En el prólogo a la segunda edición de El hombre y lo divino María Zambrano nos revela que la mayoría de los textos allí reunidos fueron escritos sin pensar en su posterior publicación. Lejos de comprometer esta coyuntura la calidad literaria del libro, sin embargo, lo que más bien le proporciona es mayor posibilidad de vuelo, pues, como añade poco después la malagueña, cuando se escribe sin una finalidad concreta es cuando la escritura se dota a sí misma de la ligereza necesaria para poder surcar las sendas de lo trascendental. El último de los ensayos que se reúnen en Lo humano y lo divino lleva por título El libro de Job y el pájaro, y creo que convendremos que si hay un asunto hiriente para cualquier vida, ese es el bautizado como «problema del dolor».
Cuando se escribe sin un determinado porqué es cuando la escritura puede desnudarse a sí misma en paz, sin miedo a sentir rubor alguno. Cuando la escritura fluye sin porqué es cuando mayor holgura de espíritu cobra, y es entonces cuando puede plasmar el secreto que espera ser deletreado. No modificaré aquí aquel famoso verso de Juan R. Jiménez cambiando la palabra poesía por escritura metafísica. A los poetas hay que escucharlos, no versionarlos. Pero sí que me parece del todo pertinente resaltar que solamente cuando se escribe sin un porqué y desanudado de los lastres de la producción literaria, es cuando nos disponemos a entrar en el lenguaje del don, la gramática existencial de aquella bella rosa de Silesius, que simplemente es, sin más, sin porqué, y por eso es tan singular.
«La rosa es sin porqué; florece porque florece» («Die Rose ist ohne warum; sie blühet weil sie blühet») reza un conocido verso del místico alemán del siglo XVII Angelus Silesius, y la escritura de Zambrano germina como una bella rosa, por eso que también florece. Ahora bien, precisamente porque su escritura «rosea» no siempre resulta reconfortante para el alma leer el mensaje que le confía. Zambrano empuña la pluma de las elegidas, con prosa fina y forjado elegante, y nunca nos ahorra a quienes la leemos tener que confrontarnos con la Trascendencia a la que nos aboca.
Las sendas de la Trascendencia no son un camino de flores, dispuesto y ordenado con regularidad versallesca. Cuando la matriz del ser, lo sagrado, irrumpe, las más de las veces lo hace dislocando la biografía de quien asiste a tal hierofanía o cual revelación. Que se lo pregunten si no a los profetas, a quienes la llamada sagrada les reportó más desdicha que alegría. Lo sacro no es dócil; lo sagrado hiere, nos relata Anne Carson en sus textos. Todos lo sabemos: las rosas regalan tanta fragancia y belleza como espinas y aguijones, y eso es lo que sucede con lo sagrado, que encuentra en esta ambivalencia una parte constitutiva de su enigma. Es bello, encantador y elegante, más con no pocas espinas en su tallo, que en ocasiones solamente rasgan por fuera pero que en otras hacen diana en lo más íntimo y recóndito de nuestro alma.
Así es la escritura que se asoma al acantilado del Misterio, ligera y grave a la vez, y así es también la escritura de Zambrano, particularmente cuando danza con los temas más espinosos de nuestra precaria existencia.
El último de los ensayos que se reúnen en Lo humano y lo divino lleva por título El libro de Job y el pájaro, y creo que convendremos que si hay un asunto hiriente para cualquier vida, ese es el bautizado como «problema del dolor». El de Job es uno de los textos bíblicos más leídos y referenciados, como atestigua el hecho de que sea uno de los más comentados y meditados por escritores y pensadores de todas las tendencias y sensibilidades. Y lo es porque en Job estamos inequívocamente todos y cada uno de nosotros representados.
