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Atravesar el umbral: experiencias cercanas a la muerte

Jesús Callejo

El umbral es una metáfora muy poderosa que ha acompañado al ser humano desde épocas prehistóricas. Es el paso entre dos estados: de la vida a la muerte, de lo conocido a lo desconocido, de la seguridad al riesgo, de una etapa vital a otra. Y no es solo una frontera física, sino también simbólica y psicológica. En muchas culturas, cruzar un umbral implica transformación, dejar atrás una identidad y adentrarse en otra realidad, ya sea espiritual, emocional o existencial. Es adentrarse en un «mundo especial» que desafiará nuestros límites y nos permitirá enfrentarnos a desafíos que transformarán nuestro destino.

Aunque cada cultura y religión ha nombrado al umbral de forma distinta a lo largo del tiempo —río, viaje, bardo, inframundo, interfase, mundo espiritual—, todas coinciden en algo esencial: no se trata de un salto instantáneo, sino de un tránsito cargado de un significado profundo.

Desde la antropología y la etnología, el «umbral» hacia el «otro lado» no se entiende como un lugar físico concreto, sino como un estado liminal: una zona intermedia entre dos órdenes de existencia (ese punto intermedio donde ya no eres quien eras, pero todavía no eres quien serás). En esa zona es donde ocurren hechos asombrosos porque se vislumbra que detrás del velo hay más vida, más niveles, otras entidades… una zona límite que está en el medio del camino entre el mundo físico y el celeste, o entre lo humano y lo divino.

Formas para decir y experimentar el umbral

Víctor Turner, desde la antropología simbólica, dijo que lo liminal es un estado de indeterminación, donde las categorías normales (vida/muerte, humano/divino, aquí/allá) se desdibujan. Es, en cierto modo, una fase intermedia de transición, una «antiestructura» o estado de transición donde el individuo se despoja de su identidad social.

El budismo tibetano describe el Bardo, palabra que designa un estado intermedio tras la muerte. El Bardo Thödol es una guía para enseñar al alma del difunto por donde tiene que transitar. Tradicionalmente, un lama o familiar lo recita al oído del moribundo, con la idea de ayudarle a orientarse en ese tránsito, describiendo una serie de fases. En el momento de la muerte, aparece la llamada «luz clara primordial», que es la naturaleza última de la mente. Si el individuo la reconoce, puede alcanzar la liberación inmediata (nirvana) porque si no es así surgirán deidades pacíficas y coléricas, como proyecciones de la propia mente, que actúan como prueba o filtro. El reto es no sentir miedo y reconocer su verdadera naturaleza. En este contexto, el «guardián del umbral» es en realidad el propio miedo o la ignorancia.

Las ECM (experiencias cercanas a la muerte), al ser experiencias profundamente significativas e intensas, a menudo descritas como inefables, reflejan con claridad esta vivencia. Personas que han estado clínicamente muertas o al borde de la muerte muy a menudo relatan vivencias y visiones de túneles de luz, sensación de paz profunda, encuentros con seres queridos fallecidos o una percepción expandida del tiempo. Y quizá por eso, más que una línea definida, el umbral de la muerte sigue siendo una pregunta abierta que cada cultura y cada individuo intenta responder a su manera.

En ocasiones, ese umbral puede cruzarse en vida mediante un trance, a través de estados alterados o expandidos de conciencia. El chamán es capaz de atravesar un eje o portal (a veces simbolizado como el árbol del mundo) que conecta planos. Y todos los que han vivido esa experiencia y lo han contado, suelen compartir unos rasgos comunes:

  • Es un espacio-tiempo intermedio, no completamente accesible desde la lógica cotidiana.
  • Funciona como zona de transformación (de lo vivo a lo muerto, de lo profano a lo sagrado).
  • Suele estar mediado por guías, por rituales o pruebas iniciáticas.
  • Puede ser entendido como viaje, cruce, sueño, juicio o revelación, según la cultura.

No me cabe duda de que en los misterios órficos y en los eleusinos, este tipo de experiencias místicas, al límite de la vida física, eran una constante. En el contexto de la muerte, el umbral se vuelve especialmente significativo. No se trata únicamente del fin biológico, sino de un tránsito cargado de misterio. Las ECM (experiencias cercanas a la muerte), al ser experiencias profundamente significativas e intensas, a menudo descritas como inefables, reflejan con claridad esta vivencia. Personas que han estado clínicamente muertas o al borde de la muerte muy a menudo relatan vivencias y visiones de túneles de luz, sensación de paz profunda, encuentros con seres queridos fallecidos o una percepción expandida del tiempo. Y quizá por eso, más que una línea definida, el umbral de la muerte sigue siendo una pregunta abierta que cada cultura y cada individuo intenta responder a su manera.

