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El alma enamorada: el éxtasis místico desde Santa Teresa de Ávila

Lucía Navarro Pla

¿Cómo se vive después de haber visto a Dios? A partir del éxtasis de Santa Teresa de Ávila, y en diálogo con Margarita Porete, María Zambrano y Matilde de Magdeburgo, una aproximación a la travesía interior del alma herida de Dios: la que descubre que hacer de la vida una ofrenda es el amor más alto.

«Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero».

Santa Teresa de Ávila

Es un ángel venido con una saeta de fuego el que desciende en dirección al alma. Amparado por la luz divina, agita sus alas cuidando que no se apague la llama que porta consigo. En su mano, la flecha numinosa que lleva escrito el nombre único y solo de un alma también sola. Fue en su Libro de la vida (1588; 29, 13) donde Teresa de Ávila escribió sobre este ángel descendido que le dejó las entrañas abrasadas, que le clavó duramente la punta de su gloria en el centro del corazón. «Veíale en las manos un dardo de oro largo». Un dardo de oro largo tocado por la gracia del fuego que la atraviesa «algunas veces», hiriéndola hasta las entrañas más profundas y llevándoselas consigo. De este momento impronunciable, la imagen de un suspiro ardiente: «Me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios».

Transverberación es la palabra que ha tratado de acoger la belleza y herida de esta imagen epifánica, símbolo más visible del éxtasis místico que acontece en lo más centro de nuestro ser. El corazón. Esta belleza y herida, imposible de apresar en un significado o lenguaje racionales —pues nada hay que comprender, dice Santa Teresa, de esta operación del alma—, encuentra así una manera de poder expresarse. Muchas imágenes se suceden: un corazón atravesado por una saeta de fuego; un corazón que queda sangrando con una herida en el costado; o quizá luzca coronado y espinado, una representación que, en su amor gimiente, se tiende al lado del Sagrado Corazón de Jesús.

«Transverberación», del latín transverberatio, significa traspasar. Cuando se habla entonces de la «transverberación de Santa Teresa» para nombrar su éxtasis, aquello que se señala es que fue traspasada, atravesada, herida eternamente; no solo por una saeta, sino por el Amor divino, el más indecible, el insoslayable, el que deja un callado amor. Que exista un amor de Dios que atraviese la carne, que descienda para ir al centro de un alma, evoca una metáfora constitutiva: la del Amor y su lejanía y, no obstante, su encuentro irradiante; la del Amor que no tiene cabida del todo en una carne y una forma. Evoca la herida del pobre embebido que, deseando alzar los vuelos al sentirse ensanchado, se ve irremediablemente contenido dentro de los límites de sí. Dilataste cor meum, dice el Salmo 118, y repite también Santa Teresa, mezclando castellano y latín, para expresar esta «delicada cosa», esta dilatación invisible que solo entiende el alma enamorada, la que ha visto.

Tres siglos antes de Las moradas, la beguina Margarita Porete, autora de El espejo de las almas simples (hacia 1290), ya escribió cómo el Alma enamorada, la que ha sido tocada, «no halla consuelo, afecto ni esperanza en criatura por Dios creada, ni en el cielo ni en la tierra, sino solo en la bondad de Dios». Las palabras parecen salidas de su página para insertarse en lo que, más tarde, escribiría Santa Teresa en Las moradas: «(…) Siente una soledad extraña, porque criatura de toda la tierra no la hace compañía, ni creo que se la harían los del cielo, como no fuese el que ama». No parece haber consuelo para ninguna, pues habiendo estado ante la presencia divina, ya no son del todo de aquí. Es de nuevo Zambrano la que revela que «(…) la única salida [del místico] (…) consiste en atravesar los umbrales de la vida». Y para atravesar esos umbrales, no parece haber otro destino que ir despojándose de lo material y de una misma, hacer este doble movimiento, el de ascender y vaciarse de la propia voluntad; hacer desaparecer las envolturas y dar con la auténtica transparencia del ser. Aquella que permita al alma y al cuerpo que la encarna ser nada para ser solo cristal translúcido del Amor de Dios.

