Etty Hillesum hizo de la interioridad y de la escucha a sí misma una forma de resistencia mística. La «habitación interior» a la que se refiere en sus diarios fue el lugar desde el que aprender a decirse, conservar la propia voz y no permitir que otros contaran por ella su propia historia.
Lo que hago es hineinhorchen (escucharme por dentro; me parece que esta palabra es intraducible). Prestar atención a mí misma, a los demás, al mundo. Escucho muy atentamente, con todo mi ser, e intento descifrar el significado de las cosas. Siempre estoy muy tensa y atenta, siempre buscando algo, pero no sé qué».
Etty Hillesum, 23 de agosto de 1941, Diarios
Cada vez se hace más difícil atender a nuestras moradas interiores, a las entrañas que nos habitan. Los omnímodos tentáculos de la industria digital abarrotan nuestros sentidos y colonizan progresivamente nuestro tiempo hasta impedir que logremos escuchar la voz interior que únicamente se revela a quien aprende a escucharse. El problema no es el exceso de información o la creciente oferta tecnológico-digital, sino la incapacidad para permanecer con nosotros mismos. Acaso hayamos extraviado la brújula que nos conduzca a un yo que poco o nada desea saber de sí mismo: por indiferencia, por miedo o, más aún, por olvido.
No solo ocurre que no podamos escucharnos, sino que, hecho más lacerante aún, llegamos a confundir la voz de los amos del sistema productivo con la nuestra hasta acabar desorientados y equivocando la auténtica dirección de nuestros deseos: desarraigados de nuestra mismidad, secuestrados por intereses políticos y tecnoeconómicos. La voluntad de los individuos es hoy dirigida deleitosa y sumisamente: al amparo de mensajes como «las pantallas te dan acceso a un sinfín de posibilidades» terminamos por descuidar y desatender todas las posibilidades que existen fuera de esas pantallas.
En los años cuarenta del siglo XX, cuando Europa se precipitaba hacia la barbarie totalitaria, una joven judía nacida en Middelburg (Países Bajos), Etty Hillesum (1914-1943), presagiaba una crisis de interioridad en los individuos y la localizaba en el paulatino robo del tiempo propio. Resulta llamativo que fuera en años de cruenta y estruendosa guerra cuando aquella mujer apuntaba al silencio y al recogimiento como eficaces resistencias anímicas para poder reflexionar con pausa y hondura y, llegado el momento, poder entonces actuar con plena conciencia. Como ya apuntara Plotino en sus Enéadas (mediante el concepto de ἐπιστροφή: literalmente, «vuelta atrás» o regreso) y sugerirían Nietzsche o Freud muchos siglos después, el camino más arduo de practicar es el de retorno a uno mismo.
En la noche del 17 de marzo de 1941, con veintisiete años, Hillesum anotaba en sus Diarios (publicados íntegramente en estupenda edición por la editorial Monte Carmelo) que encontraba la fuerza para poder continuar en su interior: ese torrente vital procede «de un centro pequeño e íntimo, al que me retiro en ocasiones, cuando, por un momento, el mundo exterior me resulta demasiado ruidoso». Hasta hacía no mucho, confesaba la escritora, «todas las impresiones de fuera me provocaban desazón e inseguridad».
El «centro pequeño a íntimo, al que me retiro en ocasiones», describía Hillesum, no es una huida; es la recuperación de un lugar y de un tiempo desde los que poder ver, sentir y decir el mundo sin que el mundo la viera, la sintiera o la dijera a ella.
No sería descabellado asegurar que el más grande aprieto en el que hoy nos encontramos es la imposibilidad de poder contar nuestro propio relato del mundo, es decir, poder elegir las palabras justas y apropiadas para nombrar el mundo desde nuestra particular circunstancia. Avasallados por un sinfín de narrativas ajenas a nuestras emociones y pensamientos (mercadotecnia, publicidad, redes sociales, doomscrolling), acabamos por adoptar historias del todo extrañas para contar nuestras vidas. Así pues, mediante un seductor aparataje digital que promete mantenernos entretenidos y ocupados (pues el tiempo es algo que hay que «ocupar», precisamente por el miedo a encontrarnos con nuestro yo), nos arrebatan la potencia para poder decirnos a nosotros mismos. Más aún: si desoímos nuestra voz interior y quedamos prendados por el tan atractivo trajín estimular del afuera, corremos un temible riesgo: dejar de poder contar nuestra propia historia.
Y es que «la vida se compone de pequeñas historias que esperan a que yo las cuente». Etty Hillesum encontró en lo que ella denominó «centro interno» un lugar y un tiempo desde el que poder decirse, desde el cual «se rige mi vida, es cada vez más poderoso y centrado», como si se tratara de una «autoridad central», explica, que «emite sus rayos hasta los confines más lejanos». Describe Hillesum cómo, sentada en su escritorio (9 de enero de 1942), creyéndose invadida por el mundo exterior, va creando paulatinamente una «habitación tranquila» en su interior en la que puede refugiarse del tráfago externo. No fue un proceso sencillo ni mucho menos definitivo, pues el combate con los estímulos constantes es y será siempre inagotable, y resulta muy sencillo sucumbir a su encanto. Consciente de ello, Hillesum decide llevar consigo misma a todas partes esa «habitación silenciosa», de forma que «puedo retirarme en cualquier momento, ya sea en un tranvía repleto de gente o en medio del bullicio».

