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Mirar al pájaro, habitar la aurora: esperanza

Teresa Juan

Detenerse en el recoveco que parece invitar a un canto, allí donde mora el pájaro-palabra que construye a la vez su morada, siempre confiando en que ese-animal-humano-que-mira no es sino de una amistad compartida y ambos, parte del mismo fuego y poema, se incendian porque son lo mismo, se ven para-siempre-Simurg, lanzándose hacia ese viaje de acumulación nubes-lluvia donde nunca nada es en vano, hacia el futuro aurora.

 

«Haber llevado el fuego un solo instante
razón nos da de la esperanza»
«No inútilmente», de «La memoria y los signos», José Ángel Valente

 

El que observa a la golondrina hacer concienzudamente, en la vuelta de la primavera mediterránea, un nido de fragmentos de barro y lodo, ante sus ojos tiene una hoguera llameante. Hay que salvarlo al fuego, como se salva al poema y «hay que buscarlo ignífero superimpuro leso lúcido beodo inobvio», como escribe Oliverio Girondo. Al atardecer, los cantos en círculo, comunicaciones y mosquitos, insectos, donde las-nuevas-vidas se dejan alimentar, una ilusión se duerme hasta el día siguiente. Han llegado a la línea rosa que precede a la noche, y cada pájaro es treinta-veces-pájaro-Simurg, donde el lugar de sí mismo, como Emily Dickinson, es esa-cosa-con-plumas-Esperanza que a la sombra-luz ilumina el camino de todos.

Escribe José Ángel Valente: «Me esfuerzo en descifrar un pájaro» y a partir de ahí todo se torna una pregunta sobre el lenguaje. Sigue: «¿Quién eres tú? ¿Qué despierta contigo en este despertar?», pero sigue durmiendo hasta que la luz-animal te diga que habitas lo invisible, que: «¡Yo soy Nadie! ¿Quién eres tú? ¿Eres —Nadie— también? ¡Ya somos dos, entonces! ¡No digas nada! ¿Nos desterrarían —ya sabes!» (Emily Dickinson). Y no lo sé, no lo sabes, no lo sabemos. Qué raro no ser todos los pájaros a la vez, quizás.

El fuego. Hay que salvarlo al fuego. Arder. El poema, el-poeta. Arder. El incendio, centrémonos en el Simurg, ave fénix, en lo que arde-escribe, es decir, en los-treinta-pájaros-Simurg y en el largo viaje hacia la migración, en el pájaro-en-primavera y en el camino que nos lleva a imaginar la utopía de una aurora que sí sucede. ¿Y qué es la aurora entonces? Lo que no puede morir. Una verdad que se acomoda en la nieve, cuando frío y ardor «Por la Nieve, los Pájaros», Emily Dickinson. Una verdad que no sabemos hasta dónde, pero llega y está, aunque no sepamos cuándo será dicha, palabra futura, sobre el agua, y esto dice, justifica que siempre puede valer la pena, un poema, un pájaro que no abandona, siempre vale, y aunque se pueda creer que no basta solo una palabra, es necesario recordar que dentro de la palabra está la palabra y aún más dentro la palabra antes de la palabra, y en ella las alas, el suspiro, el fuego y arder y arder y arder, la palaba-pájaro donde están todas.

¿Y qué es un pájaro entonces? «Cuando, de pronto, los treinta pájaros [lo] miraron, dichos pájaros eran ellos mismos aquel Simurg (…). Y eran aquellos mismos treinta pájaros el otro cuando a sí mismos se miraban. Y si miraban a los dos al mismo tiempo, con evidencia, eran ambos un solo Simurg», escribe Farid ud-Din Attar en El lenguaje de los pájaros. Entonces, todavía queda esperanza, pues un pájaro es todos-los-pájaros, pues yo soy tú y cuando tú te miras, me ves a mí, a los-treinta-pájaros-Simurg. Órgano de la esperanza, es así como se hace; estamos aquí, siendo lo mismo, igual que somos lo mismo que los-pájaros, igual que somos lo mismo que las-nubes, ese aire hecho forma donde un ave se abate hacia el ocaso y allí encuentra, una vez más como «más allá de nuestro sueño las palabras, que no nos pertenecen, se asocian como nubes que un día el viento precipita sobre la tierra para cambiar, no inútilmente, el mundo» (José Ángel Valente).

