Louis Cattiaux encarna el pez filosófico que nada en aguas profundas y nos pone en contacto con la Inspiración Universal. Su Voz y su Obra, visionaria, profética, alquímica, nos invita a desvelar, despertar y reconocer a la Presencia Divina en el cosmos y en nosotros mismos. Su Mensaje se dirige a la Inteligencia y la Memoria Profunda del ser humano y propicia el encuentro del ser particular con el Ser de todas las cosas. En su Corazón se puede hallar la Fuente y el Núcleo Vivo de todas las tradiciones religiosas. Cattiaux enseña la renovación y el reverdecer del Cuerpo, el Alma y el Espíritu a través del Fuego Sagrado, secreto y muy evidente. «¿Quién puede diferenciar el fuego del fuego? ¿Quién puede manifestar, encarnar el sol en la estrella de la mañana nacida de la tierra tenebrosa? (18′, I)»
Dar cuerpo y medida a la inmensidad, tal es el misterio del Arte puro».
Emmanuel D’Hoogvorst
«Para alcanzar la verdad hay que estar desnudo como ella».
Louis Cattiaux
1. El pintor perezoso
En primer lugar, ofrecemos al lector una breve presentación de la enigmática figura de Louis Cattiaux, el misterioso «poeta, pintor y boticario», para acercarnos a su Obra y a su Mensaje. Louis Cattiaux (Valenciennes, 1904 – París, 1953) fue pintor, poeta, y filósofo. Contemporáneo de los movimientos vanguardistas de los convulsos años de la primera mitad del siglo XX, supo crear un estilo personal en el que subyace un evidente sustrato visionario. Cattiaux, como todos los auténticos artistas, logra atravesar el reino de la oscuridad y el inconsciente, donde naufragan la mayoría, para alcanzar el lugar de lo invisible y mostrar un cielo interior iluminado por unos astros de los que nunca han oído hablar quienes solo disponen de sus sentidos exteriores.

Louis Cattiaux en su casa-taller de París.
Pero Cattiaux no solo es interesante por su pintura, sino también y, sobre todo, por su vinculación a la tradición hermética, pues a su práctica artística unió una fuerte orientación hacia la alquimia y a la búsqueda del Absoluto. Esta búsqueda desembocó en un encuentro: El Mensaje Reencontrado, una obra compuesta por más de seis mil sentencias o aforismos que son mucho más que un estudio de la tradición hermética. «No basta con estudiar —escribió el propio Cattiaux—, también es necesario comprender lo que estudiamos. Y ¿para qué comprender, si no experimentamos en nosotros mismos la verdad de Dios?» (18, 40).
Cattiaux, como todos los auténticos artistas, logra atravesar el reino de la oscuridad y el inconsciente, donde naufragan la mayoría, para alcanzar el lugar de lo invisible.
El Mensaje Reencontrado es un tratado de arte, de poesía, de filosofía, de alquimia, de hermetismo, de mística, de metafísica, de religión, de amor, de santidad en el que se aloja «la verdad de Dios». «¿Cómo definirlo? —se preguntaba Emmanuel d’Hooghvorst—. Nadie lo leerá de la misma manera. ¿Quiénes serán los lectores que sabrán discernir en él una sabiduría de la unidad, tan antigua como la humanidad tradicional, una sabiduría de santidad, una sabiduría de salvación?».
Cattiaux también escribió un ensayo dedicado a la pintura: Física y metafísica de la pintura. Se trata de un texto escrito con la intención de profundizar, por medio del lenguaje artístico, en el misterio que se oculta más allá del arte. Ahora nos disponemos, querido lector, a recorrer brevemente sus páginas.

