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Las «gnosis» del siglo XXI

Miquel Seguró

Habitualmente se suele relacionar la «gnosis» con el movimiento histórico de inicios de nuestra era conocido como «gnosticismo». Sin embargo, la «gnosis» representa algo más que una época histórica. La «gnosis» es una forma de ver el mundo que trasciende a una época concreta y que tiene unas características muy concretas que se van replicando a lo largo del tiempo. Algunas de estas características son el pesimismo, el individualismo o el ansia de autosuficiencia salvífica, todas ellas muy presentes en la actualidad. En este artículo se explora qué es la «gnosis», qué promesas predominan en su concepción del mundo y qué apariencia toman en fenómenos actuales tan conocidos como la autoayuda o el transhumanismo.

 

§1 

No hay nada nuevo bajo el sol. Lo que en algún momento pasó, eso mismo volverá a ocurrir. La historia se repite, por no decir que se replica. Así de implacable es la ley del tiempo, afirma el autor del Libro de Qohélet, uno de los escritos más paradójicos de la Biblia: lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará: nada nuevo hay bajo el sol (Ecl 1, 9). 

En el otro extremo del péndulo de las opiniones se sitúan los que piensan todo lo contrario. Nadie se baña dos veces en el mismo río, recuerdan. Todo avanza, todo cambia, todo fluye, y cuando algo queda atrás, ahí permanece, diluido en los abismos del olvido. Por más que percibamos que ciertas realidades se repiten en varias épocas (las guerras, las creencias, los anhelos humanos), en realidad todas ellas son diversas, pues nada permanece, nada queda, y hasta el sol tiene fecha de caducidad.

Entre medio de sendos maximalismos estamos los que optamos por un punto medio. Entre el repetitivo ciclo del kairós y el progresismo lineal del cronos proponemos un término medio que permite afirmar que, si bien formalmente las historias se repiten, estas se expresan con identidad propia en cada época. 

Mientras la palabra «gnosticismo» hace referencia al conglomerado de corrientes religiosas sincréticas que colindó, polemizó y se confrontó con las primitivas iglesias cristianas, el vocablo «gnosis» hace referencia a la matriz filosófica que trasciende este movimiento histórico concreto.

Según nuestro punto de vista, en todas las épocas podemos reconocer aspectos o elementos que nos recuerdan a otros tiempos. Todo es diferente y al mismo tiempo todo se parece. Por eso, aunque nuestro siglo XXI se arrime persistentemente a la ilusión adánica de creer que todo lo inaugura, que todo empieza hoy como si no hubiera existido un ayer, lo cierto es que bajo el sol del siglo XXI no hay tantas cosas nuevas.

§2

Un ejemplo de esta realidad anfibia de los acontecimientos lo constituye el tema de este artículo: «la gnosis». 

La «gnosis» hace referencia a una forma de interpretar el mundo. Es cierto que guarda una relación directa (directísima, de hecho) con un movimiento sincrético llamado «gnosticismo», pero conceptualmente no se reduce a él. Mientras la palabra «gnosticismo» hace referencia al conglomerado de corrientes religiosas sincréticas que colindó, polemizó y se confrontó con las primitivas iglesias cristianas, el vocablo «gnosis» hace referencia a la matriz filosófica que trasciende este movimiento histórico concreto.

La «gnosis», pues, es una forma de interpretar el mundo  que no se ciñe solamente a un momento histórico concreto.

¿Y de qué forma interpreta el mundo la «gnosis»?

La «gnosis» sostiene que la existencia está escindida en dos planos: el plano de la luz y el plano de la oscuridad. Lo espiritual, lo anímico y lo inmaterial constituyen la esfera de lo «bueno», mientras que el mundo material y todo lo relacionado con él forma parte de la esfera «mala» de la realidad. En base a este dualismo, el sujeto gnóstico se siente en la Tierra como un ser extrañado. Para el gnóstico la vida terrenal es una existencia de errancia y de doloroso exilio, por eso su alma se siente quebrada. El alma gnóstica reclama más lux, anhela «la» Lux, y como no logra obtenerla, entonces solloza y sufre.

Imagen de un uróboros extraído del manuscrito alquímico de Theodoros Pelecanos de 1478, símbolo eterno del ciclo de la vida y la unidad.

El malestar que experimenta el alma gnóstica se debe a que en su interior habita algo que pertenece a otro mundo. Ella se siente en éxodo, aquejada de una nostalgia que no sabe muy bien cómo definir pero que siente como un aguijón metafísico. Ese algo que la hace sentir así es la chispa divina que le recuerda que su verdadero hogar está en el mundo «bueno». En apariencia, la chispa divina que revolotea en su interior le ocasiona desasosiego, pero en realidad es esa misma chispa divina la que le permite darse cuenta de su situación y la que transforma su vida en una búsqueda para regresar al mundo de la Lux.

El alma gnóstica ansía descubrir la vereda espiritual que la lleve de regreso al mundo de la luz del que proviene y con ello poner fin a su angustia. Esa es la causa que explica su inquietud y esa es la causa que explica el sentido de su existencia. 

