que la mente piensa y el corazón siente, y esa idea ha impregnado nuestra cultura occidental. De ahí que carezcamos de un saber del corazón en nuestras percepciones. Un saber necesario que describiera el mundo de manera muy distinta del imperante logos racional).
Así, para Hillman, el pensamiento del corazón es un pensamiento en imágenes, capaz de hacer reales las figuras de la imaginación que explica detalladamente en su complejo texto El pensamiento del corazón. Hillman nos habla por tanto de la necesidad de despertar el corazón de la belleza a modo de liberación del alma, entendiendo la belleza como función, como necesidad ontológica y como manifestación del anima mundi.
(El alma del mundo —en latín: anima mundi— concepto intuido y configurado por algunos filósofos antiguos como lo subyacente en toda la naturaleza. Es un espíritu etérico, siendo lo que anima la naturaleza, como la misma «alma» anima al ser humano. Este concepto lo encontramos en Platón o en Paracelso, pero también en muchos otros corpus filosóficos y religiosos como el hinduismo e incluso en la hipótesis de Gaia de Lovelock).
La imaginación tiene, para Hillman, ese carácter de absoluta realidad; recordemos la frase de Blake: «Para el ojo del hombre, la naturaleza es, en sí misma, imaginación», de ahí su empleo del término «imaginal», descartando cualquier asomo de asociarlo a la fantasía o a lo irreal.
La imaginación es, pues, quien nos permite el acceso a la naturaleza de los arquetipos, a los que siempre nos acercaremos con imágenes parciales. Las imágenes no son, desde la perspectiva de la psicología imaginal, construcciones mentales que representan simbólicamente esas ideas o experiencias arquetípicas. A diferencia de la costumbre en todo tipo de psicoanálisis, para Hillman, las imágenes no son símbolos, no tienen un significado oculto a «reinterpretar», no «representan» nada. Son en sí mismas. Sencillamente son los hechos del alma, de la psique, su constitución. Son «la psique misma en su visibilidad imaginativa».
Como muy bien explica en su libro El sueño y el inframundo, al llevar a cabo esa amplificación, esa universalización, la imagen arquetípica se despersonaliza y nos enseña cómo una imagen personal e individual puede derivar en una imagen colectiva. La despersonalización crea alma y sintoniza con el alma del mundo. El análisis no se centra solo en la subjetividad de las emociones y reflexiones yoicas, sino en entender la experiencia de la vida como una representación mítica. Sin prisa y con delicadeza porque, como decía Hillman, «el alma necesitará un poco de tiempo para salir de su caparazón».
Aparecerá por tanto una conciencia conectada con las fuerzas arquetípicas que han entrado a formar parte de la vida psíquica de ese ser humano a través del alma. De ello se entiende que el análisis termina cuando se descubre qué mito está siendo representado.
Una mirada política
Al modo hillmaniano sostenemos que la psicología debe concebir las imágenes como lo que son. No como signos, símbolos o alegorías del inconsciente, sino como «emanaciones espontáneas» de la capacidad innata de la psique y, por tanto, no deben ser diseccionadas, reducidas o modificadas a la ligera, sino experimentadas, escuchadas, sentidas, comprendidas, narradas y, en definitiva, vividas.
La psicología profunda, afectada y acomplejada por la psiquiatría que sostiene su autoridad solo en el mito de la ciencia, se olvidó durante años de la belleza, al centrarse en el descubrimiento y etiquetaje de la supuesta psicopatología, entendiendo el alma como enfermedad, como locura o como infancia a «superar». Una tópica teórica regresiva, moralista y reaccionaria que asaltó las consultas de los terapeutas, degradando las imágenes como simples expresiones de «temores o deseos ocultos» (sic Freud), de sentimientos considerados inmaduros, reprimidos y vergonzantes.
En el campo de la psicología, el opus es la psique misma. Sin embargo, la psicología misma se ha visto subyugada y equiparada por razones históricas con un sacerdote católico, un médico o un maestro, pero su finalidad no es ni la «curación» ni la «instrucción pedagógica», sino el despertar mismo del alma. La legitimidad de la psicoterapia está «basada en el alma» y para que se haga realidad, la psicoterapia debe diferenciarse del modelo médico que habla con la voz del materialismo, el cientificismo y la causalidad lineal.
La imaginación tiene, para Hillman, ese carácter de absoluta realidad; recordemos la frase de Blake: «Para el ojo del hombre, la naturaleza es, en sí misma, imaginación», de ahí su empleo del término «imaginal», descartando cualquier asomo de asociarlo a la fantasía o a lo irreal.
Se está recurriendo a la medicación cada día con mayor frecuencia en respuesta a una clásica incertidumbre, incomodidad y volubilidad, propias de la vida. Ahora esas experiencias se han convertido en «síntomas» que se llaman ansiedad, insomnio, trastornos alimentarios, ataques de pánico o alcoholismo… Al convertirlas en enfermedades a «tratar» y erradicar ya no son escuchadas. Al mismo tiempo, se ha creado una industria multimillonaria para las grandes compañías farmacéuticas con la connivencia de la Asociación Nacional de Psiquiatría y su Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales, requerido por las compañías de seguros y por profesionales de la salud mental que trabajan en instituciones o mutuas privadas.
