amor
Con su ensayo Eros dulce y amargo (Lumen), derivado de su tesis de doctorado, la autora canadiense Anne Carson irrumpió en el panorama literario con una obra que ya contenía el mapa de sus obsesiones. Cuatro décadas después, Anne Carson recibe el Premio Nobel de Literatura. Volver a esta obra es descubrir que buena parte de la escritura que hoy se celebra ya estaba allí, en esa primera indagación sobre el deseo, la distancia y el lenguaje.
Los textos apócrifos del primer cristianismo son un conjunto de textos que fueron considerados por la jerarquía eclesiástica como no inspirados por la divinidad. Aun así, circularon con cierta normalidad entre las primeras comunidades de cristianos. Formulaban y respondían preguntas sobre cuestiones importantes. Además, eran narraciones «provechosas para el alma».
«Fui piedra y perdí mi centro / y me arrojaron al mar, / y al cabo de mucho tiempo / mi centro vine a encontrar» —versos de una copla popular.
Una piedra de molino pierde su centro, el agujero que le permite girar y cumplir la función para la que fue hecha. Inservible ya, es arrojada al mar. Sometida durante años al movimiento del agua y a la erosión, termina por recuperar aquello que había perdido. Estos versos hablan de una piedra, pero también hablan de nosotros.
Perder el centro no es necesariamente una condena. A veces, la distancia provoca movimientos tectónicos lo suficientemente fuertes como para devolvernos al núcleo de toda pregunta. Hay extravíos que despiertan la sed de regreso; pérdidas que nos ponen de nuevo en movimiento. Quizá porque perder el centro no consiste únicamente en desubicarse, sino en alejarse de aquello que uno es, de aquello para lo que está hecho.
La obra de Pablo d’Ors —sacerdote, escritor y fundador de Amigos del Desierto— vuelve una y otra vez a la pregunta primigenia, a qué somos llamados. En Biografía del silencio, El olvido de sí y Los contemplativos (Galaxia Gutenberg), tres de sus títulos más conocidos, así como en otros libros como Devoción (Galaxia Gutenberg), cuya lectura recomiendo especialmente, esa búsqueda se vuelve incesante y exige afinar la mirada para reconocer el misterio cuando se abre paso, estar lo suficientemente presentes para corresponderlo.
«He encontrado —dice Pablo d’Ors—, eso puedo asegurarlo, pero mentiría si no dijera que sigo buscando». Sobre esa tensión entre haber encontrado y seguir buscando, entre el regreso y el devenir, orbitan algunas de las cuestiones que atraviesan esta conversación.
A partir del De Amore de Marsilio Ficino (1433-1499) —comentario al Banquete de Platón escrito en el corazón del Renacimiento florentino—, este artículo explora rincones inhabitados de la práctica astrológica: la doctrina del furor divino, el eros cósmico y las dos formas de Venus. Una defensa del amor como la forma más alta de conocimiento, cuya condición es la unión a aquello que se pretende conocer.
Las beguinas fueron unas mujeres libres que, desde el final de la Edad Media, amando, conociendo y sirviendo, dieron un hermoso testimonio de amor con sencillez, valentía y entrega.
El Cantar de los cantares y el Cántico espiritual llevan siglos mostrando la ventura de la poesía cuando, aun en su misma imposibilidad, ha tratado de decir el amor. Amor humano o amor divino, las liras aquí recogidas muestran cómo la poesía sigue siendo la mejor aliada: veladora infinita de un amor que nos desborda.
Creemos que es suficiente con tener un plato de comida, pero ignoramos las consecuencias de no desear comerlo. Como nos adelantó San Agustín en sus Confesiones: «El placer de comer y beber no existe en absoluto a menos que le preceda la molestia del hambre y la sed».
¿Por qué hacernos la pregunta trágica «¿quién soy yo?»? ¿Quién puede encarnarse, dar respuesta, empuñar el Yo? Hosannas y bienaventuranzas para narrar el agujero, para adentrarse en el subsuelo y forzar el nacimiento de una flor, hacer volcar la palabra soterrada. Clarice Lispector, en precariedad y plegaria, quemando todos los noes, y sellando, en la práctica ritual de la escritura, la primera y última delicia: el Sí.
Louis Cattiaux encarna el pez filosófico que nada en aguas profundas y nos pone en contacto con la Inspiración Universal. Su Voz y su Obra, visionaria, profética, alquímica, nos invita a desvelar, despertar y reconocer a la Presencia Divina en el cosmos y en nosotros mismos. Su Mensaje se dirige a la Inteligencia y la Memoria Profunda del ser humano y propicia el encuentro del ser particular con el Ser de todas las cosas. En su Corazón se puede hallar la Fuente y el Núcleo Vivo de todas las tradiciones religiosas. Cattiaux enseña la renovación y el reverdecer del Cuerpo, el Alma y el Espíritu a través del Fuego Sagrado, secreto y muy evidente. «¿Quién puede diferenciar el fuego del fuego? ¿Quién puede manifestar, encarnar el sol en la estrella de la mañana nacida de la tierra tenebrosa? (18′, I)»