Golondrinas al atardecer. © Teresa Juan

Y si seguimos observando a los hirundínidos, cada día el mismo ritual, antes de que el otoño se establezca, antes de que se derrita del todo hasta fundirse la forma que tenemos hoy y prolifere el frío, antes de helarnos, antes de perder esta lejanía que nos da esperanza, antes de que los nidos se vuelvan a quedar vacíos con la marcha de los pequeños pájaros, si hoy seguimos, una vez más, atendiendo a las golondrinas, si por tanto proseguimos viéndonos, nada de lo que pase, palabra o mano, sucederá en vano, porque al mirarnos, precipitados por, al fin, encontrarnos, atendernos, correspondernos, el mundo estará cambiando, y en esa aurora de reconocimiento, se expresa el brillo que fabulamos y que ahora por fin habla: «Y todo lo que existe en esta hora de absoluto fulgor se abrasa, arde contigo, cuerpo, en la incendiada boca de la noche» (José Ángel Valente).

El fuego. Hay que salvarlo al fuego. Arder. El poema, el-poeta. Arder. El incendio, centrémonos en el Simurg, ave fénix, en lo que arde-escribe, es decir, en los-treinta-pájaros-Simurg y en el largo viaje hacia la migración, en el pájaro-en-primavera y en el camino que nos lleva a imaginar la utopía de una aurora que sí sucede. ¿Y qué es la aurora entonces? Lo que no puede morir. Una verdad que se acomoda en la nieve, cuando frío y ardor «Por la Nieve, los Pájaros», Emily Dickinson. Una verdad que no sabemos hasta dónde, pero llega y está, aunque no sepamos cuándo será dicha, palabra futura, sobre el agua, y esto dice, justifica que siempre puede valer la pena, un poema, un pájaro que no abandona, siempre vale, y aunque se pueda creer que no basta solo una palabra, es necesario recordar que dentro de la palabra está la palabra y aún más dentro la palabra antes de la palabra, y en ella las alas, el suspiro, el fuego y arder y arder y arder, la palaba-pájaro donde están todas.

En su poema, «No inútilmente», José Ángel Valente dice: «Te respondo que todavía no sabemos hasta cuándo o hasta dónde puede llegar una palabra, quién la recogerá ni de qué boca con suficiente fe para darle su forma verdadera». Las palabras migran, se exilian, vuelven. Como una miga de pan que un gorrión lleva a otro gorrión, esa es la palabra, donde en el centro de la miga de pan habitan esperanza y aurora entrelazadas, es el fuego, un fuego que no termina, para algún día en alguna afortunada hora alborear y llenar de este modo el estómago del pequeño pájaro que es-somos del ecosistema que permite a la simiente-luz desbordarse fuera, iluminar. Y así es cuando el que observa a la golondrina dice y a la vez está diciendo yo, porque nunca nada inútilmente, y como dice Farid ud-Din Attar: «Mirad y os habréis visto a vosotros mismos por más que os hayáis quedado perplejos», más allá de esa perplejidad están los treinta-veces-pájaro-Simurg, nosotros, en la frecuencia esperanza, «Que se posa en el alma— Y canta la melodía sin su letra— Y nunca se detiene —para nada—» (Emily Dickinson).

El poeta José Ángel Valente.

El que observa a la golondrina también la ve migrar poco a poco, abandonar paulatinamente, volar más alto en el cielo, agruparse en grande con otras golondrinas, en grupos enormes e incontables, quedarse en los hilos con las casas vacías, poco a poco deshaciéndose, el que observa está viendo ahora la hoguera que viene, la llama que será. Las que se marchan van preparando su incendio, su futura materia ígnea. Allá donde vayan, otro (yo-que-es-tú) observará de nuevo a los hirundínidos vivir en grandes árboles, dormir en densas vegetaciones, hablar del sueño que será, de nuevo, otra vez, verá emprender el viaje para-siempre-Simurg. Es esa-cosa-con-plumas, ese pájaro-palabra, no inútilmente, Esperanza.

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