Es una alegría y un honor abrir con vosotros el horizonte vivo de esta Biblioteca Venerable. Si pensamos en Platón y el Sabio Vyāsa, supuesto compilador, función intelectiva, espiritual e intérprete de la Bhagavad Gītā, iniciamos este viaje con el divino auriga que dirige el carro de los sentidos del alma y de las nueve puertas del cuerpo…
«Eres tú, oh loco, el que buscas tan lejos de ti»
Lanza del Vasto
«¿Por qué discurrir cuando todo está magníficamente diversificado por la sombra y por la luz?»
Louis Cattiaux
«La luz y la oscuridad continuamente se dan paso la una a la otra como el centellar de una linterna; las cosas están siempre cambiando de afuera hacia dentro y de adentro hacia fuera; ser y no-ser se encuentran en un intercambio incesante el uno con el otro. En la acción, el trabajo interno de esta transformación alcanza el autodespertar como el núcleo de la nada. Así es el mundo histórico»
Tanabe Hajime
Es una alegría y un honor abrir con vosotros el horizonte vivo de esta Biblioteca Venerable. Si pensamos en Platón y el Sabio Vyāsa, supuesto compilador, función intelectiva, espiritual e intérprete de la Bhagavad Gītā, iniciamos este viaje con el divino auriga que dirige el carro de los sentidos del alma y de las nueve puertas del cuerpo…
Sin embargo, en el preciso instante en el que me dispongo a escribir estas líneas sobre la quietud perdurable de aquél que se halla unificado con lo Eterno —¿Causalidad?— suena el teléfono; prisas, presiones, impaciencias, peticiones, nervios. Todo, absolutamente todo, parece urgente y apremiante. Ciertamente oportuno. ¿O sí, verdaderamente oportuno, en verdad? La Naturaleza es una Maestra sabia, la Maestra de todos los maestros, como apuntaban tanto Leonardo como Shitao en sus tratados de pintura, y todo instante, una enseñanza, más o menos agradable, para aquel dispuesto a escuchar, voluntariamente o a regañadientes. No hallaremos únicamente, en las filas de la Sabiduría, sabios esculpidos en mármol o rostros delicadamente tallados en alabastro, santos incólumes o profetas solemnes; hallaremos perros, el gurú de los perros, árboles, piedras, pájaros, pedazos de madera sin tallar, espadas oxidadas, rasgados estandartes, borrachos, horizontes salvajes, furibundos, yoguis excesivos, maestros erráticos, criaturas míticas, ángeles y dioses aterradores, renunciantes serenos, santas y visionarias luminosas, combativas, y ascetas de larga cabellera, desnudos o cubiertos de excrementos o de las cenizas de los muertos. Y seres ordinarios, también y otros de apariencia poco memorable. El curioso panteón de los sabios del que, conscientes o no, todos podemos formar parte.
El mundo del acontecer parece reclamar constantemente nuestra acción, nuestra atención, nuestra presencia. Desde tiempos antiguos, los sabios han intentado tejer, con su ser, su pensar, sus ritos, sus prácticas, sus silencios y sus palabras, un hilo de plata que nos ayude a hallar la quietud en medio del ruido del mundo y su aparente y desarticulada locura; hallar, en el mundanal ruido, también, el «mundanal silencio», como diría Raimon Panikkar. Cultivar, en el río caudaloso del saṃsāra, entre el óxido y el hueso, entre la piedra y el acero, la serenidad; encontrar resquicios de paz en medio de la dispersión y la fragmentación del ser, el proteico océano del devenir; perseverar, pues, en la búsqueda de la quietud y la realización del nirvāṇa, la extinción del pesar, el apaciguamiento o la transmutación de la llama de las pasiones nocivas para el cuerpo-mente, la liberación de los efectos y de las causas que nos encadenan al padecer perpetuo, como descubrimos en los sutras búdicos del Sendero del Dharma, en las voces claras de la Prajñāpāramitā, los textos de La Perfección de la Sabiduría, en el pensamiento de Nāgārjuna o en las urdimbres sapienciales y desconcertantes de la tradición taoísta; cultivar el asombro, la ecuanimidad y el pensamiento paradójico son herramientas que nos ceden los sabios de todos los tiempos para navegar por las aguas despiadadas del mundo humano, ese «mundo del polvo» habitado por la sombra, por la luz y el polifónico devenir de todos los fenómenos.
Así nos aconseja, en este sentido, Laozi, el Viejo Niño del Sendero;
«El curso, en su brillo, parece oscuro;
El curso, en su avance, parece retroceder;
El curso, en su lisura, parece rugoso;
La virtud más alta parece un valle;
La virtud más amplia parece deficiente;
La virtud más firme parece lánguida».
