La llamada «psicología arquetipal» es una corriente o escuela psicológica fundada por el analista junguiano James Hillman ( Atlantic city 1926–Conneticut 2011) y representa la evolucion más brillante y radical de la psicología analítica del siglo XX.Tras formarse durante años en Europa y más tarde incorporarse al Instituto C.G. Jung de Zúrich, Hillman consideró que la corriente junguiana ortodoxa se estaba volviendo rígida y reduccionista, y como respuesta, propuso un retorno directo al alma (atendiendo a Henry Corbin y su concepto de mundus imaginalis) del mundo, despojándola de cualquier pretensión clínica y psiquiátrica, conceptualizando a psique como una materia viva y autónoma; un proceso al que Hillman denominó, rescatando al poeta John Keats, «hacer alma». El pensamiento de Hillman, aunque es heredero de C.G.Jung,se articula en torno a la tradición platónica del «anima mundi» sosteniendo que la psique se muestra de forma espontánea a través de imágenes que se expresan a través de metáforas, mitos o sueños. Ellas constituyen ese mundo imaginal. Cuestionó los monoteísmos psicoanalíticos, promocionando en su lugar una mirada inherentemente politeísta.
Bajo esta perspectiva, el síntoma se explica a través de múltiples voces y personajes en constante tensión, los arquetipos, que equivalen a los dioses de la mitología: fuerzas autónomas con necesidades propias que claman su espacio en la vida diaria. Una revisión o escucha exigida por el inframundo (el Hades como el mundo del alma). La psicología arquetipal desplazó la frontera de la psicología fuera de la clínica, argumentando que la neurosis contemporánea es también una respuesta a la fealdad del entorno, a la destrucción ecológica, a la falta de respeto por los animales, o la pérdida de belleza en las ciudades, postulando que el mundo está enfermo y requiere una respuesta estética y política.Este marco teórico no proviene únicamente de la psicología junguiana, sino de una rica amalgama de tradiciones filosóficas y artísticas para devolverle a la psicología profundidad y belleza. En definitiva, James Hillman y su escuela arquetipal supuso una brillante y creativa revisión de la psicología al proponer que Psiqué no necesita ser ni interpretada ni corregida, sino tan solo escuchada y comprendida en toda su complejidad mítica y poética.
La figura de la Sibila o Pitia fue considerada como una figura mediadora entre la energía divina y la condición humana. Su función era la búsqueda de un mensaje de anticipación sobre la propia vida, profundizando sobre la condición humana, y paradójicamente ofreciendo, con dicha información, la posibilidad de liberación de la angustia ante la incertidumbre. Se trataba de una figura oracular, inspirada en ocasiones por Apolo, que hablaba desde un saber de lo no evidente. Las Sibilas tenían su lugar en espacios inusuales. Sus profecías eran manifestadas siempre en lenguaje críptico y eran expresadas en hexámetros griegos que se transmitían por escrito. En la Grecia clásica, la Sibila encarnaba el arquetipo de la profetisa y la sacerdotisa, mujer de consulta y vehículo de revelaciones divinas. Por su enorme prestigio como augur, esta legendaria adivina fue reelaborada por el monoteísmo judeocristiano, asumiendo un papel en el cristianismo como transmisora de lo sagrado.