Para la psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross, conocida por su trabajo sobre las etapas del duelo (negación, ira, negociación, depresión y aceptación), la muerte no es un final abrupto, sino un paso o transición, casi como cruzar una puerta. En sus escritos y testimonios de pacientes terminales, describía este umbral como un proceso y una experiencia transformadora:

  • Un estado de preparación: muchas personas cercanas a morir experimentan calma, desapego o visiones simbólicas, como si «se acercaran» a ese límite.
  • El umbral implica dejar atrás el cuerpo, pero no necesariamente la identidad o la conciencia.

    Kübler-Ross, en La rueda de la vida, hablaba de ese umbral como algo que a menudo se vive con menos miedo del que imaginamos, incluso con una sensación de paz o liberación.

Kübler-Ross, en La rueda de la vida, hablaba de ese umbral como algo que a menudo se vive con menos miedo del que imaginamos, incluso con una sensación de paz o liberación. Para ella el umbral de la muerte no es un vacío oscuro, sino más bien un pasaje hacia otra dimensión de la experiencia, cargado de significado humano, emocional y, en muchos casos, espiritual. Llega a la conclusión de que la muerte de un ser humano ocurre en varias fases. Por ejemplo, en la segunda fase, las personas que han salido de sus cuerpos decían encontrarse en un estado que solo se puede definir como espíritu y energía. Las consolaba descubrir que ningún ser humano muere solo, porque en esta fase se encontraban con sus ángeles guardianes, guías o compañeros de juego, como los llamaban los niños. En la tercera fase, guiadas por sus ángeles de la guarda, estas personas entraban como en un túnel o puerta de paso. Con la energía psíquica recrean el lugar más hermoso o simbólico que imaginan: el mar, los Alpes suizos, un lago… En esta fase los envuelve una gran luz que ninguno puede explicar, algunos decían que esa luz es Buda, otros Jesús, Mahoma… en función de sus creencias. Y allí sienten entusiasmo, paz, tranquilidad y la expectación de llegar por fin a su hogar. Todos afirmaban que se hallaban envueltos por un amor arrollador.

En la cuarta fase se encontraban en presencia de la Fuente Suprema. Algunos la llamaban Dios o el Absoluto, otros estaban rodeados por todo el conocimiento que existe, sin juicios. Experimentaban la unicidad, la totalidad o integración de la existencia. En ese estado es cuando hacen una revisión de su vida, viendo todos los actos, palabras y pensamientos de su existencia y cómo habían afectado a otras personas, para bien o para mal, a modo de reacción en cadena.

Se estima que unos 300 millones de personas de cualquier edad, sexo, nacionalidad, raza, creencia y condición social han experimentado una ECM.

Emilio Carrillo, que tuvo una experiencia ECM en noviembre de 2010, cuando contaba 52 años, en su libro El tránsito insiste en esa misma idea y asegura que «la muerte no es tal», más bien es una puerta que se abre para ir de una habitación a otra de la vida. De la habitación A, un plano físico y material, pasamos a la habitación B, un plano más inefable que también tiene sus leyes, no físicas, pero sí naturales. La muerte es el denominado tránsito, para pasar a lo que se suele llamar coloquialmente plano de luz. Cuando la experiencia es reversible, los guías suelen indicar que «no es el momento» o que «aún queda trabajo por hacer», acompañando al alma hasta el punto de retorno al cuerpo. No han llegado a traspasar ese umbral del todo, pero ya no tienen miedo alguno a morir.

Se estima que unos 300 millones de personas de cualquier edad, sexo, nacionalidad, raza, creencia y condición social han experimentado una ECM. Debido a las abrumadoras estadísticas, nadie cuestiona su existencia, ni siquiera los propios médicos o científicos. Lo que la ciencia cuestiona es su naturaleza espiritual o trascendental. De hecho, hace unos años la revista de medicina más prestigiosa del mundo, The Lancet, publicó un estudio clínico sobre múltiples casos de ECM en personas que sufrieron un paro cardíaco. Lo llevó a cabo el cardiólogo Pim Van Lommel que sostuvo la teoría de que la mente se mantiene viva y activa durante la muerte clínica (muerte cerebral), lo que indica que la mente es independiente del cerebro. Y la revista Resuscitation también llega a la misma conclusión al publicar investigaciones científicas en torno a las ECM. Una de sus conclusiones: «La muerte al igual que el nacimiento, es un simple tránsito de un estado de conciencia a otro».

En síntesis, las ECM, las experiencias cumbres, los trances místicos o los momentos de éxtasis describen un proceso estructurado donde el umbral es una «frontera invisible luminosa» en la que la persona siente que abandona su cuerpo físico (experiencia extracorpórea) para dejar atrás el apego terrenal. La pregunta sería: ¿cruzar el umbral, quizá, es recordar la Luz de la que venimos?

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