Imagen de Etty Hillesum (1914-1943). ©Fundación Etty Hillesum
No se trata de una invitación a la evasión. Bien sabía Hillesum que una fuga tal resulta del todo imposible. Vivimos en el mundo, y aunque decidiéramos practicar un escape à la Thoreau, habríamos aún de bregar con nuestros recuerdos y vivencias del pasado. Como sugirió el Maestro Eckhart, atinado escrutador del alma humana, allá donde vayamos nos encontraremos siempre, incansable, con nuestro yo; por tanto, resulta más adecuado sanar el yo que intentar practicar un vacuo retiro del mundo.
Los diarios de Hillesum no fueron redactados, sin más, para dejar constancia de los hechos a los que se enfrentó en vida. Como ella misma sugiere en numerosos pasajes, lo que se proponía era dejar nacer lo que su morada interior le dictaba: nacer(se) a sí misma sin miedo a expresar sus temores («a veces, a pesar de toda mi lucidez de pensamiento, no soy más que una pobre criatura asustada»). Como ya intuyó Plotino en sus citadas Enéadas, el viaje más peliagudo no es el que nos lleva a la conquista del mundo (para ser, en terminología actual, funcionales y adaptativos), sino el de regreso a uno mismo. Aunque Hillesum encontró en esa interioridad a un Dios personal, a quien pedía fuerza y ánimos para sostenerse firme («Dios, ayúdame y dame fuerza, pues la lucha será difícil»), y sin entrar ahora en el apartado teológico, lo más relevante de sus diarios es la denodada convicción de «penetrar en el fondo de las cosas con palabras».
Vivimos en el mundo, y aunque decidiéramos practicar un escape à la Thoreau, habríamos aún de bregar con nuestros recuerdos y vivencias del pasado. Como sugirió el Maestro Eckhart, atinado escrutador del alma humana, allá donde vayamos nos encontraremos siempre, incansable, con nuestro yo; por tanto, resulta más adecuado sanar el yo que intentar practicar un vacuo retiro del mundo.
Con sus palabras. Les confieso que, a riesgo de ser demasiado insistente (porque lo soy en este sentido), uno de los consejos que siempre doy a mis estudiantes adolescentes y universitarios es el de escribir de manera cotidiana. Al igual que Hillesum, lo importante no es dar noticia –egolátrica, enfermizamente obsesiva– de nuestro yo. Escribir cada día sostiene nuestra capacidad para narrar el mundo con nuestras propias palabras, desde nuestra perspectiva. Muy al hilo de la postura de Hillesum, merece la pena recordar este breve fragmento de María Zambrano en «Por qué se escribe» (1934): «Escribir es defender la soledad en que se está, una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas». Contundente como siempre, nos recuerda Zambrano que «es una soledad que necesita ser defendida», y ello porque deberíamos hacer todo por atesorar «un género de soledad que comienza por ser, no un aislamiento, sino un haberse desposeído de toda propiedad», leemos en Claros del bosque (V, 8).
La habitación interior a la que nos emplaza Etty Hillesum tiene carácter de baluarte, de bastión, no de evasivo parapeto o temerosa protección, al igual que la soledad que nos propone defender Zambrano. El «centro pequeño e íntimo, al que me retiro en ocasiones», describía Hillesum, no es una huida; es la recuperación de un lugar y de un tiempo desde los que poder ver, sentir y decir el mundo sin que el mundo la viera, la sintiera o la dijera a ella. En ese habitáculo intimista y confesional ordenaba sus afectos y escuchaba sus temores, reconocía sus contradicciones y exponía las dolorosas paradojas del mundo y, al fin, daba con las palabras justas para nombrar el acontecer. Consiste, pues, en practicar una vía casi mística, como sugiere Zambrano, de previa desposesión del mundo para, una vez que hemos tomado distancia de él (aunque sin haberlo evitado), podamos narrarlo.
Es entonces cuando nos damos cuenta, en paralelo, de que los otros no son un Otro indeterminado y hostil. Cuando ponemos palabras al mundo hacemos también por comprender las palabras de los demás. Muy al contrario, cuando sólo adoptamos discursos prestados (el de la política y su polarización, el de la mercadotecnia y su afán por capitalizar nuestro deseo, el del universo digital y su empeño por desapropiarnos del lenguaje y de nuestra voluntad), no escuchamos a los otros porque los sabemos dichos por otros. Es en la palabra inédita y sincera, forjada en nuestra «habitación interior», mediante la que podemos comunicarnos significativamente con los demás.
