La aurora ocurre antes de la luz plena. Pertenece todavía a la incertidumbre y, sin embargo, ya contiene una certeza. Quizá por eso el nombre de Aurora Luque parece contener la imagen de su poesía: en ese estado de perpetuo nacimiento se despliega su obra. Sus poemas parecen habitar el instante en que una intuición comienza a hacerse visible. Destellos, en sus palabras. Apariciones breves capaces de sostener el misterio. Será que la poesía nace de la entrega a lo inhóspito. Como ella misma escribe: «Desear es llevar / el destino del mar dentro del cuerpo».
Pero el oficio de Aurora Luque, autora de obras como «Problemas de doblaje», «Carpe noctem», «Transitoria», «Camaradas de Ícaro» (traducido al griego en 2015), «La siesta de Epicuro», «Gavieras» (premio Loewe 2019) o «Las sirenas de abajo», entre otras, también parece echar un pulso al tiempo. Traducir a Safo o Catulo supone tender la mano que escribe a quienes ya no tienen mano, custodiar una memoria y ser partícipe de una resurrección. En esta conversación, reflexiona sobre la revelación poética, los clásicos y nuestra herencia inequívoca y verdadera.
Laura Escalante: Hay dos versos tuyos que me han acompañado durante años: «El cuerpo amado / nunca es solamente un cuerpo». El poema siempre parece alcanzar una precisión extraña que provoca que algo se vuelva inmediatamente cierto. Vuelve visible una intuición. ¿Sientes que la poesía tiene esa capacidad de revelación, incluso antes de que sepamos comprender del todo aquello que nombra?
Aurora Luque: Sí, a esas revelaciones instantáneas, para mis adentros, las llamo destellos por lo que tienen de luminosas y por lo que tienen de fugitivas. Cuando me corresponde juzgar un libro en un certamen de poesía —por ejemplo— anoto sus destellos. ¿Te sacuden, te sorprenden, te embellecen? Un buen poema debe contener al menos dos o tres destellos desconocidos, inesperados.
¿Hubo en tu juventud algún poeta o algún libro que produjera en ti un desplazamiento y te acercara definitivamente a la poesía?
Tuve tres grandes primeros impulsores. Por orden cronológico, en la pura infancia (con nueve años), Juan Ramón Jiménez me enseñó que el lenguaje puede ser fuertemente sensorial: te amplifica los sentidos. Ves más, con más acuidad, hueles aromas aunque no tengas delante tal hierba o tal ola o tal pino. Palpas, saboreas y oyes a través de las palabras. Fue muy gozoso descubrirlo, poder ganar toda esa riqueza con solo leer un poema. El segundo gran maestro fue Luis Cernuda. Tenía yo dieciséis años. El deseo como motor del cuerpo que habla, que dice, que busca lenguajes. Ese verso mío que citas no hubiera existido si Cernuda no se hubiera cruzado en mi vida.
Y el tercero fue Friedrich Hölderlin, dos años después. Me enseñó a soñar lo utópico, a rescatar la Grecia de los filósofos y de los trágicos. La poesía sirve para soñar vidas mejores, propias y colectivas.
En tu poesía siempre hay algo que se siente muy vivo: un pensamiento en movimiento, una búsqueda que parece seguir ocurriendo mientras el poema se escribe. Por eso da la impresión de que el poema nunca termina de cerrarse del todo. ¿Sientes que el poema tiene un límite, un momento de culminación real, o llega un punto en el que simplemente hay que dejar de intervenir y concederle cierta autonomía?
El poema, el texto poético, nunca se cierra del todo. Contiene indagaciones, estupor, sorpresa, preguntas sobre el propio idioma, lamentos que podemos tomar prestados. Por eso releemos poesía sin cansarnos: porque no se agota. ¿Alguien puede cansarse del polvo enamorado de Quevedo o de las peticiones de Safo a Afrodita o del olmo seco de Machado o de las palabras para Julia de Goytisolo o de la aurora neoyorquina de Lorca o del claro del bosque de María Zambrano? Cada vez nos emocionan y nos interpelan de una manera diferente, pero nunca se gastan. A la poesía le importa el núcleo enigmático de las cosas.

«Las sirenas de abajo», un libro donde Luque reúne su poesía desde 1982 a 2022. © Editorial Acantilado
Has traducido a poetas como Safo o Catulo, autores con una voz muy marcada e íntima. Siempre me ha interesado la posición del traductor: alguien que pone toda su sensibilidad y su dominio del lenguaje al servicio de otra voz, aceptando casi una cierta desaparición del propio yo, desdibujando su propio nombre, cuando lo orgánico parecería ir en la dirección contraria. ¿Cómo conviven en ti la poeta y la traductora? ¿Hay en ese gesto de escribir a través de otros más renuncia o más expansión?
En el acto de traducir, si traduces a un poeta que admiras (como es mi caso: siempre elijo lo que deseo traducir), puede que se disuelva tu nombre en el texto resultante, pero no tu energía creativa, que se queda imbricada casi genéticamente en lo que has traducido. Son tus palabras (las de tu cosecha, las de tu elección) las que traspasas al cuerpo de la escritura del otro. Es como una transfusión: inyectas la sangre nueva distinta de tus palabras en un cuerpo que amas para que tenga una segunda vida en otro país, en otras lectoras y lectores y en otra época. Tiene algo de vocación de donante la tarea de la traductora.
