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Estirpe divina

Miguel Salas

La vida humana posee un argumento sagrado que la posmodernidad nos niega, condenándonos a una existencia egoísta que nos reduce a un manojo de emociones e instintos. Solo si convertimos nuestra experiencia terrenal en el recuerdo permanente de nuestra filiación divina podremos vencer el engaño del mundo y regresar a Dios.

 

 

El corazón humano no está hecho de mentiras;

sino que obtiene algo de la sabiduría del único que es Sabio,

que aún lo llama. Aunque hace mucho que se extravió,

no se ha perdido el hombre por completo, ni ha cambiado del todo.

Quizás vive en des-gracia, pero no destronado.

Aún viste los harapos de su antigua nobleza».

J.R.R. Tolkien, Mitopoeia

Si algo le ha robado la posmodernidad al ser humano es la idea fundamental por la que se ha regido en toda época y todo lugar excepto en la cultura occidental de los últimos 250 años: la vida no es un conjunto desordenado e impresionista de experiencias más o menos satisfactorias. Muy al contrario, tiene un argumento que no depende de la subjetividad o del capricho personal, sino de la naturaleza objetiva de cada cual, otorgada tal y como es por voluntad de Dios. Es decir, que el argumento de nuestra vida es un inevitable, intransferible y sagrado.

Quizás el robo del que hemos sido víctimas los hombres y las mujeres modernos nos parezca poca cosa: al fin y al cabo, estamos acostumbrados a que los argumentos de la ficción de masas que nos suministran las plataformas sean absurdos, banales, intrascendentes, intercambiables incluso y que transmitan –no sé si siguiendo un plan o por mera imitación del ambiente que todos respiramos, la sensación de que nada importa, excepto satisfacer una idea pobre y egoísta de la felicidad.

No podemos dejarnos engañar, pues el argumento de nuestra vida –según, al menos, lo considera la cosmovisión tradicional, a la que se opone, punto por punto, la antropología moderna–, es el asunto más serio que jamás tendremos entre manos. Cuidado: serio no quiere decir desabrido. Si nos ceñimos al argumento sagrado de nuestra vida, el camino estará lleno de asombro, alegría y dulzura; y cuando nos toque experimentar el dolor –y nos tocará, claro– lo dotará de un sentido trascendente.

Dicho argumento sagrado no ha supuesto jamás un secreto; no es otro que el que nos han recordado, desde el principio de los tiempos, todas las tradiciones religiosas –es decir, aquellas que tienen como objetivo religarnos a la trascendencia–: los seres humanos somos, por naturaleza, hijos de Dios. Solo de dicha filiación, que se mantiene en toda circunstancia, pues constituye nuestro origen y esencia, proviene nuestra dignidad personal, y no de las identidades, parciales y casi siempre enfrentadas por intereses espurios, que nos propone la modernidad: género, raza, orientación sexual o nacionalidad no son otra cosa que accidentes a los que conviene prestar una atención muy relativa.

La modernidad, sin embargo, ha cercenado las raíces del hombre, lo ha separado de su propio linaje divino, ha anulado su verticalidad: según los postulados actuales, no somos otra cosa que animales sometidos a las leyes físicas de un mundo horizontal y cerrado en el que la trascendencia no existe

La vida es, pues, un camino de regreso al Padre, y el mundo el tablero en el que dicha aventura se desarrolla. Este último, con todas sus distracciones y placeres, supondrá siempre una trampa  para el   hombre confuso, absorbido por los elementos más bajos de su personalidad, y conseguirá que, de perseverar en el error fundamental de tomar la apariencia por Realidad, termine olvidando su verdadera naturaleza divina. Lo explica de manera magistral el Himno de la perla, el poema recogido en el evangelio apócrifo de los Hechos de Tomás. En él, un príncipe parto narra en primera persona su viaje a Egipto para encontrar una perla de gran valor que es custodiada por una serpiente. Antes de partir, debe dejar en el palacio la hermosa vestidura que le identifica como hijo del rey, aunque su padre le promete que la recuperará cuando regrese con la perla. A pesar de que el príncipe ha sido instruido sobre el comportamiento que debe observar en su camino para no contaminarse de las costumbres impuras que pueda encontrar en él, termina consumiendo unos alimentos envenenados que le hacen olvidar su origen, su estirpe y el objetivo de su periplo. Cuando sus padres descubren lo sucedido, le escriben una carta que le despierta el corazón (re-cordar, volver a pasar por el corazón, de cor, cordis, «corazón» en latín). La plena posesión de su identidad, de su linaje y de su destino –del argumento de su vida, en definitiva– le permiten vencer a la serpiente, recuperar la perla y volver con ella a casa. Allí, se viste de nuevo con su túnica y es presentado ante su padre, el Rey. La vuelta al Origen se ha completado con éxito.

