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Sócrates y la belleza de lo feo

Ángel Narro

La actualidad está regida por una dictadura de lo bello, que sigue unos cánones estéticos normativos, proporcionales y armoniosos, heredados de la larga tradición sobre la conceptualización de la belleza desde la Antigüedad. No siempre fue así. Sócrates es el mejor ejemplo.

No cuesta demasiado identificar la figura de Sócrates en una pintura donde aparezcan filósofos. Sea en la Escuela de Atenas de Rafael, sea en su célebre Muerte imaginada por Jacques-Louis David, lo cierto es que una incipiente alopecia, el rostro redondeado, la clásica barba filosofal o la nariz chata son rasgos que se repiten una y otra vez. Y sucedía también en la estatuaria antigua, donde esa representación del gran maestro de filosofía griego gozaba de una larga tradición.

Ese retrato procede de la descripción física que su amante, el joven Alcibíades, pronuncia en el discurso que pone el broche de oro al célebre El banquete de Platón, el texto que de manera más completa y variada aborda la conceptualización del sentimiento amoroso en la Grecia clásica. El despechado Alcibíades afirma que Sócrates se parece a «esos silenos que hay en los talleres de los escultores, que los artesanos esculpen con siringas o con flautas» y también al sátiro Marsias. Los silenos y los sátiros son divinidades menores, relacionadas con lo agreste, lo salvaje y lo lascivo y suelen formar parte del extravagante cortejo del dios del vino Dioniso. Su apariencia física no es precisamente agradable.

Normalmente son representados como ancianos, en numerosas ocasiones con rasgos animalescos como cuernos, patas de cabra, colas de caballo, orejas caprinas y, sobre todo, con su sexo en posición de ataque. Esa condición híbrida combina con poco pelo, un rostro redondeado y una chata nariz. Ver un sátiro o un sileno en cualquier vasija griega recuerda sobremanera la tradicional representación de Sócrates. No cabe duda de que las palabras de Alcibíades tuvieron por, mediación de Platón, una innegable repercusión iconográfica.

Representa Sócrates como nadie al pensador consciente de las limitaciones de su conocimiento, enterado de que la verdadera sabiduría es inabarcable y de que, cuantos más peldaños se ascienden en la escala del aprendizaje, más lejos se está del inicio, más alto a cada paso se apunta y el deseo de progresar confunde, abruma y provoca una inevitable sensación de vértigo.

Sócrates era feo y predicaba así con el ejemplo aquello que el mismo describiera en ese mismo diálogo acerca de la teoría amorosa y del reconocimiento de la belleza. La figura de Sócrates no sigue las proporciones estéticas imperantes desde su época hasta nuestros días, no se caracteriza por una belleza que hoy calificaríamos de «normativa» y, de hecho, se acerca más a lo animalesco que a lo divino, incluso apuntando a un grado por debajo en la escala de valoración antropológica entre dioses, hombres y animales. Todo tiene su razón de ser.

Explica Sócrates en su discurso en elogio al dios Eros que él no sabe mucho de asuntos del corazón. Todo tiene, de nuevo, su razón de ser. Representa Sócrates como nadie al pensador consciente de las limitaciones de su conocimiento, enterado de que la verdadera sabiduría es inabarcable y de que, cuantos más peldaños se ascienden en la escala del aprendizaje, más lejos se está del inicio, más alto a cada paso se apunta y el deseo de progresar confunde, abruma y provoca una inevitable sensación de vértigo. Utiliza como guía espiritual y voz experta en este afecto a una tal Diotima, una enigmática mujer de Mantinea, en cuyas palabras se ha querido ver la esencia misma del amor platónico.

Eros, en su opinión, no era dios, sino un démon, un ser a medio camino entre lo humano y lo divino. Su deconstrucción como divinidad atenta contra la herencia de los mitógrafos como Hesíodo o los filósofos como Parménides, pero concuerda con la naturaleza de este ser que, por situarse en ese punto intermedio, no puede ser bueno ni malo, justo ni injusto, ni tampoco bello ni feo. Esa dorada medianía donde se sitúa hace que Eros, como Amor con mayúscula, como démon, y éros (con minúscula), como término genérico griego, para verbalizar el deseo y el sentimiento amoroso, busque y anhele la belleza, ya que es algo que no posee, al menos en grado sumo.

La belleza, como todo, constituye una idea absoluta que solo es posible percibir a través de la percepción intelectual. No se trata únicamente de un elemento corporal o material, sino que es algo presente también en los pensamientos y en las acciones.

