Inicio Una Biblioteca VenerableUna última plegaria: a partir de «La hora de la Estrella», de Clarice Lispector

Una última plegaria: a partir de «La hora de la Estrella», de Clarice Lispector

Maria Roig

¿Por qué hacernos la pregunta trágica «¿quién soy yo?»? ¿Quién puede encarnarse, dar respuesta, empuñar el Yo? Hosannas y bienaventuranzas para narrar el agujero, para adentrarse en el subsuelo y forzar el nacimiento de una flor, hacer volcar la palabra soterrada. Clarice Lispector, en precariedad y plegaria, quemando todos los noes, y sellando, en la práctica ritual de la escritura, la primera y última delicia: el Sí.

 

La hora de la estrella es ese violín plañidero que suena y opera como visión y despedida, que avanza hacia algo que se expresa en grito (¡explosión!), que es escritura —instante-Sí—, y que en su «amén por todos nosotros» se convierte en una plegaria. Así, libro precario, pues precario es aquello que se obtiene a través de una plegaria, prex, una petición verbal, diferente de quaestio, una petición que se hace con todos los medios posibles, aun violentos, y por ello es frágil y aventurero. Como escribe Agamben en El fuego y el relato (2016): «Aventurera y precaria es la literatura, si quiere mantenerse en una relación justa con el misterio». Libro de vísperas que Clarice Lispector publicó en marzo de 1977, poco antes de morir, a sabiendas, quizás, de que su hora última estaba cerca, de que había llegado el momento de hacer su examen de conciencia, de ofrecer y pedir bajo la sombra de su intercesor en la novela, el narrador —«sé que cuando yo muera oiré el violín del hombre y pediré música, música, música»—, y así, de agradecer a los vuelos que la acompañaron a lo largo de sus días, obligándola a adentrarse en los invisibles, en lo que el invisible dedo de Dios ha escrito en el polvo, en el misterio, en nuestro propio milagro: «He aquí que dedico esto a» y en ese manifiesto, testamento de gratitudes, aparecen Schumann y Clara, Beethoven, Bach, Chopin, Strauss, Debussy, y «todos esos que tocaron en mí regiones aterradoramente inesperadas».

Novela de umbral, al borde de la muerte, «la muerte que es en esta historia mi personaje predilecto» dirá el «autor», y por eso, equilibrio precario que se derrumba, desfallecimiento, escritura del fracaso, combatiente y testaruda: «Escribo con los trazos vivos y ásperos de la pintura. Estaré luchando con hechos como si fueran las piedras irremediables de las que hablé», porque de ese material, opaco, duro, más bien importa aquello que esconde en su trazo, el secreto susurro, aquello que evoca los reinos incomunicables del espíritu. Esta historia es el último regalo luminoso que nos deja Lispector, un juego hiperbólico de catorce títulos posibles —e insertado en esa lista, su propio nombre—; una estrella de mil puntas cuyas fuentes de significación son inacabables, pues en cada renglón aparece una nueva verdad que brilla, una verdad que es siempre un contacto interior e inexplicable; que se hace escribiendo, como diría María Zambrano, y que es otra cosa, como escribiría Unamuno, algo completamente individual, personal e incomunicable pues, es cierto, «las verdades nos separan». Es en estado de precariedad y emergencia que Clarice y su personaje, Macabea, se encuentran, pues ambas están rozando el final de sus vidas, y esto resulta importante porque la novela se sujeta en un juego de tensiones y necesidades, de espejos y contrarios.

En la imagen Macabea, protagonista de la película «La hora de la estrella» (1985), de Suzana Amaral, basada en la novela de Lispector.

Es necesario que conste, con ironía trágica, que es una dignidad de varón la que cuenta, para que se tome en serio la historia y no se la señale, por la crítica, quizás, de lágrimas y yoes, de pobreza autobiográfica. Bajo la máscara de un «autor-personaje», el que narra —con Lispector detrás— es alguien que se esfuerza hostigadamente en ver. Hace su esfuerzo patente, incurre en la narración para mostrarnos su voluntad de inclinación: «Estoy obligado a mostrar una verdad que me supera». Se trata de una búsqueda discontinua y descontrolada, de una incursión frágil, incómoda, encarnada. Tal voluntad pide dobladura, agacharse y no mirar desde la altura, sino desde un cuerpo que percibe, que vive y que por eso sabe, con renuncia y de nuevo, precariedad: «Soy un obrero», y en esa exigencia se da un compromiso, desquitarse y mancharse las manos, hundirlas en el agujero, en ese lugar del que brotan, junto a la yedra y el jaramago, las palabras soterradas.

