Marco Aurelio y Epicteto son sin lugar a dudas los dos grandes estoicos del final de esta escuela en la antigüedad. En el siglo II de nuestra era un emperador y un esclavo representan el último desarrollo en edad romana de una escuela que comenzó en la época helenística en Atenas. Con muy diversas perspectivas y entre dos peripecias vitales totalmente opuestas hay que destacar que las ideas filosóficas que profesaron marcaron de forma indeleble la historia de las ideas en la antigüedad y en su posterior recepción.
Nunca dejo de pensar en el magisterio paradójico de los humildes a los grandes a lo largo de la historia. Sobre todo gracias a los cuentos sapienciales y maravillosos que hemos heredado de la tradición: los relatos filosóficos de diversas tradiciones, que últimamente se han compilado en un atractivo libro de Jean-Claude Carrière llamado Cuentos filosóficos del mundo entero (Lumen), insisten sobre este tema, que procede de muy varias tradiciones, desde el mundo zen a los apócrifos cristianos. La lección esencial es la de un viejo maestro aparentemente inútil, porque es anciano, está lisiado de alguna manera, es un humilde trabajador, un esclavo o una persona procedente de una casta inferior que, en algún momento, se encontrará con un poderoso, un rey y un gran sacerdote o un maestro de una gran escuela filosófica. Entonces, en un momento esencial del cuento, el maestro humilde enseñará de forma sorprendente y paradójica su lección al poderoso, y este quedará para siempre marcado por su enseñanza. En una historia clásica árabe, el maestro humilde es un herrero con fama de sabio que vive en los confines del mundo y al que va a visitar un joven estudiante de buena familia atraído por su reputación. Cuando llega finalmente a verlo, el maestro le pregunta qué desea y el joven dice que quiere «aprender la ciencia». Pasará cinco años haciendo trabajos manuales aparentemente inútiles para la filosofía, solamente tirando de la cuerda del fuelle o haciendo alguna otra labor banal en apariencia. Cinco años después el maestro joven le vuelve a pedir la ciencia y el maestro le vuelve a decir que siga tirando de la cuerda, ante la expectación de los otros estudiantes que hay en la forja. Nadie habla y los discípulos a veces escriben preguntas en un papel que el maestro normalmente tira y que, cuando son oportunas, responde este escribiendo en letras de oro en el muro de la celda. Tiempo después el herrero se acerca al tirador de la cuerda y le toca en el hombro: finalmente he aprendido la paciencia y se ha iluminado. Tras aprender la lección para siempre volverá a su casa y vivirá en paz y plenitud, con la sabiduría auténtica en su interior (la película ochentera Karate Kid recupera, con el «dar cera, pulir cera» que enseña el señor Miyagi a un chico mimado, este esquema para luego llegar a la plenitud).
Estos viejos estoicos nos ayudan a desaprender lo que hemos aprendido y desechar las convenciones innecesarias de la sociedad y la educación para atender solo al principio rector, despojándonos de los pensamientos y prejuicios. Estamos hechos para colaborar unos con otros, nos dice Marco Aurelio, como los dientes de arriba y los de abajo abajo, en un famoso símil.
Así hay otras muchas historias en la ficción pero a veces también ocurre en la realidad histórica (una tiende a confundirse con la otra). Tal es el caso de la relación entre Epicteto y Marco Aurelio, los dos grandes estoicos de época romana cuya obra fue transmitida en griego. Los dos son filósofos del siglo II –anterior Epicteto a Marco Aurelio– y son figuras muy singulares porque representan dos aproximaciones diferentes al estoicismo en dos extremos de la escala social. Pero en el fondo los dos confluyen. Regreso al arquetipo dual del maestro humilde y el alumno poderoso. ¡Cuántas veces en la historia de la cultura está presente, desde los sutras a los cuentos zen o sufíes! Hay maestros que son campesinos o mendigos y que acaban enseñando las verdades de la ciencia del bien y del mal y la mejor manera de vivir en el plano físico y mental (uno y el mismo) y también en el plano social a alumnos que son ricos, potentados, reyes y emperadores! Por moverme solo en mi campo, la filosofía griega, hay conocidos ejemplos de grandes maestros de sabiduría, que, simples particulares y con cierto grado de humildad, fueron a enseñar a los poderosos e intentaron iluminar a los grandes, desde los tiranos de Siracusa hasta el propio Alejandro Magno.

