J. R. R. Tolkien fue un hombre religioso y culto, con una vasta experiencia de la vida, que supo comprender la peligrosa carga que contiene el individualismo moderno. En su obra, el héroe no es alguien solitario, sino una comunidad que dota a la existencia de orden y sentido. Bajo esta perspectiva, El hobbit y El señor de los anillos se revelan como una crítica profunda a los fundamentos del mundo en que vivimos.
1. El individuo moderno
Nuestra época ha hecho del individuo su unidad de medida. Antes que miembros de una comunidad, somos consumidores, ciudadanos, usuarios; cada vez realizamos más actividades solos, ante la pantalla de un ordenador o de un móvil. La idea de comunidad es, a ojos de la mayoría, nostálgica, cuando no reaccionaria.
En este contexto resulta llamativo que uno de los libros más leídos del siglo XX gire no en torno a un héroe solitario, sino a una comunidad. No es casualidad, sino una apuesta consciente: J. R. R. Tolkien construyó su obra desde la profunda convicción de que el ser humano, en soledad, no puede ser ni bueno ni feliz.
No debemos olvidar que la idea de que el individuo es anterior a la sociedad, hoy convertida en dogma, no es una verdad eterna, sino una invención reciente y claramente ideológica. Es probablemente Descartes quien inaugura la modernidad cuando afirma que la única certeza que poseemos los seres humanos es el pensamiento propio: cogito, ergo sum. El sujeto queda así definido como una interioridad autosuficiente, una conciencia que mira el mundo desde dentro y no necesita de nadie para conocerse a sí misma.
John Locke y el liberalismo político llevan esta lógica al terreno social. Para él, los individuos poseen derechos naturales antes de cualquier vida en común; la sociedad es un contrato que firman libremente para proteger esos derechos y, por lo tanto, un mero acuerdo provisional que puede revisarse o disolverse. Un esquema que el capitalismo ha perfeccionado: cada persona es un agente racional que atiende a su propio interés, y el bien común surge —oh, milagro— de la suma de los egoísmos individuales.
En su obra, Tolkien, hombre de talante conservador y extensa cultura, y católico a carta cabal, hace una crítica muy clara de los presupuestos individualistas que fundaron la modernidad. No era un filósofo, es cierto, pero sí un hombre con una vasta y, con frecuencia, dolorosa experiencia de la vida, que supo comprender la peligrosa carga que contiene el individualismo moderno.
2. El hobbit y la aldea
2.1 La Comarca
El amor de Tolkien por lo comunitario se hace evidente en la descripción de la Comarca. Los hobbits viven en aldeas pequeñas, con familias entrelazadas desde hace generaciones. Cultivan sus jardines, se visitan por las tardes, y se saben de memoria el árbol genealógico de sus vecinos. Es decir, conforman una comunidad enraizada, donde la persona tiene un lugar, un pasado compartido y una red de relaciones que lo sostiene y le proporciona una identidad.
Que Tolkien no idealizaba las comunidades lo muestra el hecho de que los hobbits son también egoístas y maliciosos en ocasiones. Pero, a pesar de todos sus defectos, la Comarca representa algo que la modernidad industrial casi ha destruido: la escala humana en las relaciones.
En su obra, Tolkien, hombre de talante conservador y extensa cultura, y católico a carta cabal, hace una crítica muy clara de los presupuestos individualistas que fundaron la modernidad.
2.2 La Comunidad del Anillo
No es casualidad, por tanto, que el título de la primera parte de El señor de los anillos se llame La comunidad del anillo. El protagonista de la historia no es un individuo, sino un grupo. La Comunidad que parte de Rivendel es indiscutiblemente heterogénea: sus integrantes no pertenecen a la misma raza, ni comparten un modo de entender el mundo. Y, sin embargo, deciden enfrentarse juntos al Mal, a riesgo de su propia vida.
La empresa solo es posible gracias al vínculo que existe entre ellos. Frodo no puede cargar solo con el Anillo. Todos lo acompañan en su destino. Pero es sobre todo Sam quien mantiene vivo a su amigo y, con él, la esperanza de la Tierra Media. Sam no lleva el Anillo porque no puede; pero lleva a Frodo. La amistad —sin duda, uno de los argumentos más profundos del libro— consiste exactamente en eso: nadie puede cargar con las penas y las pruebas de otro, pero sí con él mientras las sufre.
2.3 El Anillo
El Anillo único, por su parte, representa precisamente lo opuesto: es el símbolo del ego individualizado hasta el extremo. Promete poder total sobre todos y todo, pero ese poder solo puede ejercerse a costa de los demás. Quien lo lleva se va aislando poco a poco: Gollum es el reflejo de dicho proceso. Un hobbit sociable y familiar se convierte en una criatura solitaria que solo habla consigo misma y que ha perdido nombre, historia y pertenencia.
Uno de los enigmas más interesantes de El señor de los anillos es que algunos de los personajes más poderosos rechazan el Anillo cuando se les ofrece: Gandalf, Galadriel, Aragorn. ¿Por qué? No por cobardía ni por indiferencia al mal, sino porque son lo suficientemente sabios como para saber que el Anillo los corromperá.