Ahora bien, ¿cómo lograrlo?

Las formas más exitosas de «gnosis» en nuestra época estén claramente vinculadas con las ansias de auto-salvación. Auto-cuidado, auto-salvación y desconexión del mundo como formas gnostizantes de escapatoria del tiempo y del espacio contemporáneos.

El «pasaporte» metafísico para embarcarse en el vuelo místico de retorno se lo proporciona precisamente la «gnosis», palabra griega que significa conocimiento. Según la perspectiva gnóstica de la realidad es a través de un selecto y reservado conocimiento que la desdichada alma errante puede descubrir el resquicio espiritual a través del cual poder retornar al plano luminoso. 

La matriz gnóstica, pues, es una forma dualista y antagónica de ver el mundo que nos sitúa a nosotros, los bípedos humanos, a medio camino de dos mundos, el material y el espiritual, y que establece que solamente algunos humanos (los «gnostikós») ostentan la condición espiritual suficiente para poder comprender esa sublime sabiduría que le permite al alma conquistar su propia salvación.

§3

Una de las particularidades de la «gnosis» es que esta perspectiva, que parece muy abstracta y ceñida al ámbito religioso, ha tenido a lo largo de la historia varias concreciones que no tienen que ver directamente con el ámbito de la religión. 

Hace un siglo, por ejemplo, el controvertido pensador Eric Voegelin reconoció en el marxismo una suerte de «gnosis» política, en el sentido de que el marxismo pretende conocer el misterio último de la realidad, estableciendo su curso, su destino y un plan de «redención» para los elegidos del mundo. También se apreciaron trazos de «gnosis» en algunas posiciones psicológicas que pretenden desentramar los últimos misterios del alma humana y establecer los caminos para su reparación y su «salvación». Lluís Duch los encontró, por ejemplo, en la psicología de C.G. Jung, como expone en su libro Un extraño en nuestra casa. Para él, la obra de Jung es un claro ejemplo de las estrategias psicológicas que se desarrollan en un contexto de crisis que buscan no solamente explicar el mundo anímico, sino también redimirlo. En una línea argumentativa similar, uno de los más afamados estudiosos sobre la «gnosis», Hans Jonas, incluye en su libro La religión gnóstica una sección en la que relaciona el existencialismo de su época con la «gnosis». Jonas detectó en el existencialismo de principios del siglo XX una visión angustiada y pesimista del mundo que pretende constituir una sabiduría del ser con resonancias a «gnosis».

Querer luchar contra la vulnerabilidad como parecen hacer ciertos transhumanismos significa poner en riesgo esta relacionalidad fundamental de la que a día de hoy, además, estamos especialmente carentes.

¿Y de nuestro siglo XXI, qué podemos decir? Pues otro tanto. En nuestro tiempo podemos encontrar más ejemplos de «gnosis» relacionados con esa misma voluntad de auto-salvación personal, acotadas a las particularidades de nuestro presente. Si algo define nuestra conciencia del tiempo es precisamente la sensación de estar en crisis. Son tiempos de gran emotivismo pesimista y de barroquismo apocalíptico, repletos de auto-exposiciones digitales en los cuales el malestar personal forma parte de la narrativa propia de la época, de ahí que las formas más exitosas de «gnosis» en nuestra época estén claramente vinculadas con las ansias de auto-salvación. 

La «gnosis» siempre está al servicio de la auto-salvación, del individuo y de sus preocupaciones egológicas, y con el caldo de cultivo de angustia y de urgencia existencial que se percibe en nuestras calles no es de extrañar que la auto-salvación low cost y de self service esté tan cotizada. Así lo refleja el boom de la autoayuda, quizás uno de los fenómenos del siglo XXI más potencialmente catalogables  de «gnosis» contemporánea. Autoayudas para todos los gustos y de todas las tendencias, incluidos aquellos neo-estoicismos posmo-capitalistas que participan de esta matriz gnóstica que recela del mundo y busca en el conocimiento y la auto-guía personal una forma de salir con plusvalía espiritual del envite diario con la realidad. 

Auto-cuidado, auto-salvación y desconexión del mundo como formas gnostizantes de escapatoria del tiempo y del espacio contemporáneos.

En este mismo sentido, otro caso de «gnosis» igualmente presente en nuestro siglo lo constituyen algunas de las aspiraciones transhumanistas. En el libro La seducción del encanto me referí a alguna de ellas, especialmente a la aspiración lograr una inmortalidad digital que nos salve de la muerte definitiva. En la segunda parte de ese libro exploré esta aspiración transhumanista a propósito de una serie de televisión titulada Upload. 

En esta serie, la conciencia del protagonista es recreada en un entorno digital a partir de la información «almacenada» en su memoria biológica. Su existencia terrenal queda en cierto modo prolongada en un metaverso paradisíaco lleno de softwares vivientes sin consistencia ontológica. Sin embargo,  como no todo lo que reluce es oro, a lo largo de las diferentes temporadas de la  serie se van deshilando los problemas relacionados con esta inmortalidad digital.

