Si comprendemos que la mitología es la psicología de la antigüedad, explorar el mito del rapto de Perséfone nos explica un gesto, un momento, una experiencia de profundidad. Lo que resulta incomprensible es el silencio que la mayoría de personas sostienen después de esa experiencia tan significativa y transformadora de sus vidas. Y todos hemos pasado por ello. Todos.
«La experiencia de Perséfone ocurre en cada uno de nosotros cuando tenemos depresiones repentinas o nos sentimos atrapados por el odio y nos volvemos
fríos e insensibles, arrastrados hacia abajo, lejos de la vida, por una fuerza que no podemos ver y ante la cual huiríamos».
El sueño y el inframundo. James Hillman.
El mito del rapto de Perséfone es muy popular. Casi todo el mundo interesado en la mitología lo conoce. Muchos han visto la maravillosa escultura de Bernini que explica el momento cumbre de la escena.
Sabemos que una joven doncella está en un prado (en el lugar donde se atribuye el nacimiento de Dioniso, lo cual no es casualidad. En un mito ningún detalle es casual) recogiendo flores: Narcisos, amapolas etc… Su madre, Deméter, la gran diosa del cereal, no está presente, aunque al fondo de la escena están las grandes dos diosas korés [virginal, que no virgen] Atenea y Artemisa. Por allí, no muy lejos, también está Afrodita. Muchas diosas importantes acompañan sutilmente a la joven, lo que explica que ese acontecimiento va a ser crucial.
Mientras tanto, sabemos que Zeus ha dado permiso a su hermano Hades para que rapte a la joven. Quiere encontrar esposa y no le resulta fácil. Es el dios invisible y silencioso del inframundo. El lugar del alma. El lugar al que todos vamos cada noche al soñar y al que iremos definitivamente al morir. El lugar del inconsciente.
Morir, dormir, tal vez soñar…, como dice Hamlet.
De repente, con un estruendo muy impactante, se abre la tierra y Hades aparece con su carro tirado por cuatro caballos negros. Violentamente se lleva a la joven al mundo de abajo. Al cabo de un tiempo su madre Deméter la busca pero nadie parece haber visto nada.
Aunque el duelo de esta madre es muy poco convincente: se afea, se disfraza de anciana, llora teatralmente, bebe una bebida alucinógena, el kikeón [centeno fermentado], se distrae viajando y haciendo de nodriza del príncipe heredero del reino de Eleusis. Todo apunta a que está deprimida pero en vez de asumir su duelo con quietud, silencio y profundidad, decide «distraerse» haciendo vida social.
Solo la magnífica diosa Hécate la ha oído gritar. Esa diosa de la noche que no le teme a la oscuridad ni a todo lo que en ella habita. Deméter confirma gracias a Helios y a Hécate que no va encontrar a su hija porque ya no está en «este» mundo.
Entra en duelo.
Aunque el duelo de esta madre es muy poco convincente: se afea, se disfraza de anciana, llora teatralmente, bebe una bebida alucinógena, el kikeón [centeno fermentado], se distrae viajando y haciendo de nodriza del príncipe heredero del reino de Eleusis. Todo apunta a que está deprimida pero en vez de asumir su duelo con quietud, silencio y profundidad, decide «distraerse» haciendo vida social.
No es muy distinto de lo que sigue proponiendo la psiquiatría en la actualidad. Acoger la nekia [o crisis severa, profunda y transformadora] es incómodo para la banalidad.

El mito del rapto de Perséfone es muy popular. Muchos han visto la maravillosa escultura de Bernini que explica el momento cumbre de la escena. ©Galleria Borghese.
El alma busca quietud y profundidad y produce síntomas y malestar si no se toma en serio. La vida pierde «el sentido» de las certezas que teníamos hasta ese momento. Nos sentimos perdidos. Transitar por la oscuridad, por los deseos de muerte, por la melancolía, no es ni cómodo ni alegre; pero es crucial para el alma y la creatividad auténtica, que busca su esencia genuina que tantas veces no hemos respetado. Tantas distracciones. Tantas exigencias de adaptación social.
Pero la diosa Deméter está llena de rabia. Como lo están todas las personas deprimidas. Abandona sus funciones y los cereales no crecen. Los humanos se mueren de hambre. Acuden a Zeus y le piden que restaure el equilibrio. Perséfone debe volver con su madre. Hermes, el dios mensajero, irá a buscarla al inframundo. Porque solo pensar, hablar y comprender nos sacará de este mundo quieto y alejado.
Antes de volver, Perséfone comerá unos granos de granada (las flores y frutas son muy parecidos al aparato reproductor femenino) que nos indica que ya nunca más será virgen. Allí abajo ya no es una koré. Es la reina del inframundo. Se ha relacionado con Tiresias y Orfeo. Ha recibido a todas las almas de los difuntos. Su papel es muy importante.
Sin embargo cuando vuelve con su madre, Perséfone no emitirá ni una sola palabra sobre esta experiencia. Su madre tampoco le preguntará nada. Ningún detalle. Ninguna emoción. Nada parece que haya pasado.
«Ahora hay que adaptarse y distraerse», les decían a los ex combatientes de la guerra. Como si eso fuera posible. El dolor de los veteranos de guerra es no poder contarlo. Por eso no pueden «adaptarse» ni distraerse. Nadie queda impune después de una guerra, una muerte o una experiencia grave. Nadie vuelve a ser el mismo, pero demasiadas veces se impone «la ley del silencio». Sin embargo, Perséfone, cada seis meses volverá con su madre al mundo de arriba. Y nadie dirá nada. Solo el arte y el psicoanálisis propondrán una solución a este terrible mutismo.