«Últimas palabras del emperador Marco Aurelio» (1844) es una obra de Eugène Delacroix.
El caso del esclavo Epicteto es un ejemplo paradigmático. Una vez que fundó su escuela en Nicópolis, después de su exilio en la época de Domiciano, cuando los filósofos no eran bien recibidos en Roma, parece que recibió la visita nada menos que del gran emperador filoheleno Adriano, que uno de sus viajes habría recalado en su ciudad de provincias, bien situada en el camino entre Grecia y Roma, para conocer al humilde sabio del que todo el mundo hablaba. Ex-esclavo, cojo por los malos tratos de su antiguo amo, pero un sabio sin par que no dejaba a nadie indiferente y al que acudían a ver los poderosos. Arriano, el discípulo del gran Epicteto que pasó sus apuntes de clase a limpio y los publicó, era uno de estos romanos ricos de la élite socio-militar que, deslumbrado por la sapiencia del filósofo esclavo, se dedicó en cuerpo y alma a transmitir su doctrina. Recuerden que Epicteto es solo un apelativo, «el comprado», pues había sido vendido: ni siquiera quiso transmitir su nombre real. ¿Cabe mayor negación del yo? En sus Meditaciones, Marco Aurelio habla con admiración de Epicteto y de sus escritos, que le hizo llegar otro maestro suyo y por los que le estuvo siempre enormemente agradecido, como recuerda en un pasaje del libro I. Las Meditaciones, escritas durante una década de combates contra los invasores de Roma, en el Danubio, en los últimos años de vida de Marco Aurelio, pasan revista a todo tipo de maestros paradójicos como estos. Fíjense que, incluso siendo estoico, Marco Aurelio apreciaba sobremanera las enseñanzas de Epicuro y sus secuaces, aunque en algunas partes de su libro íntimo las combate denodadamente.
Nos viene a decir el emperador que Zeus, en el fondo, es decir la divinidad, nos puso un fragmento de sí mismo en el interior de cada uno de nosotros, y que nuestra labor es intentar buscarlo y escuchar su voz preciosa, que reside más allá de nuestros pensamientos y nuestro yo.
Pero hoy quiero llamar la atención sobre esta pareja fundamental, ahora que, en la época post-pandemia, el estoicismo ha vuelto con fuerza a la escena pública. Es curioso pensar que es esgrimido como un grimorio providencial por grandes potentados y magnates, los oligarcas de las empresas tecnológicas por arriba, pero pero también por toda la caterva de empresarios «wannabe» y emprendedores de las llamadas «startups», que toman como modelo a los viejos estoicos como ejemplos de un periplo de éxito basado en el autocontrol y en la gestión de los deseos y las emociones, tanto como en la resistencia a las adversidades y las turbulencias. Me resulta curioso ver hoy a los poderosos –y a los que quieren ser como ellos– leyendo obsesivamente las obras de los estoicos, o al menos resúmenes basados en estas. Quizá no entiendan muchas cosas de lo que dicen, pues toda filosofía clásica es difícil de asimilar. Se empeñan en leer al emperador porque tiene prestigio (pero es complicado), pero quizá deberían empezar por el esclavo: todo en él tiene un comienzo más asequible, como muestra su «Manual». Epicteto muestra un camino de crecimiento personal lleno de dificultades pero más accesible para «el que quiere progresar» (así lo dice). Pienso que los neoestoicos se quedan a veces demasiado en la superficie. Pero, incluso aunque haya malentendidos o se basen en lecturas superficiales, en el fondo me parece bien este fenómeno del neoestoicismo. Si todo este mundo de divulgadores del estoicismo es capaz tan solo de picar la curiosidad de los jóvenes o de aquellos que nunca se han dedicado a la filosofía –¡no tardéis!, les urge la Carta a Meneceo de Epicuro– y finalmente acaban por asomarse a los textos originales de los viejos estoicos –escritos en latín, como los de Séneca, o en griego, como los de Marco o Epicteto– todo ese viaje habrá valido la pena. Quizá, incluso, acaben por lanzarse a aprender esas lenguas clásicas por no fiarse demasiado de las traducciones y las versiones modernas (harían bien, pues todas, y sobre todo las mías, son bastante falibles en el fondo y en la forma).

Ilustración de Epicteto, de la obra «L. Annaei Senecae philosophi Opera, quae exstant omnia, a Iusto Lipsio emendata, et scholijs illustrata» (1605).