Pero qué es esto de ver, de poder ver, de haber visto, se preguntaría todo mortal. Tras sus diferentes experiencias de éxtasis místico, la Santa ofrece una primera intuición para pensar el desplegarse del alma que culmina en la unión con Dios. En su obra Las moradas o el castillo interior (1588), que más allá de un tratado didáctico es un autorretrato de la propia alma, escribe que hemos de entenderla «como un castillo todo de un diamante». Un castillo que «tiene muchas moradas, unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas estas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma». Es decir: nuestra alma es un tesoro tan valioso como un diamante, y lejos de afirmarse en un camino directo y continuo, se mueve de forma circular y se entrega a lo discontinuo, al instante trascendente que rompe la uniformidad de toda vida espiritual. También posee la cualidad de lo alado. San Juan de la Cruz —«Santo poeta», diría de él María Zambrano—, ya escribió en varios de sus poemas, como el Cántico espiritual o Noche oscura, que el alma no es sino una «palomica», una voladora ensoñada que, al encuentro de Dios, sale «sin ser notada». Así pues, con sus alas blancas de paloma o mariposa —«mariposica», como escribía Santa Teresa— va y viene el alma de un lado a otro de sus diferentes moradas, tratando de disponerse hacia la unión final; un proceso que implica edificar la casa «adonde [el alma] ha de morir. Esta casa querría dar a entender aquí, que es Cristo».

Detalle del Convento de Santa Teresa en Ávila. ©Archivo personal. Lucía Navarro Pla.

Pero antes de edificar esta casa sosegada donde moran aquellos que se entregan, aquellos que mueren, primero, dice Santa Teresa, se ha de entrar por la puerta del castillo: la de la perseverancia en la oración. Pues es, de hecho, cuando se «está en oración» el momento en que «sale una mariposica blanca», en que nuestra alma deja de ser gusano de seda escondido de la luz para desplegar las alas que le permitirán alzar el vuelo hacia el Amor. Una disposición auténtica que pasa, además, por quitar «nuestro amor propio y nuestra voluntad, el estar asidas a ninguna cosa de la tierra».

No es un camino ausente de sombras el que envuelve a este ejercicio espiritual. En la escritura de la Santa de Ávila y de muchas otras místicas —diría que es casi un punto esencial de experimentar el misterio más allá de la profesión religiosa—, hay un sentir clave que las atraviesa en conjunto. Un pálpito originario que es anhelo de trascendencia y anhelo de desasirse de sí. Lo expresó María Zambrano al pensar la mística desde San Juan de la Cruz: lo que se produce en estas almas bienaventuradas es un «desequilibrio nacido por la vía del amor», un «devorarse cruelísimo del alma». El alma se devora a sí misma para alcanzar los vuelos más altos, o dicho de otras maneras, se descrea para crearse, edifica su casa para entregarse, para morir abrazada por los brazos infinitos, morada de eternidad. El único hacer del alma es mirar adentro, pensar su casa, cuidar su castillo interior para que la muerte sobrevenga en el sueño, en la cama de la infancia.

Quien ha experimentado la trascendencia en algún momento de la vida, ha sabido reconocer este desequilibrio que conlleva un sufrimiento indecible y que apela a nuestra condición primera, a la idea plotiniana del extrañamiento del origen. Ver a Dios significa volver a verlo. Extrañar la pertenencia y desear estar en ella, como la niña que moriría por regresar al lugar que siente un hogar. Las palabras, de nuevo, de Santa Teresa en sus «moradas sextas» ilustran esta inquietud del corazón que no parte sino de un lugar de eros: «De estas mercedes tan grandes queda el alma tan deseosa de gozar del todo (…) que vive harto tormento, aunque sabroso; unas ansias grandísimas de morirse, y así con lágrimas muy ordinarias pide a Dios la saque de este destierro (…)». Ver la Belleza, ser atravesadas por su Instante, escuchar el propio nombre pronunciado por la voz Divina, nunca explica cómo se puede vivir con ello, porque parece que la vida encarnada se experiencia como un destierro. Pues recibir mercedes y alegrías, ser personal autorizado de lo Innombrable, no evita que se conviva con «dolores y otras formas de padecer» —dice Santa Teresa—, sino más bien nos sitúa frente al asedio desasosegado de la pregunta que se siente última: ¿qué hace ya en el mundo quien vive sin vivir?

«Transverberación», del latín transverberatio, significa traspasar. Cuando se habla entonces de la «transverberación de Santa Teresa» para nombrar su éxtasis, aquello que se señala es que fue traspasada, atravesada, herida eternamente; no solo por una saeta, sino por el Amor divino, el más indecible, el insoslayable, el que deja un callado amor. Que exista un amor de Dios que atraviese la carne, que descienda para ir al centro de un alma, evoca una metáfora constitutiva: la del Amor y su lejanía y, no obstante, su encuentro irradiante; la del Amor que no tiene cabida del todo en una carne y una forma. Evoca la herida del pobre embebido que, deseando alzar los vuelos al sentirse ensanchado, se ve irremediablemente contenido dentro de los límites de sí. Dilataste cor meum, dice el Salmo 118, y repite también Santa Teresa, mezclando castellano y latín, para expresar esta «delicada cosa», esta dilatación invisible que solo entiende el alma enamorada, la que ha visto.

