¿Por qué hacernos la pregunta trágica «¿quién soy yo?»? ¿Quién puede encarnarse, dar respuesta, empuñar el Yo? Hosannas y bienaventuranzas para narrar el agujero, para adentrarse en el subsuelo y forzar el nacimiento de una flor, hacer volcar la palabra soterrada. Clarice Lispector, en precariedad y plegaria, quemando todos los noes, y sellando, en la práctica ritual de la escritura, la primera y última delicia: el Sí.
Una antropología espiritual donde la correa de sombra que circunda el corazón se transforma en tajo de luz por uno de los actos más subversivos y poéticos que existen: la meditación.