¿Cómo discurriría la razón si se dejase guiar por el misterio de las ruinas? Y si el pensamiento se ajardinara, ¿mostraría una estética de la lentitud capaz de proteger la vida de todos los seres del tiempo que la sostienen? Con la obra de María Zambrano como lucerna, proponemos desplegar un fragmento posible del mapa poético anunciado por las preguntas anteriores. Y, sobre todo, compartir una actitud.
Detenerse en el recoveco que parece invitar a un canto, allí donde mora el pájaro-palabra que construye a la vez su morada, siempre confiando en que ese-animal-humano-que-mira no es sino de una amistad compartida y ambos, parte del mismo fuego y poema, se incendian porque son lo mismo, se ven para-siempre-Simurg, lanzándose hacia ese viaje de acumulación nubes-lluvia donde nunca nada es en vano, hacia el futuro aurora.