En el caso de El hombre y lo divino me llamó poderosamente la atención que fuera su reflexión sobre el libro de Job la que cierra este volumen, pues, pensé, uno se podría esperar algo más prometedor, quizás un canto más esperanzado para cerrar por todo lo alto uno de los libros más bellos de Zambrano. Pero no, es el libro de Job el que tiene la última palabra de la obra y, por lo tanto, constituye también la última palabra de su autora. ¿A qué se debía tal elección? ¿Se trata de una simple ordenación cronológica? ¿O quizás Zambrano le reservó el omega al libro de Job por algún motivo en particular?
Job fue para Zambrano un constante compañero de meditaciones. No son pocos los pasajes en los que se refiere a Job a lo largo de su obra, porque probablemente tampoco fueron pocos los episodios biográficos en los que Zambrano se sintió un alma sufriente asimilada a la de Job. El libro de Job también aparece aquí, en El hombre y lo divino. Se trata de una meditación que, según nos indica la propia Zambrano en el mencionado prólogo, remite a 1970, una época que podríamos tildar de madurez. En aquel año, Zambrano contaba con sesenta y seis vueltas al sol, y que fuera entonces cuando su texto vio la luz parece querer decirnos que para conversar con el dolor conviene contar con una cierta edad espiritual. Con todo, lo que de buenas a primeras más captó mi atención de este texto no fue tanto el tiempo biográfico al que remite como el espacio que ocupa en el libro. Lo que de veras despertó mi curiosidad fue querer descubrir por qué el texto de Job es el último de cuantos contiene el volumen El hombre y lo divino.
Desde hace un tiempo tengo la costumbre de observar el orden de los capítulos en los libros. Primero los huelo, luego trashojo algunas de sus páginas y finalmente ojeo su índice. Como si de una suerte de alfa y omega literaria se tratase, se ha consolidado en mí este rito, y puesto que para mí se trata de eso, de un rito, tengo el hábito de seguirlo.
En el caso de El hombre y lo divino me llamó poderosamente la atención que fuera su reflexión sobre el libro de Job la que cierra este volumen, pues, pensé, uno se podría esperar algo más prometedor, quizás un canto más esperanzado para cerrar por todo lo alto uno de los libros más bellos de Zambrano. Pero no, es el libro de Job el que tiene la última palabra de la obra y, por lo tanto, constituye también la última palabra de su autora. ¿A qué se debía tal elección? ¿Se trata de una simple ordenación cronológica? ¿O quizás Zambrano le reservó el omega al libro de Job por algún motivo en particular?
Al tiempo que comenzaron a borbotear por mi mente posibles respuestas a estas cuestiones, se me hizo imposible no pensar en Andrónico de Rodas (s. I a.C.), sucesor y director de la escuela peripatética, al cual se lo recuerda especialmente por habernos legado el orden de los textos de Aristóteles.
Ordenando los textos del maestro Estagirita, Andrónico se topó con una serie de escritos aristotélicos que trataban cuestiones relacionadas con la filosofía primera y a los cuales no sabía muy bien qué ubicación dar. Felizmente, decidió situarlos tras los textos de la física, dando así lugar al nacimiento de la disciplina que hoy conocemos por meta-física, es decir, aquello que viene después de la física, que es la reflexión fundamental y suelo matricial de todas las filosofías habidas y por haber.

Fragmento de «El Tanaj» o Biblia hebrea.
Pensando en Zambrano y su texto sobre Job, ¿será que el lugar otorgado respondía a algo más que a una mera ordenación textual? ¿Será que debemos leer el libro de Job y de todo lo que representa (el sufrimiento, la ruptura del sentido, la desposesión y la desesperación del raigambre umbilical con la Vida) como la última palabra acerca de la intimidad que existe entre lo humano y lo divino?
Creo que tras leer ciertos pasajes de Zambrano de El libro de Job y el pájaro disponemos de sobrados motivos para considerarlo así. Nunca sabremos del cierto porque Zambrano accedió a situar este texto ahí, pero el negro sobre blanco de su escrito nos hablita para poder imaginar esta hipótesis y pensar que con ello Zambrano nos estaba indicando que en el libro de Job se revela de manera privilegiada el raigambre vivo que une lo humano y lo divino.
