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Geometría sagrada

El asombroso lenguaje de Dios

Se dice que la Geometría Sagrada es el lenguaje de Dios y lo cierto es que se ha comprobado que los patrones y formas, subyacentes a la creación, siguen proporciones matemáticas y se combinan con una armonía que sorprende por su perfección. El objetivo de esta ciencia es, pues, el estudio de dichos patrones para tratar de comprender el funcionamiento del universo.

 

«Vende tu astucia y compra asombro»

Jalāl al-Dīn Rumi(Rumi, Jalāl al-Dīn:Masnavi I Ma’navi. The Spiritual Couplets, (trad. Edward Henry Whinfield, Kegan Paul, Trench), Trübner & Co., Londres, 1898).

¿Cómo es posible que el movimiento de Venus y la Tierra, alrededor del Sol, forme una flor de cinco pétalos? ¿Por qué la concha del nautilo sigue el mismo patrón espiral que la galaxia M51? ¿Qué tienen que ver los sólidos platónicos con los cinco elementos? ¿Cómo se relacionan los pulmones con los árboles o los latidos del corazón con las estaciones del año?

Tal vez, una de las cosas que nos hace humanos es el hecho de hacernos preguntas (no tanto el obtener respuestas —si es que alguna vez llegamos siquiera a intuirlas, ante las grandes cuestiones). Y, justamente, frente a estos enormes interrogantes que nos dejan abrumados y desconcertados surge algo extraordinario: el ASOMBRO. El —bendito— asombro. Que nos conecta con la humildad, recordándonos que no sabemos casi nada y que, aunque a veces pensemos que sí, los seres humanos no somos el centro del Universo. El —bendito— asombro. Que, para filósofos como Platón (Teeteto, 155d) y Aristóteles (Metafísica, Libro I, 982b), era el inicio del conocimiento, puesto que nos lleva a cuestionar y a querer saber. El —bendito— asombro. Que, además, está, evidentemente, relacionado a nivel etimológico con la palabra “sombra” y puede asociarse con la idea de “salir de dicha sombra”, de iluminar nuestra oscuridad.

Llamada «el lenguaje de Dios», la Geometría Sagrada ha sido definida como el conocimiento que se encuentra detrás de la creación; de hecho, su objeto de estudio son las frecuencias, proporciones y patrones con los que se formó el universo.

Fue, en este estado de asombro y con un gran afán por saber, por entender y por tratar de dar respuesta a grandes interrogantes, cuando descubrí la Geometría Sagrada. Y dicho asombro —acompañado por la sensación de haber encontrado algo inmensamente bello— se volvió, entonces, infinito. Y, aunque llevo muchos años estudiándola, debo confesar que sigo siendo una aprendiz. A pesar de ello, como me han invitado a escribir sobre el tema, voy a tratar de hacerle justicia, esperando la benevolencia de quien vaya a leer estas líneas introductorias.

Llamada «el lenguaje de Dios», la Geometría Sagrada ha sido definida como el conocimiento que se encuentra detrás de la creación; de hecho, su objeto de estudio son las frecuencias, proporciones y patrones con los que se formó el universo. Y es, justamente por este motivo, por lo que, ya desde la antigüedad, fue un tema prioritario de interés para los filósofos. Cuenta la tradición que, en la entrada de la Academia de Platón, podía leerse: «Que no entre nadie que no sepa geometría» (En Elias: «Comentario a las Categorías de Aristóteles», XVIII, 118, 18-19). Y es que esta palabra, geometría, que viene del griego y está compuesta por ge (tierra) y metría (medida), hace referencia a las propiedades, medidas y relaciones de puntos, líneas, ángulos, superficies y sólidos, tanto en el plano (2D) como en el espacio (3D).