Edición castellana de Física y metafísica de la pintura publicada en 1998 por Arola Editors. La imagen de portada es la pintura «La selva filosófica», de Louis Cattiaux.
2. Generaciones: Texto de Louis Cattiaux extraído de su libro Física y metafísica de la pintura
«Se necesita una gran generosidad de alma para ser el primero en reconocer que una obra desconocida es bella».
El artista dotado de verdadera personalidad solo es comprendido y alentado por los hombres de su generación, las generaciones siguientes le considerarán y honrarán, o bien lo eliminarán brutalmente por haber andado con trucos para complacer a los mediocres de su época.
El artista que permanece fiel a sí mismo no ha de esperar nada de sus mayores, ya sean aficionados, marchantes, críticos, artistas o literatos, ya que la expresión de una época solo es reconocida por la generación siguiente. Cuanto más lejos vea un artista, menos ayudado será por sus contemporáneos pero más festejado por las generaciones posteriores.
Así pues, si los mayores no vienen a él, que tampoco vaya demasiado hacia ellos; los pocos que están vivos se reconocen con facilidad por la facultad que tienen de amar gratuitamente como a los veinte años.
Los jóvenes que sienten, aman y comprenden a los nuevos maestros carecen de medios reales para alentarles y apenas pueden procurarse algunas reproducciones en color de obras que ya han sido aceptadas. Tendrán que esperar al menos hasta los cuarenta años para poder empezar una colección, gracias a los medios heredados o adquiridos. En ese momento se dirigirán hacia los artistas de su juventud entusiasta, hacia aquellos que habrán sobrevivido a veinte años de abandono.
Cuando envejezcan, permanecerán apegados a su época y solo ayudarán a los maestros de su tiempo o, lo que es más grave, a los plagiadores impacientes por complacer y vivir fácilmente.
Así es cómo los más mediocres son favorecidos por la gente que tiene poder. Pero el tiempo no se equivoca y devuelve a toda esa gente astuta a los limbos del olvido.
«Tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, era extranjero y no me recogisteis, estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en prisión y no me visitasteis» (Mateo 25, 35).
3. El Misterio del Arte Puro: Comentario al texto de Louis Cattiaux por Raimon Arola
Louis Cattiaux plantea un conflicto muy conocido en la dinámica de la historia del arte: el joven creador debe enfrentarse a los valores reconocidos de cada época. Si tiene talento y valor, a la larga será reconocido, obtendrá la gloria y su obra se verá colgada en las paredes de los grandes museos, si no es así, permanecerá desconocido y olvidado. Pero la intención de Cattiaux al tratar este tema busca incidir en otro problema; así, si bien utiliza la primera parte del planteamiento, no propone el mismo desenlace, sino que introduce el tema de la renovación espiritual.
Cattiaux no habla solo de generaciones cronológicas, sino que plantea la existencia de una doble generación, como la de Caín-Esaú, la de Abel-Jacob o, en la tradición griega, Cástor y Pólux. En el epígrafe del capítulo dedicado a este tema escribe que: «se necesita una gran generosidad de alma», porque los hombres generosos pertenecen a una generación —dos palabras con el mismo origen etimológico— que se opone a los mediocres y satisfechos de sí mismos, representados por los antiguos. El hombre generoso posee una naturaleza distinta, es el hombre nuevo. Cattiaux no pretende explicar los mecanismos de las producciones vanguardistas del siglo veinte, sino que va más lejos y define al verdadero artista, al que bebe en la fuente del arte sagrado, el «dotado de verdadera personalidad», que «permanece fiel a sí mismo»; esto es, que escucha y oye la voz que le habla en el secreto de su intimidad y que es su verdadero guía. Su corazón generoso está despierto, por ello el artista del que habla Cattiaux es el viviente, que «se reconoce fácilmente gracias a esta facultad que tiene de amar como a los veinte años».

La primera edición de El Mensaje Reencontrado (publicada en París en 1946 a cuenta del autor) constaba únicamente de los primeros 12 libros. Louis Cattiaux publicó esta tirada inicial limitada que incluía un prefacio firmado por su amigo Lanza del Vasto. La obra completa, que abarca los cuarenta libros (o capítulos), no vio la luz hasta 1956, tres años después del fallecimiento de Cattiaux. Esta segunda edición completa fue posible gracias a la iniciativa y el cuidado de sus discípulos, los hermanos Emmanuel y Charles d’Hooghvorst.
El artista verdadero es aquel que «solo es comprendido por los hombres de su misma generación», y no puede ser de otro modo, el mundo viejo lo rechaza de la misma manera que las tinieblas rechazan la luz. El hombre nuevo, lo es frente al hombre viejo, que no lo comprende ni quiere comprenderlo. La cita del Evangelio según san Mateo que Cattiaux utiliza para cerrar el capítulo se refiere al Juicio final en el que cada individuo ocupará el lugar que le corresponde según el secreto de su corazón. En este juicio, el Hijo del Hombre sentado en el trono de gloria congregará ante su presencia a «todas las gentes y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos» (25, 31-45). Entonces será cuando los artistas de la nueva generación, aquellos que le dieron de comer cuando tenía hambre, y de beber cuando tenía sed, se levantarán para heredar el Reino prometido.
El hombre interior, al no ser de este mundo, escandaliza cuando quien lo lleva se vuelve transparente
Y cuando la vieja generación se asombre por su condena el Hijo del Hombre responderá: «en verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer a uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo». En la hermenéutica cristiana, estos «pequeñuelos» simbolizan la nueva generación, los hombres iniciados en el arte divino, que son rehusados y abandonados en este mundo, pero que se volverán gloriosos en el otro.
Lao-Tsé escribió lo siguiente respecto a sí mismo: «El mundo no reconoce el Principio que me dirige, por eso no me conocen a mí. Muy pocos me comprenden. Esto hace mi gloria. Me sucede como al sabio que el vulgo conoce mal a causa de su apariencia tosca, aunque en su seno esté lleno de piedras preciosas». Y Emmanuel d’Hooghvorst, en la presentación de una antología de las cartas de Cattiaux, escribió unas palabras que parecen referirse al mismo tema: «La originalidad y la libertad, así como la violencia o, a veces, la dulzura de estas cartas, nos desvelan una personalidad poco común: la de un hombre interior, que maduró durante largo tiempo en el aislamiento y la reprobación. De hecho, el hombre interior, al no ser de este mundo, escandaliza cuando quien lo lleva se vuelve transparente. Los mediocres no iban a Cattiaux y Cattiaux no iba a ellos. […] Han pasado treinta años y una nueva generación ha surgido, que sin duda, será más perspicaz que la antigua. Los precursores del temple de un Cattiaux, ven lo lejano y el futuro; en definitiva, su destino es haber sido incomprendidos y rechazados durante su vida, pero alabados y solicitados por las generaciones que les han sucedido».
El Mensaje Reencontrado es un tratado de arte, de poesía, de filosofía, de alquimia, de hermetismo, de mística, de metafísica, de religión, de amor, de santidad en el que se aloja «la verdad de Dios».
El propio Cattiaux en su obra El Mensaje Reencontrado, escribió lo siguiente: «El santo está solo con Dios en medio de los hombres vulgares, como el mercurio y el oro están unidos entre los desperdicios de la tierra» (3, 72). La comparación entre el santo, es decir, el hombre de la nueva generación y el mercurio alquímico nos parece relevante pues indica que el misterio central de la unión del hombre con Dios y de la transmisión espiritual se puede leer en clave hermética. Sin el mercurio de los alquimistas, no existe en este mundo un lugar donde pueda habitar el oro vivo de los alquimistas, de la misma manera que sin el santo, Dios no puede habitar en este mundo.