Atengamos a una de las primeras afirmaciones de Zambrano en su análisis del libro de Job para avanzar por nuestra vereda hermenéutica: «Job es figura de una tradición donde Dios propiamente no existe. Lo que existe es mi Dios -o nuestro» (tomo la cita de la versión del Fondo de Cultura Económica, p. 385). ¿Qué nos quiere decir Zambrano con esto? La respuesta nos la brinda en la siguiente página: «la relación personal, no la existencia de Dios, es lo que se pone en juego». En Job no se discute el problema del sufrimiento, el problema del dolor o el problema del mal. En Job lo que se pone en crisis es el sentido de nuestra realidad sufriente, y no un análisis genérico de la angustia humana, no tanto el problema del mal, como radicalmente el desgarro relacional. Lo que quiebra a Job es la lesión y posterior ruptura de la confianza que él, desdichado sufriente, siente con el cordón umbilical de su existencia, la Vida misma. Job no sufre por la cantidad inmisericorde de angustias que tiene que soportar. Aquello que lo desespera y lo instala en el torbellino del desquicio es no atinar a comprender por qué su Dios lo abandona.
Lo que el libro de Job pone sobre la mesa es que la relación con lo divino no se resuelve como un mero problema epistemológico, ni como una preocupación cosmológica, sino antes y radicalmente como una relación fundamental, como mi relación con el sentido del ser.
En Job se palpa muy a las claras la vertiente doliente de la existencia precaria que todos encarnamos. Sus palabras nos resuenan por dentro, por eso sobrecogen tanto. En el principio está la relación, y la relación nos expone y nos relativiza, y eso nos asusta. Ahora bien, siendo consecuentes con esa misma relacionalidad fundamental, también debemos decirnos y recordarnos cuantas veces sea necesario que gracias a ella también existe la posibilidad de la esperanza. Es precisamente porque el tiempo y la Vida misma rezuman vulnerabilidad que el destino no es una fatalidad predeterminada. ¿Por qué? Porque por vulnerabilidad no creo que tengamos que entender solo la cara doliente de la existencia, sino más bien la experiencia afectable de la misma. Es decir, que gracias a que somos vulnerables podemos sentir placer, reconocer la belleza o enamorarnos perdidamente del prójimo. A quien se le anestesia el alma no siente dolor, pero tampoco amor. Para sentir amor, placer y vida hay que abrirse a la afectabilidad y esta posibilidad nos la regala la condición vulnerable.
La importancia de la relacionalidad como expresión privilegiada de la condición vulnerable humana que Zambrano destaca del libro de Job, es, de hecho, una característica muy presente en toda la tradición judía (en la Tanaj, en el Talmud, en la Cábala), y que Zambrano la destaque tan claramente en su interpretación del libro de Job me hizo pensar inmediatamente en la filosofía de tradición judía del siglo XX. Me hizo pensar en los Cohen, Rosensweig o Lévinas, y, por encima de todos ellos, en Martin Buber.
Martin Buber publicó un librito en 1923 titulado Ich und Du (Yo y tú), en el cual establece los diferentes modos de relación que construimos a partir de las dos palabras-doble que pronunciamos (Yo-Tú y Yo-Ello). En uno de los pasajes más representativos de su libro, Buber postula sin ambages algo que creo que Zambrano sostendría también con total convencimiento: en el principio está la relación. Es decir, que estamos lanzados a la relación, que emergemos de la relación, que solo existimos como relación de relaciones y en constante y dinámico entre. Nuestra vida es una danza de relaciones que se crean y se descrean, una re-ligatio constante y cambiante que nunca cesa de ser eso, una re-ligatio, independientemente de que nos consideremos personas creyentes, agnósticas, ateas o simplemente indiferentes al enigma religioso.