Esta interesante disciplina parte de la idea de que el universo está estructurado según principios matemáticos armónicos, que se relacionan configurando diferentes formas geométricas, y que, estudiar dichos principios, nos permite intuir el orden subyacente que conecta todo lo creado y descubrir la energía que late tras ello. Así pues, a lo largo de la historia, las personas que se han acercado a estos saberes han observado que ciertas figuras —el círculo, el triángulo, el cuadrado, la espiral áurea o los sólidos platónicos, entre otras— son, en realidad, patrones que aparecen repetidamente, tanto en estructuras naturales como en creaciones humanas de gran significado cultural. Por ello, los filósofos las han estudiado con el objetivo de entenderlas, y los artistas, en su afán por recrear el universo, las han aplicado a sus obras. Y esta es la razón por la que—con gran asombro— podemos descubrir la proporción áurea en el Partenón, encontrar un laberinto en la Catedral de Chartres o ver un dodecaedro en la Última cena de Salvador Dalí. Comprendemos, entonces, que un mandala no es sólo un bello diagrama de colores utilizado por budistas e hinduistas para adornar sus templos, sino un símbolo trascendente, cuya observación profunda nos puede ayudar a alcanzar diferentes estados de conciencia; que la cruz, que conecta el Cielo con la Tierra, es, en realidad, el despliegue de un hexaedro, con todos los significados que eso conlleva; o que la Vésica Piscis (y su tan famosa expresión medieval occidental: la mandorla mística) no son simplemente dos círculos que se intersecan, sino la representación de dos fuerzas arquetípicas complementarias —femenina y masculina— y de su perpetuo flujo en equilibrio, que acaba formando una nueva figura: el toroide.

Espiral áurea.

Introducirse en el mundo de la Geometría Sagrada es como ir, poco a poco, apartando los velos de Maya que nos impiden ver la Realidad tal cual es. Cuanto más caminas por esta senda, más maravillas descubres y más asombro te inunda. Sin embargo, no estoy segura de que sea una disciplina que haya que aprender —o, al menos, que no sólo haya que aprender—, más bien creo que es necesario practicarla: dibujar las formas e introducirse en ellas para que te hablen, estudiarlas en profundidad, volver a pintarlas, incluso colorearlas, convivir con ellas, escucharlas. Y es así como, de nuevo poco a poco, esas figuras te van dando información, te van abriendo capas de discernimiento. A medida que las transitas, vas evolucionando, vas descubriendo, vas aprendiendo. Y empiezas a percibir que el conocimiento es infinito y vuelves, entonces, a asombrarte. Coges el compás (que junto con la escuadra y el cartabón son las herramientas básicas del geómetra), haces un círculo, luego otro, uno más y otro más, hasta llegar a seis y encontrarte, cara a cara, con la semilla de la vida: seis círculos, más el que queda en el centro, siete. ¿Nos suena? ¿No hizo Dios —cuenta la Biblia— el mundo en seis días y se tomó uno más para descansar? La escala musical tiene siete notas, el arcoíris siete colores, ¿casualidad? Los símbolos están tan a la vista que, a veces, ni siquiera los vemos o los relacionamos. Pero, sigamos haciendo círculos. Llegamos al huevo de la vida, al fruto de la vida (origen del cubo de Metatrón) y, finalmente, a la famosa flor de la vida, un patrón que habla de unidad y de conexión universal, y que se suele representar dentro de un hexágono que, a su vez, está dentro de un círculo (geometrías en el interior de geometrías). La flor de la vida, que encontramos desde el antiguo Egipto hasta la China, pasando por los escritos de Leonardo da Vinci, pero que, en la actualidad, se ha convertido en uno de los más famosos amuletos de la Nueva Era. Y quizás sea ahí donde radica uno de los peligros a los que se enfrenta, hoy en día, la Geografía Sagrada —por otra parte, signo de los tiempos en los que vivimos—, que es su frivolización y su banalización. No importa. O no debería importarnos. Nosotros sigamos dibujando. Cojamos el compás, la escuadra y el cartabón y sigamos dibujando. Asombrémonos al ver aparecer, una tras otra, las figuras geométricas, escuchemos todo aquello que vienen a contarnos y veamos hasta dónde nos conduce toda esta belleza.

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