La última entrada del diario de Hillesum (13 de octubre de 1942), muy emocionante, es una apelación a los otros en forma de atención y cuidado: «Querría ser un bálsamo para todas las heridas»
La última entrada del diario de Hillesum (13 de octubre de 1942), muy emocionante, es una apelación a los otros en forma de atención y cuidado: «Querría ser un bálsamo para todas las heridas», y poco antes, en un interrogante que la acerca a algunas reflexiones de la Simone Weil de los Cahiers, se pregunta Hillesum: «Desde anoche, he estado intentando asimilar un poco el gran sufrimiento que hay que asimilar en todo el mundo. […] Cuando sufro por los débiles, ¿no sufro acaso por la debilidad que también hay en mí?». Nuestra protagonista fue deportada en 1943 a Auschwitz, donde murió, probablemente, en noviembre de aquel mismo año. Su cuerpo no ha sido encontrado, como el de tantos y tantas. Afortunadamente, contamos aún con su voz, con sus cartas y diarios, donde damos con el testimonio de una mujer que, hasta el final, se negó en rotundo a dejar que otros pensaran y sintieran por ella, a permitir que el mundo que ella vivió y experimentó fuera nombrado por otros.
Descubrir la propia historia, y poder decirla, permite querer escuchar la de los otros y, a fin de cuentas, desear compartir una historia común. Si seguimos dejándonos decir por el aparataje productivo, abandonaremos también el interés por saber de los otros. Y no hay peor condena, como explicó Zambrano al final de la introducción de El hombre y lo divino, que no poder decirnos: «No es enteramente desdichado el que puede contarse a sí mismo su propia historia». También Kant, en un bello y sugerente texto, tan breve como poco atendido allende las aulas universitarias (¿Qué significa orientarse en el pensamiento?, 1786), se cuestionaba: «¿hasta qué punto y con qué corrección pensaríamos si no pensáramos, por decirlo así, en comunidad con otros a los que comunicar nosotros nuestros pensamientos y ellos los suyos a nosotros?».

Como ella misma sugiere en numerosos pasajes de sus diarios, lo que se proponía al escribirlos era dejar nacer lo que su morada interior le dictaba: nacer(se) a sí misma sin miedo a expresar sus temores
No poder contar la propia historia nos conduce al aislamiento definitivo y nos priva de la libertad de pensar. Al actual engranaje productivo-utilitarista no le hace falta callarnos; simplemente nos hace hablar en sus propios términos con palabras que no son nuestras (gestión de emociones, optimizarse, reinventarse, emprendimiento, falta de resiliencia, oportunidades de crecimiento, autocuidado, posicionamiento, positividad, manifestar, salir de la zona de confort…). Al emplear un lenguaje que no es el nuestro perdemos la ocasión para pensar libremente; nuestro decir es así avasallado, se hace servil ante diversos intereses políticos y económicos, que polarizan nuestro querer (y nuestro decir).
En este campo nos jugamos mucho en las aulas de enseñanza media y universitaria: la educación es la oportunidad, acaso la única que va quedando, de enseñar y transmitir el lenguaje para no ser dichos por otros (por el Otro sistémico), para poder vertebrar un discurso propio que pueda resistir las voraces ansias del sistema productivo, que pretende enclavarnos en identidades prefabricadas.
Y he de decirlo, casi avisarlo con urgencia, si me permiten: nos jugamos mucho también en las familias. Si pueden (porque no siempre se puede, porque-hay-que-seguir, porque hay-que-aguantar), lean con sus hijas e hijos, y háganlo preferiblemente en alto. Compartan con ellos historias, dótenles de un lenguaje rico, de un léxico dilatado —que dilate su experiencia del mundo—. Léanles desde que son pequeños (y lean mucho delante de ellos, hagan incluso teatro sobre el acto de la lectura, hagan de ello una ceremonia), denles libros como compañeros, que no los sientan como objetos extraños; también bolígrafos y lápices y rotuladores y papel, que quieran escribir(se), dibujar(se), expresar(se). Cuantas más palabras conozcan, menos estrecho y mezquino será su mundo; cuanto más amplio sea su lenguaje, más podrán matizar el mundo, y de eso estamos muy faltos en esta cultura de lo-mismo disfrazado de distinción: nos faltan matices, diferencias, contrastes. Y nos jugamos los matices en la educación del lenguaje. Por favor, lean con niños y adolescentes, compartan con ellos historias, dótenles de posibilidades que abran mundo, facilitándoles (regalándoles y haciéndoles descubrir) el tiempo pausado de la lectura.
Cuando no sabemos ni podemos decir quiénes somos, o cuando perdemos la capacidad para hacerlo (porque nos la han arrebatado a fuerza de tener-que-seguir-a-cualquier-precio, de tener-que-adoptar-una-máscara), siempre habrá quien esté encantado de otorgarnos una identidad adecuada para que sirvamos a sus intereses… Termino con Etty Hillesum, maestra del decir(se): «Ahora no me apetece escribir, es como si cada palabra palideciese y envejeciese al instante entre mis manos y pidiese una palabra nueva que no ha nacido aún» (14 de julio de 1942).
¿Qué historia, y la de quién, queremos contar(nos)?
1 comentario
Precioso artículo, Carlos Javier. Gracias. Encontrar ese espacio y esas palabras propias que nos liberen de los artificios dominantes y de los lenguajes que no nos definen. Qué necesario.