Una aproximación a la ontología del sonido, donde el latido primigenio se encuentra con la armonía del mundo. A través de las voces de Rilke, Zambrano o Mahler, se indaga en la música como esa «metafísica instantánea» que vincula nuestra finitud con el canto absoluto de lo divino.
Y cantar de verdad es otro aliento. Un aliento por nada. Un soplo en Dios».
Sonetos a Orfeo, Rainer Maria Rilke
Antes de toda música, hay el sonido. Uno solo, rítmico, constante. El primero que se forma y anima, el postrero que muere: el latido del corazón. Nuestro nacer a la vida, a la carne y complejidad del cuerpo, viene inaugurado por ese primer sonido: la música honda que es seña, en primer lugar, del alumbramiento de nuestro órgano más noble. «El corazón (…) es lo único que de nuestro ser da sonido», escribe María Zambrano en Claros del bosque, «desgranando su secreto». Este secreto, el de la música inherente del corazón, podría ser, más allá del secreto de la vida, también el secreto del corazón del mundo, a cuyo ritmo y armonía, de alguna forma, siempre nos tratamos de acompasar. Un anhelo, el de entrar en el pulso último de las cosas, que quizá nos recuerda que ya había música antes de escucharla, antes incluso del primer latido: que quizá aquello que la música despierta nos habita desde el origen y nos conduce a él.
La propia Zambrano, casi como símbolo de su pensamiento, quiso ser primeramente caja de música. Fue su sueño de infancia: ya reflejado este anhelo del corazón que quiere latir junto con el corazón del mundo. ¿Qué es aquello hacia lo que se dispone? ¿El ritmo del Amor? ¿La música del sueño? En sus últimos años, la filósofa pronunció: «Qué sueño hermoso cuando se ha puesto de acuerdo el ritmo del propio corazón con el corazón del mundo». Hermoso sueño, pues, acompasarse con ese viento rilkeano, aliento por nada y por todo, soplo en Dios. Porque la música no se detiene en el ejercicio de la escucha: desborda sus contornos, se expande, responde siempre a aquello que es indecible, difícilmente señalable, y sin embargo, es capaz de ofrecer, asimismo, lo extático en la experiencia. Hay siempre en ella la ofrenda del amor sobrenatural. La música, en calidad de hija de la Belleza, portadora de la sacralidad, hace así el papel de mediadora, integradora entre el aquí y el allá, entre lo humano y lo divino, entre la vida y el sueño —siempre para aquel que se dispone a ver—. Posee el don de decir y mirar el mundo más allá de él mismo o, mejor dicho, de revelarlo en aquello que es. Quizá el canto del corazón del mundo sea la expresión mínima de Dios. «Carácter cósmico» el de la música, para Emil Cioran, quien se preguntaba en Lágrimas y santos: «¿Anocheceres graves sin Brahms? ¿La monumentalidad de la naturaleza sin Beethoven?», como si la música fuera la medida secreta del mundo, el idioma en que lo exterior y lo interior se reconocen en la esencia compartida. Preguntas que quedan y que nos llevan a las preguntas propias: ¿es posible la noche y el llanto sin Chopin? ¿Compañía sin Rachmaninov? ¿El corazón herido sin Brahms? ¿Sueño y agua sin Debussy? La primera memoria del piano. Un poco antes: el primer canto del pájaro oído. El primer redoble de campanas.
Y con todo, hay algo en la música que nos lleva más adentro todavía, que la escinde del resto de las artes, que la nombra arte supremo. Para el filósofo Arthur Schopenhauer, la música es la expresión metafísica de todo lo real, expresión de la voluntad misma: «(…) al expresar la voluntad misma, en sí, no expresa esta o aquella singular y concreta, esta o aquella aflicción, o dolor, o espanto, o júbilo, o regocijo, o serenidad, sino la alegría, la aflicción, el dolor, el espanto, el júbilo, el regocijo, la serenidad mismos, (…), lo esencial de tales sentidos». Guarda así la música la característica universal, la esencia palpitante de la vida que se abre y despliega, pues está en la hondura, en todo nacimiento inicial, y nos acompaña y se acompasa, tal como vivimos y sufrimos, tal como sentimos la alegría, la aflicción o la serenidad.
Escuchar la música con atención nos lleva a salir del transcurrir horizontal de los hechos y sentir como si el tiempo, por un momento, se doblara sobre sí mismo y mostrara su fondo, o nos consintiera participar de su flujo hacia lo alto».
