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El ave fénix: ¿mito, astro o aparición?

Elisabet Riera

Sabemos, como lo sabe coloquialmente nuestro lenguaje, que decir «fénix» equivale a decir «resurrección». Pero el lenguaje, a veces, resulta una jaula y algunas aves, entre barrotes, fenecen. El lenguaje no es el lugar adecuado para esta ave; lo es la imagen. Y la imagen que nos la trae es siempre fulgurante, como un cometa o una revelación.

Se ha aparecido a lo largo de los siglos con los distintos vestidos que cubren siempre a mitos y leyendas, es decir, con los colores vivos de la Imaginación:

«Ave fabulosa, fruto de la imaginación de los sacerdotes egipcios, se parece al pavo por su tamaño; tiene sobre su cabeza un penacho o un moño; las plumas del cuello, doradas, la cola blanca con manchas carmíneas y los ojos rutilantes como estrellas».  ( J. Humbert. Mitología griega y romana. Gustavo Gili, Barcelona, 1985)

«Y tiene el aspecto de un cisne. Y es de color totalmente púrpura».  (Bestiario medieval. Traducción e introducción de Ignacio Malaxecheverría. Siruela, Madrid, 1986)

«Las plumas en torno a su cuello relucen como oro fino de Arabia. Pero más abajo, hasta la cola, es de color púrpura, y tiene la cola rosa, según el testimonio de los árabes, que lo han visto muchas veces». (Bestiario medieval. Op. cit.)

«El fénix es un ave más bella que el pavo, pues éste tiene alas de oro y plata, pero aquél las tiene de jacinto y esmeralda, y va adornado con los colores de todas las piedras preciosas de gran valor». (Bestiario medieval. Op. cit.)

«Y su cuello es amarillo, del color del orielle, que es una piedra muy brillante; su espalda, de color azul como el añil, y sus alas, de color púrpura; la cola es amarilla y roja, listada transversalmente. Y es un ave muy hermosa de contemplar contra el sol, pues brilla con mucha gloria y nobleza». (Bestiario medieval. Op. cit.)

Sus ojos centellean. Su plumaje refulge. Su vuelo glorifica el aire. Este ardor será incendio cuando llegue a su destino, nada menos que la ciudad egipcia de Heliópolis –dedicada al dios Sol– partiendo siempre de Oriente (de la India dicen unos, de Arabia otros). El fénix recoge ramas de cedros del Líbano perfumadas de resina para construirse el altar en el que se inmola para resucitar. A su paso, constatan los textos, deja aromas de especias y canela. Viene pues de Oriente, y trae oro, incienso y mirra. En la corona que le describen algunos, ¿no estará contenida la leyenda de los Reyes? ¿Es el fénix la estrella, los tres magos que la siguen o el niño radiante, áureo, al cual van a reverenciar? Tiene, en cualquier caso, la cualidad de cuerpo celeste. Un cuerpo celeste que aparece cada quinientos años. «Fénix», también, significa «cosa única».

«Este pájaro se deja ver solamente una vez cada cinco siglos, ya en una región ya en otra, pero sobre todo en Heliópolis, ciudad de Egipto. Fue visto por última vez el año 330, cuando Bizancio tomó el nombre de Constantinopla, y de este hecho dedujeron, para los destinos de la ciudad, favorables augurios». (J. Humbert. Op. cit.)

Sus ojos centellean. Su plumaje refulge. Su vuelo glorifica el aire. Este ardor será incendio cuando llegue a su destino, nada menos que la ciudad egipcia de Heliópolis –dedicada al dios Sol– partiendo siempre de Oriente (de la India dicen unos, de Arabia otros). El fénix recoge ramas de cedros del Líbano perfumadas de resina para construirse el altar en el que se inmola para resucitar. A su paso, constatan los textos, deja aromas de especias y canela. Viene pues de Oriente, y trae oro, incienso y mirra.

«El tiempo de los quinientos años que media de una aparición a otra es un principio basado en el Sothiaco de los egipcios, creyendo de que la luna, después de verificar su completa revolución en trescientas nueve lunaciones, o sea en nueve mil ciento veinte y cinco días por total de veinticinco años civiles, volvía pasados estos al mismo punto de Sothis. Pero como los referidos veinte y cinco años civiles inciertos tuvieren de exceso 1 h 13′ 42″ al verdadero ciclo lunar, adicionaron un día por la multiplicación de 25 por 20, formando de este modo un nuevo ciclo de quinientos años». (J. B. Carrasco. Mitología universal. Imprenta y librería de Gaspar y Roig, Madrid, 1864)

«No desprecies las cenizas, pues son la diadema de tu corazón y el residuo de las cosas que perduran». Cita de Morienus en «Rosarium Philosophorum»; ilustración del manuscrito alquímico «Donum Dei», siglo xv, Francia.

En el antiguo calendario egipcio, Sopdet, a la que posteriormente los griegos apodaron Sotis, era la personificación de la estrella Sirio. Se la representaba en forma de diosa con una estrella sobre la cabeza, en forma de corona. Sin embargo, hoy sabemos que el periodo orbital de Sirio es de 1460 años. Otro cometa célebre entre nosotros, el Halley, tiene un ciclo de 200 años. El único astro identificado con un periodo orbital cercano a 500 años es un cometa llamado C/2023 P1. Triste nombre para un posible pariente del fénix. Fénix: su nombre contine la luz. Phenix procede de phen (aparición, luz). Fenomenología primera, manifestación original. Como Fanes, el hijo de la Noche, nacido de un huevo de plata, engendrado por el viento.