Tengo la impresión de que Zambrano le reservó el último lugar de El hombre y lo divino al libro de Job porque era su forma de decirnos que lo principal y lo primero del vivir y del sinvivir vulnerable es la relacionalidad. Esa es la clave física y metafísica de cualquier experiencia humana, también la del sufrimiento. A Job lo que le hiere es el hundimiento de su relación con su Divinidad, no ser un caso más de tal dolor, de tal expolio o de cual enfermedad. A Job lo que lo hunde es la desesperación entrañada en primera persona, no la teorización genérica del problema del dolor. Job no es un filósofo, nos recuerda Zambrano.
En Job se palpa muy a las claras la vertiente doliente de la existencia precaria que todos encarnamos. Sus palabras nos resuenan por dentro, por eso sobrecogen tanto. En el principio está la relación, y la relación nos expone y nos relativiza, y eso nos asusta. Ahora bien, siendo consecuentes con esa misma relacionalidad fundamental, también debemos decirnos y recordarnos cuantas veces sea necesario que gracias a ella también existe la posibilidad de la esperanza. Es precisamente porque el tiempo y la Vida misma rezuman vulnerabilidad que el destino no es una fatalidad predeterminada. ¿Por qué? Porque por vulnerabilidad no creo que tengamos que entender solo la cara doliente de la existencia, sino más bien la experiencia afectable de la misma. Es decir, que gracias a que somos vulnerables podemos sentir placer, reconocer la belleza o enamorarnos perdidamente del prójimo. A quien se le anestesia el alma no siente dolor, pero tampoco amor. Para sentir amor, placer y vida hay que abrirse a la afectabilidad y esta posibilidad nos la regala la condición vulnerable.
La prelación de la condición vulnerable y afectable de la Vida, pues, es la que nos legitima también a contemplar la esperanza, a prepararle una morada en nuestro regazo y aguardar el tiempo propicio para que pueda acontecer. El don permanece indisponible, pero al don hay que hacerle espacio para que pueda visitarnos. Luego, ya se verá. Por eso, la única afirmación que realmente nos es posible sentenciar es que jamás está dicha la última palabra acerca de casi nada.
La cita con la que Zambrano cierra su capítulo dedicado a Job y su libro El hombre y lo divino es «cum tempus fuerit», que remite a Job 39:18, la parte final del libro de Job en la que Dios toma la palabra para dirigirse a nuestro pobre y sufrido protagonista. En el libro de Job Dios toma la palabra hacia el final del libro para interlocutar con lo que se ha ido exponiendo anteriormente acerca del sentido del dolor y del porqué de la injusticia. Pero Dios, una vez más, nos sorprende, y en esta parte del libro de Job no responde según la lógica causal de «esto sucede por esta o cual razón». En esta parte del libro Job lo que se nos revela es que el sufrimiento a veces sucede, acontece, puede que sin por qué, pero aún en esas, Job es capaz de confesarle a Dios que es ahora cuando de veras lo ha visto: «yo te conocía sólo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5).
En ocasiones, el sufrimiento se da, es, sin porqué, como la rosa de Silesius, lo cual no significa que ese sufrimiento a-lógico no pueda estar igualmente preñado de sentido. ¿Cuál? Eso habrá que descubrirlo en el particular andar espiritual, porque en Job no se pone en juego el problema del sentido en abstracto, sino la crisis de fe que el alma sufriente siente cuando su suelo del sentido se hunde. El libro de Job expresa el mal de amores metafísico que nos asola cuando al Vínculo por excelencia se lo siente como un hilillo tan frágil tan frágil que se asoma trágicamente al abismo de la ruptura. Es ese mal de amores espiritual tan difícil de balbucear y al que Zambrano en estas páginas, sin embargo, logra ponerle palabras formidables, confirmando una vez más que su escritura es una de las grandes mensajeras de esa relación primigenia y arcana que religa lo humano y lo divino.