A diferencia de otras formas de la belleza, va directa, toma la forma a veces de una flecha. Pues cuando suena, entra y pasa, cristalina y certera; más bien traspasa el mundo del intelecto, todos los sentidos, razón y cognición, para hallar acogida en la profundidad del corazón, respondiendo al secreto de ese latido primero, como dándose un reconocimiento entre la composición del acorde y la composición de lo propio originario. Música y corazón, llama que prende y llama prendida, en su preexistencia y existencia, hablan un lenguaje similar; parecen haber recorrido juntos un largo viaje, estar emparentados. Insinúan, en su precisa armonía —lanzamiento arquero—, la presencia de un absoluto: un lugar donde quizá música y corazón eran una misma cosa, lo divino irrefutable. Un misterio, el de su anhelo, que el poeta y místico sufí Rumi escuchó en el ney, la flauta de caña que llora su separación del cañaveral de origen. Así suena su canto: «Yo quiero un pecho desgarrado por la separación, / para poder hablarle del dolor del anhelo. / Todo el que se ha alejado de su origen / añora el instante de la unión». He ahí la gracia de la música, su gracia y la punzada constitutiva que la atraviesa: en su belleza nos hace testigos del instante extático, pero también de su fugacidad, pues como todo movimiento vertical porta la cualidad de lo inasible, aquello que solo podemos entrever: el Uno que el alma solo puede vagamente recordar.

Detalle de la «Adoración de los Magos» (1486), del pintor Domenico Ghirlandaio.
Y aun así, en esa sola insinuación, la música «es comprendida al instante», sigue Schopenhauer, «y se da a conocer mediante una cierta infalibilidad». Infalibilidad cierta, un algo, un «indicio infalible» como diría Simone Weil, que nos lleva a esa certeza extraña que no podemos explicar ante el encuentro con lo bello. «La música es la emanación última del universo, como Dios es la emanación última de la música». Es posible que así sea, como señala esta certeza infalible de Cioran, pero ¿cómo suena esa emanación que «nos subyuga horas enteras», donde el alma se disuelve y «culmina —en palabras de nuevo de Cioran— en una última nota que (…) nos liga a Dios»? ¿Dónde señalarla? Entra entonces la experiencia del corazón, el centro vivo por el que todo pasa, el único que puede ver. Suena, quizá, como una flauta que sobrevuela a modo de pajarillo, danzante en la fabulación del que ama, como sucede en la Primera sinfonía de Brahms. O se puede escuchar en el movimiento final de la Segunda de Mahler, cuando el coro, la soprano y la contralto encarnan la voz angelical y cantan: «Auferstehn, ja auferstehn wirst du, / mein Herz, in einem Nu! / Was du geschlagen, / zu Gott wird es dich tragen!» [¡Resucitarás, sí, resucitarás, / corazón mío, en un instante! / Lo que ha latido, / ¡hacia Dios te llevará!]. Pero también es posible hallarla en lo mínimo, lo más sencillo y cotidiano, lejos de la tradición de la música occidental. Puede ser el recuerdo de una nana cantada, traspasada de la boca al oído, de una madre a su hija; el transcurrir tranquilo del río siendo ese constante que es, o cuando sobreviene el silencio, que también esconde en su ausencia la presencia de una plenitud musical. Todas estas vivencias, ciertas en su inefabilidad, nos revelan que cuando ha fallado la palabra, ha estado la armonía para desvelar la música callada del corazón.
Escuchar la música con atención nos lleva a salir del transcurrir horizontal de los hechos y sentir como si el tiempo, por un momento, se doblara sobre sí mismo y mostrara su fondo, o nos consintiera participar de su flujo hacia lo alto. Y quizá sea eso lo que nos recuerda que en medio de las prisiones y estrecheces de la vida, siempre hay cabida para el instante en el momento en que nos disponemos a escuchar. Si Gaston Bachelard decía que «la poesía es una metafísica instantánea», quizá la música, en su cualidad poética, sea exactamente eso: una experiencia metafísica que, en palabras de Zambrano, «dura un (…) instante de eternidad, como el morir, como el nacer, como el amar». Es el acontecer súbito de lo más indecible, de ese algo que no tiene nombre todavía y que sin embargo se reconoce como un temblor. Fragilidad trémula que nos acompaña desde el latido inicial, ese soplo en Dios que alumbra la música primera de nuestra vida.