Desde esta perspectiva, el modelo médico ha capturado y corrompido la psicología y la ha desviado de su verdadero objetivo, que es comprender la psique o alma; pero eso no está considerado como «respetable» desde el lado de la industria farmacéutica, ni desde la psicología que habla del deterioro cognitivo como una intervención cerebral, ni desde la psicología pop de las propuestas new age, con sus tramposas estrategias de «crecimiento» o de «superación» personal. Lo peor es que ha contaminado tanto el pensamiento global que las personas consideran que la psiquiatría y sus fármacos es el único lugar donde hay que recurrir cuando hay un sufrimiento grave.
Hillman nos mostró así su visión profesional de la terapia tradicional y las limitaciones históricas que estas han producido en la concepción actual de la psicología y la construcción de la psicopatología.
El trabajo del análisis hillmaniano (y junguiano) gira alrededor de esa profundidad, es decir, considera todos los fenómenos del inframundo. Los analistas trabajamos con esa materia, tratando de ver en su profundidad. Y esa profundidad no es un mero simbolismo o mitología antigua o abstracción, sino una relación invisible, el acto mismo de adentrarse en la profundidad del Alma, con sus incertidumbres y misterios ambiguos y cambiantes.
Hillman desarrolló la llamada psicología arquetipal a lo largo de los años setenta, destacando la naturaleza misma de la imagen como arquetipo. En sus obras, cobran gran importancia los aspectos imaginales del ser humano y la capacidad de personificación de los arquetipos, algo que Hillman desarrollaría en su interpretación de los mitos, la alquimia y los sueños.

«El pensamiento del corazón», editado por Atalanta.
Desde su perspectiva, hacer terapia es descubrir qué mito se está representando en nuestra vida, despertar el alma del paciente, su capacidad para recuperar su conexión con el anima mundi, abandonando toda tentativa de interpretación reduccionista, para no separar la imagen de su contenido arquetípico. Recorriendo un camino que Freud y Jung comenzaron a explorar, devolvió a los dioses del Olimpo al corazón de la psicología actual, recordando que los mitos son la psicología de la Antigüedad, tan vigente como nuestra psicología contemporánea.
James Hillman no es fácil de interpretar o clasificar. Debido a que no encajaba fácilmente en ninguna categoría, se mantuvo como una especie de psicólogo «transgresor», de terapeuta de los márgenes, de los callejones… con lectores devotos no solo entre cientos de psicólogos y filósofos, sino también entre un gran número de pintores, poetas, actores, bailarines, cineastas, músicos, magos, activistas y cualquier ser humano excéntrico e inteligente que no aceptara los «lugares comunes». Los artistas, siempre dando vida a lo invisible, encontraron en James Hillman y su psicología politeísta un gran interlocutor.
«Lo creativo es un logro del amor. Está marcado por la imaginación y la belleza, y por la conexión con la tradición como fuerza viva y con la naturaleza como cuerpo vivo».
Este fue el hilo conductor: una desconfianza ante cualquier verdad absoluta, o ante cualquier convención teórica que no le permitiera mantener un espíritu independiente y una enorme libertad de pensamiento.
«Uno siempre piensa que obtiene sus ideas de los maestros, los mentores. Descubrí que las ideas están conectadas con eros, y que donde el eros está vivo, los dos trabajan juntos. Esa es una parte crucial de todo el trabajo. Siempre tuvimos fiestas en torno a todo. Eros es la clave».
Una vez un colega le preguntó por qué le parecía que había tenido tanto éxito. ¿Era una cuestión de talento? «No, el talento no es suficiente, porque si fuera solo talento, tu tendrías el mismo tipo de reconocimiento». Claramente, estaba reflexionando sobre esto. Dijo que creía que era una combinación de tres cosas: suerte, privilegio y capacidad
Y añadió un poco más tarde: «Podemos agregar un cuarto factor en términos de mi vida, y fue el descaro».
Fue un placer conocerle personalmente y compartir con él momentos inolvidables.
James Hillman murió, a los ochenta y cinco años, el 27 de octubre de 2011, de algunas complicaciones de un cáncer óseo, extendido al pulmón. Murió en casa, negándose a recibir morfina para no perderse la experiencia de la muerte, rodeado de su tercera esposa, la artista Margot McLean, su familia, algunos amigos y sus queridos animales… los pollos, una cabra, sus queridas ocas y los gatos.
Conservó hasta el momento mismo de la muerte su curiosa, risueña y penetrante mirada de águila a través de unos fulgurantes ojos azules.
- Nido de obras:
· Re-imaginar la psicología. Ed. Siruela.
· El mito del análisis. Ed. Siruela.
· El pensamiento del corazón. Ed. Siruela.
· Pan y la pesadilla. Ed. Atalanta.
· El pensamiento del corazón y el ánima mundi. Ed. Atalanta.
· Alquimia y psicología arquetipal. Ed. Atalanta.
· Un terrible amor por la guerra. Ed. Sexto Piso.
· El sueño y el inframundo. Ed. Paidós.
· Tipos de poder: Guía para su uso inteligente. Ed. Paidós.
· El código del alma. Ed. Martínez Roca.
· La fuerza del carácter o la larga vida. Ed. Martínez Roca.
· Ficciones que curan. Ed. Gedisa.
· Un terrible amor por la guerra. Ed. Sexto piso.
· La cultura y el alma animal. Ed. Errata Naturae.
· Recuerdos, Sueños, Pensamientos. C. G. Jung. Ed. Seix Barral.