La verdad más esencial parece voluble;
La blancura más grande parece impura;
El cuadrado más grande carece de ángulos;
La cosa más grande demora su compleción;
El sonido más grande es inaudible;
La imagen más grande no tiene forma.
El curso latente no tiene nombre,
Pero el curso es hábil en dar y realizar.
Citamos aquí la magnífica traducción de Anne-Hélène Suárez Girard del Tao te king. Libro del curso y de la virtud (Siruela, 1998), otro libro sapiencial que puede leerse (entre muchas otras lecturas igualmente relevantes y complementarias), precisamente, como la Bhagavad Gītā, como un libro sagrado sobre la acción harmónica y contemplativa en un mundo caótico. Los sabios suelen advertirnos en contra de las formas más peligrosas de la exaltación, sagrada y profana —si deseamos emplear esa dicotomía aparente pero quizás necesaria— y nos aconsejan, con frecuencia, evitar los extremos (aunque no siempre) tanto del ascetismo como de la complacencia desenfrenada, del hedonismo como del angelismo desencarnado. Este es el caso de la voz de lo divino en la Bhagavad Gītā; no podemos huir totalmente del mundo de los afanes. Estamos en él, aunque quizás no le pertenezcamos completamente. Ni los neoplatónicos, ni los taoístas, ni los santos y eremitas judíos, cristianos o musulmanes, ni los sabios de la tradición india y de todos los lugares y épocas se mostraban ni pueden mostrarse totalmente indiferentes al padecer del mundo. Dirigían y deben dirigir su mirada amplia a la impermanencia, al sufrimiento, a la enfermedad, a la muerte, a la injusticia; los ojos compasivos identifican la herida abierta del mundo, su desgarradura, mientras desentrañan y perciben, simultáneamente, la harmonía subyacente a su danza terrible entre las llamas del dolor, la violencia y la obsesión.
¿Cómo acercarnos, pues, a la supuesta serenidad de los sabios, o, al menos, a su compasión y ecuanimidad? También los sabios lloran, se enfadan, se impacientan, vomitan y padecen; incluso el Hijo del Hombre parece dudar en el momento crucial de su sacrificio. ¿Qué podemos hacer nosotros, simples caminantes y peregrinos que somos en este mundo, sumidos en la incertidumbre y ahogados por la temporalidad? El Canto del Bienamado, la luminosa Bhagavad Gītā, nos ofrece una respuesta clara, poética, resplandeciente; «no rehúyas tu deber en el campo de batalla de la vida». Pero ¿cuál se supone que es nuestro verdadero deber?
La Gītā nos describe los múltiples, complementarios y confluyentes caminos del Yoga, los senderos de unión y reconocimiento de lo Divino en nosotros, de la Fuente de toda vida y determinación sensible, más allá de cualquier nombre, atributo cosmológico, religioso o ideológico que deseemos atribuirle.
Fernando Tola y la editorial Errata Naturae (2021) nos ofrecen una magnífica traducción y edición del texto sagrado hindú con un florilegio imagínico de una belleza sin par para ilustrar este poema religioso extraordinario sobre el carácter indisociable de la acción y de la contemplación, siendo esta la primera edición ilustrada de la Bhagavad Gītā en nuestro país. Compuesto y redactado entre el S.V y el S.II a.C según la historiografía moderna, este canto de mística heroica (ya que su plasmación por escrito es posterior a una tradición oral mucho más antigua), es parte del inmenso Mahābhārata, la gran epopeya de la India, y nos ofrece el néctar de la sabiduría de la acción y la acción de la sabiduría según los parámetros del Visnuísmo o Vaisnavismo — tanto en su aspecto como teísmo devocional (bhakti), entre otras escuelas exegéticas, el culto a Vishnú, la manifestación divina del Absoluto como mantenedor y preservador del universo y del equilibrio cósmico en la cosmovisión hindú, pero también en su dimensión A-dual, Advaita, como reconocimiento del Absoluto Indiferenciado en el corazón de todos los seres— y su dedicación a la protección del mundo y la devoción a Krishna, un avatar o emanación de Vishnú, figura sapiencial y heroica que encarna la voz del Sabio que aconseja al héroe y coprotagonista de la Bhagavad Gītā, Arjuna, indagador y reflejo de la parte más noble de nuestra alma en busca de la verdad y de la acción correcta en harmonía con lo divino, indisociable, para el sabio «autor», testigo, intérprete y compilador de la Gītā, el mítico Vyāsa, de nuestro ser más íntimo, como diría San Agustín; Krishna y Arjuna, Dios y el ser humano, el Hombre y lo Divino, si bien diferenciables, son, desde la perspectiva de la Eternidad y de la Totalidad, una Unidad Viva.