El árbol de Navidad, pintura de Louis Cattiaux. Cattiaux no habla solo de generaciones cronológicas, sino que plantea la existencia de una doble generación, como la de Caín-Abel.
En un grabado emblemático de Johann Daniel Mylius se ve a un hombre solo andando entre montañas; con una mano sostiene un incensario y con la otra se apoya en un bastón, el artista especifica que se trata de una imagen del mercurio, pues dibuja su signo en la espalda del caminante. A todo ello le añade un lema: «Nadie nace profeta en su tierra». El mercurio no es escuchado en su tierra, es decir, en la tierra que representa el hombre vulgar. El hombre viejo, o el hombre peludo como Esaú, no reconoce que es él, mercurio, quien permite la transformación de los metales viles en oro, o, dicho de otro modo, quien conduce a los hombres hasta Dios. Se necesita de una nueva generación, de una nueva tierra, para que el mercurio se vuelva palabra u obra.
En el capítulo de la Física y metafísica de la pintura que analizamos, el santo también es considerado por Cattiaux como el artista genial, entendiendo por genio el hombre que ha sido generado de nuevo, jugando otra vez con la coincidencia etimológica.
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Obra, Mensaje, Enigma: Tres libros para acercarse al pensamiento y a la obra de Louis Cattiaux

Portadas de los tres libros que proponemos para conocer más la obra de Louis Cattiaux.
Para aquellos lectores interesados, os proponemos descubrir esta trilogía escrita por Raimon Arola para incitar al estudio y al descubrimiento del pensamiento y de la obra de Louis Cattiaux. El primero, El Símbolo Renovado. A propósito de la obra de Louis Cattiaux es un estudio del contexto que vivió el autor de El Mensaje Reencontrado, que pone en evidencia las influencias directas y también las divergencias de planteamiento con los artistas y los intelectuales del París de entreguerras.
El segundo, escrito con Lluïsa Vert y titulado La actualidad del hermetismo. El mensaje de Louis Cattiaux, es un ensayo que intenta comparar y validar la obra de Cattiaux con las tradiciones universales de distintas épocas y culturas, marginando el contexto del autor. Para hacerlo, el libro se centra en el hermetismo, tanto filosófico como alquímico, pues es la identidad con la que Cattiaux se sentía más identificado, el arte de Hermes como el mensaje interior y universal de la vida espiritual. El libro del agua y del fuego completa la trilogía de Raimon Arola dedicada a la obra de Louis Cattiaux. En esta ocasión, los protagonistas son el agua y el fuego, dos elementos que se hallan absolutamente presentes en El Mensaje Reencontrado de Cattiaux y el eje donde pivotan los libros de Arola. El agua simboliza la madre y el fuego, el padre, dos polaridades que se complementan, como la realidad física y la metafísica. Del encuentro entre el agua y el fuego emana un enigma profundo: el de la palabra revelada, el logos, que se manifiesta como una unidad recobrada y encarnada. En esta obra, además de adentrarnos en el misterio de la conjunción de los opuestos a partir de El Mensaje Reencontrado, el autor ha procurado profundizar en el enigma que surge de otro encuentro misterioso, el del individuo particular con la inspiración universal.