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Aprender a ver como los gatos

Carlos Risco

Con su ojo divino, equipado de un espejo de carne capaz de ver entre las sombras, el gato nos anima a confiar en nuestra vista de humanos. Ver en la noche también significa despertar la intuición y acceder al trasmundo. Pongamos ojos de gato.

El gato es un ser de frontera. Habita como ningún otro ser el adentro y el afuera. En él conviven el dulzor y lo despiadado, el cariño sometido de bicho supuestamente domesticado y el comportamiento salvaje. Es el arrullo y el arañazo. Lo tierno y lo terrible. Por eso resulta un tipo tan hechizante, por su condición de criatura liminal, entre dos mundos. Nadie como el gato para mostrarnos lo incomprensible de la vida, para asomarnos junto a él a los abismos de nosotros mismos, mientras nos permite acariciar su lomo y regresar al sentido profundo del estar aquí -que debería ser el amor- mecidos por el motorcito de su ronroneo, que es una especie de mantra animal, un canto monocorde que limpia los adentros de la mente y también del espíritu. El gato, y esto lo sabe quien tiene gato, comprende el mundo de las tinieblas y lo decodifica con sus dos ojos especiales, cautivantes, ojos que consiguen ver en la noche, cuando le falta la luz al día y también a nosotros mismos.

Atribuyen a Borges eso de que Dios creó al gato «para que el hombre pudiera acariciar al tigre». El gato nos cura de la gran separación de los humanos con la naturaleza. Con él se alivia la nostalgia de sentirnos extraños como especie en este planeta vivo que hemos dejado de comprender. Por eso el gato nos acerca, nos cura de la extrañeza de la existencia, nos devuelve todo lo perdido de nuestra sustancia animal. El gato es un talismán y también un rescate.

Nadie conoce al gato. Y está bien que sea así. Lleva con nosotros apenas un puñado de siglos. Vino a trabajar como ratonero para sus presuntos amos humanos y de exterminador no tardar en pasar a dios y ser adorado en toda su inexplicable inmensidad a través de su cautivadora presencia, sus trances de amor, su majestuosidad divina. Aunque por el camino su empleo a las orillas de nuestra especie no le ha sido fácil. Los hombres han ahorcado, perseguido y masacrado a los gatos como ha hecho siempre con los seres de brujería y toda criatura que no alcanza a entender. Así es nuestro cerebro reptiliano que sigue dominando los impulsos ingobernables de esta especie ingobernable que engendra en sí misma la maravilla y la destrucción. El hombre asesina todo lo que no comprende.

Atribuyen a Borges eso de que Dios creó al gato «para que el hombre pudiera acariciar al tigre». El gato nos cura de la gran separación de los humanos con la naturaleza.

Los ojos del gato son especiales. Le sobran para conseguir ver en sus rondas nocturnas, para cazar a cualquier animalillo del bosque agazapado con su paciencia infinita, que es otra de sus características divinas. Pero sus ojos, son sus ojos los que nos parece un misterio imposible. El gato empieza a ser un dios en sus mismos ojos. Y los gatos ven en la noche porque la noche es suya. El gato, aún con nosotros, en nuestro regazo haciendo su papel de bicho domesticado, tiene un superpoder incomprensible, el de ver más allá, el poderse mover en el espacio una vez desaparece la luz del sol, que es cuando este planeta girante consigue descansar de la luz y podemos asomarnos al gran misterio del cosmos. Como el búho, como la lechuza, el gato comprende el mundo de las sombras. Pero a diferencia de las rapaces que ecoan en la noche del bosque como el gran latido de la vida que nos es oculta, porque el humano no debe comprender toda dimensión y no debe asomarse a cada misterio bajo el peligro de perder el propio misterio de sí mismo, el gato está en las orillas de este mundo. Es un animal viajero. Un ser interdimensional. Se adentra en las profundidades del espíritu y regresa para enroscarse a los pies de nuestra cama. En su presencia, todo el misterio.

Los hombres hemos perdido la capacidad de ver en la noche. Los ancianos que me encuentro en mis pequeños paseos de cabotaje me cuentan de sus salidas en el mundo de antes, cuando atravesaban sin luna los viejos caminos del bosque para ir a las romerías. A veces cruzando ríos de agua negra con la ropa sobre la cabeza. Nuestros ojos humanos son inferiores a los del gato pero todavía capaces de ver sin luz. Esto lo hemos olvidado pero conviene recordarlo. Cuando oscurece, nuestras pupilas se dilatan y los conos, nuestras células fotorreceptoras, que durante el día nos permiten percibir colores y detalles, ceden su lugar a los bastones, otras células especializadas mucho más sensibles y capaces en la penumbra, que pasan a guiar la retina. La ciencia, en su empeño en deshacer todo misterio, también se ha encargado de descomponer y analizar los sobrenaturales ojos de los gatos, esos que brillan con la luz del fuego y también con todo tipo de luminarias artificiales que ha ido creando esta civilización artificial. Esa capa reflectante de los gatos tiene un nombre fantástico, tapetum lucidum, un espejo de cristales de zinc y células especializadas situado detrás de sus ojos para darle a la luz una segunda oportunidad y echarla hacia afuera. Un tapiz de carne y maravilla que usan como reflector y les permite ver donde nosotros apenas adivinamos sombras. Por eso, sus ojos se vuelven rojos en la oscuridad. Trabajan para ver. Para ver el mundo y también lo que hay debajo de él.