Esta historia es el último regalo luminoso que nos deja Lispector, un juego hiperbólico de catorce títulos posibles —e insertado en esa lista, su propio nombre—; una estrella de mil puntas cuyas fuentes de significación son inacabables, pues en cada renglón aparece una nueva verdad que brilla, una verdad que es siempre un contacto interior e inexplicable

El vivir de esta protagonista es ralo, es decir, disperso, escindido y arrinconado. En su solitaria otredad, no puede reconciliar lo vivido con lo decible. ¿Cómo acompañarla y sacarla del subsuelo? «La muchacha de esta historia era subterránea y nunca había dado flor». El «autor» no procede como los narradores omniscientes; se pelea con las palabras, decide a cada paso, en diálogo con la historia en fracaso de Macabea, qué tono debe usar.

¿Quién es ella? Posee su oficio de mecanógrafa, no es criada, como la Felicité de Flaubert en Un corazón sencillo (1877), a quien por momentos recuerda. Esta es una muchacha a la deriva, en una ciudad inconquistable, hecha toda contra ella. Mitad niña, mitad virgen, su nombre designa un pasado, una historia —la de los macabeos en su lucha contra la fuerza de los griegos—, pero ella no tiene acceso a la hondura de las palabras:

—¿Pero al menos sabes que te llamas Macabea?

—Es verdad. Pero no sé qué hay dentro de mi nombre.

Disociada de sí y de su nombre, de lo que la forma, ella acepta lo que le ha sido dado, ni siquiera conoce el lamento, no hay tristeza en su soledad porque la tristeza es cosa de ricos, «era para quien podía, para quien no tenía nada que hacer. La tristeza era un lujo». Y a su soledad solo pudo llegar una vez, casi por accidente. Algo, además de la pobreza, la separa de sí misma y del mundo, tal vez ese intermediario, el amor, que en ella es ausencia. Aprendimos con Platón que entre la vida y la verdad hay siempre un intermediario, el amor que dispone y conduce la vida hacia la verdad. Nacemos en las aguas del amor y nuestra existencia es una búsqueda del ser escondido, como recordará con insistencia María Zambrano, en su Delirio y destino (1989): «Se puede morir aun estando vivo; se muere de muchas maneras (…) en la soledad que produce la total incomprensión, la ausencia de posibilidad de comunicarse, cuando a nadie le podemos contar nuestra historia». Macabea no sabe qué hay dentro de su nombre, no hay a su alrededor quien la vea, no hay recogimiento ni contacto con las aguas primeras; ofuscada, desterrada, todo en ella es diferencia y lejanía. Las dos cosas ajenas a nuestra vida, según escribía Ortega y Gasset, son el nacimiento y la muerte. El nacimiento es un cuento, un mito que otros nos cuentan, al que no hemos podido asistir. En cuanto a la muerte, es un cuento que ni siquiera nos pueden contar. De ello resulta que esa extrañísima realidad que es nuestra vida sea limitada, finita, y, sin embargo, no tenga principio ni fin. El desconocimiento de Macabea la deja a la deriva, eso que hay dentro de sí y que desconoce, eso que es Macabea, el origen enterrado que nos llega en forma de mito, rescatado por la palabra que sostiene la vida, en su despertar, en su confesión, en el relato, en la ordenación y defensa que ofrece la posibilidad de narrarnos, de responderse a la pregunta trágica «¿quién soy?»; ofreciéndose en el afuera, en abandono al amor, es en ella, negación.

El libro de Clarice Lispector en la edición de Siruela.

En La confesión (1943), María Zambrano apela a esa necesidad de pensarse y con ello, «confesar para atravesar la herida sin quedar presos en ella». La vida necesita revelarse, aparecer, encontrar un lugar en el mundo. Así, esa inaccesibilidad que Macabea tiene consigo misma, con el estatuto de su yo, responde a un estar desprendida —lo que causa la humillación es el sentirse abandonado, fuera de un orden—. Hacer emerger a las muchachas subterráneas que ella es —y no es—, posibilitaría un resucitarse, un ver, sentir y percibir: la revelación. Como diría la pensadora de la aurora, aquello que nos otorga el estatuto de persona es la capacidad de narrarnos, de relatar nuestra historia. Escribía José Mazzini que hay horas, horas solemnes, horas que nos despiertan sobre diez años, horas en las que somos capaces de ver, «ver la vida, ver nuestro corazón y el de los otros…». Es ahí donde aparece la puerta entreabierta hacia lo otro posible.

