El pensamiento de Hannah Arendt y de María Zambrano no habría llegado a ser lo que fue sin el exilio. Les hubiese faltado espacio para estirarse más allá de las fronteras. El exilio se convirtió en el albergue desde el cual les fue posible ejercitar un acto reflexivo muy personal, del más allá, tan propio del pensamiento nómada que va a contracorriente sin temor a las barandillas con las que se cruza en la sinuosa senda de quien no está dispuesta a volver al mismo lugar del que partió.
La actualidad está regida por una dictadura de lo bello, que sigue unos cánones estéticos normativos, proporcionales y armoniosos, heredados de la larga tradición sobre la conceptualización de la belleza desde la Antigüedad. No siempre fue así. Sócrates es el mejor ejemplo.