Epicteto muestra un camino de crecimiento personal lleno de dificultades pero más accesible para «el que quiere progresar» (así lo dice). Pienso que los neoestoicos se quedan a veces demasiado en la superficie.
Hace poco estuve en una reunión muy singular al hilo de un curso de la UNED de Cantabria, en Torrelavega, que versaba sobre la meditación y el silencio interior (Meditación y silencio mental: el descubrimiento del mundo interior. UNED Cantabria. 6-8 de julio de 2026, https://extension.uned.es/actividad/idactividad/50781). Compartí foro con expertos en tipos de meditación muy diversos que proceden de tradiciones variadas, desde el sufismo al vedanta advaita, del cristianismo al hinduismo aplicado al mindfulness moderno: incluso había quien hablaba de cómo la espiritualidad es ahora fomentada por algunas empresas para obtener la cohesión de los empleados y un mejor rendimiento en aras, claro está, de su ganancia capitalista. En fin, fue una reunión muy variada en la que se expusieron diversos puntos de vista sobre la meditación, incluso muchos de ellos hacían referencia a sus evidentes beneficios físicos y médicos, que han sido demostrados por la ciencia. Pues bien, en ese foro yo defendí el principio rector de los estoicos como entrada al mundo interior, a «lo divino general que hay nosotros», como se ve en algunos pasajes preciosos de las Meditaciones de Marco Aurelio. Nos viene a decir el emperador que Zeus, en el fondo, es decir la divinidad, nos puso un fragmento de sí mismo en el interior de cada uno de nosotros, y que nuestra labor es intentar buscarlo y escuchar su voz preciosa, que reside más allá de nuestros pensamientos y nuestro yo. Si conseguimos atenderlo, si escuchamos este principio rector, nos habremos conectado con la naturaleza humana más profunda, con lo que el cosmos quiere de nosotros. Ningún animal tiene ansiedad por descubrir cuál es su misión –nos vienen a decir los estoicos–, pero nosotros sí, y eso nos pasa por no atender a este principio rector.
Esto, comparado con los maestros del vedanta o con los hinduistas antiguos y otras muchas tradiciones, también las cristianas, que han hablado del silencio interior y la no dualidad, es de todo punto relevante para entender una misma música del logos que trasciende todo el ruido exterior. Esto quizá sea algo complicado de percibir para los neoestoicos de las redes y habría que trabajarlo con ellos, centrándose en cómo ejercitarse en la conversación interior. Pero merece la pena. Otra cosa que me llama la atención hoy es cómo se quiere ver en los estoicos antiguos un modelo de éxito empresarial, de crecimiento personal y egoísta, con miras a un enriquecimiento o un fortalecimiento del yo. Toda esta aproximación un tanto desdibujada pasa por alto la solidaridad estoica con los demás. Hay que fijarse de nuevo en Marco Aurelio, en cómo ve incluso en los bárbaros, los esclavos y los enemigos seres en íntima hermandad y unidad con nosotros, que no pueden ser comprendidos sin tal conexión, sin la íntima ligazón con nuestro propio ser. En otros pasajes el emperador estoico nos anima a alegrarnos por los éxitos de nuestros iguales, superiores, subordinados o rivales. En fin, que la perspectiva social del estoicismo ha sido dejada de lado un poco por estas corrientes actuales. ¿Es posible ser estoico en el mundo postpandémico? No nos damos cuenta de cuán lejano está este pensamiento clásico de nuestra actualidad, pero deberíamos reflexionar sobre ello. En el fondo, estos viejos estoicos nos ayudan a desaprender lo que hemos aprendido y desechar las convenciones innecesarias de la sociedad y la educación para atender solo al principio rector, despojándonos de los pensamientos y prejuicios. Estamos hechos para colaborar unos con otros, nos dice Marco Aurelio, como los dientes de arriba y los de abajo abajo, en un famoso símil. Otras analogías y metáforas de la vida cotidiana, del mundo natural y animal, del deporte y otros muchos pasajes insisten, de manera transparente, en esa misma dirección en busca de la armonía. Son lecciones humildes que creo que aprendió el poderoso de un maestro paradójico. Marco Aurelio, emperador, y Epicteto, esclavo, nos hablan a la vez de cómo todos hemos de reducirnos a una íntima unidad.