Pero a Macabea la imposibilidad la hunde. La muchacha pobre y fea, pues esos son sus atributos, pide disculpas por ocupar espacio, por existir. Pide perdón y no se olvida, en su humildad beatífica, de sentirse agradecida. Por eso, por momentos, roza la santidad. Deslumbra en ella un querer izarse, un anhelo de darse a conocer, una curiosidad infantil salvífica que, a su vez, nos descubre que es, ella misma, en su imposibilidad, la encarnación de la diferencia.

Nacemos en las aguas del amor y nuestra existencia es una búsqueda del ser escondido, como recordará con insistencia María Zambrano, en su Delirio y destino (1989): «Se puede morir aun estando vivo; se muere de muchas maneras (…) en la soledad que produce la total incomprensión, la ausencia de posibilidad de comunicarse, cuando a nadie le podemos contar nuestra historia».

De vez en cuando, desde su docilidad se piensa, pregunta y pareciera que su ser emerge, que algo está a punto de revelarse, cuando escucha su Radio Reloj. De ese su objeto predilecto recibe palabras cuyo significado desconoce pero que, de algún modo, la modelan: «En la radio dijeron que hay que tener alegría de vivir. Así que yo la tengo». Asistimos a uno de los momentos más hermosos del relato, cuando Macabea cuenta que la cosa más bella de su vida ha sido una música que la hace llorar: una furtiva lacrima. Ese instante de gracia la deja abismándose hacia sus adentros, hacia su sentir, en contacto con esa pequeña llama indispensable que la sustenta — en contacto pleno con el dolor y con, quizás, también, su alegría de vivir.

Por momentos pareciera que va a producirse ese momento trágico definitivo que podría trascenderla, ese abismarse hacia su centro, ese reconocimiento en el espejo, frente a sí misma, que podría revelar destino, nacimiento y decir. En esos momentos la lectora percibe un combate, el narrador quiere batirla, y Macabea no se deja con tal obediencia, hay algo que la resiste, pero de esa resistencia que desfallece, Clarice Lispector suelta una carcajada y responde a la crítica que, en su día, la señaló. Refutando escondida, a plena risotada, ese lugar común del sentimentalismo de su contemporaneidad y de la nuestra, condensado en una de esas frases tramposas que se pretenden, en intenciones, comprometidas: «Dar voz a los que no tienen voz». Clarice es la autora, Rodrigo el narrador, y Macabea, la mecanógrafa. Los tres, a su manera, escriben, se derrumban y fracasan, pero es en la escritura de esta novela donde queda abierta la pregunta por responder: ¿quién puede decir yo?

Novela de umbral, al borde de la muerte, «la muerte que es en esta historia mi personaje predilecto» dirá el «autor», y por eso, equilibrio precario que se derrumba, desfallecimiento, escritura del fracaso, combatiente y testaruda: «Escribo con los trazos vivos y ásperos de la pintura»

En un pasaje del Apocalipsis, en el Libro de la Revelación, el Espíritu le manda al apóstol que se coma un libro. De ahí que Unamuno dijera que cuando un libro es cosa viva hay que comérselo porque «el que se lo come, si a su vez es viviente, si está de veras vivo, revive con esa comida». Esta novela es alumbramiento.

La primera gratitud es hacia la palabra, creadora desde la eternidad: en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, un , un camino que abre, que posibilita el paso, que traza puente. El Sí, primera y última bienaventuranza que anuncia los posibles. El mundo es en imagen de la palabra que concibe y, en esta última novela, la autora parece hacerse cargo de algo que ya dejó suspendido en su primera obra, Cerca del corazón salvaje (1943). En la última frase que ocupaba más de una página, se lanzaba la promesa que quedaría haciéndose, interna y eternamente, en la escritura de toda su obra:

(…) un día vendrá en que todo mi movimiento será creación, nacimiento, quemaré todos los nos que existen dentro de mí, me demostraré a mí misma que nada hay que temer, que todo lo que yo sea será siempre donde haya una mujer con mi principio, alzaré dentro de mí lo que soy un día, a un gesto mío ondas se levantarán poderosas, agua pura sumergiendo la duda, la consciencia, seré fuerte como el alma de un animal (…).

Y con esto, cerremos de nuevo la plegaria —«amén por todos nosotros»— y que la vida nos cambie por las palabras, escojamos bien:

Todo dice que sí.

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1 comentario

Francisco 25/07/2026 - 20:56

Gracias por su artículo y por acercarnos un poco más a una escritora tan relevante.

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