Fernando Tola y la editorial Errata Naturae (2021) nos ofrecen una magnífica traducción y edición del texto sagrado hindú con un florilegio imagínico de una belleza sin par para ilustrar este poema religioso extraordinario sobre el carácter indisociable de la acción y de la contemplación.
La Gītā nos describe los múltiples, complementarios y confluyentes caminos del Yoga, los senderos de unión y reconocimiento de lo Divino en nosotros, de la Fuente de toda vida y determinación sensible, más allá de cualquier nombre, atributo cosmológico, religioso o ideológico que deseemos atribuirle. Entendemos yoga (“unión”) en este caso, tanto en sus diversos sentidos particulares como generales; como práctica y como meta de los métodos meditativos y de las técnicas psicofísicas de harmonización postural, psíquica, respiratoria y espiritual, como los rituales sacrificiales, devocionales, literales o no, la vía del amor divino (bhakti yoga), la acción correcta y el cumplimiento del deber (karma yoga, yoga de la acción), en su sentido más amplio, también intelectivo (jñana yoga, yoga del conocimiento) y meditativo (dhyana yoga) de Unión con lo Incondicionado, considerando incluso la superación de los rituales y de los métodos a través de la fe o el conocimiento místico, intuitivo y experiencial del Absoluto, alcanzando el verdadero Yoga de la Sabiduría. La Gītā ofrece una perspectiva flexible e integradora de los diversos yogas, matizándolos, integrándolos voluntariamente o reinterpretándolos para evitar una aproximación rígida y estrecha. Como apunta Consuelo Martín, ninguna exégesis teológica o escuela espiritual agota el vasto sentido de la Bhagavad Gītā, que en cierta forma busca trascender, sin negar, todos los senderos. En el versículo 66 del Canto XVIII, el último canto de la Gītā, Krishna da uno de los últimos consejos del poema sagrado; “Déjalo todo / y refúgiate en mí:/ yo te liberaré de todos los males/ nada tienes que temer”. La palabra empleada, en sánscrito, para referirse a «todo» en este contexto, es «dharma», que como en los textos budistas viene a significar toda determinación sensible de lo Real (todos los fenómenos de la mente y de la realidad) pero también puede entenderse como «senderos», «doctrinas», «deber sagrado» o «caminos hacia Dios», explica Thibault Arthur Tien. Otra interpretación complementaria y acorde con la vivencia y la tradición exegética de la Gītā y su carácter omniabarcador podría ser, pues:
«Abandona todos los senderos y refúgiate en mí, Fuente de Todo y Origen de todos los senderos; yo te liberaré de todos los males, nada tienes que temer».
Las Upanishads (algunas de las más destacables fueron compuestas entre los años 800 a.C. y 500 a.C., como señala Fernando Tola) son consideradas por algunos las cimas de los Vedas, los textos fundacionales del Hinduísmo, «oídos por los Sabios», y se caracterizan por un desarrollo filosófico-místico cuya característica fundamental podría resumirse como el reconocimiento de la identidad fundamental entre el Ātman, el espíritu individual, y Brahman, lo Absoluto, fuente, esencia y sostén de todo lo que existe.
El camino del verdadero conocimiento, nos dice Krishna, es un camino de acción. El verdadero camino de la acción es un camino de conocimiento. A-dualidad de la acción y de la contemplación: el verdadero saber —que consiste en saborear la Verdad, como debería recordarse más a menudo— es una experiencia total, tanto física, intelectual como espiritual; ninguna dimensión de nuestro ser debe ser menospreciada. Todo debe ser integrado y debemos permanecer unificados, como diría Louis Cattiaux de forma totalmente alineada con la sabiduría taoísta y upanishádica; sal y brilla, o entra y reposa, pero permanece siempre en uno. Toda acción debe ser realizada como sacrificio a la Vida y renuncia a los frutos de dicho gesto; como nos enseña el libro del Tao y el Canto de Krishna, el Sabio es aquel que sabe dar y crear sin aferrarse a su obra, y precisamente por ello, su obra y su siembra permanecen en la tierra del Tiempo y el horizonte vivo de Dios. El obrador que renuncia a los frutos de su acción florece, precisamente, porque siembra sin preocuparse de la fructificación para su propio beneficio, lo que resuena, evidentemente, con las palabras de Cristo en el Evangelio;
«Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará. Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?» (Mt 16, 25-27).