Al igual que la entidad que patrocina el sentimiento, el ser humano se encuentra en una posición similar: comparte con él esa pulsión irrefrenable hacia lo bello, que normalmente identifica en los cuerpos, en lo físico, en aquello que desea tocar, acariciar, mimar, besar y, en definitiva, poseer. La eterna tensión entre el amante y el amado, el poseedor y el poseído, el que cede ante el amante y el que lo hace ante el amado se restringe a una batalla corporal, una danza sugerente de oxitocina, dopamina, acetilona o serotonina, que carece de sentido más allá de la realidad material. Y sabemos que Platón no comulgaba demasiado con la religiosidad de lo sensible.

La belleza, como todo, constituye una idea absoluta que solo es posible percibir a través de la percepción intelectual. No se trata únicamente de un elemento corporal o material, sino que es algo presente también en los pensamientos y en las acciones. Saber reconocer esa belleza absoluta, esencial y universal parece una tarea compleja, demasiado abstracta para ser acometida en un mundo como el nuestro, tan acostumbrado a instrucciones y enunciados breves, concisos y, sobre todo, prácticos, tangibles y, en definitiva, mesurables. Esa belleza de la que habla Platón rehúye de esos parámetros y se rige por la sola percepción intelectual. Es o no es, está o no está, se reconoce o no.

«La muerte de Sócrates» (1787), Jean-Louis David.

En todo caso, El banquete y el propio Alcibíades, el mismo que resalta el parecido de Sócrates con los silenos, nos ofrecen ciertas pistas sobre cómo aprender a reconocer ese universal de belleza no solo en los cuerpos, sino también en las acciones y sentir ese anhelo de aspirar a ellas e incluso de protagonizarlas. Sócrates, instruido en estas artes amatorias de carácter intelectual y espiritual por Diotima, evita las relaciones sexuales con Alcibíades, pero no su compañía, su conversación y su presencia. A su vez, Alcibíades no deja de sentirse atraído por Sócrates, a pesar de esa supuesta fealdad que le acerca a la esfera de lo animalesco. El joven ateniense, consciente o inconscientemente, parece hallarse en mitad del proceso educativo para el reconocimiento de la belleza y el amor más allá de lo material. Por ello, es también capaz de enumerar y alabar las buenas acciones de Sócrates, aquellas que le acercan a la virtud y que demuestran la belleza que realmente alberga, no en su apariencia exterior, sino como esas figuritas de silenos con los que realmente los comparaba. Aquellas, como muñecas matrioskas, contenían otras estatuillas de silenos en su interior que era necesario ir retirando y abriendo hasta llegar al verdadero interior, a la figura más pequeña, pero al mismo tiempo más bella y que más asombro provocaba. Ese último sileno representa la belleza absoluta que trasciende todas y cada una de las capas físicas opacas que ocultan la inteligencia y el alma.

Y esa belleza estaba, como decía Alcibíades, en la actitud y las acciones que realizaba el propio Sócrates. Este no prestaba demasiada atención por el dinero o los bienes materiales. Prefería pasar el tiempo meditando y reflexionando acerca de cualquier cosa, por insignificante o nimia que pudiera parecer. Plantear preguntas para obtener más respuestas sobre las que poder cuestionarse formaba parte de su día a día. Además, tampoco rechazaba el ejercicio físico, sino que se esforzaba como el que más e incluso destacaba en la guerra por su carácter esforzado y su lealtad para con los demás. Por último, era un orador brillante y sesudo, alguien capaz de organizar con calma y cuidado sus pensamientos para transmitirlos de la manera más bella y efectiva posible. No sabía nada, pero a ojo de buen cubero se diría que era capaz de casi todo.

En todo caso, no hay que olvidar que la culminación de cualquier relación amorosa reside en la generación. Aquí se plantea un modelo en el que esa generación no tiene lugar en el plano material, sino en el terreno intelectual, en ese mundo de las ideas con el que se identifica la filosofía platónica en el que el reconocimiento de la belleza nos conduce al amor y esa pasión abstracta da como resultado el alumbramiento de conductas, de ideas y de actitudes bellas como aquellas que se describían en El banquete a propósito de Sócrates. Tal vez solo haga falta mirar lo aparentemente feo con otros ojos. O quizá no verlo con los ojos, sino mirar con el alma.

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1 comentario

admin 17/03/2026 - 19:51

Me encantan

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