«Caminar hasta la ermita y saludar al santo martirizado significa atravesar un mundo velado de sombras a través del bosque que comienza», asegura Carlos Risco.

Nuestros ojos humanos se habitúan a la oscuridad en los primeros 10 minutos. Y aumentan su sensibilidad espectacularmente pasada la media hora. En esta aldea despoblada en la que vivo, donde me he asegurado que no prospere la luz municipal, consigo que mis ojos vean en la noche ayudado por los ojos de los gatos en las noches sin luna. Tito, Tita y Mapa son los tres gatos me acompañan en las salidas que hago casi a diario hasta la ermita. Caminar hasta la ermita y saludar al santo martirizado significa atravesar un mundo velado de sombras a través del bosque que comienza. Hacerlo sin linternas ni ningún tipo de iluminación empieza a ser una costumbre ritual desde que soy vecino de estas soledades. Venimos casi cada día. Los gatos hacen a nuestros ojos valientes a través de los suyos. Allí nos quedamos un buen rato, sentados en el pequeño atrio, junto a la reja de madera, donde titilan las candelas encendidas por las manos sin nombre que mantienen la ermita barrida y adorada desde siempre. Aquí hay el apartamiento suficiente como para habitar la noche que todavía es noche, participar de ese misterio que nos devuelve humanos, escuchar los gruñidos de las lechuzas y el latir de los cárabos, que van cubriendo el monte de la santa como un péndulo de ululares concatenados. Sentimos al resto de fieras en la espesura. El jabalí, la marta, el tejón. Ahí están todos ellos, siguiendo sus caminos que nos son velados. En esa media hora corta que dedicamos a estas visitas nocturnas al santo, experimentamos el gran milagro de la visión.

Los hombres hemos perdido la capacidad de ver en la noche. Los ancianos que me encuentro en mis pequeños paseos de cabotaje me cuentan de sus salidas en el mundo de antes, cuando atravesaban sin luna los viejos caminos del bosque para ir a las romerías.

Por eso, en el camino de vuelta, después de estar un rato en la ermita, mientras los gatos entran al interior del camarín del santo a través de las rejas de madera y se persiguen juguetonamente por el prado, uno puede sentir sus ojos enriquecidos y preparados para la tiniebla, caminando de regreso a casa con plena confianza en sus pasos, distinguiendo lo que antes estaba oculto. Porque ver en la noche es confiar en tus ojos. Y así sentir la libertad de contemplar las honduras del espacio desde nuestro pedrolo giratorio sin la linterna cegadora del día. Es entonces cuando podemos comprender mejor nuestro lugar en el mundo, triangularnos con las estrellas conocidas, que están creando amaneceres y atardeceres en planetas desconocidos. Por eso hay que apagar las luces. Para ver las estrellas. Para sentir el misterio de estar vivos.

Los gatos nos ayudan a ser fuertes de corazón y de ojos. Caminar sin linterna junto a ellos, aún en las noches más negras, es un ejercicio sorprendente. Uno siente a los antiguos caminar con nosotros y casi se tocan las manos de todos los desaparecidos si echamos las nuestras hacia atrás. Así, caminando entre lo negro que deja de ser negro, confiando en lo más humano en nosotros, uno siente caminar a todas las presencias que antes caminaron cuando los hombres confiaban en sus ojos y sabían ver. Uno se vuelve consciente de la grandeza de la especie, con todos los sentidos alerta, que «ven» allí donde no llega nuestra visión humana. Cuando voy hasta allí con los gatos, las orejas se hacen grandes, los pies tienen otra sensibilidad, cualquier crujido en una rama próxima o una presencia desconocida en la espesura se revelan en el espacio y lo consigues comprender de un modo nuevo, cartografiando con el oído y la propia conciencia de nosotros mismos, de nuestro cuerpo y presencia. Caminar con los gatos es mapear la noche y sentir que el cuerpo ve mucho más allá, que la comprensión de las cosas trasciende los ojos y ocupa, además de al oído y al tacto, también al corazón. Y, cuando uno vuelve a casa, sabe rodear a una presencia del trasmundo agazapada tras la verja que, como todos los seres del trasmundo, quieren venir a calentarse con nosotros junto al fuego. Los gatos nos enseñan a ver. Ellos nos ayudan a aprovechar nuestros ojos humanos hasta todo lo que dan, aunque no sean los más adaptados para la oscuridad. Somos capaces de llegar con nuestra limitación física hasta el gran milagro. Esta noche volveré a pasear con ellos por entre la espesura y haré el camino de vuelta con los ojos grandes y la espalda fría, consciente de la dimensión de la noche, en la que todavía habita el misterio que hace la vida deseable.

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