La aurora ocurre antes de la luz plena. Pertenece todavía a la incertidumbre y, sin embargo, ya contiene una certeza. Quizá por eso el nombre de Aurora Luque parece contener la imagen de su poesía: en ese estado de perpetuo nacimiento se despliega su obra. Sus poemas parecen habitar el instante en que una intuición comienza a hacerse visible. Destellos, en sus palabras. Apariciones breves capaces de sostener el misterio. Será que la poesía nace de la entrega a lo inhóspito. Como ella misma escribe: «Desear es llevar / el destino del mar dentro del cuerpo».
Pero el oficio de Aurora Luque, autora de obras como «Problemas de doblaje», «Carpe noctem», «Transitoria», «Camaradas de Ícaro» (traducido al griego en 2015), «La siesta de Epicuro», «Gavieras» (premio Loewe 2019) o «Las sirenas de abajo», entre otras, también parece echar un pulso al tiempo. Traducir a Safo o Catulo supone tender la mano que escribe a quienes ya no tienen mano, custodiar una memoria y ser partícipe de una resurrección. En esta conversación, reflexiona sobre la revelación poética, los clásicos y nuestra herencia inequívoca y verdadera.