Todos tenemos asuntos privados con los muertos. Una especie de acción vicaria. Una orden que uno siente que debe cumplir. No sabe por qué lo hace, pero lo hace. Quizá venga durante el sueño o en la tardecita, que es cuando el trasmundo está más próximo a nosotros y las criaturas vivas somos más sensibles a su llamado. A medida que uno va cumpliendo años, sabe que todo su ser es de vez en cuando utilizado por los difuntos conocidos para realizar alguna acción concreta, doméstica, en la que no puedes hacer otra cosa que rendirte y actuar para el que no está. Comprendí que debía crear un pequeño estanque para los pájaros. Fue un mandado de mi abuela, la rica cubana a quien conocí ya viuda de mi abuelo Ulloa, el señorito arruinado al que se le venía abajo el pazo de Santa Cruz. Había que refrescar a las aves del verano, como ella nos enseñaba desde su preciosa finca en aquellos veranos cereales de la infancia. Primero intenté traerme su misma pila de piedra, pero necesitaba maquinaria pesada. Resolví construir un pequeño estanque. Un estanque al que llamo «el lago» y que no es otra cosa que una vieja bañera naturalizada, encastrada en la tierra de mi propio jardín.
Sabemos, como lo sabe coloquialmente nuestro lenguaje, que decir «fénix» equivale a decir «resurrección». Pero el lenguaje, a veces, resulta una jaula y algunas aves, entre barrotes, fenecen. El lenguaje no es el lugar adecuado para esta ave; lo es la imagen. Y la imagen que nos la trae es siempre fulgurante, como un cometa o una revelación.