El poema, el texto poético, nunca se cierra del todo. Contiene indagaciones, estupor, sorpresa, preguntas sobre el propio idioma, lamentos que podemos tomar prestados. Por eso releemos poesía sin cansarnos: porque no se agota. ¿Alguien puede cansarse del polvo enamorado de Quevedo o de las peticiones de Safo a Afrodita o del olmo seco de Machado o de las palabras para Julia de Goytisolo o de la aurora neoyorquina de Lorca o del claro del bosque de María Zambrano? Cada vez nos emocionan y nos interpelan de una manera diferente, pero nunca se gastan. A la poesía le importa el núcleo enigmático de las cosas.
Como lectora y traductora de clásicos, ¿te has encontrado con poetas que te parezcan fundamentales pero que hoy se leen poco o están algo relegados al olvido? ¿Alguno que te apetezca rescatar especialmente?
Sí, hay clásicos que mejorarían cualitativamente a la humanidad si todo el mundo los leyera: la Antígona de Sófocles, por ejemplo. Si los medios de comunicación se dedicaran a comunicar en el sentido noble y etimológico del término en lugar de a recomendar tantísimas novedades editoriales mediocres… Pero, claro, los clásicos son gratuitos, están en las bibliotecas públicas. La rueda capitalista los desprecia.
Estoy traduciendo desde 2016 una tragedia de Esquilo, Las suplicantes, asombrosamente vigente: habla de la acogida, del asilo político, de las mujeres obligadas a llevar una vida que no quieren. Y como no deja de intrigarme el gran Eros, estoy añadiendo nuevos poemas eróticos a mi reedición en Acantilado de Los dados de Eros.
Recurres a una serie de símbolos y motivos que vuelven una y otra vez —el mundo clásico, el deseo, el cuerpo, la luz, el mar—. ¿Te interesa esa idea de insistir en ciertos núcleos de sentido, de trabajar casi una constelación de temas que se van reescribiendo y transformando continuamente?
No es que los haya elegido por un interés o mediante una decisión conscientes. De pronto, en la niñez, encuentras objetos en el mundo que demandan palabras y encuentras palabras fascinantes. Y juegas a combinar y a reunir. El mundo clásico, que llega más tarde a mi vida, sigue regalando (a mí y a quien lo lea con lealtad) instantes de inquietud y de belleza inagotables, propios de quienes interrogaron al cosmos con mirada inocente y deseante.

La poeta y traductora Aurora Luque. © José Andújar
Hace poco leía un texto de Alejandra Arroyo en el que aparecía una idea que también ha formulado Paula Melchor: la sensación de que todavía existe cierta expectativa cultural según la cual el poeta terminará «dando el salto» a la novela, como si la poesía fuese un género de tránsito y no un destino en sí mismo. Sin embargo, en tu trayectoria hay una fidelidad muy sostenida al poema, casi una confianza radical en que la poesía basta. ¿Crees que todavía cuesta concebir la poesía como una forma plena, suficiente y central de realización literaria?
Para mí la poesía es el destino central, nuclear. ¿Escribir novelas? Ni me apetece ni me veo dotada para ello. De hecho, cuando leo narrativa también me reclaman los citados destellos poéticos. No digiero bien los relatos planos, necesito un caldo verbal sustancioso. Rulfo, por ejemplo, tiene mucho de poeta. Además, la industria editorial te intenta engañar con lanzamientos ruidosos de presuntas obras maestras: la fábula del parto de los montes. El eterno «mons parturiens».
En el acto de traducir, si traduces a un poeta que admiras (como es mi caso: siempre elijo lo que deseo traducir), puede que se disuelva tu nombre en el texto resultante, pero no tu energía creativa, que se queda imbricada casi genéticamente en lo que has traducido. Son tus palabras (las de tu cosecha, las de tu elección) las que traspasas al cuerpo de la escritura del otro. Es como una transfusión: inyectas la sangre nueva distinta de tus palabras en un cuerpo que amas para que tenga una segunda vida en otro país, en otras lectoras y lectores y en otra época. Tiene algo de vocación de donante la tarea de la traductora.
¿Crees que la poesía exige una atención muy concreta, una cierta predisposición del espíritu?
Desde luego. El tiempo en el que puede anidar un poema es cualitativamente raro, impredecible. Hay quien dice que la poesía está en todas partes y que todo puede convertirse en poesía. Yo no lo llego a ver así. Más que de atención, hablaría de una extraña tensión. Hay predisposiciones del espíritu que acaecen, similares en esa tensión, pero no siempre producen poemas. A veces te quedan solo dos o tres palabras flotantes o la impotencia de no haber podido llegar a nombrar. Lo poético a veces se queda sin las palabras que merecería. Tardo unos cinco años como mínimo en escribir un libro de poemas.
En varias de tus respuestas aparece la idea de lo que se conserva, de lo que permanece en el tiempo, como los clásicos, la lectura y la traducción como forma de transmisión. ¿Cuál dirías que es nuestra herencia verdadera?
Nuestra herencia verdadera es la memoria. La memoria de lo bello vivido la puedes conservar en recipientes de palabras. Otros lo han hecho para ti. Catulo, Safo, ya almacenaron lo memorable. Siento como un gran privilegio la posibilidad de guardar vida dentro de poemas, de detener recuerdos. Los buenos libros son como la maleta de Penón o la maleta mexicana de Robert Capa y Gerda Taro. Preservan lo mejor de la experiencia humana, que a veces es también lo más trágico, lo que necesitamos no olvidar. Por eso soy absolutamente incapaz de tirar un libro, por poco que me agrade. Puede estar guardando la memoria de otros.
1 comentario
Gracias a las dos por esta bella entrevista. No me pierdo «Las sirenas de abajo» en Acantilado.