Tres siglos antes de Las moradas, la beguina Margarita Porete, autora de El espejo de las almas simples (hacia 1290), ya escribió cómo el Alma enamorada, la que ha sido tocada, «no halla consuelo, afecto ni esperanza en criatura por Dios creada, ni en el cielo ni en la tierra, sino solo en la bondad de Dios». Las palabras parecen salidas de su página para insertarse en lo que, más tarde, escribiría Santa Teresa en Las moradas: «(…) Siente una soledad extraña, porque criatura de toda la tierra no la hace compañía, ni creo que se la harían los del cielo, como no fuese el que ama». No parece haber consuelo para ninguna, pues habiendo estado ante la presencia divina, ya no son del todo de aquí. Es de nuevo Zambrano la que revela que «(…) la única salida [del místico] (…) consiste en atravesar los umbrales de la vida». Y para atravesar esos umbrales, no parece haber otro destino que ir despojándose de lo material y de una misma, hacer este doble movimiento, el de ascender y vaciarse de la propia voluntad; hacer desaparecer las envolturas y dar con la auténtica transparencia del ser. Aquella que permita al alma y al cuerpo que la encarna ser nada para ser solo cristal translúcido del Amor de Dios.

Ya sin nombre propio ni voluntad, el Amor creador —en el Espejo de Poretebautiza de nuevo a esta Alma «discípula de la Deidad»:

Amor: Puede ser nombrada —dice Amor— por doce nombres, a saber:

La muy maravillosa.

La no conocida.

La más inocente de las hijas de Jerusalén.

Aquella sobre la que se fundamenta toda la Santa Iglesia.

La iluminada de conocimiento.

La ornada de amor.

La viva en alabanzas.

La en todo anonadada por humildad.

La pacífica en estado divino por divina voluntad.

Aquella que nada quiere sino la divina voluntad.

La totalmente plena y satisfecha de bondad divina por obra de la Trinidad.

Su último nombre es: Olvido

Y así, olvidada, en la nada concedida, reposa ya este alma «en la montaña del Amor», nombre último y séptima morada teresiana. Llega la frescura, un remanso sosegado para acoger a la sedienta. Un saberse siempre herida, siempre nada, pero llena de Él. «Aquí se dan las aguas a esta cierva, que va herida, en abundancia», escribe Santa Teresa (Sal 42). Pues como una cierva sedienta, o como una mariposica blanca, había ido buscando las corrientes de agua, lágrima y saliva divinas, la fuente que mana y corre, para orientar su corazón hacia el Amor. Y con su pecho henchido, incluso en los momentos donde desea «salir de este destierro» de la vida, el fuego que dejó aquel ángel se hace vocación: «ofrece[r] a su Majestad el querer vivir, como una ofrenda, la más costosa para ella, que le puede dar».

«Éxtasis de Santa Teresa» (1652), de Gian Lorenzo Bernini. Iglesia Santa María de la Victoria en Roma.

Hacer de la vida una ofrenda por Amor es uno de los aprendizajes más bellos que encontramos en Las moradas de Santa Teresa. Pues aunque sea lo más difícil que se pueda regalar cuando el corazón anda triste y oprimido, aquello que nos mueve a hacerlo es, a la vez, lo más esencial, lo que nos compone y nos une al misterio: el Amor. No se vive entonces para posibilitar el logro ni recibir nada a cambio, ni siquiera una gracia que nos alce para situarnos por encima del otro. Se hace por ese Amor-Caridad, don silencioso, que insinúa la presencia divina, sobre todo, a través de los demás. Ser pobre para los pobres. Cuando Matilde de Magdeburgo, otra mística beguina del siglo xiii, le pregunta a Dios que por qué le hace tantas mercedes, siendo ella de una «gran indignidad» para recibirlas, el Señor le responde: «Cuando he concedido una gracia especial, he buscado siempre el lugar más humilde, más pequeño, más oculto». Y así se da también en nuestra experiencia, pues es en lo profundo y la hondura, en la interioridad más sencilla y callada, el lugar donde Dios atraviesa, en palabras de la Santa de Ávila, como «cometa que pasa de presto». Rayo fulgurante que no alcanza a verse pero que deja para siempre, bien lo supo Teresa, un beso flamante e hiriente en el centro del alma.

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