Las Upanishads (algunas de las más destacables fueron compuestas entre los años 800 a.C. y 500 a.C., como señala Fernando Tola) son consideradas por algunos las cimas de los Vedas, los textos fundacionales del Hinduísmo, «oídos por los Sabios», y se caracterizan por un desarrollo filosófico-místico cuya característica fundamental podría resumirse como el reconocimiento de la identidad fundamental entre el Ātman, el espíritu individual, y Brahman, lo Absoluto, fuente, esencia y sostén de todo lo que existe. El brillante e inspirado traductor, erudito y poeta Joan Mascaró, que también tradujo la Bhagavad Gītā, realizó una selección y traducción de estos textos de una gran belleza. La influencia y resonancia en la Gītā de estas escrituras es tan notable que algunas escuelas la consideran una Upanishad más, una continuación de estas. La etimología y significado de la palabra Upanishad, de hecho, nos remite a una profunda resonancia del discípulo con el maestro que lo instruye, y puede traducirse como «sentarse a los pies», o «sentarse debajo»; Panikkar, con su pericia habitual, vinculó el sentido iniciático de las Upanishad con la palabra inglesa «Under-stand», situarse debajo del Sabio y de la Verdad para comprender, como gesto de humildad que permite el verdadero aprendizaje para reconocer la Fuente que habita tanto en el corazón del maestro como en el del discípulo. En esta coyuntura nos sitúa, precisamente, la Bhagavad Gītā, siendo Krishna el Maestro y Arjuna el discípulo; es Krishna el que, siendo un avatar de Dios, actúa como siervo y auriga de Arjuna en un acto de suprema humildad, compasión y sabiduría; no en vano y simbólicamente, es el que conduce, como mentor, el carro de Arjuna, y se pone al servicio de su amigo, símbolo del cuerpo humano, mientras que los nobles corceles blancos como la leche, cuidados y atendidos amorosamente por Krishna, pueden simbolizar los sentidos purificados por lo Divino, y sus riendas, la mente —y recordemos que ninguna hermenéutica puede agotar la riqueza inagotable de un símbolo vivo. El Alma Divina es la que, según la Gītā y muchos otros rostros de la tradición viva, conduce y debe guiar el cuerpo con sabiduría, justicia y ecuanimidad.
El contexto exterior y circunstancial de la Gītā, sin embargo, no parece tan pacífico, sereno y desprendido; Krishna y Arjuna, quizás como todos nosotros, se hallan ante el inicio de un combate terrible, sanguinario y destructor entre hermanos y familiares, una guerra fratricida que parece amenazar con destruir el mundo tal y como lo conocemos —y esto, desgraciadamente, suena terriblemente familiar. ¿Qué combate es, en verdad, el que nos aguarda al abrir la Gītā? ¿Dónde se libra este combate? ¿Cuál es su verdadero campo de batalla?
Dejo al buscador el descubrimiento de las teofanías y eclosiones de belleza y sabiduría que son el tejido de este canto sublime, trepidante e inolvidable. La Bhagavad Gītā nos enseña y nos recuerda —aunque ninguna lectura pueda agotar la riqueza de las palabras dichas desde el Corazón de lo Divino— el olvidado y siempre necesario Arte de Ver con los ojos del Espíritu. Recomendamos encarecidamente la lectura y vivencia directa de este texto extraordinario que Fernando Tola traduce en un castellano prístino, claro, inspirado y erudito a la par —recordándonos el origen sagrado de todo lenguaje— y cuyos versos e imágenes caerán como agua clara sobre el alma del lector. Compartimos, para terminar esta breve aproximación a la Bhagavad Gītā, el canto tradicional del alfarero hindú, que me fue transmitido por mi padre en mi infancia y que resume, en cierta forma, la Enseñanza de Krishna en esta floración privilegiada del Misterio:
«Oh, Corazón mío, sé como el eje de la tierra, que se mueve, pero no varía.»
OM TAT SAT*
—
*[Triple designación de Brahman, Dios, según la Bhagavad Gītā: La Sílaba Primordial, la Verdad de lo que Es Eternamente y la Belleza de la Verdad.]
**Una última recomendación para el lector:
Si deseáis descubrir y experimentar el contexto narrativo y espiritual más amplio de la Bhagavad Gītā de forma participativa y corporificada, como aún se hace en la India y el resto del mundo, tanto desde el teatro sagrado tradicional como en recreaciones e innovaciones, indisociables, en verdad, de la transmisión de este texto vivo —puesto que la verdadera originalidad nunca se halla lejos del Origen— lo podéis hacer, por ejemplo, a través de la performance narrativa y devocional de Michael Gadish Respirar el Mahābhārata, vivenciada y pensada como un voto solemne y un ritual artístico transformador renovado cada año, cada 12 de diciembre, hasta el 2028, en Barcelona: https://respirarelmahabharata.com/.
«Y estoy convencido/ de que allí donde están/Krishna, Señor y Fin del Yoga, /y el arquero hijo de Prithā, [El Hombre y lo Divino]/ allí están también/ la fortuna, la prosperidad, /la prudencia y la victoria.» (BG, XVIII:78).