El psicoanálisis es una teoría psicológica desarrollada por Sigmund Freud. Este enfoque revolucionario intentó comprender la estructura y la dinámica del alma humana, atendiendo especialmente a los procesos inconscientes del funcionamiento psíquico. Freud describe que gran parte de nuestra vida psíquica está dominada por impulsos y deseos inconscientes que afectan e influyen en nuestras acciones y decisiones conscientes, y a menudo entran en conflicto con las propuestas sociales, incorporadas a nuestras propias normas y valores, lo que puede dar lugar a mucho sufrimiento.
A través de la palabra, Freud creía que era posible hacer consciente lo inconsciente. Por lo tanto, se le atribuye el mérito de haber habilitado la palabra, al reconocer y promover la importancia del diálogo y la expresión verbal ante el sufrimiento psíquico.
Freud describió cómo los propósitos conscientes «encubren» motivaciones inconscientes, pero Hades volvió a ser condenado a lo nefasto porque Freud definió ese inframundo con todos los rasgos destructivos, regresivos y psicopáticos de la personalidad. Había configurado su concepto de inconsciente con la misma visión negativa que el cristianismo había descrito el infierno. Consideró el Hades como un lugar amenazador y temible, lleno de deseos y temores ocultos, lo cual no invitaba a explorarlo, sino más bien a resistirse.
Pero Carl Gustav Jung no estaba en sintonía con esta visión. Jung, ya alejado de Freud, prosiguió su camino de investigación con estudios sobre la mitología de diferentes culturas. Identificó una tendencia humana a representar, a través de símbolos, aspectos instintivos de contenidos primigenios, más específicamente contenidos arquetípicos universales a los que en su conjunto llamó «inconsciente colectivo».
Para él, desvelar lo inconsciente tuvo como finalidad reconocer cuestiones escandalosas e inaceptables y, por tanto, lo puso al servicio de la moral y la adaptación social. Al ser interpretado en función del mundo de «arriba» Hades volvió a ser silenciado y denostado. Su criterio quedó contagiado por la culpa, la vergüenza y la desolación.
Pero Carl Gustav Jung no estaba en sintonía con esta visión. Jung, ya alejado de Freud, prosiguió su camino de investigación con estudios sobre la mitología de diferentes culturas. Identificó una tendencia humana a representar, a través de símbolos, aspectos instintivos de contenidos primigenios, más específicamente contenidos arquetípicos universales a los que en su conjunto llamó «inconsciente colectivo».
La psicología junguiana propone que la realidad psíquica humana encuentra su génesis en el pensamiento mítico, cuyas imágenes arquetípicas se relacionan y dan forma a nuestra vida psicológica actual. De esta manera, los atributos simbólicos de los dioses se manifiestan en la psique de los seres humanos actuales en forma de representaciones y metáforas.
Para Jung, el análisis del inconsciente había comenzado en la segunda mitad de su vida, con su descenso o nekia después de su ruptura con Freud; pero necesitó aún veinte años más para descifrar los contenidos de las inundaciones de su imaginación, que anotó primero en Los libros negros, que después se convertirían en su gran El libro rojo.
Volvía a existir un puente de acceso al Hades.
Jung se atrevió a construir ese puente. Volvía a considerarse a psyché, el alma, tal y como la comprendían los griegos, como una entidad sutil otorgada por los dioses.
En un mundo que idolatra la acción, la luz y el brillo, el se atrevió a mirar hacia abajo, hacia el suelo que cruje bajo nuestros pies. Supo que el alma no crece solo bajo el sol sino que también germina en la humedad oscura de las cavernas.
Jung aportó una amplia mirada transpersonal, inclusiva y profunda a la psicología. Una visión cosmológica que liberaba al alma de la limitación del cristianismo dogmático, del reduccionismo freudiano y de un pensamiento racional, que todo lo literaliza, lo polariza y escinde para sostener un supuesto mito científico.
Jung es quien introdujo la estructura psicoanalítica al campo de la psiquiatría, como abordaje humanizado frente a los crueles tratamientos psiquiátricos, y desarrolló lo que sería su propuesta teórica y psicoterapéutica respecto a la dinámica de la psique y su idea de la psicología y del alma.
En un mundo que idolatra la acción, la luz y el brillo, el se atrevió a mirar hacia abajo, hacia el suelo que cruje bajo nuestros pies. Supo que el alma no crece solo bajo el sol sino que también germina en la humedad oscura de las cavernas.
Allí, en ese silencio subterráneo, esperaban Hades y Perséfone, los dioses olvidados. Ambos son los custodios de lo que dejamos abandonado en las sombras, las verdades oscuras que no nos atrevemos a mirar de frente. Hades y Perséfone no son solo personajes mitológicos, una historia antigua que ya no tiene nada que ver con nosotros. Son una fuerza viva dentro del alma. Y tienen mucho que contarnos.
Viajar al Hades, esta es la propuesta del análisis, es ese momento en que el mundo exterior deja de ser importante y nos obliga a mirar hacia abajo y adentro. Son las emociones abrumadoras que nos detienen. Es el silencio fértil de la desesperación donde, sin que lo notemos, aparecen bajo tierra las magníficas semillas de una nueva dimensión. Poner palabras a ese sufrimiento es el único camino que conocemos para lograr ser más conscientes y más libres y respetarnos profundamente a nosotros mismos.