No podemos permitirnos el desaliento: nuestro Padre nunca se aparta de nosotros y, como dice Tolkien en Mitopoeia, nos llama sin descanso.

¿Es el mundo, entonces, nuestro enemigo? ¿Debemos renunciar a él, retirarnos y vivir para siempre sobre una columna? No es necesario: igual que puede llegar a perdernos, a hacernos olvidar quiénes somos, la belleza del mundo sirve al hombre sabio para ascender hacia Dios. Como dice el principio evangélico, debemos aprender a «estar en el mundo sin ser del mundo» (Jn, 17:14-19). Para conseguirlo, no hay otro modo de conseguirlo que vivir dando prioridad a nuestra estirpe divina.

Imaginemos que el ser humano es un árbol invertido, tal y como aparece reflejado en la Bhagavad Gita. Nuestras raíces están en el Cielo, lo que simboliza que todo lo que hagamos tiene que estar enraizado en Dios. El Espíritu, pues, debe ir primero. Después, los demás niveles de lo humano, necesarios e importantes todos, pero siempre en clara jerarquía: tras el Espíritu, la razón; después, las emociones y, por último, los instintos.

Como dice el principio evangélico, debemos aprender a «estar en el mundo sin ser del mundo» (Jn, 17:14-19). Para conseguirlo, no hay otro modo de conseguirlo que vivir dando prioridad a nuestra estirpe divina.

La modernidad, sin embargo, ha cercenado las raíces del hombre, lo ha separado de su propio linaje divino, ha anulado su verticalidad: según los postulados actuales, no somos otra cosa que animales sometidos a las leyes físicas de un mundo horizontal y cerrado en el que la trascendencia no existe. El efecto de dicha ideología sobre nuestras existencias ha sido devastador. Sin las raíces bien asentadas en la tierra fértil de Dios, nos secamos irremediablemente. Primero –paulatinamente a partir del Renacimiento, pero sobre todo de la Ilustración en adelante–, la razón se convirtió en nuestra única guía. Aunque la pérdida de la dimensión espiritual supuso una caída notable, al menos en la razón existía todavía una posibilidad de acuerdo entre personas. Pero la falta de raíces en el Cielo ha hecho que sigamos secándonos, y en la actualidad vivimos en el reino de las emociones, en el que lo único que importa es cómo nos percibamos a nosotros mismos. La Verdad con mayúscula ha desaparecido –y con ella, nuestra aspiración de alcanzarla–, disgregada en verdades parciales y subjetivas que nos obligan a vivir enfrentados. Algún día, y será pronto, también nuestros sentimientos perderán la centralidad de la que ahora gozan, y caeremos de nuevo, esta vez al mundo de los instintos. Y entonces, cuando la sequedad alcance casi el ápice de nuestras ramas, presenciaremos cosas que hoy nos parecen inconcebibles, y seremos tan solo sombras tristes y trágicas de seres humanos.

Sin embargo, no podemos permitirnos el desaliento: nuestro Padre nunca se aparta de nosotros y, como dice Tolkien en Mitopoeia, nos llama sin descanso. Somos hijos del Rey, que nos envía constantemente cartas para recordarnos nuestro linaje. Ese simple recuerdo puede hacer que tomemos de nuevo las riendas de nuestro destino, que venzamos a la serpiente y que volvamos a casa sanos y salvos, con la perla de la inocencia en nuestras manos. El estudio de la doctrina espiritual, la oración y el ejercicio paciente y valeroso de las virtudes, todo lo pueden. La práctica de estos tres elementos es una ascesis (del griego askeîn, «trabajo de los materiales en bruto») difícil y exigente, pero posible: Dios nunca nos pide nada que no podamos darle, pero de aquello que sí podemos darle, lo quiere todo. Al fin y al cabo, somos sus hijos dilectos y, aunque minúsculos e incapaces rehacer nada sin su ayuda, nos sabe dignos de las vestiduras de los príncipes.

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