La noche con sus negras alas
puso un huevo nacido del viento
en el seno del sombrío y profundo Erebo.
Y mientras pasaban las estaciones
llegó aquél a quien todo esperaba,
el amor con alas de oro resplandecientes.
Aristófanes

Al principio estaba la Noche, cuenta este relato: Nyx. Homero la consideraba una de las diosas más grandes, una diosa ante la que el propio Zeus se tenía en sagrado temor reverencial. Según esta historia, ella era un pájaro de alas negras. La antigua Noche concibió del Viento y puso su Huevo plateado en la falda gigantesca de la Oscuridad. Del huevo brotó el hijo del impetuoso Viento, un dios de alas doradas.

Radiante primogénito que nace ya acompañado del tetramorfos: hombre, buey, águila y león. Ser completo, hermafrodita, que puede fenecer y regenerar en sí mismo la vida. Portador en su triple nombre de la Luz, la Sabiduría y el Amor. «Tengo el poder de dejar mi vida, y el de recuperarla», dijo Jesucristo, según san Juan. Quizás, de recuperarla en forma de ave radiante.

«Se llama Eros, el dios del amor; pero éste no es sino uno de sus nombres, el más amable de todos los nombres que este dios portó. Su nombre Fanes explica con exactitud lo que hizo cuando salió del cascarón del Huevo: reveló y trajo a la luz todo lo que hasta entonces había permanecido oculto en el Huevo de plata; en otras palabras, el mundo entero. Fanes, hijo de Éter, conocido además como Faetón Protógonos, el «radiante primogénito»; su deslumbrante traje blanco era el Huevo de Plata. Tenía cuatro ojos, cuatro cuernos y alas doradas; bramaba como un toro o rugía como un león; tenía doble sexo: mujer por delante y hombre por detrás; y fue también llamado Ericapeo, Eros y Metis. Era, como Fanes, «el que aparece» y «el que revela»; como Eros, «Amor»; y como Metis, era «Sabio Consejo», una deidad que a juzgar por su nombre era femenina, pero de la que se decía que portaba el semen de los dioses». (Karl Kérenyi. Los dioses de los griegos. Atalanta, Vilaür (Girona), 2021)

Radiante primogénito que nace ya acompañado del tetramorfos: hombre, buey, águila y león. Ser completo, hermafrodita, que puede fenecer y regenerar en sí mismo la vida. Portador en su triple nombre de la Luz, la Sabiduría y el Amor. «Tengo el poder de dejar mi vida, y el de recuperarla», dijo Jesucristo, según san Juan. Quizás, de recuperarla en forma de ave radiante.

«El ave llega a Heliópolis cargada de aromas de exquisitas especias, se instala sobre el ara, enciende fuego y se incinera. Al día siguiente, el sacerdote busca entre las cenizas del ara, y encuentra allí un pequeño gusano. Y al segundo día, fijaos, tiene plumas y se ha convertido en un pajarillo. Y al tercero, lo encuentran idéntico al que era, es decimal fénix; saluda al sacerdote, se marcha volando y regresa a su antigua morada». (Bestiario medieval. Op. cit.)

¿Qué morada es esa? ¿La casa del Padre? ¿La fuente de la luz de la cual todos vinimos? ¿El origen y destino de nuestro heroico viaje?

«El héroe omnipotente, dotado de extraordinarios poderes», dice Joseph Campbell en El héroe de las mil caras (Atalanta, Vilaür (Girona), 2020), «es cada uno de nosotros: no el ser físico que se ve en el espejo sino el rey que llevamos dentro (…) Este es, precisamente el sentido de las oraciones por los muertos, en el momento de la disolución personal: el individuo ha de volver ahora al conocimiento prístino que tuvo de la divinidad creadora el mundo, reflejada en su corazón mientras vivía. (…) Es una idea que resuena con fuerza ya en los textos funerarios del antiguo Egipto, en los que el muerto se canta a sí mismo como uno con Dios:

Yo soy Atum, yo, que estaba solo;

soy Ra, en su primera manifestación.

Soy el Gran Dios, que a sí mismo se genera,

que a sí mismo se dio nombres, señor de los dioses,

a quien nadie se acerca de entre los dioses.

Yo fui ayer, conozco el mañana.

El campo de batalla de los dioses se formó cuando yo hablé.

Conozco el nombre de ese Gran Dios que habita dentro.

«Alabado sea Ra», así se llama.

Soy el gran Fénix que está en Heliópolis».

Una criatura que se sacrifica para resucitar a los tres días. El fénix, alas extendidas sobre el ara, como una cruz, se hace cenizas. De estas, el primer día, nace un gusanillo blanco. Al segundo día, ese gusano toma forma de pajarillo. Al tercero es un ave adulta, réplica del fénix primero, el inmolado. Se levanta de su tumba, abre al cielo sus luminosas alas y se eleva. No regresará hasta al cabo de otros 500 años. Siempre se le espera; se espera su regreso como se espera a los profetas y mesías.

Mientras no está, deja su huella en el mundo y en nosotros para que lo recordemos y no dudemos de su venida:

Es fénix la aurora.

Es fénix el corazón cuando se incendia.

Es fénix cada nuevo latido, que es un aletear sin alas cuando ya todo estaba perdido.

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