Nadie escapa a la vulnerabilidad. Esa es nuestra condición para existir. Sin esa vulnerabilidad no habría posibilidad de experimentar nada, ni aquello que nos apetece (enamorarnos, por ejemplo) ni aquello de lo que queremos huir como sea (el dolor físico). La vulnerabilidad es la condición por antonomasia de la existencia humana, no una opción o una excepción.

Upload es una serie que mezcla lo fantasioso, lo absurdo y lo punk, y reproduce sin ambages las tensiones teóricas y prácticas que se derivan de este ansia de inmortalidad digital.  En clave metafísica, lo interesante de la serie es que corrobora la inquietud de inmortalidad que aletea en el fondo del alma humana, adaptada para el caso al optimismo tecnológico que cree factible llegar a producir nuestra propia inmortalidad, nuestra propia salvación. Como relata Mark O’Connell en su libro Cómo ser una máquina, no hace tanto un grupo de transhumanistas  colgó delante de la sede de Google un par de pancartas con los slogans «Google, por favor, resuelve la muerte» e «Inmortalidad ya». Lo veían factible. Partían de la idea que la memoria funciona como un software (programario) y que por lo tanto es transportable y reinstalable en diferentes soportes o hardwares (un cuerpo, un ordenador o un robot). “Solamente” había que actualizar el dualismo alma-cuerpo de toda la vida a los nuevos tiempos tecnológicos para hacerlo realidad.

§4

En el libro La seducción del encanto, como indico, repasé este ejemplo y algunos otros en relación a los «encantos» que se derivan de la idea de la auto-salvación. Al final de ese libro concluí también que probablemente el siglo XXI sería el siglo que vería el retorno de lo religioso. Ahora añado a esta tesis que también será un siglo propicio para nuevas «gnosis».

Interpretación tecnológica del «Hombre de Vitruvio» de Leonardo da Vinci, donde la figura humana es sustituida por un androide rodeado de códigos digitales y esquemas electrónicos.

Estamos en un momento en el que la pregunta por Dios ya no queda solo para la intimidad o para las noches de insomnio. Dios está volviendo a las conversaciones de las plazas. Sin embargo, también me parece igual de importante subrayar que del mismo modo que la pregunta por lo sagrado vuelve a emerger con fuerza, lo mismo puede decirse de las tentaciones de la «gnosis». Podría parecer que ambas cosas, el retorno de lo sagrado y el anhelo gnóstico, participan de un mismo espíritu, pero en realidad creo que participan de visiones del mundo opuestas. Mientras que la religión y lo sagrado nos relativizan y nos ponen en relación con nuestro límite, las «gnosis» y sus dualismos encarnan la voluntad de ejercer un control sobre la existencia. Una tentación comprensible, sin duda: ¿a quién le placen el descontrol, la finitud y la incertidumbre? Pero al fin y al cabo es una tentación, ya que si hay una condición existencial inalienable que nos afecta a todos esa es la vulnerabilidad.

La «gnosis» no es propiamente una cruzada contra la vulnerabilidad, es cierto, pero la «gnosis» sí coquetea con ciertos deseos de omnipotencia, auto-salvación y, en última instancia, de invulnerabilidad.

Nadie escapa a la vulnerabilidad. Esa es nuestra condición para existir. Sin esa vulnerabilidad no habría posibilidad de experimentar nada, ni aquello que nos apetece (enamorarnos, por ejemplo) ni aquello de lo que queremos huir como sea (el dolor físico). La vulnerabilidad es la condición por antonomasia de la existencia humana, no una opción o una excepción. 

La vulnerabilidad atañe al alma, al espíritu y al cuerpo humanos, a los cuales atraviesa desde su misma concepción. Sin atención a la vulnerabilidad constitutiva (que, insisto, no es fundamentalmente consciencia de dolor, sino consciencia de afectabilidad) no hay apertura al ser, y sin esa apertura no hay experiencia posible, tampoco la religiosa. 

Nuestra condición vulnerable, además, lleva aparejada la relacionalidad existencial, que a niveles prácticos se traduce en interdependencia y reciprocidad mutua. Por eso nadie se salva a sí mismo si no es con la participación (directa o indirecta) de los demás. Querer luchar contra la vulnerabilidad como parecen hacer ciertos transhumanismos significa poner en riesgo esta relacionalidad fundamental de la que a día de hoy, además, estamos especialmente carentes. ¿Puede en consecuencia llamarse a eso un proyecto de salvación?

La «gnosis» no es propiamente una cruzada contra la vulnerabilidad, es cierto, pero la «gnosis» sí coquetea con ciertos deseos de omnipotencia, auto-salvación y, en última instancia, de invulnerabilidad. La «gnosis» despierta en nosotros un encanto, por eso nos llama tanto la atención. Motivos para hacerlo no le parecen faltar. Pero precisamente por eso no hay que menostener que en ciertas ocasiones aquello que en un principio hechiza fácilmente puede convertirse en una experiencia alienante, y entonces del encanto pasamos a la frustración, tanto física como, sobre todo, metafísica.

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