poesía
Louis Cattiaux encarna el pez filosófico que nada en aguas profundas y nos pone en contacto con la Inspiración Universal. Su Voz y su Obra, visionaria, profética, alquímica, nos invita a desvelar, despertar y reconocer a la Presencia Divina en el cosmos y en nosotros mismos. Su Mensaje se dirige a la Inteligencia y la Memoria Profunda del ser humano y propicia el encuentro del ser particular con el Ser de todas las cosas. En su Corazón se puede hallar la Fuente y el Núcleo Vivo de todas las tradiciones religiosas. Cattiaux enseña la renovación y el reverdecer del Cuerpo, el Alma y el Espíritu a través del Fuego Sagrado, secreto y muy evidente. «¿Quién puede diferenciar el fuego del fuego? ¿Quién puede manifestar, encarnar el sol en la estrella de la mañana nacida de la tierra tenebrosa? (18′, I)»
Detenerse en el recoveco que parece invitar a un canto, allí donde mora el pájaro-palabra que construye a la vez su morada, siempre confiando en que ese-animal-humano-que-mira no es sino de una amistad compartida y ambos, parte del mismo fuego y poema, se incendian porque son lo mismo, se ven para-siempre-Simurg, lanzándose hacia ese viaje de acumulación nubes-lluvia donde nunca nada es en vano, hacia el futuro aurora.
En la Edad Media, todos los constructores de catedrales e iglesias solían ser anónimos. Se sabía quiénes impulsaban aquellas obras, pero no quiénes las diseñaban y mucho menos quiénes las llevaban a cabo. Era una manera de que, en el interior de aquellas construcciones, el nombre de Dios no se confundiera con el de los hombres. También en Japón se valoraba el anonimato entre quienes diseñaban y construían templos hace unos siglos. Aquellas obras preferían verse como un esfuerzo colectivo, aunque a los artesanos dedicados a su construcción se los conociese como miya-daiku. Lola Nieto, sin embargo, no fue en busca de nombres cuando viajó a Japón, antes de escribir La isla desnuda (La Caja Books, 2024). Le interesaba el lenguaje pero no los nombres. Con las palabras podía observar cómo los japoneses se relacionan con sus templos, con sus dioses, con la Naturaleza y consigo mismos. Y digo observar porque quiero diferenciar esa palabra de entender, algo que quizás a los occidentales nos resulte esencial y que a los japoneses no les preocupa ni siquiera un poquito. Creo que Lola Nieto lo sabe.