La maldad en Tolkien siempre tiene un fundamento relacional: al igual que Gollum, Sauron no tiene amigos, ni iguales; no comparte, no se ofrece. Su visión del poder es opuesta a la idea de comunidad: una voluntad única que aspira a imponerse en solitario. En su ensayo Sobre los cuentos de hadas (1947), Tolkien escribe que el subcreador —así llama él a los artistas— imita a Dios en la medida en que da a sus criaturas libertad e independencia. Sauron hace exactamente lo contrario: convierte a otros en extensiones de su propia voluntad. Su pecado es el rechazo del prójimo —que no es mala definición de la soberbia—.
2.4 Medievalismo, distributismo y antiindustrialismo
Las ideas de Tolkien sobre la comunidad no han surgido de la nada. Para entenderlas bien, hay que conocer sus influencias. En primer lugar, era un medievalista, y su amor por la lengua y la literatura medievales no era una pose intelectual: en la sociedad del medievo veía formas de organización comunitaria que la modernidad ha barrido: los gremios, las parroquias, las comunas agrícolas; estructuras intermedias entre el individuo y el Estado que daban a las personas un lugar concreto y único en un tejido de relaciones, proporcionando sentido a su existencia.
En la sociedad del medievo, Tolkien veía formas de organización comunitaria que la modernidad ha barrido: los gremios, las parroquias, las comunas agrícolas; estructuras intermedias entre el individuo y el Estado que daban a las personas un lugar concreto y único en un tejido de relaciones, proporcionando sentido a su existencia
En segundo lugar, también la crítica de Tolkien a la industrialización fue visceral. El final de El señor de los anillos es quizás su reflejo más evidente: Saruman invade el hogar de los hobbits con máquinas y orcos, y lo domina mediante la explotación y el control, transformando la aldea en fábrica, a los vecinos en trabajadores, y la naturaleza en mera materia prima, muy al estilo de los totalitarismos del siglo XX, hijos, al fin y al cabo, del racionalismo ilustrado. Cuando todo parece sumirse en las sombras, son los hobbits quienes tienen que expulsarlo de allí juntos. En comunidad.
Ambas claves —el respeto por los lazos comunitarios y por el entorno natural que debe contenerlos— se entenderán mejor si tenemos en cuenta que Tolkien era, sobre todas las demás cosas, católico, y que la práctica de la religión vertebró todos los aspectos de su vida. Por supuesto, conocía bien el distributismo que Belloc y Chesterton desarrollaron a partir de la doctrina social de la Iglesia. Esta teoría proponía una alternativa tanto al capitalismo como al socialismo: una sociedad de propietarios pequeños, de comunidades locales autónomas, donde la familia y la parroquia fueran la unidad básica de la vida social: pura Comarca.

Los hobbits viven en aldeas pequeñas, con familias entrelazadas desde hace generaciones.
3. Modernidad frente a Tierra Media
En el fondo, lo que enfrenta a Tolkien con la modernidad es una pregunta diferente sobre el ser. La modernidad pregunta: ¿cómo conseguir lo que deseo?, y Tolkien, por el contrario: ¿cómo puedo servir? Para la modernidad liberal, el yo precede a sus relaciones: primero desarrollo mi identidad, dando prioridad a mi deseo, y luego elijo con quiénes relacionarme. Para Tolkien —y para la tradición aristotélico-tomista en la que se formó—, el yo emerge de sus relaciones: soy hijo y vecino de alguien, miembro de una comunidad. Estas pertenencias no son jaulas que limitan mi libertad, sino el suelo fértil desde el que esta puede crecer como un árbol, siempre de abajo a arriba.
Esta es, en definitiva, la esencia del héroe tolkieniano. No es un superhombre que imponga su voluntad sin tener en cuenta nada ni nadie: Aragorn necesita a los hobbits para encontrar la valentía de reclamar su trono; Gandalf necesita a los miembros de la Comunidad para que la misión prospere. Y Frodo, el portador del Anillo, es el ser más pequeño, más corriente y desvalido de todos. Su grandeza está en su voluntad de decir sí cuando otros callan, y en su capacidad de dejarse ayudar.
4. Leer a Tolkien como acto político
Tolkien no fue un mero conservador que soñara con volver al pasado, sino un hombre inteligente y culto del siglo XX que pasó por dos trágicas guerras mundiales, perdió amigos en las trincheras, vivió en una Oxford que la modernidad empezaba a deformar y, a pesar de todo, siguió eligiendo pasear por el campo, charlar en el pub con sus amigos del grupo Inklings y creer en la amistad, la tierra y la historia compartida.
Su propuesta no pasa por el regreso, pues no desea volver desde la nostalgia a una comunidad que ya no existe, sino preguntarse si la forma en que vivimos hoy es la forma en que queremos vivir.
De no ser así, el primer paso es salir de casa, encontrarse con otros y compartir con ellos nuestras alegrías y nuestros problemas. Hacer comunidad, en definitiva.
2 comentarios
Nos encanta Tolkien. Muchas gracias, Miguel.
Amén, amigo.